5 DE SEPTIEMBRE DE 2010
Queridos Hermanos:
No nos fastidiemos ni fatiguemos de hacer el bien. Nuestra vida aquí en la tierra consiste en sembrar para posteriormente cosechar en el Cielo.
Jesucristo en el Evangelio de hoy, nos pone una vez más el ejemplo de, cómo debemos ayudarnos unos a otros. La pobre viuda que acaba de perder a su único hijo nos inspira y llena nuestro corazón de piedad y compasión, lo mismo sucedió con Cristo, por lo que regresa a la vida al joven y se lo entrega nuevamente a su madre.
Todos y cada uno de los días de nuestra vida tenemos la gran oportunidad de hacer obras buenas. No debemos permitir que estas ocasiones de hacer el bien se nos escapen de las manos. Cada una de estas oportunidades es un don de Dios y consecuentemente se nos pedirán cuentas de ellas. Recordemos las palabras de Jesucristo cuando nos dice que cualquier cosa que hagamos por el más insignificante de Sus hermanos, lo hacemos con Él, luego entonces lo que dejemos de hacer por nuestro prójimo, también dejamos de hacerlo por Jesucristo Nuestro Señor. En esto radica nuestra eterna felicidad.
Las obras corporales de misericordia son todas muy importantes en este punto. Sin embargo, debemos recordar que son secundarias en relación a las obras espirituales.
Las grandes sumas de dinero que son donados por los ricos de este mundo, con intereses publicitarios, ostentosos o para fines de la reducción del pago de impuestos, no es el espíritu de caridad que estamos buscando.
Debemos deshacernos de todo tipo de amor propio y egoísmo, como lo ha hecho Jesucristo al sacrificarse por nosotros. Debemos purificar los deseos de nuestro corazón, eliminar todo lo que es mundano y egoísta, o mejor dicho debemos eliminar todo lo que no es de Dios. Dios nos pide todo nuestro amor, no se contenta con una parte de nuestro corazón. Dios quiere que le entreguemos todo lo que somos y tenemos. Esta es nuestra meta espiritual de por vida, mientras más logramos esto, encontraremos muchas más oportunidades de ayudar a los más necesitados, toda vez que tendremos menos necesidades o deseos personales.
Estamos llamados a morir a nosotros mismos para vivir por Jesucristo.
Mientras mayor y más puro sea nuestro amor por Dios de igual manera lo será y se verá reflejado entre nosotros mismos. Debemos hacer nuestra la meta de amar a todos, incluyendo a nuestros enemigos, por el amor de Dios. Esto no disminuye nuestro amor por Dios sino que lo incrementa. Dios es el centro de nuestro amor, y así como radia alrededor Suyo, abarca todo lo que Dios ama.
Es decir que amamos a Dios sobre todas las cosas y todas las cosas por y en el amor de Dios. Por lo tanto el amor a nuestro prójimo debe ser un amor en Jesucristo. Al hacer el bien a nuestro prójimo, lo hacemos a Jesucristo ya que es el Amor de Jesucristo que nos mueve amar a los demás.
Cualquier otro tipo de “amor” a nuestro prójimo, no es verdadero sino “lujurioso”.
El amor egoísta e interesado no es verdadero amor. Esto es a lo que la mayoría de personas mundanas llama erróneamente amor. Por lo tanto las personas casadas, o que viven en concubinato sólo buscan placer personal o gratificación para sus propias pasiones y deseos. No tienen verdadero concepto del amor porque no han aprendido a negarse a si mismos y buscar a Dios con todo su corazón, mente y alma.
Esta es la razón por la cual vemos tanta miseria en una gran cantidad de familias, el odio entre el esposo y la esposa, el gran número de divorcios, abortos etc.
Debemos buscar de manera habitual dar sepultura a todos los deseos mundanos y egoístas, este es uno de los grandes obstáculos en nuestro crecimiento espiritual.
No es tan importante lo que hacemos o dejamos de hacer, ante los ojos de Dios, sino lo que deseamos hacer. ¿Cuál es lo que amamos o deseamos en nuestro corazón? Esto es lo que mueve y motiva todas nuestras acciones, esto es por lo que seremos juzgados.
Esto es lo que separa el hombre honesto del hipócrita.
Jesucristo Nuestro Señor nos dice que quien esté lleno de odio, es culpable de homicidio por haberlo de antemano deseado y quien ve a una mujer deseándola es culpable de adulterio por ya haber pecado en su corazón.
La Iglesia nos enseña que cuando se nos impide recibir algún bien como el sacramento del Bautismo, la confesión, y santa comunión, debemos formar en nosotros un gran deseo por recibirlos y Dios aceptara el deseo por el hecho.
Lo que está en nuestro corazón es lo que es importante para Dios. Debemos buscar la forma de sacar de nosotros todos los deseos desordenados para poder llenarnos del amor y deseo de Dios. De esta manera seremos capaces de amarnos los unos a los otros como debemos hacerlo y ayudarnos mutuamente sin ningún compromiso ni ataduras, sin ninguna razón egoísta sino en amor genuino y verdadero.
En este estado de nuestra alma, sembraremos méritos saludables aquí en la tierra para ser cosechados en el Cielo.
Así sea
Saturday, September 4, 2010
Saturday, August 28, 2010
DOMINGO 14 DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
29 DE AGOSTO DE 2010
Queridos hermanos:
El día de hoy nuestra santa madre la Iglesia nos recuerda que somos más que cuerpo y sangre. Jesucristo Nuestro Señor nos dice en el evangelio que no debemos preocuparnos demasiado sobre nuestras necesidades físicas, de esta vida. Tenemos cosas más importantes a considerar.
Las aves del campo, no siembran ni cosechan o guardan en graneros y tienen lo suficiente para comer, porque Dios las alimenta. Las flores del campo no se preocupan por sus ornamentos y sin embargo son más hermosas que el Rey Salomón en sus mejores galas.
Dios se encarga de todo esto y el hombre espiritual sabe que Dios así lo hace con él. El hombre espiritual sabe que tiene un alma que es mucho más importante que la alimentación, vestido, donde vivir y todo lo demás. Si busca el reino del cielo sobre todas las cosas, su Padre Celestial, proveerá y cubrirá todas las necesidades de su cuerpo.
El cuerpo tiene necesidades y deseos que son mucho más perspicaces y sensibles por el mundo que no conoce a Dios. Las necesidades y deseos del alma son mucho más intensas y sentidas con mayor rigor por el hombre espiritual. Sus necesidades físicas son menores y secundarias cuando son consideradas con las necesidades de su alma.
En la epístola de hoy, san Pablo continúa en la misma dirección. Contrasta las obras de la carne con las del alma, lo material con lo espiritual, el bien con el mal.
Las obras de la carne son muchas: fornicación, deshonestidad, impureza, lujuria, culto de ídolos, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y otras cosas semejantes. Todas estas obras que san Pablo refiere causan un gran desagrado físico y perturban la tranquilidad del alma.
El cuerpo, cuando es consentido, se carga de energía que lo hace ocuparse sobre manera en todas estas maldades. El cuerpo no razona, o considera alguna otra cosa que no sea la ilusión presente del placer y la libertad del incauto. La responsabilidad es arrojada al viento. Sin embargo, hay un precio que pagar, aún para el cuerpo, cuando todo se ha dicho y hecho. El cuerpo una vez lleno de energía, se agota y fastidia, se hace victima fácil de todo tipo de enfermedades y males.
Quienes viven en tales circunstancias tan desenfrenadas sufren físicamente las consecuencias del abuso que han multiplicado en sus cuerpos.
Si todo esto, no fuera razón suficiente para evitar los males de la carne, consideremos lo que se sufre, mucho más, en la conciencia, muy dentro del alma. Los dolores de la muerte del alma atormentan al pecador, más allá de la descripción posible en palabras.
Al ser muerta, la vida del alma y consecuentemente de la gracia, el cuerpo es informado de estos hechos, lo cual le acarrea gran miseria y sufrimiento. Como consecuencia natural, el cuerpo empieza a manifestar en sí mismo el mal que ha tomado posesión de su alma. De inmediato empezamos a ver físicamente, el horror y maldad que habita en tales individuos. La cara del pecador empedernido empieza a tomar los rasgos de la muerte al ya no haber verdadera vida en el.
Sin embargo, para quienes practican las obras del espíritu: La caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. Reciben paz y salud tanto para el alma como para el cuerpo. Así como los pecados del cuerpo lo debilitan, así las obras del espíritu le dan fuerza, fortaleza y vida al alma.
