27 DE FEBRERO DE 2011
Queridos Hermanos:
Consideremos el día de hoy, el problema eterno que contamina la Iglesia: Los falsos maestros
San Pablo nos habla de estos, en la epístola de hoy. Al parecer los fieles de Corinto fueron influenciados por la elocuencia y maravillas que proclamaban los falsos maestros, lo que ocasiona que san Pablo hable sobre ellos. Hace esto, aún a pesar de decir que, es una cosa tonta a hacer.
Esta forzado a hacer esto para recordarnos que la Iglesia tiene todo lo que los falsos maestros o herejes tienen, pero mucho más. San Pablo sobrepaso todo lo que los falsos maestros propusieron tener. Por lo que si estamos impresionados por lo que tienen los herejes, lo debemos estar más por lo que tiene la Iglesia. Los herejes sólo pueden imitar y simular lo que la Iglesia tiene. Por lo que toda su presunción es en vano. La iglesia católica no necesita impresionar a nadie ya que conoce lo que Dios le ha dado, y porque no es necesario exageraciones banales. Razón por la que san Pablo nos dice que habla como tonto porque nos dice por lo que ha pasado y sufrido.
En el evangelio de hoy, Nuestro Señor Jesucristo nos presenta una parábola en la que nos explica como la gracia de Dios es recibida de diferente manera en el alma de las personas. La semilla que cae in tierra diferente es la misma. La diferencia es cómo reacciona a esta semilla o como responde cada alma a la gracia de Dios.
Muchos falsos maestros se presentan como verdaderos en apariencia y simulan tener lo que la Iglesia posee porque han recibido la misma gracia inicial. La semilla que florece sobre la roca es igual a la que crece en tierra fértil. La fase inicial o primera parece la misma o muy similar. Lo mismo se puede decir de la que crece entre espinas. Esta de igual forma cuando aparece es muy similar, en su fase primera, a la de la tierra fértil.
Los herejes usan esta técnica para engañar a los incautos. Usan las mismas biblia, propagan las mismas citas de las Sagradas Escrituras. Los vemos y vemos la Iglesia, a primera vista es difícil distinguir los unos de los otros. Es hasta que nos acercamos más para poder examinar con detenimiento, cuando podemos descubrir la verdad de estos.
Muchos herejes hacen alarde de las gracias que han recibido, olvidando que estas son dones de Dios y que nada tiene que ver con mérito propio. Cuando observamos con mayor cuidado nos damos cuenta que estas gracias nunca han hecho raíz en estos falsos maestros. La raíz superficial de estos individuos se seca con el primer calor de las tribulaciones o tentaciones. Estos falsos maestros son frecuentemente ayudados por los demonios. Harán todo lo posible para darles el éxito y ayuda en su “ministerio”. Los demonios los protegerán hasta alimentar su vanidad y de esta manera engañar a muchos más. Éxito mundano y cantidad de seguidores está más sobre la lista de los falsos maestros y la maldad que en la verdadera Iglesia. La Iglesia Católica se preocupa por la solides y profundidad. Desea llenar nuestro corazón con un amor solido, profundo y verdadero por Dios, no un sentimiento ligero y pasajero.
Este amor por Dios nos ayuda a sobre llevar las tribulaciones para sufrir de manera voluntaria haciéndonos más fuertes cada vez.
Existen otros falsos maestros que tal vez tengan la raíz más profunda que los anteriores, sin embargo rápidamente se hace evidente que el crecimiento de estos no se debe a la cooperación con la gracia de Dios, sino más bien a las semillas entre espinas, su crecimiento es aparente, ya que es delgado y frágil. No cuenta con sustancia fuerte esta plantita. Vemos algo de verdad y bondad en esta, sin embargo está mesclada con maldad y error. La poca verdad o bondad en esta, es superficial.
Al observarla cuidadosamente se puede notar que es demasiado débil para producir algún fruto.
Los verdaderos maestros están fortalecidos al cooperar con la gracia de Dios. Han hecho todo lo que proclaman los falsos maestros y un poco más. No hacen tanto alarde porque saben que es superficial y falso hacerlo.
No seamos engañados por los honores y glorias superficiales de los falsos maestros a nuestro alrededor. Tengamos mucho cuidado y poniendo atención veamos que son vacios y triviales, busquemos la doctrina solida y profundamente enraizada que se puede encontrar sólo en la Iglesia de Jesucristo, la católica.
Al aceptar a los maestros que Dios ha enviado, nos encontraremos mejor disponibles para recibir la gracia de Dios en nuestra alma para que haga raíz y crezca en nosotros. Para que el día de la cosecha alcáncenos ver claramente el fruto que en este se estuvo desarrollando. Veremos el vacio de los falsos maestros y el fruto y plenitud de la doctrina de la Iglesia. Si hemos sido fieles a esta Iglesia, fundada por Jesucristo nuestro Señor, veremos nuestro propio fruto al prepararnos para la recompensa eterna en el Cielo.
Que así sea.
Saturday, February 26, 2011
Saturday, February 19, 2011
DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA
20 DE FEBRERO DE 2011
Queridos Hermanos:
Nuestro Señor nos invita a todos a laborar en Su viñedo. Aunque nos llama a todos, hay ciertos individuos que no escuchan este primer llamado, por lo que permanecen inactivos hasta que quieren o se encuentren disponibles a acudir al llamado de Dios y creen que, posiblemente los llame a otra hora. Muchos son los llamados pero pocos los elegidos porque pocos acuden, al llamado.
Aún entre los que acuden a este llamado de Dios, existen diferentes grados y posiciones. No son todos iguales, aunque todos reciben la misma recompensa, la salvación. Algunos acuden primero, otros después. Algunos deben ser santificados durante un tiempo prolongado, mientras que otros en un tiempo reducido y muchos entre estos dos. Aunque todos reciben el mismo denario de salvación su riqueza en el Cielo no es la misma.
Existen muchas mansiones en el Cielo. Quienes fueron fieles sobre las pequeñas cosas se les ha dado mayor recompensa en el Reino de los Cielos. Los que no fueron fieles, lo poco que tenían se les ha quitado. (San Mateo 25:23).
El menor será el mayor, mientras que los orgullosos serán los últimos: “Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos ese será el más grande en el reino de los Cielos” (San Mateo 18:4). Dios mismo se hizo el más insignificante de los hombres para enseñarnos a complacer a Dios y ganar la gracia de la salvación. Los grandes se convierten en los ciervos de los insignificantes.
Nuestro Señor nos demuestra que lo que es importante y justo ante nuestros ojos no lo es para Dios. Desde nuestra perspectiva imperfecta parece injusto recompensar a todos por igual si han sido diferentes las horas laboradas. Lo que no podemos ver es la intención del trabajador ni el esfuerzo que cada uno pone en su labor. Dios si ve esto y sus juicios son correctos, los nuestros no. Otro punto de vista que debe ser considerado es, desde la perspectiva de la eternidad. ¿Sería el Cielo menos Cielo si alguien entra en este antes o después? En la eternidad no se considera el tiempo porque todo es presente. Lo que nosotros consideramos como primero o después es algo irrelevante.
En el Cielo, no existe la envidia. Todos son completamente felices. Lo que debemos buscan mientras estamos en este mundo es un incremente en nuestra caridad. No debemos pensar en qué es lo menos que podemos hacer para recibir mayor recompensa, por el contrario, debemos considerar como podemos lograr lo máximo por medio de la caridad y aún así considerarnos merecedores del lugar menos importante del Cielo.
El pensar y actuar del trabajador católico es muy diferente al del trabajador mundano. Este busca hacer lo menos posible y recibir la mayor recompensa. Los escuchamos decir que quieren trabajar cuando en realidad lo que quieren es menos trabajo, mayores ingresos y mejor posición. Con la prevalencia de esta forma de pensar tenemos como resultado mayor egoísmo, frio y calculador. La falta de respeto los unos por los otros en nuestras acciones diarias muestran esta lamentable situación.