Cuando el ama está en esa condición, de la misma manera se expresa a través de los rasgos físicos del cuerpo. Cuando la gracia de Dios se encuentra presente en un individuo, no importa que tan grande sea el sufrimiento que este cuerpo recibe; la cara y el cuerpo en general muestran una gran armonía, belleza y gozo que va mucho más allá de cualquier descripción. Las enfermedades o la vejes pueden tomar lugar y cobrar peaje aparente en el cuerpo, sin embargo, la persona que goza de la vida del ama y está constantemente creciendo en la gracia de Dios es portadora de la paz y gozo que la continencia trae consigo y que derrota la muerte lenta que debe tomar su curso en el cuerpo humano.
Si buscamos antes que cualquier otra cosa el reino del Cielo, el bienestar del alma, encontraremos no sólo paz, gozo y vida del alma sino que incluso lograremos todo lo que necesitamos para el cuidado del cuerpo. Aún en la privación física, el alma es capaz de alimentar y rejuvenecer al cuerpo en sí mismo, como lo hemos visto manifiesto en la vida de muchos santos.
No debemos tener ningún temor de vivir la vida espiritual y confiar en Dios que nos ha prometido cubrir todas nuestras necesidades tanto físicas como espirituales. Todo esto lo podemos constatar en la vida de los santos. Lo que si debemos temer es tener una vida sin Dios y alejada de la gracia, porque no importante que tanto ganemos físicamente, porque sería absolutamente sin ningún valor, si nuestro cuerpo y alma son ahora y por toda la eternidad atormentados.
PAZ Y BIEN
Queridos hermanos:
El día de hoy nuestra santa madre la Iglesia nos recuerda que somos más que cuerpo y sangre. Jesucristo Nuestro Señor nos dice en el evangelio que no debemos preocuparnos demasiado sobre nuestras necesidades físicas, de esta vida. Tenemos cosas más importantes a considerar.
Las aves del campo, no siembran ni cosechan o guardan en graneros y tienen lo suficiente para comer, porque Dios las alimenta. Las flores del campo no se preocupan por sus ornamentos y sin embargo son más hermosas que el Rey Salomón en sus mejores galas.
Dios se encarga de todo esto y el hombre espiritual sabe que Dios así lo hace con él. El hombre espiritual sabe que tiene un alma que es mucho más importante que la alimentación, vestido, donde vivir y todo lo demás. Si busca el reino del cielo sobre todas las cosas, su Padre Celestial, proveerá y cubrirá todas las necesidades de su cuerpo.
El cuerpo tiene necesidades y deseos que son mucho más perspicaces y sensibles por el mundo que no conoce a Dios. Las necesidades y deseos del alma son mucho más intensas y sentidas con mayor rigor por el hombre espiritual. Sus necesidades físicas son menores y secundarias cuando son consideradas con las necesidades de su alma.
En la epístola de hoy, san Pablo continúa en la misma dirección. Contrasta las obras de la carne con las del alma, lo material con lo espiritual, el bien con el mal.
Las obras de la carne son muchas: fornicación, deshonestidad, impureza, lujuria, culto de ídolos, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y otras cosas semejantes. Todas estas obras que san Pablo refiere causan un gran desagrado físico y perturban la tranquilidad del alma.
El cuerpo, cuando es consentido, se carga de energía que lo hace ocuparse sobre manera en todas estas maldades. El cuerpo no razona, o considera alguna otra cosa que no sea la ilusión presente del placer y la libertad del incauto. La responsabilidad es arrojada al viento. Sin embargo, hay un precio que pagar, aún para el cuerpo, cuando todo se ha dicho y hecho. El cuerpo una vez lleno de energía, se agota y fastidia, se hace victima fácil de todo tipo de enfermedades y males.
Quienes viven en tales circunstancias tan desenfrenadas sufren físicamente las consecuencias del abuso que han multiplicado en sus cuerpos.
Si todo esto, no fuera razón suficiente para evitar los males de la carne, consideremos lo que se sufre, mucho más, en la conciencia, muy dentro del alma. Los dolores de la muerte del alma atormentan al pecador, más allá de la descripción posible en palabras.
Al ser muerta, la vida del alma y consecuentemente de la gracia, el cuerpo es informado de estos hechos, lo cual le acarrea gran miseria y sufrimiento. Como consecuencia natural, el cuerpo empieza a manifestar en sí mismo el mal que ha tomado posesión de su alma. De inmediato empezamos a ver físicamente, el horror y maldad que habita en tales individuos. La cara del pecador empedernido empieza a tomar los rasgos de la muerte al ya no haber verdadera vida en el.
Sin embargo, para quienes practican las obras del espíritu: La caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. Reciben paz y salud tanto para el alma como para el cuerpo. Así como los pecados del cuerpo lo debilitan, así las obras del espíritu le dan fuerza, fortaleza y vida al alma.
Cuando el ama está en esa condición, de la misma manera se expresa a través de los rasgos físicos del cuerpo. Cuando la gracia de Dios se encuentra presente en un individuo, no importa que tan grande sea el sufrimiento que este cuerpo recibe; la cara y el cuerpo en general muestran una gran armonía, belleza y gozo que va mucho más allá de cualquier descripción. Las enfermedades o la vejes pueden tomar lugar y cobrar peaje aparente en el cuerpo, sin embargo, la persona que goza de la vida del ama y está constantemente creciendo en la gracia de Dios es portadora de la paz y gozo que la continencia trae consigo y que derrota la muerte lenta que debe tomar su curso en el cuerpo humano.
Si buscamos antes que cualquier otra cosa el reino del Cielo, el bienestar del alma, encontraremos no sólo paz, gozo y vida del alma sino que incluso lograremos todo lo que necesitamos para el cuidado del cuerpo. Aún en la privación física, el alma es capaz de alimentar y rejuvenecer al cuerpo en sí mismo, como lo hemos visto manifiesto en la vida de muchos santos.
No debemos tener ningún temor de vivir la vida espiritual y confiar en Dios que nos ha prometido cubrir todas nuestras necesidades tanto físicas como espirituales. Todo esto lo podemos constatar en la vida de los santos. Lo que si debemos temer es tener una vida sin Dios y alejada de la gracia, porque no importante que tanto ganemos físicamente, porque sería absolutamente sin ningún valor, si nuestro cuerpo y alma son ahora y por toda la eternidad atormentados.
PAZ Y BIEN
Saturday, August 21, 2010
INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA
22 DE AGOSTO DE 2010
Queridos hermanos:
Consideremos a María Santísima en su inocencia y pureza, al píe de la cruz de su Hijo Jesucristo- verdadero Dios y Verdadero Hombre.
La explicación de San Juan en el Evangelio de Hoy es en cierta manera lacónica, se nos permite llenar nuestro corazón de todo lo que fue expresado sin palabras o entendimiento humano, en un nivel mucho mayor a las palabras empleadas por cualquier otro ser.
Debemos permitir a nuestra mente y corazón viajar en el tiempo y ser testigos de este hecho, una y otra vez para recibir la gracia de lo que esto significa para el bien de nuestra alma y que empiece a cambiar nuestra vida.
Cuando consideramos la crucifixión de Jesucristo nuestro Señor, frecuentemente pensamos en el dolor y sufrimiento, vemos a los ladrones crucificados a lado de Cristo N. S. pero por ahora hagamos esa escena a un lado y concentremos nuestra atención en lo que nos presenta el evangelio de hoy.
A los pies de Jesucristo Nuestro Señor crucificado permanecieron tres mujeres y san Juan. Están lo suficientemente cerca no sólo para ver a nuestro Señor y ser vistos por El, sino que están lo suficientemente cerca para escucharlo hablar. Haciendo a un lado todo esto, Jesucristo crucificado, en los últimos sufrimientos y dolor de la muerte, busca asegurar el cuidado físico de Su Madre. Todo lo demás debe tomar un segundo lugar en nuestra mente. Los judíos, los soldados, los ladrones, la oscuridad del cielo, las multitudes, todo es olvidado por un momento. Incluso, las dos otras mujeres son, igualmente desatendidas. Nuestro Señor centra su atención en Su Santísima madre. “Mujer he ahí a tu Hijo”. Aún en la agonía de la muerte, está al cuidado de Su madre. Con esto, nos está mostrando la deuda que tenemos con nuestros padres. No sólo nos dio Dios los Diez Mandamientos, sino que aún en el último momento de su vida nos demuestra lo importante que es honrar a nuestros padres.
Es verdad que también nos dice, Nuestro Señor, que no debemos obedecerlos cuando son un obstáculo en la salvación de nuestra alma, sin embargo, cuando nuestros padres no son un impedimento para el progreso espiritual, les debemos todo.
Es aquí donde vemos a María Santísima, no interferir o quejarse ante esta insoportable escena, de la crucifixión de su Hijo inocente – el Hijo de Dios. Sólo quien ha sido testigo del sufrimiento de alguien muy amado, puede imaginar el dolor que María Santísima sintió en su corazón y alma.
Frecuentemente pienso que el sufrimiento físico que sufren los padres hacia sus hijos, no es lo suficientemente grande como lo es el dolor y sufrimiento del alma y corazón que sufren estos padres amorosos al ver los sufrimientos de sus hijos.
Entender esto nos ayuda a ver los sufrimientos del corazón de María Santísima.
De la magnitud que haya sido el sufrimiento en Su corazón, está María Santísima cooperando completamente con Cristo, ofreciendo este sacrificio de Si mismo en reparación de nuestros pecados. Es de esta forma que se ha convertido ya en nuestra Madre. Sacrificó a su propio hijo, (Dios mismo) para que nuestros pecados fueran lavados y resucitemos a la vida con Jesucristo.
De esta manera Jesucristo nos confirma lo que estamos diciendo con las breves palabras: “He ahí a tu hijo” y, a menos que perdamos de vista esta obligación que Jesucristo coloca sobre nosotros, Jesucristo nos habla a nosotros en voz de san Juan: “He ahí a tu madre”. De la misma manera que tomó para sí mismo estas palabras, san Juan, debemos hacerlo nosotros.
Nuestra Santísima Madre María, nos ha amado con un amor que es tan cercano a lo divino como le es posible a una creatura amar. Ella, ha sacrificado voluntariamente lo más precioso y valioso, su Divino Hijo Jesucristo, para que nosotros podamos recibir la gracia y la vida eterna. Este sacrificio es mucho más meritorio ya que es más comprometido. Hubiera sido más fácil para nuestra Santísima Madre haberse sacrificado ella misma por nosotros en lugar de hacer sufrir a su Hijo.
Cuantos padres de familia tomarían en si mismos todo el dolor y sufrimientos posible por sus hijos, con tal de no verlos sufrir. Cuesta mucho más, sacrificar aquello que amas, más que a ti mismo, que sacrificarte tú mismo. Jesucristo Nuestro Señor ya lo ha dicho: no existe mayor amor que, sacrificar la vida por aquellos a quien amamos. El amor de María Santísima se acerca mucho al amor que Jesucristo siente por nosotros. Aceptó el mayor de los sacrificios, al sufrir por Jesucristo a quien quiere mucho más que a su vida misma.
Inocente, santa y pura, sin culpa alguna, María Santísima sufre por nosotros, como lo hizo su Hijo Jesucristo (No físicamente como El, pero sí de manera espiritual). Su amor nos exige que le mostremos total gratitud, respeto, honor y amor, que esta madre merece. Es verdadera Madre nuestra y la mejor de todas las madres.
Tomemos a María Santísima como madre nuestra y acudamos a ella en todas nuestras necesidades. No olvidemos nunca acudir a ella en nuestras presentes necesidades, imitemos a Jesucristo dando honor, amor y todo el respeto que ella merece.
Encontremos en ella toda la tranquilidad del alma y cuerpo que necesitamos en todas las ocasiones y tribulaciones. Y al momento de nuestra muerte acudamos a ella como lo hizo su Hijo Jesucristo.
Así sea.
Queridos hermanos:
Consideremos a María Santísima en su inocencia y pureza, al píe de la cruz de su Hijo Jesucristo- verdadero Dios y Verdadero Hombre.
La explicación de San Juan en el Evangelio de Hoy es en cierta manera lacónica, se nos permite llenar nuestro corazón de todo lo que fue expresado sin palabras o entendimiento humano, en un nivel mucho mayor a las palabras empleadas por cualquier otro ser.
Debemos permitir a nuestra mente y corazón viajar en el tiempo y ser testigos de este hecho, una y otra vez para recibir la gracia de lo que esto significa para el bien de nuestra alma y que empiece a cambiar nuestra vida.
Cuando consideramos la crucifixión de Jesucristo nuestro Señor, frecuentemente pensamos en el dolor y sufrimiento, vemos a los ladrones crucificados a lado de Cristo N. S. pero por ahora hagamos esa escena a un lado y concentremos nuestra atención en lo que nos presenta el evangelio de hoy.
A los pies de Jesucristo Nuestro Señor crucificado permanecieron tres mujeres y san Juan. Están lo suficientemente cerca no sólo para ver a nuestro Señor y ser vistos por El, sino que están lo suficientemente cerca para escucharlo hablar. Haciendo a un lado todo esto, Jesucristo crucificado, en los últimos sufrimientos y dolor de la muerte, busca asegurar el cuidado físico de Su Madre. Todo lo demás debe tomar un segundo lugar en nuestra mente. Los judíos, los soldados, los ladrones, la oscuridad del cielo, las multitudes, todo es olvidado por un momento. Incluso, las dos otras mujeres son, igualmente desatendidas. Nuestro Señor centra su atención en Su Santísima madre. “Mujer he ahí a tu Hijo”. Aún en la agonía de la muerte, está al cuidado de Su madre. Con esto, nos está mostrando la deuda que tenemos con nuestros padres. No sólo nos dio Dios los Diez Mandamientos, sino que aún en el último momento de su vida nos demuestra lo importante que es honrar a nuestros padres.
Es verdad que también nos dice, Nuestro Señor, que no debemos obedecerlos cuando son un obstáculo en la salvación de nuestra alma, sin embargo, cuando nuestros padres no son un impedimento para el progreso espiritual, les debemos todo.
Es aquí donde vemos a María Santísima, no interferir o quejarse ante esta insoportable escena, de la crucifixión de su Hijo inocente – el Hijo de Dios. Sólo quien ha sido testigo del sufrimiento de alguien muy amado, puede imaginar el dolor que María Santísima sintió en su corazón y alma.
Frecuentemente pienso que el sufrimiento físico que sufren los padres hacia sus hijos, no es lo suficientemente grande como lo es el dolor y sufrimiento del alma y corazón que sufren estos padres amorosos al ver los sufrimientos de sus hijos.
Entender esto nos ayuda a ver los sufrimientos del corazón de María Santísima.
De la magnitud que haya sido el sufrimiento en Su corazón, está María Santísima cooperando completamente con Cristo, ofreciendo este sacrificio de Si mismo en reparación de nuestros pecados. Es de esta forma que se ha convertido ya en nuestra Madre. Sacrificó a su propio hijo, (Dios mismo) para que nuestros pecados fueran lavados y resucitemos a la vida con Jesucristo.
De esta manera Jesucristo nos confirma lo que estamos diciendo con las breves palabras: “He ahí a tu hijo” y, a menos que perdamos de vista esta obligación que Jesucristo coloca sobre nosotros, Jesucristo nos habla a nosotros en voz de san Juan: “He ahí a tu madre”. De la misma manera que tomó para sí mismo estas palabras, san Juan, debemos hacerlo nosotros.
Nuestra Santísima Madre María, nos ha amado con un amor que es tan cercano a lo divino como le es posible a una creatura amar. Ella, ha sacrificado voluntariamente lo más precioso y valioso, su Divino Hijo Jesucristo, para que nosotros podamos recibir la gracia y la vida eterna. Este sacrificio es mucho más meritorio ya que es más comprometido. Hubiera sido más fácil para nuestra Santísima Madre haberse sacrificado ella misma por nosotros en lugar de hacer sufrir a su Hijo.
Cuantos padres de familia tomarían en si mismos todo el dolor y sufrimientos posible por sus hijos, con tal de no verlos sufrir. Cuesta mucho más, sacrificar aquello que amas, más que a ti mismo, que sacrificarte tú mismo. Jesucristo Nuestro Señor ya lo ha dicho: no existe mayor amor que, sacrificar la vida por aquellos a quien amamos. El amor de María Santísima se acerca mucho al amor que Jesucristo siente por nosotros. Aceptó el mayor de los sacrificios, al sufrir por Jesucristo a quien quiere mucho más que a su vida misma.
Inocente, santa y pura, sin culpa alguna, María Santísima sufre por nosotros, como lo hizo su Hijo Jesucristo (No físicamente como El, pero sí de manera espiritual). Su amor nos exige que le mostremos total gratitud, respeto, honor y amor, que esta madre merece. Es verdadera Madre nuestra y la mejor de todas las madres.
Tomemos a María Santísima como madre nuestra y acudamos a ella en todas nuestras necesidades. No olvidemos nunca acudir a ella en nuestras presentes necesidades, imitemos a Jesucristo dando honor, amor y todo el respeto que ella merece.