El ideal del católico es constantemente estar laborando por el amor de Dios.
Purifica y santifica su trabajo de esta manera. Al hacer esto destruye muchos vicios detestables como la avaricia, la envidia, los celos etc. Esta ética, motivante del trabajo, es sólo una muestra insignificante de la ética espiritual que lo mueve a hacer pensar y hablar de esta manera.
Estos son los obreros que son llamados a laborar en la viña del Señor. Algunos son llamados primero porque así han recibido esta gracia. Muchos ni siquiera escuchan la invitación porque en realidad no están buscando colaborar. Muchos escucharán esta parábola y empezaran con un plan frio y calculador para ver cómo se puede estar entre los elegidos y laborar sólo una hora. No tienen amor real por Dios, ni por Su trabajo ni viñedo. Este egoísmo sin caridad más bien les impedirá su entrada al Reino de los Cielos.
No enfoquemos nuestro esfuerzo en la recompensa que habremos de recibir, ya que en toda honestidad no somos merecedores de esta, por la insignificante actividad que hacemos, por el contrario, merecemos castigo por ser obradores no productivos.
En lo que si debemos enfocarnos es en servir y amar a Dios con todo nuestro ser, cada instante de nuestra vida. De esta manera se vuelve un placer servir a Dios en todas circunstancias placenteras y dolorosas. Encontramos gozo en la bondad de Dios ya sea manifiesta directamente sobre nosotros o los demás. El ciervo bueno y fiel encuentra placer al ver que Dios es complacido, independientemente de su interés personal. El amor lo ha hecho olvidarse de sí mismo.
De esta manera seremos amados por Dios y no sólo se nos ofrecerá laborar en Su Viñedo, sino que encontraremos la recompensa eterna con Él, en el Cielo.
Así sea
Queridos Hermanos:
Nuestro Señor nos invita a todos a laborar en Su viñedo. Aunque nos llama a todos, hay ciertos individuos que no escuchan este primer llamado, por lo que permanecen inactivos hasta que quieren o se encuentren disponibles a acudir al llamado de Dios y creen que, posiblemente los llame a otra hora. Muchos son los llamados pero pocos los elegidos porque pocos acuden, al llamado.
Aún entre los que acuden a este llamado de Dios, existen diferentes grados y posiciones. No son todos iguales, aunque todos reciben la misma recompensa, la salvación. Algunos acuden primero, otros después. Algunos deben ser santificados durante un tiempo prolongado, mientras que otros en un tiempo reducido y muchos entre estos dos. Aunque todos reciben el mismo denario de salvación su riqueza en el Cielo no es la misma.
Existen muchas mansiones en el Cielo. Quienes fueron fieles sobre las pequeñas cosas se les ha dado mayor recompensa en el Reino de los Cielos. Los que no fueron fieles, lo poco que tenían se les ha quitado. (San Mateo 25:23).
El menor será el mayor, mientras que los orgullosos serán los últimos: “Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos ese será el más grande en el reino de los Cielos” (San Mateo 18:4). Dios mismo se hizo el más insignificante de los hombres para enseñarnos a complacer a Dios y ganar la gracia de la salvación. Los grandes se convierten en los ciervos de los insignificantes.
Nuestro Señor nos demuestra que lo que es importante y justo ante nuestros ojos no lo es para Dios. Desde nuestra perspectiva imperfecta parece injusto recompensar a todos por igual si han sido diferentes las horas laboradas. Lo que no podemos ver es la intención del trabajador ni el esfuerzo que cada uno pone en su labor. Dios si ve esto y sus juicios son correctos, los nuestros no. Otro punto de vista que debe ser considerado es, desde la perspectiva de la eternidad. ¿Sería el Cielo menos Cielo si alguien entra en este antes o después? En la eternidad no se considera el tiempo porque todo es presente. Lo que nosotros consideramos como primero o después es algo irrelevante.
En el Cielo, no existe la envidia. Todos son completamente felices. Lo que debemos buscan mientras estamos en este mundo es un incremente en nuestra caridad. No debemos pensar en qué es lo menos que podemos hacer para recibir mayor recompensa, por el contrario, debemos considerar como podemos lograr lo máximo por medio de la caridad y aún así considerarnos merecedores del lugar menos importante del Cielo.
El pensar y actuar del trabajador católico es muy diferente al del trabajador mundano. Este busca hacer lo menos posible y recibir la mayor recompensa. Los escuchamos decir que quieren trabajar cuando en realidad lo que quieren es menos trabajo, mayores ingresos y mejor posición. Con la prevalencia de esta forma de pensar tenemos como resultado mayor egoísmo, frio y calculador. La falta de respeto los unos por los otros en nuestras acciones diarias muestran esta lamentable situación.
El ideal del católico es constantemente estar laborando por el amor de Dios.
Purifica y santifica su trabajo de esta manera. Al hacer esto destruye muchos vicios detestables como la avaricia, la envidia, los celos etc. Esta ética, motivante del trabajo, es sólo una muestra insignificante de la ética espiritual que lo mueve a hacer pensar y hablar de esta manera.
Estos son los obreros que son llamados a laborar en la viña del Señor. Algunos son llamados primero porque así han recibido esta gracia. Muchos ni siquiera escuchan la invitación porque en realidad no están buscando colaborar. Muchos escucharán esta parábola y empezaran con un plan frio y calculador para ver cómo se puede estar entre los elegidos y laborar sólo una hora. No tienen amor real por Dios, ni por Su trabajo ni viñedo. Este egoísmo sin caridad más bien les impedirá su entrada al Reino de los Cielos.
No enfoquemos nuestro esfuerzo en la recompensa que habremos de recibir, ya que en toda honestidad no somos merecedores de esta, por la insignificante actividad que hacemos, por el contrario, merecemos castigo por ser obradores no productivos.
En lo que si debemos enfocarnos es en servir y amar a Dios con todo nuestro ser, cada instante de nuestra vida. De esta manera se vuelve un placer servir a Dios en todas circunstancias placenteras y dolorosas. Encontramos gozo en la bondad de Dios ya sea manifiesta directamente sobre nosotros o los demás. El ciervo bueno y fiel encuentra placer al ver que Dios es complacido, independientemente de su interés personal. El amor lo ha hecho olvidarse de sí mismo.
De esta manera seremos amados por Dios y no sólo se nos ofrecerá laborar en Su Viñedo, sino que encontraremos la recompensa eterna con Él, en el Cielo.
Así sea
Saturday, February 12, 2011
DOMINGO 6to DESPUÉS DE EPIFANÍA
13 DE FEBRERO DE 2011
Queridos Hermanos:
“Semejante es El reino de los cielos a la levadura, que cogió una mujer, y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que fermentó toda la masa.” (San Mateo 13:33)
La levadura tiene la propiedad de convertir la harina en sí misma. Lo mismo sucede con las virtudes. Si guardamos la virtud de la caridad en nuestro corazón, actuara como levadura sobre la harina. Nuestro corazón se llenará completamente de esta virtud.
Menciono la caridad porque es esta la principal de todas las virtudes.
“Ahora permanecen estas tres cosas: fe, esperanza y caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad.” (1 Cor. 13:13) no importa que otra virtud tengamos si nos falta la caridad. Sin esta todas las demás son vacías y sin ningún valor. Cuando todas las demás virtudes están envueltas de caridad brillan y sobresalen por su esplendor.
Hay muchas personas que practican las demás virtudes sin la caridad. Esta es la levadura de los Fariseos de la que nos previene Cristo, de estar alerta y evitar.
“ Ante todo guardaos del fermento de los Fariseos, que es la hipocresía” (san Lucas 12:1) todas las virtudes de los fariseos es hipocresía porque les falta la caridad.
Es la falta de esta caridad que da origen al pecado en este mundo. Para evitar cualquier pecado es necesario que tengamos caridad. Todas las mortificaciones y penitencias son sin valor alguno si están vacías de la caridad.