Encontremos en ella toda la tranquilidad del alma y cuerpo que necesitamos en todas las ocasiones y tribulaciones. Y al momento de nuestra muerte acudamos a ella como lo hizo su Hijo Jesucristo.
Así sea.
Saturday, August 14, 2010
ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
15 DE AGOSTO DE 2010
Queridos Hermanos:
El día de hoy celebramos la Asunción al Cielo, de la Santísima virgen María. Donde ahora habita como Reina del Cielo y la Tierra.
El evangelio de este día nos presenta el humilde corazón y alma de María Santísima, que la hace merecedora de tanta Gloria. Las palabras del Magnificat son de gran instrucción para nuestra vida diaria.
“Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador”.
Con estas palabras María nos da una breve descripción de lo que guarda su alma, verdadero tabernáculo del Espíritu Santo mucho antes de que el Hijo de Dios habitara en su vientre. Con Dios habitando en ella, naturalmente que empezó a magnificar o incrementar la presencia de Dios en este mundo.
Todos los que entraban en contacto con ella, no podían hacer otra cosa más que, ver la bondad que resplandecía en ella. De igual manera todos los hombres de buena voluntad recibían una chispa de este Divino huésped.
De esta manera Nuestra Santísima Madre incrementaba y engrandecía la presencia de Dios entre nosotros.
Con todo esto, María Santísima nos muestra la plenitud en ella del plan original de Dios, en la creación. Cuando Dios creó al hombre lo colocó en el Paraíso Terrenal, desde donde tenía la comisión de extender este paraíso sobre la faz de la tierra, expulsando a los demonios y su maldad.
La misión del hombre era engrandecer la presencia de Dios sobre la tierra. La creación entera estaba y aún está esperando la venida del Hijo de Dios. El desorden existente en todo el mundo pide a gritos el retorno al orden establecido por Dios.
El primer hombre falló en lograr esto, en lugar de aumentar y lograr la presencia de Dios, hizo todo lo contrario al reducir la presencia de Dios en el mundo y en su corazón, logrando con esto expulsar al Paraíso, de su entorno y de su alma.
Esta ha sido la herencia de nuestros primeros padres. Venimos a este mundo sin la presencia de Dios en nosotros. Sin embargo, con la Concepción Inmaculada de María Santísima hemos recibido una segunda oportunidad, es decir, hacer posible que Dios habite en nosotros.
La santísima virgen María vino a este mundo llena de la gracia de Dios y nunca la expulsó de su alma. Y en este estado tan complaciente a Dios, (quien tiene gran alegría al estar con los hijos del hombre) vemos que la gracia de Dios se propaga en todos los que entran en contacto con Ella.
En este estado espiritual vemos que, no sólo fue digna en llevar la presencia de Dios en su alma, sino que más aún fue verdaderamente merecedora de recibir la tremenda gracia de que Dios habitara en su vientre y la llamara Madre.
Así lo vemos en el evangelio de hoy, al visitar a Santa Isabel, quien expresa la maravilla más hermosa que ha tomado lugar en María Santísima y la gracia que resplandece en Jesucristo al vivir en Ella causando la alegría del infante en su vientre.
María santísima nunca perdió el estado de la gracia de Dios luego entonces constantemente incrementaba la presencia de Dios en ella. Aún en nuestros días vemos que, los que mantienen una verdadera devoción a la Madre de Dios reciben por medio de ella grandes gracias.
De esta manera el plan original de Dios, gradualmente y de manera lenta desde nuestro punto de vista, se va realizando. El número de los elegidos que tienen el alma que ha de glorificar a Dios es atraído a María santísima, la verdadera fe y a Jesucristo. Cuando el número de los elegidos sea sellado y completo, el resto de los mortales será purgado.
Se renovará la faz de la tierra y en ese momento todo estará en el orden debido, al vivir todos en Jesucristo y Jesucristo en nosotros. El plan original de Dios será realizado. El hombre habrá propagado el Paraíso Terrenal sobre toda la tierra. Toda la maldad habrá sido rechazada. Dios habrá experimentado el deseo y alegría de permanecer con los hijos del hombre.
La asunción de María Santísima nos muestra la alegría que nos espera en el Cielo y después de la resurrección general. Sin embargo, para poder alcanzar este nivel es necesario que imitemos la vida de María Santísima y permitir que Dios y Su gracia impregnen nuestra alma al humillarnos completamente y hacer espacio para que habite en ella.
Dios no puede habitar en una parte de nuestra alma, debe ser total y completamente. No puede haber espacio para nadie ni nada más. Sólo de esta manera reunimos los requisitos, como debe ser en el Plan de Dios y ser como María Santísima; almas que glorifican al Señor, nuestro Dios y Salvador.
Así sea
Queridos Hermanos:
El día de hoy celebramos la Asunción al Cielo, de la Santísima virgen María. Donde ahora habita como Reina del Cielo y la Tierra.
El evangelio de este día nos presenta el humilde corazón y alma de María Santísima, que la hace merecedora de tanta Gloria. Las palabras del Magnificat son de gran instrucción para nuestra vida diaria.
“Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador”.
Con estas palabras María nos da una breve descripción de lo que guarda su alma, verdadero tabernáculo del Espíritu Santo mucho antes de que el Hijo de Dios habitara en su vientre. Con Dios habitando en ella, naturalmente que empezó a magnificar o incrementar la presencia de Dios en este mundo.
Todos los que entraban en contacto con ella, no podían hacer otra cosa más que, ver la bondad que resplandecía en ella. De igual manera todos los hombres de buena voluntad recibían una chispa de este Divino huésped.
De esta manera Nuestra Santísima Madre incrementaba y engrandecía la presencia de Dios entre nosotros.
Con todo esto, María Santísima nos muestra la plenitud en ella del plan original de Dios, en la creación. Cuando Dios creó al hombre lo colocó en el Paraíso Terrenal, desde donde tenía la comisión de extender este paraíso sobre la faz de la tierra, expulsando a los demonios y su maldad.
La misión del hombre era engrandecer la presencia de Dios sobre la tierra. La creación entera estaba y aún está esperando la venida del Hijo de Dios. El desorden existente en todo el mundo pide a gritos el retorno al orden establecido por Dios.
El primer hombre falló en lograr esto, en lugar de aumentar y lograr la presencia de Dios, hizo todo lo contrario al reducir la presencia de Dios en el mundo y en su corazón, logrando con esto expulsar al Paraíso, de su entorno y de su alma.
Esta ha sido la herencia de nuestros primeros padres. Venimos a este mundo sin la presencia de Dios en nosotros. Sin embargo, con la Concepción Inmaculada de María Santísima hemos recibido una segunda oportunidad, es decir, hacer posible que Dios habite en nosotros.
La santísima virgen María vino a este mundo llena de la gracia de Dios y nunca la expulsó de su alma. Y en este estado tan complaciente a Dios, (quien tiene gran alegría al estar con los hijos del hombre) vemos que la gracia de Dios se propaga en todos los que entran en contacto con Ella.
En este estado espiritual vemos que, no sólo fue digna en llevar la presencia de Dios en su alma, sino que más aún fue verdaderamente merecedora de recibir la tremenda gracia de que Dios habitara en su vientre y la llamara Madre.
Así lo vemos en el evangelio de hoy, al visitar a Santa Isabel, quien expresa la maravilla más hermosa que ha tomado lugar en María Santísima y la gracia que resplandece en Jesucristo al vivir en Ella causando la alegría del infante en su vientre.
María santísima nunca perdió el estado de la gracia de Dios luego entonces constantemente incrementaba la presencia de Dios en ella. Aún en nuestros días vemos que, los que mantienen una verdadera devoción a la Madre de Dios reciben por medio de ella grandes gracias.
De esta manera el plan original de Dios, gradualmente y de manera lenta desde nuestro punto de vista, se va realizando. El número de los elegidos que tienen el alma que ha de glorificar a Dios es atraído a María santísima, la verdadera fe y a Jesucristo. Cuando el número de los elegidos sea sellado y completo, el resto de los mortales será purgado.
Se renovará la faz de la tierra y en ese momento todo estará en el orden debido, al vivir todos en Jesucristo y Jesucristo en nosotros. El plan original de Dios será realizado. El hombre habrá propagado el Paraíso Terrenal sobre toda la tierra. Toda la maldad habrá sido rechazada. Dios habrá experimentado el deseo y alegría de permanecer con los hijos del hombre.
La asunción de María Santísima nos muestra la alegría que nos espera en el Cielo y después de la resurrección general. Sin embargo, para poder alcanzar este nivel es necesario que imitemos la vida de María Santísima y permitir que Dios y Su gracia impregnen nuestra alma al humillarnos completamente y hacer espacio para que habite en ella.
Dios no puede habitar en una parte de nuestra alma, debe ser total y completamente. No puede haber espacio para nadie ni nada más. Sólo de esta manera reunimos los requisitos, como debe ser en el Plan de Dios y ser como María Santísima; almas que glorifican al Señor, nuestro Dios y Salvador.
Así sea
Saturday, August 7, 2010
DOMINGO 11ro. DESPUÉS DE PENTECOSTES
8 DE AGOSTO DE 2010
Queridos Hermanos:
Contamos con muchos sacramentales alrededor nuestro, sin embargo, la mayoría de la personas no aprecian el valor de estos. Los sacramentales son como los sacramentos, sin embargo son algo diferente.
Los sacramentos fueron instituidos por Jesucristo Nuestro Señor y dan la gracia por la eficacia con la que fueron destinados otorgar, siempre y cuando el que los recibe no ponga ningún obstáculo para ello. Los sacramentales fueron instituidos por la Iglesia y, su eficacia radica en la bendición y oración instituida por esta misma.
Los sacramentos son necesarios y ordenados por Dios, mientras que los sacramentales son sólo recomendaciones de la Iglesia como acciones benéficas y de gran ayuda. Los sacramentales son todas aquellas cosas que la Iglesia bendice y consagra para la adoración divina, y para nuestro uso piadoso, tales son, el agua bendita, aceite, sal, pan, vino, rosarios, palmas, medallas, altares y cálices; también lo son las bendiciones, exorcismos, consagraciones y dedicaciones usadas por la Iglesia.
Desde la caída de Adán, todas las criaturas de este mundo se encuentran en un estado de total desorden; son los hijos de Dios quienes están constantemente buscando restablecer este orden perdido. Es por medio y uso de los sacramentales que todo católico tiene el poder de lograr esto. Los demonios abundan en este mundo buscando completar el caos total, promoviendo el desorden y todo tipo de maldad.
Estos demonios toman posesión sobre los animales, propiedades, alimentación y la gente misma. El objetivo final de estos demonios es la condenación eterna de las almas. La destrucción de todo orden y verdad, establecida en todo lo creado por Dios.
Cuando hacemos uso de los sacramentales con verdadera fe, podemos y de hecho logramos expulsar a los demonios. El simple hecho del uso de la santa cruz para persignarnos que aprendimos desde niños, es una de las armas más poderosas para hacer correr de nosotros, a los demonios. Sin embargo, muchos católicos, por no tener cuidado, vergüenza o por negligencia, rara vez hacen la señal de la Cruz, y cuando lo hacen, va acompañada, de ligerezas o temor, al hacerlo escondidas para que nadie los vea. Parece tan incongruente que empuñemos una de las armas espirituales más poderosas y nos quedemos asustados por temor al qué dirán. Con este tipo de católicos, nos preguntaríamos acaso ¿Por qué están los demonios, ganando la batalla por las almas?
La Señal de la Cruz es la representación, para el mundo y los demonios que, Jesucristo Nuestro Señor los ha conquistado a ellos y a la muerte y que nosotros, como sus seguidores haremos lo mismo. Esta señal es odiada y temida por los demonios, especialmente cuando se hace con esperanza y fe, por que los manda expulsados de regreso al infierno. Cuando agregamos a esta práctica, el uso del agua bendita, evitamos muchas caídas en esta vida, porque los ministros del desorden y perdición se mantienen alejados de nosotros. No sólo se evitan los males espirituales, de igual manera son reducidos los males físicos.
Es importante tener en mente que los sacramentales no son supersticiones, u objetos de buena suerte; son armas espirituales que debemos utilizar como protección y armadura en la lucha por la salvación eterna de nuestra alma. Debemos usarlos con fe y confianza, como lo hacen los guerreros con sus escudos.
En ocasiones sucede que los demonios nos ganan la pelea aún con el uso adecuado de estos sacramentales; la razón es muy simple. Frecuentemente es para nuestro propio bien, sufrir algún tipo de maldad, Dios lo permite para fortalecer nuestra salvación. Por lo tanto al hacer uso de estos sacramentales y al hacer oración nos resignemos hacer la Voluntad de Dios, ya que El sabe lo que es mejor para nosotros.
Sin embargo, debemos resistir la tentación de no tener cuidado en nuestra batalla, al caer en la presunción de que se haga la voluntad de Dios, sin nuestra colaboración. La voluntad de Dios es que luchemos valientemente y hagamos uso de las armas que nos ha dado en los Sacramentos y en los sacramentales a través de la Iglesia.
Los sacramentales también nos traen tanto bienes espirituales como materiales. Tienen el respaldo de la oración total de la Iglesia militante, purgante y triunfante para que las cosas buenas de Dios sean obtenidas por medio de su uso.
Debemos intentar, siempre hacer uso de estos con fe y confianza, debemos tener una buena intención; especialmente de forma espiritual. No podemos esperar que Dios escuche nuestras peticiones por razones mundanas únicamente o por el mal deseado a nosotros o a los demás. Debemos estar siempre resignados a la voluntad de Dios. Su Voluntad es la prueba y forma final, de saber lo que es bueno o malo para nosotros, ya que de nuestras propias fuerzas es incompetente saber lo que mejor nos conviene.
Finalmente, tengamos siempre un corazón puro o por lo menos un corazón arrepentido que, busque la ayuda de Dios en nuestra batalla diaria. Cuando los Israelitas pecaron y de manera impenitente estuvieron frente el Arca, fueron derrotados, por no estar adecuadamente arrepentidos de su maldad. Lo mismo sucede con nosotros y los sacramentales, si no tenemos un corazón puro y arrepentido no serán de ayuda para nuestra salvación eterna.
Así sea
Queridos Hermanos:
Contamos con muchos sacramentales alrededor nuestro, sin embargo, la mayoría de la personas no aprecian el valor de estos. Los sacramentales son como los sacramentos, sin embargo son algo diferente.
Los sacramentos fueron instituidos por Jesucristo Nuestro Señor y dan la gracia por la eficacia con la que fueron destinados otorgar, siempre y cuando el que los recibe no ponga ningún obstáculo para ello. Los sacramentales fueron instituidos por la Iglesia y, su eficacia radica en la bendición y oración instituida por esta misma.
Los sacramentos son necesarios y ordenados por Dios, mientras que los sacramentales son sólo recomendaciones de la Iglesia como acciones benéficas y de gran ayuda. Los sacramentales son todas aquellas cosas que la Iglesia bendice y consagra para la adoración divina, y para nuestro uso piadoso, tales son, el agua bendita, aceite, sal, pan, vino, rosarios, palmas, medallas, altares y cálices; también lo son las bendiciones, exorcismos, consagraciones y dedicaciones usadas por la Iglesia.
Desde la caída de Adán, todas las criaturas de este mundo se encuentran en un estado de total desorden; son los hijos de Dios quienes están constantemente buscando restablecer este orden perdido. Es por medio y uso de los sacramentales que todo católico tiene el poder de lograr esto. Los demonios abundan en este mundo buscando completar el caos total, promoviendo el desorden y todo tipo de maldad.
Estos demonios toman posesión sobre los animales, propiedades, alimentación y la gente misma. El objetivo final de estos demonios es la condenación eterna de las almas. La destrucción de todo orden y verdad, establecida en todo lo creado por Dios.
Cuando hacemos uso de los sacramentales con verdadera fe, podemos y de hecho logramos expulsar a los demonios. El simple hecho del uso de la santa cruz para persignarnos que aprendimos desde niños, es una de las armas más poderosas para hacer correr de nosotros, a los demonios. Sin embargo, muchos católicos, por no tener cuidado, vergüenza o por negligencia, rara vez hacen la señal de la Cruz, y cuando lo hacen, va acompañada, de ligerezas o temor, al hacerlo escondidas para que nadie los vea. Parece tan incongruente que empuñemos una de las armas espirituales más poderosas y nos quedemos asustados por temor al qué dirán. Con este tipo de católicos, nos preguntaríamos acaso ¿Por qué están los demonios, ganando la batalla por las almas?
La Señal de la Cruz es la representación, para el mundo y los demonios que, Jesucristo Nuestro Señor los ha conquistado a ellos y a la muerte y que nosotros, como sus seguidores haremos lo mismo. Esta señal es odiada y temida por los demonios, especialmente cuando se hace con esperanza y fe, por que los manda expulsados de regreso al infierno. Cuando agregamos a esta práctica, el uso del agua bendita, evitamos muchas caídas en esta vida, porque los ministros del desorden y perdición se mantienen alejados de nosotros. No sólo se evitan los males espirituales, de igual manera son reducidos los males físicos.