Si queremos conquistar a los demonios la llave es la caridad. Es una cosa muy buena expulsar los demonios lo cual les molesta demasiado, como dice san Juan Crisóstomo, los demonios se enojan mucho más cuando el alma está libre de pecados.
El mayor poder de los demonios es inspirar pecar: “si destruyes el pecado quebrantas los nervios de los demonios, has dañado su cabeza, has destruido su poder, has destruido a su ejército, has formado una señal mucho mayor que todos los milagros”
La caridad es la raíz de toda buena obra y la base de las demás virtudes. Sin esta virtud los mismos milagros serian incapaces de ayudarnos. Para vencer a los demonios, debemos evitar el pecado, y para lograr esto debemos tener caridad.
“La caridad cubre una gran multitud de pecados” (San Pedro 4,8)
Esta es la manera que debemos sepultar la caridad en nosotros mismos como lo hizo la mujer con la levadura. La caridad plantada en nuestro corazón se multiplicara en nosotros completamente expresándose en nuestras palabras, pensamientos y acciones. Llenos de caridad no tenemos espacio para el pecado. De esta manera vencemos a los enemigos de nuestra alma.
Nuestra alma es como el Reino de los Cielos, es miembro de este Reino y en nosotros el reflejo de este Reino, siempre y cuando no hayamos expulsado la caridad.
En San Mateo leemos: “Dos mujeres molerán en la muela, una será tomada y otra será dejada” (San Mateo 24,41) San Máximo dice que la Santa Iglesia es la mujer guarda la levadura en la harina, lo hace por medio de sus leyes, apóstoles, profetas, doctrina etc. Ella es la mujer que muele en el molino, la otra es la sinagoga. Esta otra mujer hace lo mismo pero le falta caridad, esta falta de la doctrina de Cristo, así que mientras que la mujer (la Iglesia) será llevada al Cielo la otra (la sinagoga) será ignorada y abandonada.
Lo que hemos dicho sobre estas dos mujeres y por la tanto de los dos Reinos, se puede aplicar directamente a nuestra alma. ¿Cuál levadura usaremos nosotros en nuestra alma, para que pueda multiplicarse? ¿Será la caridad y la Iglesia, o será la de hipocresía del demonio y el mundo?
Busquemos cosas mejores en que ocupar nuestra atención, enfoquemos todo nuestro ser en la simple virtud de la caridad, que es tan vital para nuestra felicidad eterna y que frecuentemente es ignorada. Todas las grandes obras que hagamos son nada si no tenemos caridad. Si tan sólo plantáramos esta pequeña virtud en nuestro corazón y alma en todo lo que hacemos (aún los actos más insignificantes) haremos actos merecedores y de gran valor al estar repletos de caridad.
Que así sea.
Queridos Hermanos:
“Semejante es El reino de los cielos a la levadura, que cogió una mujer, y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que fermentó toda la masa.” (San Mateo 13:33)
La levadura tiene la propiedad de convertir la harina en sí misma. Lo mismo sucede con las virtudes. Si guardamos la virtud de la caridad en nuestro corazón, actuara como levadura sobre la harina. Nuestro corazón se llenará completamente de esta virtud.
Menciono la caridad porque es esta la principal de todas las virtudes.
“Ahora permanecen estas tres cosas: fe, esperanza y caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad.” (1 Cor. 13:13) no importa que otra virtud tengamos si nos falta la caridad. Sin esta todas las demás son vacías y sin ningún valor. Cuando todas las demás virtudes están envueltas de caridad brillan y sobresalen por su esplendor.
Hay muchas personas que practican las demás virtudes sin la caridad. Esta es la levadura de los Fariseos de la que nos previene Cristo, de estar alerta y evitar.
“ Ante todo guardaos del fermento de los Fariseos, que es la hipocresía” (san Lucas 12:1) todas las virtudes de los fariseos es hipocresía porque les falta la caridad.
Es la falta de esta caridad que da origen al pecado en este mundo. Para evitar cualquier pecado es necesario que tengamos caridad. Todas las mortificaciones y penitencias son sin valor alguno si están vacías de la caridad.
Si queremos conquistar a los demonios la llave es la caridad. Es una cosa muy buena expulsar los demonios lo cual les molesta demasiado, como dice san Juan Crisóstomo, los demonios se enojan mucho más cuando el alma está libre de pecados.
El mayor poder de los demonios es inspirar pecar: “si destruyes el pecado quebrantas los nervios de los demonios, has dañado su cabeza, has destruido su poder, has destruido a su ejército, has formado una señal mucho mayor que todos los milagros”
La caridad es la raíz de toda buena obra y la base de las demás virtudes. Sin esta virtud los mismos milagros serian incapaces de ayudarnos. Para vencer a los demonios, debemos evitar el pecado, y para lograr esto debemos tener caridad.
“La caridad cubre una gran multitud de pecados” (San Pedro 4,8)
Esta es la manera que debemos sepultar la caridad en nosotros mismos como lo hizo la mujer con la levadura. La caridad plantada en nuestro corazón se multiplicara en nosotros completamente expresándose en nuestras palabras, pensamientos y acciones. Llenos de caridad no tenemos espacio para el pecado. De esta manera vencemos a los enemigos de nuestra alma.
Nuestra alma es como el Reino de los Cielos, es miembro de este Reino y en nosotros el reflejo de este Reino, siempre y cuando no hayamos expulsado la caridad.
En San Mateo leemos: “Dos mujeres molerán en la muela, una será tomada y otra será dejada” (San Mateo 24,41) San Máximo dice que la Santa Iglesia es la mujer guarda la levadura en la harina, lo hace por medio de sus leyes, apóstoles, profetas, doctrina etc. Ella es la mujer que muele en el molino, la otra es la sinagoga. Esta otra mujer hace lo mismo pero le falta caridad, esta falta de la doctrina de Cristo, así que mientras que la mujer (la Iglesia) será llevada al Cielo la otra (la sinagoga) será ignorada y abandonada.
Lo que hemos dicho sobre estas dos mujeres y por la tanto de los dos Reinos, se puede aplicar directamente a nuestra alma. ¿Cuál levadura usaremos nosotros en nuestra alma, para que pueda multiplicarse? ¿Será la caridad y la Iglesia, o será la de hipocresía del demonio y el mundo?
Busquemos cosas mejores en que ocupar nuestra atención, enfoquemos todo nuestro ser en la simple virtud de la caridad, que es tan vital para nuestra felicidad eterna y que frecuentemente es ignorada. Todas las grandes obras que hagamos son nada si no tenemos caridad. Si tan sólo plantáramos esta pequeña virtud en nuestro corazón y alma en todo lo que hacemos (aún los actos más insignificantes) haremos actos merecedores y de gran valor al estar repletos de caridad.
Que así sea.
Saturday, February 5, 2011
DOMINGO 5to. DESPUÉS DE EPIFANÍA
6 DE FEBRERO DE 2011
Queridos Hermanos:
Las almas buenas, deben sufrir un poco entre los malos. Nuestro celo y amor por Dios, frecuentemente abre el camino a los demonios y a muchas de sus tentaciones.
La maldad de los demonios no termina con la siembra del molusco sino que continúa intentando corromper a los buenos. Sugiere a estos que deben cortar y destruir lo malo de inmediato. De esta manera puede destruir al mismo tiempo ambos, al bueno y al malo. El malo es prevenido de cambiar y convertirse en bueno y el bueno es corrompido al usurpar el juicio que le pertenece sólo a Dios, cayendo en la vanidad y el orgullo.
Cuando los demonios no logran expulsar la gracia de Dios en las almas, su siguiente paso es la corrupción. Este es el atentado que, leemos, sucede en la parábola de hoy. Los demonios se encuentran en una segunda etapa de sus ataques. Ven la gracia que Dios ha sembrado por medio de Sus ministros y buscan su destrucción sembrando maldad en medio de todo lo bueno. “Siempre habrá quienes están con nosotros pero no son de nosotros” (1 Juan 2,19) los demonios se asegurarán de esto. Su deseo es tentarnos a seguir el mal ejemplo de los demás y volvernos orgullosos y mirar con menosprecio a las pobres almas que han caído. En cualquiera de las dos situaciones logran su cometido y misión, robar a Dios las almas que El mismo ha creado para Sí.
Somos por lo tanto prevenidos, por Jesucristo, con la parábola del este día.
Debemos estar enterados de que el enemigo hace esto mientras dormíamos. Mientras que es verdad que ningún mortal puede permanecer constantemente en guardia físicamente, si podemos estar vigilantes de manera espiritual. Muchos pastores en el pasado fallaron en mantener alejadas estas obras malas de entre sus fieles, por lo que nos toca a nosotros enfrentar esta situación, como Nuestro Señor lo señala en la parábola de hoy. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia alma a la que debemos cuidar. Debemos estar vigilantes todo el tiempo, para que el enemigo no venga a sembrar malos pensamientos y deseos en nuestra alma. Mucho menos debemos permitir que haga raíz. Debemos luchar en contra de estos con todo nuestro ser. Ya que no puede permitírseles crecer junto con la gracia, por no poder crecer juntos en la misma alma, como conviven los hombres buenos con los malos.
Al estar viviendo en este mundo estamos forzados a vivir con y al lado de hombres que viven en la maldad, vidas pecaminosas y escándalos. No podemos eliminarlos porque en el proceso podríamos eliminar en el futuro algún pecador arrepentido que puede causar más alegría en el cielo que por todos aquellos que no necesitan arrepentirse. (San Lucas 15,7). Eso nos haría mucho mas culpables que quien estamos tratando de corregir.
¿Qué debemos hacer, entonces? La parábola nos dice que debemos ser pacientes hasta el tiempo de la cosecha (el fin del mundo o nuestra existencia), mientras esperamos con paciencia debemos estar siempre vigilantes. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para no hacer la misma maldad y mal ejemplo a nuestro alrededor y convertirnos en uno sólo con la hierba. Al mismo tiempo con gran valor, debemos dar buen ejemplo para que la “hierba” a nuestro alrededor pueda recibir y cooperar con la gracia de Dios se convierta. De esta manera Dios será doblemente honrado y mereceremos gracias mayores y recompensas para nosotros y nuestro prójimo.
Somos creaturas sociales y es usualmente el efecto de quienes nos rodean que nos llevan a hacer y ser lo mejor o peor de nosotros mismos. San Agustín dice que no podemos ser tan buenos, ni malos como podemos serlo si estamos solos. Se requiere de los demás para que resurja lo mejor o peor en nosotros. Mientras tengamos que vivir en este mundo frecuentemente repleto de maldad que está constantemente buscando sacar lo peor en nosotros, debemos en la manera de lo posible aislarnos de esa influencia y acercarnos a quienes nos ayudarán a sacar lo bueno. Como todo lo bueno parece ser muy reducido y algo retirado de nosotros debemos aprender asociarnos no tanto en la proximidad física y por medios físicos sino en la proximidad sobrenatural y por medios de esta misma naturaleza. Contamos con muchos santos y ángeles dispuestos a ayudarnos y acompañarnos en nuestra necesidad de sacar lo mejor de nosotros y acercarnos más a Dios. Nuestro ángel guardián esta siempre a nuestro lado. Podemos siempre y en todo momento levantar nuestro corazón y mente a Dios, María Santísima, los ángeles y Santos del Cielo incluso las mismas almas del purgatorio. Siempre estamos en la posibilidad de hacer actos de Fe, Esperanza, Caridad y Contrición. Podemos hacer comuniones espirituales todos los días y permanecer de esta manera siempre en presencia de Jesucristo Nuestro Señor.
De esta manera podemos sacar lo mejor de nosotros, alejarnos de la influencia de la maldad a nuestro alrededor y acercar a los demás a Dios. Con la ayuda de la gracia de Dios podemos cambiar la maldad que los demonios han sembrado en algo bueno para Dios y las almas.
Que así sea.
Queridos Hermanos:
Las almas buenas, deben sufrir un poco entre los malos. Nuestro celo y amor por Dios, frecuentemente abre el camino a los demonios y a muchas de sus tentaciones.
La maldad de los demonios no termina con la siembra del molusco sino que continúa intentando corromper a los buenos. Sugiere a estos que deben cortar y destruir lo malo de inmediato. De esta manera puede destruir al mismo tiempo ambos, al bueno y al malo. El malo es prevenido de cambiar y convertirse en bueno y el bueno es corrompido al usurpar el juicio que le pertenece sólo a Dios, cayendo en la vanidad y el orgullo.
Cuando los demonios no logran expulsar la gracia de Dios en las almas, su siguiente paso es la corrupción. Este es el atentado que, leemos, sucede en la parábola de hoy. Los demonios se encuentran en una segunda etapa de sus ataques. Ven la gracia que Dios ha sembrado por medio de Sus ministros y buscan su destrucción sembrando maldad en medio de todo lo bueno. “Siempre habrá quienes están con nosotros pero no son de nosotros” (1 Juan 2,19) los demonios se asegurarán de esto. Su deseo es tentarnos a seguir el mal ejemplo de los demás y volvernos orgullosos y mirar con menosprecio a las pobres almas que han caído. En cualquiera de las dos situaciones logran su cometido y misión, robar a Dios las almas que El mismo ha creado para Sí.
Somos por lo tanto prevenidos, por Jesucristo, con la parábola del este día.
Debemos estar enterados de que el enemigo hace esto mientras dormíamos. Mientras que es verdad que ningún mortal puede permanecer constantemente en guardia físicamente, si podemos estar vigilantes de manera espiritual. Muchos pastores en el pasado fallaron en mantener alejadas estas obras malas de entre sus fieles, por lo que nos toca a nosotros enfrentar esta situación, como Nuestro Señor lo señala en la parábola de hoy. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia alma a la que debemos cuidar. Debemos estar vigilantes todo el tiempo, para que el enemigo no venga a sembrar malos pensamientos y deseos en nuestra alma. Mucho menos debemos permitir que haga raíz. Debemos luchar en contra de estos con todo nuestro ser. Ya que no puede permitírseles crecer junto con la gracia, por no poder crecer juntos en la misma alma, como conviven los hombres buenos con los malos.
Al estar viviendo en este mundo estamos forzados a vivir con y al lado de hombres que viven en la maldad, vidas pecaminosas y escándalos. No podemos eliminarlos porque en el proceso podríamos eliminar en el futuro algún pecador arrepentido que puede causar más alegría en el cielo que por todos aquellos que no necesitan arrepentirse. (San Lucas 15,7). Eso nos haría mucho mas culpables que quien estamos tratando de corregir.
¿Qué debemos hacer, entonces? La parábola nos dice que debemos ser pacientes hasta el tiempo de la cosecha (el fin del mundo o nuestra existencia), mientras esperamos con paciencia debemos estar siempre vigilantes. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para no hacer la misma maldad y mal ejemplo a nuestro alrededor y convertirnos en uno sólo con la hierba. Al mismo tiempo con gran valor, debemos dar buen ejemplo para que la “hierba” a nuestro alrededor pueda recibir y cooperar con la gracia de Dios se convierta. De esta manera Dios será doblemente honrado y mereceremos gracias mayores y recompensas para nosotros y nuestro prójimo.