Es importante tener en mente que los sacramentales no son supersticiones, u objetos de buena suerte; son armas espirituales que debemos utilizar como protección y armadura en la lucha por la salvación eterna de nuestra alma. Debemos usarlos con fe y confianza, como lo hacen los guerreros con sus escudos.
En ocasiones sucede que los demonios nos ganan la pelea aún con el uso adecuado de estos sacramentales; la razón es muy simple. Frecuentemente es para nuestro propio bien, sufrir algún tipo de maldad, Dios lo permite para fortalecer nuestra salvación. Por lo tanto al hacer uso de estos sacramentales y al hacer oración nos resignemos hacer la Voluntad de Dios, ya que El sabe lo que es mejor para nosotros.
Sin embargo, debemos resistir la tentación de no tener cuidado en nuestra batalla, al caer en la presunción de que se haga la voluntad de Dios, sin nuestra colaboración. La voluntad de Dios es que luchemos valientemente y hagamos uso de las armas que nos ha dado en los Sacramentos y en los sacramentales a través de la Iglesia.
Los sacramentales también nos traen tanto bienes espirituales como materiales. Tienen el respaldo de la oración total de la Iglesia militante, purgante y triunfante para que las cosas buenas de Dios sean obtenidas por medio de su uso.
Debemos intentar, siempre hacer uso de estos con fe y confianza, debemos tener una buena intención; especialmente de forma espiritual. No podemos esperar que Dios escuche nuestras peticiones por razones mundanas únicamente o por el mal deseado a nosotros o a los demás. Debemos estar siempre resignados a la voluntad de Dios. Su Voluntad es la prueba y forma final, de saber lo que es bueno o malo para nosotros, ya que de nuestras propias fuerzas es incompetente saber lo que mejor nos conviene.
Finalmente, tengamos siempre un corazón puro o por lo menos un corazón arrepentido que, busque la ayuda de Dios en nuestra batalla diaria. Cuando los Israelitas pecaron y de manera impenitente estuvieron frente el Arca, fueron derrotados, por no estar adecuadamente arrepentidos de su maldad. Lo mismo sucede con nosotros y los sacramentales, si no tenemos un corazón puro y arrepentido no serán de ayuda para nuestra salvación eterna.
Así sea
Saturday, July 31, 2010
DOMINGO DECIMO DESPUÉS DE PENTECOSTES
1 AGOSTO DE 2010
Queridos Hermanos:
El hombre humilde fue justificado mientras que el orgulloso no lo fue. La gracia de Dios, es la que siempre inicia el proceso hacia el perdón. Sin la gracia inicial que Dios nos da, no seriamos capaces de reconocer la miserable situación de nuestra alma y la necesidad por cambiar.
Todo pecador que ha experimentado los remordimientos de su conciencia seguidos del arrepentimiento por sus actos pecaminosos, ha experimentado la gracia de Dios.
Lamentablemente muchas personas se imaginan que este remordimiento viene de ellos mismos, no reconocen que es un don de Dios al pensar que todavía les queda algo de bueno en sí mismos, ni aún después de reconocer que, están en pecado mortal. Es decir que su alma está muerta.
Esta vanidad se convierte en un obstáculo para el perdón, puede llevarlos hacer penitencia, sin embargo no son, lo suficientemente humildes, como deberían serlo.
En nuestras confesiones debemos procurar la perfecta contrición, motivada por el amor a Dios. Sin embargo, la contrición perfecta no es tan común como debería serlo. Muchos se engañan al creer que la poseen cuando están muy lejos de esta. Tales personas se asemejan mucho a los fariseos de los que nos habla el evangelio de hoy. Mientras que veían con desprecio a los demás hombres, se imaginaban ser ellos quienes tenían el verdadero amor por Dios. Cuando se dan cuenta de algunos de los pecados que han cometido, se imaginan que el dolor que sienten por estos en su conciencia, se basa en el gran amor que sienten por Dios, en lugar de verlo como una gracia especial inmerecida que es enviada por Dios.
La contrición imperfecta por otro lado, es el mínimo requisito indispensable para el sacramento de la confesión, es decir cuando estamos arrepentidos por temor al castigo que nuestros pecados nos acarrean. Esta es igualmente una gracia inmerecida que Dios nos manda.
Mientras que busquemos con mayor perfección la verdadera contrición de nuestros pecados, debemos al mismo tiempo, cuidarnos de no caer en la vanidad y el orgullo.
Debemos tener cuidado de no caer en el gran vicio de la presunción que nos señala que nuestra contrición es motivada por el gran amor que sentimos por Dios y empecemos a creer ser alguien de valor, cuando en realidad no somos nada.
Las gracias y bendiciones de Dios, vienen a nosotros sin ningún mérito de parte nuestra. Recibimos la gracia de la fe, creeos lo que Dios nos ha revelado por que El nos lo ha revelado. No podemos encontrar o merecer esta gracia. Viene a nosotros como un regalo de Dios que o bien lo aceptamos, lo rechazamos o cooperamos con ella. Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para, de manera reciproca cooperar con Su gracia.
La gracia de la esperanza nos llena del deseo de que Dios continúe siendo generoso con nosotros, nos perdone y nos de todo lo que necesitamos para recibir y cooperar con Su gracia para un día obtener la recompensa de la gracia de la felicidad eterna en el Cielo.
La gracia del amor es una de las mayores virtudes, ya que ésta continúa por toda la eternidad. Esta es de igual manera sin mérito de nuestra parte, nos es dada para que una vez que cooperemos con esta se incremente y fortalezca en nuestra alma. Dios nos da la gracia primera y si nosotros cooperamos con ésta, nos enviara una segunda y si cooperamos con esta, nos va a mandar más y más hasta llegar al grado máximo del amor que nos una con El en el Cielo.
Este proceso es frecuentemente comparado con la elaboración de una cadena; Dios nos da el primer eslabón y, al cooperar nosotros, unimos el segundo y así sucesivamente hasta llegar al Cielo.
Este proceso es igualmente obstaculizado por nuestra vanidad y orgullo. Una vez que olvidamos que toda gracia viene de Dios y, empezamos a creer que viene de nosotros mismos, que son méritos nuestros, interrumpimos con esto, la cadena de gracias.
El fariseo del que nos habla el evangelio de hoy creyó que, el mérito era de él sólo y no encaminado por la gracia de Dios, convirtiéndose de esta manera en ladrón y mentiroso. Trata de robar el crédito y honor que le pertenece sólo a Dios y, miente al pensar que todo se debe a mérito propio.
El publicano que lo único que veía y reconocía como suyo, era el pecado, aseguraba que cualquier cosa buena en el no era propia sino de la obra de la mano de Dios. Esta humildad (honestidad y verdad) es lo que le mereció la misericordia y la justificación de Dios.
Aprendamos de esta parábola que, cualquier cosa buena que haya en nosotros, es un don de Dios y todo mal que nos acompaña merito nuestro. En esta actitud humilde golpeemos nuestro pecho como el publicano, rogando la misericordia de Dios, para ser dignos y merecedores de recibir el siguiente eslabón en esta cadena de gracias.
Así sea
Queridos Hermanos:
El hombre humilde fue justificado mientras que el orgulloso no lo fue. La gracia de Dios, es la que siempre inicia el proceso hacia el perdón. Sin la gracia inicial que Dios nos da, no seriamos capaces de reconocer la miserable situación de nuestra alma y la necesidad por cambiar.
Todo pecador que ha experimentado los remordimientos de su conciencia seguidos del arrepentimiento por sus actos pecaminosos, ha experimentado la gracia de Dios.
Lamentablemente muchas personas se imaginan que este remordimiento viene de ellos mismos, no reconocen que es un don de Dios al pensar que todavía les queda algo de bueno en sí mismos, ni aún después de reconocer que, están en pecado mortal. Es decir que su alma está muerta.
Esta vanidad se convierte en un obstáculo para el perdón, puede llevarlos hacer penitencia, sin embargo no son, lo suficientemente humildes, como deberían serlo.
En nuestras confesiones debemos procurar la perfecta contrición, motivada por el amor a Dios. Sin embargo, la contrición perfecta no es tan común como debería serlo. Muchos se engañan al creer que la poseen cuando están muy lejos de esta. Tales personas se asemejan mucho a los fariseos de los que nos habla el evangelio de hoy. Mientras que veían con desprecio a los demás hombres, se imaginaban ser ellos quienes tenían el verdadero amor por Dios. Cuando se dan cuenta de algunos de los pecados que han cometido, se imaginan que el dolor que sienten por estos en su conciencia, se basa en el gran amor que sienten por Dios, en lugar de verlo como una gracia especial inmerecida que es enviada por Dios.