Somos creaturas sociales y es usualmente el efecto de quienes nos rodean que nos llevan a hacer y ser lo mejor o peor de nosotros mismos. San Agustín dice que no podemos ser tan buenos, ni malos como podemos serlo si estamos solos. Se requiere de los demás para que resurja lo mejor o peor en nosotros. Mientras tengamos que vivir en este mundo frecuentemente repleto de maldad que está constantemente buscando sacar lo peor en nosotros, debemos en la manera de lo posible aislarnos de esa influencia y acercarnos a quienes nos ayudarán a sacar lo bueno. Como todo lo bueno parece ser muy reducido y algo retirado de nosotros debemos aprender asociarnos no tanto en la proximidad física y por medios físicos sino en la proximidad sobrenatural y por medios de esta misma naturaleza. Contamos con muchos santos y ángeles dispuestos a ayudarnos y acompañarnos en nuestra necesidad de sacar lo mejor de nosotros y acercarnos más a Dios. Nuestro ángel guardián esta siempre a nuestro lado. Podemos siempre y en todo momento levantar nuestro corazón y mente a Dios, María Santísima, los ángeles y Santos del Cielo incluso las mismas almas del purgatorio. Siempre estamos en la posibilidad de hacer actos de Fe, Esperanza, Caridad y Contrición. Podemos hacer comuniones espirituales todos los días y permanecer de esta manera siempre en presencia de Jesucristo Nuestro Señor.
De esta manera podemos sacar lo mejor de nosotros, alejarnos de la influencia de la maldad a nuestro alrededor y acercar a los demás a Dios. Con la ayuda de la gracia de Dios podemos cambiar la maldad que los demonios han sembrado en algo bueno para Dios y las almas.
Que así sea.
Saturday, January 29, 2011
DOMINGO 4to. DESPUÉS DE EPIFANÍA
30 DE ENERO DE 2011
Queridos Hermanos:
!Jesucristo esta durmiendo!. Vemos que Jesucristo, en Su naturaleza humana, duerme al igual que nosotros, sin embargo, sabemos que en su Naturaleza Divina, Dios nunca duerme.
Durante nuestra vida existen muchas ocasiones en las que somos tentados a pensar que Jesucristo Nuestro Señor está dormido y no sabe lo que nos sucede. Pensamos que esta, lo más alejado de nosotros, que nuestras cruces y carga diaria es más pesada que la de los demás. En realidad El no esta tan lejos de nosotros, somos nosotros los que hemos pensado y en ocasiones sentido así.
Dios no desconoce nuestras cruces y sufrimientos. Por el contario, esta siempre al tanto de lo que nos sucede ya que El de manera directa o indirecta las desea para nosotros y de igual forma las permite.
Jesucristo Nuestro Señor no desconocía que la tempestad amenazaba la seguridad de la tripulación de la barca. Como Dios calmo la tempestad. Ya habían visto, los apóstoles, el poder de Dios sobre la tierra, pero no lo habían visto aún, Su poder, sobre el mar. Esta es la razón por la que Dios agitó de tal manera, esta tempestad, de la misma forma que tranquilizo las aguas.
Este milagro, confirma una vez más y con mayor claridad que Jesucristo es Dios porque toda la creación lo obedece. (Todo es decir, excepto el hombre, que con su libre albedrio frecuentemente busca revelarse en Su contra) con el incremento de la fe de los apóstoles empezamos a ver la sabiduría y bondad de Jesucristo, al dormir en la barca. Este mal aparente (la tempestad) era en realidad un beneficio para los apóstoles, porque al final de cuentas incremento su fe.
Esta tempestad, incremento su humildad, de igual manera. Porque estos hombres maduros y expertos en la pesca sintieron la necesidad de pedir auxilio, como creaturas indefensas. En este estado de humildad vemos que estuvieron muy receptivos a la gracia de Dios, como no lo habían estado antes.
Lo mismo sucede en nuestra vida. Recibimos cruces y tribulaciones enviadas por Dios para nuestro propio beneficio. Lo que percibimos como grandes males son en la mayoría de las veces grandes beneficios. La tormenta es nuestra vida ha sido puesta por un Dios de amor, que sólo desea unirnos más a Él.
En lugar de quejarnos y cuestionar a Dios si realmente ve y entiende o dudando de
Sus motivos, debemos aprender a estar siempre agradecidos aún si por el momento no comprendemos que es lo que sucede. Nuestra fe debe sobrepasar nuestros temores para confiar total y completamente en Jesucristo Nuestro Señor, sin importar que tan doloroso y difícil sea.
Las cruces, las tormentas, las cargas etc. Todo nos es dado por Dios. Podremos permitir personas malvadas o espíritus de esta naturaleza, convertirse en instrumentos que nos han de traer estas cosas, porque finalmente es Dios que lo permite y sólo busca lo mejor para nosotros, en Su corazón. Sabemos de la historia del santo Job que todo lo ponía en manos de Dios: “EL Señor me lo ha dado, el señor se lo ha llevado,”
Cuando entendemos el bien que el hombre malvado nos hace, comprendemos que estamos en deuda con este. Entendemos que debe existir el escándalo y que es sólo para beneficio de quienes aman al Señor, sin embargo es en quebranto de quienes lo ocasionan. “sería mejor para tales hombres no haber nacido” desde esta perspectiva podemos ver y entender porque Jesucristo y los santos oraban por los que los perseguían.
Los santos veían a sus ejecutores como grandes benefactores, porque sus asesinos eran el medio por el que estos santos merecían la entrada al cielo. Mientras que al mismo tiempo sentían una gran misericordia por tales pobres almas al ver lo que estos individuos hacían; condenándose a sí mismos.
En todas nuestras dificultades, hagamos a un lado nuestro temor y preocupaciones, conociendo bien y completamente que Jesucristo Nuestro Señor no está dormido. No está lejos de nosotros. A nosotros nos parece que duerme, sin embargo sabemos que esta siempre al pendiente de nuestro cuidado.
Utilicemos cada cruz y tribulación como un instrumento que fortaleza nuestra fe para que regresemos con más fe y amor como humildes creaturas acudiendo a su Padre celestial. Busquemos insistentemente a Dios Nuestro Señor.
Demos gracias, por las cruces y tribulaciones, en lugar de guardar resentimiento, recordando la alegría de los apóstoles, al sentirse dignos de ser escogidos para sufrir todas estas cosas por Jesucristo.
Así sea.
Queridos Hermanos:
!Jesucristo esta durmiendo!. Vemos que Jesucristo, en Su naturaleza humana, duerme al igual que nosotros, sin embargo, sabemos que en su Naturaleza Divina, Dios nunca duerme.
Durante nuestra vida existen muchas ocasiones en las que somos tentados a pensar que Jesucristo Nuestro Señor está dormido y no sabe lo que nos sucede. Pensamos que esta, lo más alejado de nosotros, que nuestras cruces y carga diaria es más pesada que la de los demás. En realidad El no esta tan lejos de nosotros, somos nosotros los que hemos pensado y en ocasiones sentido así.
Dios no desconoce nuestras cruces y sufrimientos. Por el contario, esta siempre al tanto de lo que nos sucede ya que El de manera directa o indirecta las desea para nosotros y de igual forma las permite.
Jesucristo Nuestro Señor no desconocía que la tempestad amenazaba la seguridad de la tripulación de la barca. Como Dios calmo la tempestad. Ya habían visto, los apóstoles, el poder de Dios sobre la tierra, pero no lo habían visto aún, Su poder, sobre el mar. Esta es la razón por la que Dios agitó de tal manera, esta tempestad, de la misma forma que tranquilizo las aguas.
Este milagro, confirma una vez más y con mayor claridad que Jesucristo es Dios porque toda la creación lo obedece. (Todo es decir, excepto el hombre, que con su libre albedrio frecuentemente busca revelarse en Su contra) con el incremento de la fe de los apóstoles empezamos a ver la sabiduría y bondad de Jesucristo, al dormir en la barca. Este mal aparente (la tempestad) era en realidad un beneficio para los apóstoles, porque al final de cuentas incremento su fe.
Esta tempestad, incremento su humildad, de igual manera. Porque estos hombres maduros y expertos en la pesca sintieron la necesidad de pedir auxilio, como creaturas indefensas. En este estado de humildad vemos que estuvieron muy receptivos a la gracia de Dios, como no lo habían estado antes.
Lo mismo sucede en nuestra vida. Recibimos cruces y tribulaciones enviadas por Dios para nuestro propio beneficio. Lo que percibimos como grandes males son en la mayoría de las veces grandes beneficios. La tormenta es nuestra vida ha sido puesta por un Dios de amor, que sólo desea unirnos más a Él.
En lugar de quejarnos y cuestionar a Dios si realmente ve y entiende o dudando de
Sus motivos, debemos aprender a estar siempre agradecidos aún si por el momento no comprendemos que es lo que sucede. Nuestra fe debe sobrepasar nuestros temores para confiar total y completamente en Jesucristo Nuestro Señor, sin importar que tan doloroso y difícil sea.
Las cruces, las tormentas, las cargas etc. Todo nos es dado por Dios. Podremos permitir personas malvadas o espíritus de esta naturaleza, convertirse en instrumentos que nos han de traer estas cosas, porque finalmente es Dios que lo permite y sólo busca lo mejor para nosotros, en Su corazón. Sabemos de la historia del santo Job que todo lo ponía en manos de Dios: “EL Señor me lo ha dado, el señor se lo ha llevado,”
Cuando entendemos el bien que el hombre malvado nos hace, comprendemos que estamos en deuda con este. Entendemos que debe existir el escándalo y que es sólo para beneficio de quienes aman al Señor, sin embargo es en quebranto de quienes lo ocasionan. “sería mejor para tales hombres no haber nacido” desde esta perspectiva podemos ver y entender porque Jesucristo y los santos oraban por los que los perseguían.
Los santos veían a sus ejecutores como grandes benefactores, porque sus asesinos eran el medio por el que estos santos merecían la entrada al cielo. Mientras que al mismo tiempo sentían una gran misericordia por tales pobres almas al ver lo que estos individuos hacían; condenándose a sí mismos.
En todas nuestras dificultades, hagamos a un lado nuestro temor y preocupaciones, conociendo bien y completamente que Jesucristo Nuestro Señor no está dormido. No está lejos de nosotros. A nosotros nos parece que duerme, sin embargo sabemos que esta siempre al pendiente de nuestro cuidado.
Utilicemos cada cruz y tribulación como un instrumento que fortaleza nuestra fe para que regresemos con más fe y amor como humildes creaturas acudiendo a su Padre celestial. Busquemos insistentemente a Dios Nuestro Señor.
Demos gracias, por las cruces y tribulaciones, en lugar de guardar resentimiento, recordando la alegría de los apóstoles, al sentirse dignos de ser escogidos para sufrir todas estas cosas por Jesucristo.
Así sea.
Saturday, January 22, 2011
DOMINGO 3ro. DESPUÉS DE EPIFANÍA
23 DE ENERO DE 2011
Queridos Hermanos:
En la lectura del evangelio de hoy, somos testigos de dos milagros realizados por Nuestro Señor Jesucristo: La curación del leproso y la del sirviente del Centurión.
El leproso acude a Jesucristo y primeramente lo adora antes de pedirle algún favor.
Este es un punto muy importante de esta lección y que frecuentemente es ignorado. Lo primero que este hombre hizo, fue reconocer a Jesucristo como Dios. Le dice:
“Señor, si Tú quieres, puedes sanarme”
Sólo Dios tiene tal poder. No le pide a Jesucristo interceder por él, o pedir algo, o aplicar algún tipo de remedio para sanarlo. Es claro que reconoce a Jesucristo como Dios y con el poder de hacer todas estas cosas. De igual manera podemos ver que no existe una manera especial de petición.
Es una declaración y reconocimiento del poder de Jesucristo. Básicamente lo que está diciendo es: Jesucristo, si quieres puedes recuperarme la salud, curarme de esta enfermedad. Este es un acto profundo de fe.
Es también importante que notemos que al no hacer una petición formal, está esencialmente confiando completamente en Dios. Dios sabe lo que es mejor para nosotros, por lo que al momento de hacer nuestras peticiones debemos reconocer esto, tal y como nos lo demostró Jesucristo en la oración del Huerto de los olivos. “Señor si es posible, que pase este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Está claro que no tenemos ni las más mínima idea de lo que es mejor para nosotros, por lo que debemos siempre pedir como lo hizo nuestro Señor Jesucristo, y como vemos que lo hace el leproso. Sin mucha insistencia sobre nuestros propios deseos y voluntad, sino con total resignación a la voluntad de Dios.
Jesucristo escucha y reconoce la petición del leproso cuando le dice. “Quiero” agregando “queda limpio” lo que nos demuestra que, lo que Dios desea se hace realidad. Todo lo que se necesita es que Dios lo quiera para que así se realice. Para que no exista duda, al mismo tiempo, Jesucristo extiende su mano y toca al leproso.
Jesucristo hizo lo que estaba prohibido, tocar a un leproso. Esta ley fue establecida para evitar la propagación de tal enfermedad. Evidentemente, lo que toca Dios no surte el miso efecto que lo que toca el hombre. En lugar de que la enfermedad contamine lo limpio con que ha tenido contacto, vemos completamente suceder lo opuesto. Lo limpio limpia lo contaminado. Para lo limpio todo está limpio. Por lo que podemos entender la razón por la que, Jesucristo hace a un lado muchas reglas del Antiguo Testamento relativas a la limpieza e impurezas. Las otras naciones de gentiles, son todas limpias en Jesucristo. Vemos que todos los alimentos están limpios y aceptables para nuestro consumo, ya en el Nuevo Testamento. Parece que muchas naciones han ya perdido la dirección de este punto.
Todo lo que Dios ha hecho y nos ha dado, es bueno. Es el mal uso que hacemos de estas cosas que las convierte en malas. No estamos contaminados tanto por las cosas a nuestro alrededor, la contaminación viene de nosotros mismos. No es lo que entra en el hombre que lo contamina sino la maldad que sale del corazón de este.
El inocente y humilde no ve la maldad mientras que el corrupto y profano ampliamente lo ve manifiesto. El que se encuentra limpio se aísla de la contaminación al no haber maldad en su corazón. Todo lo que recibe lo ve como algo bueno, aún lo malo es convertido en algo bueno para ellos. Para el profano, toda la putrefacción la multiplica y la hace suya, para extenderla en toda la maldad a su alrededor. De esta manera la maldad crece en el mundo y en el corazón del hombre.
El inocente y limpio, recibe y da sólo lo que es bueno, incrementando la bondad a su alrededor y en su interior.
El Centurión hace una profesión de fe muy similar.
“tan sólo di una palabra y quedará curado mi criado”
Todo que se requiere es que Jesucristo así lo desee para que se convierta en realidad. Este segundo milagro refuerza la lección dada en el primero. Jesucristo no pide por nosotros, ni aplica un remedio natural; Jesucristo es Dios por lo tanto, todo lo que tiene que hace es querer para que así sea hecho.
Cuando Dios habla toda la creación escucha y obedece en consecuencia.
No existe ninguna otra virtud más importante, que no debemos olvidar, cuando escuchamos al Centurión decir: “Señor no soy digno de que Tú entres en mi casa” el verdadero y humilde reconocimiento de nuestra propia miseria ante Dios, es lo que le place.
En el reconocimiento de esta situación de no merecer nada, nos ponemos en las manos de Dios para que se haga Su voluntad. Es verdad que somos pecadores y por lo tanto no merecemos las gracias que Dios nos manda, por lo que en todas las Misas, la Iglesia, nos recuerda estas mismas palabras y sentimientos. “no soy digno”. En este estado de verdadera humildad esperamos, al igual que el leproso y el Centurión, la salud y curación, de nuestros sufrimientos.
Aprendamos antes que todo lo demás, a adorar a Jesucristo como Dios para después con humildad presentar nuestras necesidades, con paciencia y resignación a SU santa voluntad, confiando y creyendo que todo lo que sucede, sucede por el beneficio de quienes aman a Dios.