La contrición imperfecta por otro lado, es el mínimo requisito indispensable para el sacramento de la confesión, es decir cuando estamos arrepentidos por temor al castigo que nuestros pecados nos acarrean. Esta es igualmente una gracia inmerecida que Dios nos manda.
Mientras que busquemos con mayor perfección la verdadera contrición de nuestros pecados, debemos al mismo tiempo, cuidarnos de no caer en la vanidad y el orgullo.
Debemos tener cuidado de no caer en el gran vicio de la presunción que nos señala que nuestra contrición es motivada por el gran amor que sentimos por Dios y empecemos a creer ser alguien de valor, cuando en realidad no somos nada.
Las gracias y bendiciones de Dios, vienen a nosotros sin ningún mérito de parte nuestra. Recibimos la gracia de la fe, creeos lo que Dios nos ha revelado por que El nos lo ha revelado. No podemos encontrar o merecer esta gracia. Viene a nosotros como un regalo de Dios que o bien lo aceptamos, lo rechazamos o cooperamos con ella. Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para, de manera reciproca cooperar con Su gracia.
La gracia de la esperanza nos llena del deseo de que Dios continúe siendo generoso con nosotros, nos perdone y nos de todo lo que necesitamos para recibir y cooperar con Su gracia para un día obtener la recompensa de la gracia de la felicidad eterna en el Cielo.
La gracia del amor es una de las mayores virtudes, ya que ésta continúa por toda la eternidad. Esta es de igual manera sin mérito de nuestra parte, nos es dada para que una vez que cooperemos con esta se incremente y fortalezca en nuestra alma. Dios nos da la gracia primera y si nosotros cooperamos con ésta, nos enviara una segunda y si cooperamos con esta, nos va a mandar más y más hasta llegar al grado máximo del amor que nos una con El en el Cielo.
Este proceso es frecuentemente comparado con la elaboración de una cadena; Dios nos da el primer eslabón y, al cooperar nosotros, unimos el segundo y así sucesivamente hasta llegar al Cielo.
Este proceso es igualmente obstaculizado por nuestra vanidad y orgullo. Una vez que olvidamos que toda gracia viene de Dios y, empezamos a creer que viene de nosotros mismos, que son méritos nuestros, interrumpimos con esto, la cadena de gracias.
El fariseo del que nos habla el evangelio de hoy creyó que, el mérito era de él sólo y no encaminado por la gracia de Dios, convirtiéndose de esta manera en ladrón y mentiroso. Trata de robar el crédito y honor que le pertenece sólo a Dios y, miente al pensar que todo se debe a mérito propio.
El publicano que lo único que veía y reconocía como suyo, era el pecado, aseguraba que cualquier cosa buena en el no era propia sino de la obra de la mano de Dios. Esta humildad (honestidad y verdad) es lo que le mereció la misericordia y la justificación de Dios.
Aprendamos de esta parábola que, cualquier cosa buena que haya en nosotros, es un don de Dios y todo mal que nos acompaña merito nuestro. En esta actitud humilde golpeemos nuestro pecho como el publicano, rogando la misericordia de Dios, para ser dignos y merecedores de recibir el siguiente eslabón en esta cadena de gracias.
Así sea
Saturday, July 24, 2010
FESTIVIDAD DE SANTO SANTIAGO APOSTOL
25 DE JULIO DE 2010
Queridos Hermanos.
El día de hoy celebramos la festividad de santo Santiago apóstol, hijo de Zebedeo, hermano de san Juan Evangelista.
Es la madre de estos que nos dice el Evangelio de hoy, acudio a Jesús, con sus dos hijos pidiéndole que: “estos dos hijos míos tengan su asiento en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Todo parece indicar que, tal vez estos hijos mandaron a la madre hacer esta petición a Jesucristo, ya que la respuesta fue dirigida a ellos. Les pregunta si pueden seguirlo en Su sufrimiento y agrega que, El no puede darles ese lugar que está reservado para quienes Su Padre tenga designado.
En la epístola de hoy, san Pablo hace una descripción de los sufrimientos por los que ha de pasar un apóstol de Jesucristo. La vida de un apóstol es el que sigue de cerca e imita sus sufrimientos y su cruz. Los apóstoles son “condenados a muerte”, “necios, por amor de Cristo”.
Un digno seguidor de Cristo va a ser odiado por el mundo, será acusado de estar loco, como acusaron a Jesucristo N.S. la recompensa en morir por Jesucristo como El lo hizo por nosotros.
No existe mayor amor que morir voluntariamente por amor a Dios. Santo Santiago murió en Jerusalén, el año 42 o 43, decapitado en tiempo de Herodes Agripa.
Santo Santiago, junto con su hermano San Juan y San Pedro fueron los tres discípulos que se encontraban con Jesucristo al momento de la Transfiguración. Tal vez esta fue la razón que inspiro dicha santa ambición de ocupar los primeros lugares. Sin embargo sabemos que, esto fue para fortalecerlos en la fe y prepararlos para resistir los ataques en su contra que vendrían posteriormente.
La petición de estos dos hermanos, en cierta manera perturba a los demás apóstoles, por lo cual Nuestro Señor Jesucristo hace énfasis en la necesidad de la humildad. El mayor en el reino de los cielos debe hacerse el último. Vemos claramente como hombres orgullosos y ambiciosos son transformados en humildes y espirituales.
En esta ambición espiritual por humildad, vemos ahora competir a los apóstoles, buscan el último de los lugares en este mundo para alcanzar los primeros lugares en el cielo. Con la fuerza del espíritu Santo ahora en ellos no tuvieron ningún temor a los poderes de este mundo, sufrimientos o cruces que encontrarían en su camino, ni temor a la muerte misma. Por el contrario, con gran júbilo y esperanza, buscaban los mayores sufrimientos para poder imitar a Jesucristo N. S en Sus sufrimientos.
El martirio deja de ser castigo para convertirse en recompensa.
La muerte ya no es un enemigo sino un gran aliado.
La cruz de Jesucristo que se presentaba para la mayoría de las personas de este mundo como algo irracional y como un gran obstáculo en el camino, se transformo en los apóstoles en una gran bendición y escalera al Cielo.
La cruz es ahora donde se fundamenta y construye nuestra vida espiritual. Es el punto de inicio o llave para poder merecer nuestra recompensa eterna. Todo ser humano debe cargar su cruz, pero solo el hombre espiritual la lleva con honor para encontrar la vida eterna.
La persona mundana que rechaza y se resiste a cargar con su cruz diariamente, no se libera de esta y encuentra cruces mucho mayores y más abundantes que lo llevaran sin lugar a dudas al Infierno.
No importa si nos encontramos sumergidos en el pecado o libre de este, no hay forma de escapar a nuestra Cruz. Evidentemente quien ha ofendido a Dios debe cargar su cruz con la penitencia para reparar el daño ocasionado por el pecado. Mientras no aceptemos nuestras cruces todos y cada día, no encontraremos jamás descanso en nuestra alma.
Cuando aceptamos nuestras cruces, la justicia se hace presente en nuestra alma y nos hacemos merecedores de las bendiciones que Jesucristo ganó para nosotros. A menos que nos coloquemos a los pies de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, con nuestras propias cruces, la misericordia y gracia de Dios jamás caerá sobre nosotros. Vemos a nuestra Santísima madre a los pies de la cruz de nuestro señor y Salvador Jesucristo. ¿Cómo es posible, que fuera necesario también para ella cargar Su cruz y estar a los pies de Su Hijo? Nuestra santísima madre sin pecado alguno, ni siquiera el pecado original, encontró benéfico cargar con su cruz de dolor y sufrimiento, haciéndolo de manera voluntaria y llena de amor.
Para poder merecer la gracia de Dios, debemos unirnos a Él –luego entonces, el ser más perfecto – la Santísima Virgen María, vio la necesidad de imitar y seguir a su Hijo.
La única esperanza nuestra es seguir amorosamente a Nuestro Señor Jesucristo con nuestras propias cruces. El único camino al cielo pasa directamente por el Calvario.
Santo Santiago, los apóstoles y todos los santos a través de toda la historia hicieron suyas las palabras de amonestación de nuestro Señor Jesucristo, ser humildes y buscar los lugares más humildes en esta vida para merecer los mejores en el cielo.