Así sea.
Queridos Hermanos:
En la lectura del evangelio de hoy, somos testigos de dos milagros realizados por Nuestro Señor Jesucristo: La curación del leproso y la del sirviente del Centurión.
El leproso acude a Jesucristo y primeramente lo adora antes de pedirle algún favor.
Este es un punto muy importante de esta lección y que frecuentemente es ignorado. Lo primero que este hombre hizo, fue reconocer a Jesucristo como Dios. Le dice:
“Señor, si Tú quieres, puedes sanarme”
Sólo Dios tiene tal poder. No le pide a Jesucristo interceder por él, o pedir algo, o aplicar algún tipo de remedio para sanarlo. Es claro que reconoce a Jesucristo como Dios y con el poder de hacer todas estas cosas. De igual manera podemos ver que no existe una manera especial de petición.
Es una declaración y reconocimiento del poder de Jesucristo. Básicamente lo que está diciendo es: Jesucristo, si quieres puedes recuperarme la salud, curarme de esta enfermedad. Este es un acto profundo de fe.
Es también importante que notemos que al no hacer una petición formal, está esencialmente confiando completamente en Dios. Dios sabe lo que es mejor para nosotros, por lo que al momento de hacer nuestras peticiones debemos reconocer esto, tal y como nos lo demostró Jesucristo en la oración del Huerto de los olivos. “Señor si es posible, que pase este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Está claro que no tenemos ni las más mínima idea de lo que es mejor para nosotros, por lo que debemos siempre pedir como lo hizo nuestro Señor Jesucristo, y como vemos que lo hace el leproso. Sin mucha insistencia sobre nuestros propios deseos y voluntad, sino con total resignación a la voluntad de Dios.
Jesucristo escucha y reconoce la petición del leproso cuando le dice. “Quiero” agregando “queda limpio” lo que nos demuestra que, lo que Dios desea se hace realidad. Todo lo que se necesita es que Dios lo quiera para que así se realice. Para que no exista duda, al mismo tiempo, Jesucristo extiende su mano y toca al leproso.
Jesucristo hizo lo que estaba prohibido, tocar a un leproso. Esta ley fue establecida para evitar la propagación de tal enfermedad. Evidentemente, lo que toca Dios no surte el miso efecto que lo que toca el hombre. En lugar de que la enfermedad contamine lo limpio con que ha tenido contacto, vemos completamente suceder lo opuesto. Lo limpio limpia lo contaminado. Para lo limpio todo está limpio. Por lo que podemos entender la razón por la que, Jesucristo hace a un lado muchas reglas del Antiguo Testamento relativas a la limpieza e impurezas. Las otras naciones de gentiles, son todas limpias en Jesucristo. Vemos que todos los alimentos están limpios y aceptables para nuestro consumo, ya en el Nuevo Testamento. Parece que muchas naciones han ya perdido la dirección de este punto.
Todo lo que Dios ha hecho y nos ha dado, es bueno. Es el mal uso que hacemos de estas cosas que las convierte en malas. No estamos contaminados tanto por las cosas a nuestro alrededor, la contaminación viene de nosotros mismos. No es lo que entra en el hombre que lo contamina sino la maldad que sale del corazón de este.
El inocente y humilde no ve la maldad mientras que el corrupto y profano ampliamente lo ve manifiesto. El que se encuentra limpio se aísla de la contaminación al no haber maldad en su corazón. Todo lo que recibe lo ve como algo bueno, aún lo malo es convertido en algo bueno para ellos. Para el profano, toda la putrefacción la multiplica y la hace suya, para extenderla en toda la maldad a su alrededor. De esta manera la maldad crece en el mundo y en el corazón del hombre.
El inocente y limpio, recibe y da sólo lo que es bueno, incrementando la bondad a su alrededor y en su interior.
El Centurión hace una profesión de fe muy similar.
“tan sólo di una palabra y quedará curado mi criado”
Todo que se requiere es que Jesucristo así lo desee para que se convierta en realidad. Este segundo milagro refuerza la lección dada en el primero. Jesucristo no pide por nosotros, ni aplica un remedio natural; Jesucristo es Dios por lo tanto, todo lo que tiene que hace es querer para que así sea hecho.
Cuando Dios habla toda la creación escucha y obedece en consecuencia.
No existe ninguna otra virtud más importante, que no debemos olvidar, cuando escuchamos al Centurión decir: “Señor no soy digno de que Tú entres en mi casa” el verdadero y humilde reconocimiento de nuestra propia miseria ante Dios, es lo que le place.
En el reconocimiento de esta situación de no merecer nada, nos ponemos en las manos de Dios para que se haga Su voluntad. Es verdad que somos pecadores y por lo tanto no merecemos las gracias que Dios nos manda, por lo que en todas las Misas, la Iglesia, nos recuerda estas mismas palabras y sentimientos. “no soy digno”. En este estado de verdadera humildad esperamos, al igual que el leproso y el Centurión, la salud y curación, de nuestros sufrimientos.
Aprendamos antes que todo lo demás, a adorar a Jesucristo como Dios para después con humildad presentar nuestras necesidades, con paciencia y resignación a SU santa voluntad, confiando y creyendo que todo lo que sucede, sucede por el beneficio de quienes aman a Dios.
Así sea.
Saturday, January 15, 2011
SAN BERARDO Y COMPAÑEROS
MARTIRES
16 DE ENERO DE 2011
Queridos Hermanos:
Estos primeros mártires de la Orden de San Francisco, ocupan un lugar muy especial en el corazón de todos los Franciscanos. San Francisco mandó a Berardo, Pedro y Otto (sacerdotes) en unión de Adjutus y Accursius (hermanos legos) a predicar el evangelio a los musulmanes en Moroco. Llenos del Espíritu de Dios fueron de misión de la misma forma en que lo hicieron los apóstoles: sin dinero ni comida.
Su fe y su valentía por predicar el evangelio de Jesucristo a los infieles les mereció grandes coronas de la gloria del martirio. “bajo las ordenes del Rey Moro, estos héroes de Cristo fueron golpeados con bastones hasta que fueron expuestas sus entrañas. Después fueron arrastrados sobre pedazos de vidrio y las tapas de vasijas quebradas, se les agrego además vinagre y aceite hirviendo sobre sus heridas. En medio de esta terrible tortura, los mártires cantaban alabanzas a Dios. Cuando el Rey les propone con gran desdén que renuncien a su fe y vivan como ellos, nuestros santos mártires respondieron: ¿crees que los placeres que ofreces van a engañarnos? Quédate con ellos que te han de llevar al infierno, en el cual hasta este momento tus falsos profetas están ardiendo y está preparado para ti y toda tu corte”
El rey Musulmán, Miramolín, enfurecido por estas palabras tomó su sable y les cortó la cabeza a estos valientes discípulos de Jesucristo. Después de su muerte, los infieles arrastraron sus cuerpos por la ciudad y los hicieron pedazos. Estos primeros mártires fueron ofrecidos a Dios el 16 de enero del año 1220.
Cuando san Francisco se enteró de este gran triunfo de sus valientes hijos, exclamó, lleno de alegría,
“¡ahora puedo decir que realmente tengo 5 verdaderos Frailes Menores!”.
Sus restos de sus cuerpos fueron regresados a Coímbra, en Portugal; fue en esta ocasión en la que San Antonio de Padua ingresa a la Orden Franciscana. Sixto IV instituyó la festividad de estos mártires”
En el evangelio de hoy, Jesucristo nuestro Señor advierte a quienes desean ser sus discípulos. Nos dice que Él los envía como ovejas en medio de lobos. Verdaderamente, los mártires franciscanos que honramos el día de hoy fueron enviados como ovejas en medio de los lobos.
Fueron verdaderamente sabios con la sabiduría de la fe, más con la inocencia de una paloma. Hablaron con la verdad, simple honesta y con valentía. Aceptando de la misma manera las consecuencias que esto traía consigo por su fe que portaron en el nombre de Cristo.
No necesitaron preparar o trazar grandes argumentos en contra de los infieles.
Porque Cristo les había prometido que: “… sabrán, en el momento apropiado, lo que han de decir en ese momento, porque no son ustedes los que hablan sino el Espíritu de vuestro Padre, quien habla” verdaderamente es la voz de Dios que habló a través de estos santos mártires Franciscanos, anunciando al rey y a todos los que siguen a los falsos profetas que son guiados al infierno donde aún, sus anteriores falsos profetas, arden en el fuego por muchísimo tiempo.
Frecuentemente nos preocupamos y entretenemos en pensar, que es lo que debemos hacer o decir y gradualmente poco a poco nos excusamos de hacer cualquier cosa ya que no sabemos qué cómo actuar. Debemos ser movidos por la fe. Con la fe simple y honesta y, la fortaleza de nuestras convicciones, debemos avanzar valientemente. No debemos temer ningún poder mundano. Debemos estar llenos del amor y confianza en Dios. Se nos dirá que hacer y decir en ese momento.
Con verdadero amor por Dios sabemos y creemos que Dios es la verdad y lo correcto y debemos estar listos a morir por El. ¿Podremos decir que creemos verdaderamente en El, si no estamos dispuestos a sufrir por Dios?
Pidamos a estos “cinco verdaderos Franciscanos” y valientes soldados de Jesucristo que intercedan por nosotros para que también nosotros obtengamos el amor profundo por Dios y total confianza en El. No dudemos o actuemos con temor cobarde cuando se trata defender a Jesucristo, la Iglesia y la verdadera Fe. No dudemos en denunciar a quienes se oponen a Jesucristo, Su Iglesia y la fe verdadera.
No es con odio o maldad que podremos hacer estas cosas, sino más bien por el contrario con amor por Dios y la salvación de nuestra alma. Nuestros mártires que honramos el día de hoy fueron a predicar a los infieles con un gran amor por Dios y amor por estos mismos infieles. Es el verdadero amor que los mueve a decir y hacer lo que hicieron. Les predicaron sobre Jesucristo porque desearon salvar el alma de estos infieles.
Este gran amor y servicio por Dios no fue sin fruto alguno. Vemos los resultados de esta acción tan valiente y llena de fe con la inspiración que movió a san Antonio de Padua. Con esto en mente no tengamos ningún temor de estar perdiendo el tiempo, energía o nuestra vida al estar al servicio y gloria de Dios. Aún si no vivimos lo suficiente para ver el fruto de nuestro sacrificio, en este mundo, porque sin duda alguna, lo veremos y recibiremos en la eternidad.
Así sea.
16 DE ENERO DE 2011
Queridos Hermanos:
Estos primeros mártires de la Orden de San Francisco, ocupan un lugar muy especial en el corazón de todos los Franciscanos. San Francisco mandó a Berardo, Pedro y Otto (sacerdotes) en unión de Adjutus y Accursius (hermanos legos) a predicar el evangelio a los musulmanes en Moroco. Llenos del Espíritu de Dios fueron de misión de la misma forma en que lo hicieron los apóstoles: sin dinero ni comida.
Su fe y su valentía por predicar el evangelio de Jesucristo a los infieles les mereció grandes coronas de la gloria del martirio. “bajo las ordenes del Rey Moro, estos héroes de Cristo fueron golpeados con bastones hasta que fueron expuestas sus entrañas. Después fueron arrastrados sobre pedazos de vidrio y las tapas de vasijas quebradas, se les agrego además vinagre y aceite hirviendo sobre sus heridas. En medio de esta terrible tortura, los mártires cantaban alabanzas a Dios. Cuando el Rey les propone con gran desdén que renuncien a su fe y vivan como ellos, nuestros santos mártires respondieron: ¿crees que los placeres que ofreces van a engañarnos? Quédate con ellos que te han de llevar al infierno, en el cual hasta este momento tus falsos profetas están ardiendo y está preparado para ti y toda tu corte”
El rey Musulmán, Miramolín, enfurecido por estas palabras tomó su sable y les cortó la cabeza a estos valientes discípulos de Jesucristo. Después de su muerte, los infieles arrastraron sus cuerpos por la ciudad y los hicieron pedazos. Estos primeros mártires fueron ofrecidos a Dios el 16 de enero del año 1220.
Cuando san Francisco se enteró de este gran triunfo de sus valientes hijos, exclamó, lleno de alegría,
“¡ahora puedo decir que realmente tengo 5 verdaderos Frailes Menores!”.
Sus restos de sus cuerpos fueron regresados a Coímbra, en Portugal; fue en esta ocasión en la que San Antonio de Padua ingresa a la Orden Franciscana. Sixto IV instituyó la festividad de estos mártires”
En el evangelio de hoy, Jesucristo nuestro Señor advierte a quienes desean ser sus discípulos. Nos dice que Él los envía como ovejas en medio de lobos. Verdaderamente, los mártires franciscanos que honramos el día de hoy fueron enviados como ovejas en medio de los lobos.
Fueron verdaderamente sabios con la sabiduría de la fe, más con la inocencia de una paloma. Hablaron con la verdad, simple honesta y con valentía. Aceptando de la misma manera las consecuencias que esto traía consigo por su fe que portaron en el nombre de Cristo.
No necesitaron preparar o trazar grandes argumentos en contra de los infieles.
Porque Cristo les había prometido que: “… sabrán, en el momento apropiado, lo que han de decir en ese momento, porque no son ustedes los que hablan sino el Espíritu de vuestro Padre, quien habla” verdaderamente es la voz de Dios que habló a través de estos santos mártires Franciscanos, anunciando al rey y a todos los que siguen a los falsos profetas que son guiados al infierno donde aún, sus anteriores falsos profetas, arden en el fuego por muchísimo tiempo.
Frecuentemente nos preocupamos y entretenemos en pensar, que es lo que debemos hacer o decir y gradualmente poco a poco nos excusamos de hacer cualquier cosa ya que no sabemos qué cómo actuar. Debemos ser movidos por la fe. Con la fe simple y honesta y, la fortaleza de nuestras convicciones, debemos avanzar valientemente. No debemos temer ningún poder mundano. Debemos estar llenos del amor y confianza en Dios. Se nos dirá que hacer y decir en ese momento.
Con verdadero amor por Dios sabemos y creemos que Dios es la verdad y lo correcto y debemos estar listos a morir por El. ¿Podremos decir que creemos verdaderamente en El, si no estamos dispuestos a sufrir por Dios?
Pidamos a estos “cinco verdaderos Franciscanos” y valientes soldados de Jesucristo que intercedan por nosotros para que también nosotros obtengamos el amor profundo por Dios y total confianza en El. No dudemos o actuemos con temor cobarde cuando se trata defender a Jesucristo, la Iglesia y la verdadera Fe. No dudemos en denunciar a quienes se oponen a Jesucristo, Su Iglesia y la fe verdadera.
No es con odio o maldad que podremos hacer estas cosas, sino más bien por el contrario con amor por Dios y la salvación de nuestra alma. Nuestros mártires que honramos el día de hoy fueron a predicar a los infieles con un gran amor por Dios y amor por estos mismos infieles. Es el verdadero amor que los mueve a decir y hacer lo que hicieron. Les predicaron sobre Jesucristo porque desearon salvar el alma de estos infieles.
Este gran amor y servicio por Dios no fue sin fruto alguno. Vemos los resultados de esta acción tan valiente y llena de fe con la inspiración que movió a san Antonio de Padua. Con esto en mente no tengamos ningún temor de estar perdiendo el tiempo, energía o nuestra vida al estar al servicio y gloria de Dios. Aún si no vivimos lo suficiente para ver el fruto de nuestro sacrificio, en este mundo, porque sin duda alguna, lo veremos y recibiremos en la eternidad.
Así sea.
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