Lamentablemente la mayoría de la gente de nuestros días busca evitar a toda costa y huyen de la humildad y de los lugares menos importantes de este mundo. ¿Qué les espera en la eternidad? Si los últimos serán los primeros; lógicamente los que buscan los mejores lugares en este mundo recibirán los últimos en el cielo. En caso de lograr llegar a este.
La belleza, gloria y alegría del cielo es real y digna de ser deseada con todo nuestro ser, lo cual se obtiene únicamente con acciones y obras de verdadera fe. Sería tonto pensar que seremos recompensados sin hacer algo al respecto.
Santo Santiago y su hermano desearon un lugar especial como algo que no requería de algún mérito; sin embargo nuestro señor Jesucristo mostró a ellos y a nosotros que hay un precio que pagar, si queremos recibir las bendiciones del cielo. Los lugares principales del cielo, están reservados para quienes se hacen uno en Nuestro Señor Jesucristo.
Ambos apóstoles, santo Santiago y san Juan siguieron a nuestro señor Jesucristo en su sufrimiento y muerte. Por lo que se encuentran ahora habitando el Cielo.
La santísima virgen María, inocente igual que su Hijo, sufrió y cargo con su dolor por amor, tal y como lo hizo su hijo, luego entonces al imitarlo obtuvo el lugar principal al lado de este, como lo han hecho los apóstoles y santos que ahora se encuentran en el cielo. Todos ellos ocupan un lugar privilegiado al lado de Jesucristo tal y como lo hicieron en los sufrimientos, mientras se encontraban en este mundo.
Es bueno desear el cielo, sin embargo, en necesario que no quede únicamente en una buena intención, sino que se convierta en una meta que debemos alcanzar, cargando diariamente con nuestra cruz y acercándonos cada vez más a nuestro señor Jesucristo, en cada palabra, pensamiento y acción. Especialmente en cada cruz cargada de humillaciones y sufrimientos.
Así sea
Queridos Hermanos.
El día de hoy celebramos la festividad de santo Santiago apóstol, hijo de Zebedeo, hermano de san Juan Evangelista.
Es la madre de estos que nos dice el Evangelio de hoy, acudio a Jesús, con sus dos hijos pidiéndole que: “estos dos hijos míos tengan su asiento en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Todo parece indicar que, tal vez estos hijos mandaron a la madre hacer esta petición a Jesucristo, ya que la respuesta fue dirigida a ellos. Les pregunta si pueden seguirlo en Su sufrimiento y agrega que, El no puede darles ese lugar que está reservado para quienes Su Padre tenga designado.
En la epístola de hoy, san Pablo hace una descripción de los sufrimientos por los que ha de pasar un apóstol de Jesucristo. La vida de un apóstol es el que sigue de cerca e imita sus sufrimientos y su cruz. Los apóstoles son “condenados a muerte”, “necios, por amor de Cristo”.
Un digno seguidor de Cristo va a ser odiado por el mundo, será acusado de estar loco, como acusaron a Jesucristo N.S. la recompensa en morir por Jesucristo como El lo hizo por nosotros.
No existe mayor amor que morir voluntariamente por amor a Dios. Santo Santiago murió en Jerusalén, el año 42 o 43, decapitado en tiempo de Herodes Agripa.
Santo Santiago, junto con su hermano San Juan y San Pedro fueron los tres discípulos que se encontraban con Jesucristo al momento de la Transfiguración. Tal vez esta fue la razón que inspiro dicha santa ambición de ocupar los primeros lugares. Sin embargo sabemos que, esto fue para fortalecerlos en la fe y prepararlos para resistir los ataques en su contra que vendrían posteriormente.
La petición de estos dos hermanos, en cierta manera perturba a los demás apóstoles, por lo cual Nuestro Señor Jesucristo hace énfasis en la necesidad de la humildad. El mayor en el reino de los cielos debe hacerse el último. Vemos claramente como hombres orgullosos y ambiciosos son transformados en humildes y espirituales.
En esta ambición espiritual por humildad, vemos ahora competir a los apóstoles, buscan el último de los lugares en este mundo para alcanzar los primeros lugares en el cielo. Con la fuerza del espíritu Santo ahora en ellos no tuvieron ningún temor a los poderes de este mundo, sufrimientos o cruces que encontrarían en su camino, ni temor a la muerte misma. Por el contrario, con gran júbilo y esperanza, buscaban los mayores sufrimientos para poder imitar a Jesucristo N. S en Sus sufrimientos.
El martirio deja de ser castigo para convertirse en recompensa.
La muerte ya no es un enemigo sino un gran aliado.
La cruz de Jesucristo que se presentaba para la mayoría de las personas de este mundo como algo irracional y como un gran obstáculo en el camino, se transformo en los apóstoles en una gran bendición y escalera al Cielo.
La cruz es ahora donde se fundamenta y construye nuestra vida espiritual. Es el punto de inicio o llave para poder merecer nuestra recompensa eterna. Todo ser humano debe cargar su cruz, pero solo el hombre espiritual la lleva con honor para encontrar la vida eterna.
La persona mundana que rechaza y se resiste a cargar con su cruz diariamente, no se libera de esta y encuentra cruces mucho mayores y más abundantes que lo llevaran sin lugar a dudas al Infierno.
No importa si nos encontramos sumergidos en el pecado o libre de este, no hay forma de escapar a nuestra Cruz. Evidentemente quien ha ofendido a Dios debe cargar su cruz con la penitencia para reparar el daño ocasionado por el pecado. Mientras no aceptemos nuestras cruces todos y cada día, no encontraremos jamás descanso en nuestra alma.
Cuando aceptamos nuestras cruces, la justicia se hace presente en nuestra alma y nos hacemos merecedores de las bendiciones que Jesucristo ganó para nosotros. A menos que nos coloquemos a los pies de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, con nuestras propias cruces, la misericordia y gracia de Dios jamás caerá sobre nosotros. Vemos a nuestra Santísima madre a los pies de la cruz de nuestro señor y Salvador Jesucristo. ¿Cómo es posible, que fuera necesario también para ella cargar Su cruz y estar a los pies de Su Hijo? Nuestra santísima madre sin pecado alguno, ni siquiera el pecado original, encontró benéfico cargar con su cruz de dolor y sufrimiento, haciéndolo de manera voluntaria y llena de amor.
Para poder merecer la gracia de Dios, debemos unirnos a Él –luego entonces, el ser más perfecto – la Santísima Virgen María, vio la necesidad de imitar y seguir a su Hijo.
La única esperanza nuestra es seguir amorosamente a Nuestro Señor Jesucristo con nuestras propias cruces. El único camino al cielo pasa directamente por el Calvario.
Santo Santiago, los apóstoles y todos los santos a través de toda la historia hicieron suyas las palabras de amonestación de nuestro Señor Jesucristo, ser humildes y buscar los lugares más humildes en esta vida para merecer los mejores en el cielo.
Lamentablemente la mayoría de la gente de nuestros días busca evitar a toda costa y huyen de la humildad y de los lugares menos importantes de este mundo. ¿Qué les espera en la eternidad? Si los últimos serán los primeros; lógicamente los que buscan los mejores lugares en este mundo recibirán los últimos en el cielo. En caso de lograr llegar a este.
La belleza, gloria y alegría del cielo es real y digna de ser deseada con todo nuestro ser, lo cual se obtiene únicamente con acciones y obras de verdadera fe. Sería tonto pensar que seremos recompensados sin hacer algo al respecto.
Santo Santiago y su hermano desearon un lugar especial como algo que no requería de algún mérito; sin embargo nuestro señor Jesucristo mostró a ellos y a nosotros que hay un precio que pagar, si queremos recibir las bendiciones del cielo. Los lugares principales del cielo, están reservados para quienes se hacen uno en Nuestro Señor Jesucristo.
Ambos apóstoles, santo Santiago y san Juan siguieron a nuestro señor Jesucristo en su sufrimiento y muerte. Por lo que se encuentran ahora habitando el Cielo.
La santísima virgen María, inocente igual que su Hijo, sufrió y cargo con su dolor por amor, tal y como lo hizo su hijo, luego entonces al imitarlo obtuvo el lugar principal al lado de este, como lo han hecho los apóstoles y santos que ahora se encuentran en el cielo. Todos ellos ocupan un lugar privilegiado al lado de Jesucristo tal y como lo hicieron en los sufrimientos, mientras se encontraban en este mundo.
Es bueno desear el cielo, sin embargo, en necesario que no quede únicamente en una buena intención, sino que se convierta en una meta que debemos alcanzar, cargando diariamente con nuestra cruz y acercándonos cada vez más a nuestro señor Jesucristo, en cada palabra, pensamiento y acción. Especialmente en cada cruz cargada de humillaciones y sufrimientos.
Así sea
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