21 DE MARZO DE 2010
Queridos Hermanos:
“si os digo la verdad ¿por qué no me creéis?
¿Por qué creemos las mentiras con gran facilidad y desconfiamos de la verdad?
Evidentemente existe algo malo en nosotros. Nuestra naturaleza caída juega un papel importante en esto mas no lo es todo. En el mundo de hoy muchos han sido bautizados y de esta manera, presumiblemente, ha sido borrada la mancha del pecado original.
Los caminos de Dios son contrarios a los del hombre y sin embargo nos mantenemos sujetos a los nuestros. Es de esta manera que cometemos el peor error, porque todo lo que es contrario a los caminos de Dios son mentira. Nos convertimos en mentirosos cada vez que nos alejamos de Dios.
La lógica simple y recta que, aún los niños mismos entenderían, se convierte en algo incomprensible, ante la enredada y retorcida forma de razonar de los años más “maduros” (mentiras muy practicadas).
No es tan frecuente el caso en que los caminos de Dios son incomprensibles por nuestra naturaleza. Más bien, con frecuencia, nos degradamos y minimizamos a nosotros mismos, más allá de lo que realmente somos. Si nos mantuviéramos en la humildad y honestidad de la vida espiritual, nuestra vida sería tan clara como el cristal o por lo menos mucho más claro de lo que ahora aparece. Pero por haber rechazado a Dios, nos hemos pervertido, con frecuencia nuestro intelecto y razonamiento ha sido oscurecido.
De esta manera queremos juzgas las cosas espirituales desde un punto de vista mundano y pervertido. Y al ver la gran disparidad entre ambos tratamos de justificar nuestra propia “perspectiva” y al así hacerlo con rapidez condenamos la espiritual, (la de Dios). Y raramente pensamos en que es una blasfemia, considerada en todo esto, por llamas mentiroso a Dios.
De esta manera, vemos el mismo espíritu diabólico, vivo en nosotros, como lo estuvo en las multitudes de judíos, de que nos habla el evangelio de hoy. Nada ha cambiado en estos dos mil años. La verdad es eternamente opuesta a la falsedad. Y esta continúa en su intento incansable por justificarse a sí misma y acusar de mentiroso a Dios y la verdad misma.
Lo que Jesucristo enfrento con la multitud, la Iglesia (el Cuerpo Místico de Jesucristo) lo hace de igual forma hoy día. La Iglesia enseña la verdad y la multitud continuamente la niega o la acomoda para que se ajuste a su pervertido intelecto y voluntad.
Existen quienes afirman que Cristo no dejó ninguna autoridad visible en Su Iglesia y de manera indiscriminada y abiertamente promueven la ya tan condenada anarquía del pasado en la que los “obispos” corrían por todas partes “ordenando” y “consagrando” a quienes sin o muy poca preparación se lo pedían, muy a pesar de sus constantes reclamos de madurez, y largas y prolongadas consideraciones. Y peor aún, considerando que ninguno de estos tiene algún tipo de autoridad. Existen algunos otros que profesan que los laicos que voluntariamente los obedecen, en esencia, son quienes les dan tal autoridad.
¿Qué tan difícil es creer simplemente con fe, lo que la Iglesia enseña?
El Papa León XIII lo dice claramente, los obispos sucesores de los apóstoles tienen autoridad.
“pero, si la autoridad de Pedro y sus sucesores es plenaria y suprema, no debe ser vista como la única autoridad. Porque quien hizo a Pedro, cimiento de la Iglesia, de igual forma, “escogió a doce a quienes los llamó apóstoles” (San Lucas 6:13) y así como es necesario que la autoridad de Pedro sea perpetuada en el Romano Pontífice, por el hecho de que los obispos son sucesores de los apóstoles, heredan su poder ordinario, de esta manera el orden episcopal pertenece a la esencial constitución de la Iglesia. Aunque no reciben, autoridad, plenaria, universal o suprema, no deben ser considerados como vicarios del Romano Pontífice, toda vez que ejercen un poder realmente de suyo propio, y son verdaderamente llamados pastores ordinarios sobre los fieles a quienes gobiernan” (Encíclica Satis cognitum, sobre la Unidad de la Iglesia, del 29 de junio de 1896. S.S. LEO XIII).
Esto no lo dicen los obispos de la Iglesia, sino Dios mismo, al hablar a través de la Iglesia. Los obispos son forzados a repetir con Nuestro Señor: “Si me glorío a mí mismo, mi gloria es nada. Es mi Padre que me glorifica y quien ustedes dicen que, es vuestro Dios. Y ustedes no lo ha conocido pero yo sí. Si dijera que no lo conozco sería como vosotros, mentiroso.”
La verdadera Iglesia o la fe verdadera es difícil de encontrar para quienes rechazan ser humildes, simples y honestos. Cualquier confusión o conflicto es creado por las voluntades e intelectos pervertidos que son ahora ciegos a la verdad. Y la simple verdad es:
Quien escucha a su obispo, escucha a Jesucristo que lo ha enviado. Quien no lo hace es un mentiroso y seguidor del demonio.
Saturday, March 20, 2010
Saturday, March 13, 2010
DOMINGO 4to. DE CUARESMA
(DOMINGO LAETARE)
14 DE MARZO DE 2010
Queridos Hermanos:
Existen dos tipos de personas, según nos lo expresa san Pablo en la epístola de hoy.
Abrahán tuvo dos hijos. Uno libre y otro esclavo. De esta manera podemos decir que el mundo está dividido en dos grupos diferentes. Quienes son esclavos del pecado (hijos del demonio) y quienes son libres (hijos de Dios). Los esclavos espirituales son desobedientes y los espiritualmente libre son obedientes.
Sin embargo, Dios hace caer la lluvia de la misma manera, sobre justos e injustos.
En el evangelio de hoy vemos que Jesucristo realizó un milagro (multiplicación de los panes) para alimentar a la multitud que lo seguía. Y esta generosidad es de igual manera sobre todos Sus hijos.
Los esclavos son tacaños ó agarrados con lo poco que tienen, mientras quienes son libres, aunque sus posesiones sean pocas, son generosos.
Dios no está limitado en su generosidad. Dios regresa al cien por ciento. Los hijos de Dios, saben esto y hacen lo mismo en respuesta, a Dios y los demás hombres.
La oración de san Francisco expresa esta actitud de manera hermosa: “Es dando como recibimos”.
Consideremos al muchacho, del que nos habla el evangelio de hoy, que llevó el alimento. Tenía suficiente para sí mismo y tal vez para alguien más, pero no para alimentar a toda la multitud. Sin embargo, notemos que, puso todo a disposición de Dios para que todos se beneficiaran. Una vez que comieron, quedó más comida que con la que habían empezado. Esto es algo que los hijos de Dios entienden y con lo que cooperan, además de que tienen el corazón más generoso y la voluntad por ayudar a los demás y aliviar sus sufrimientos.
Es importante notar que, no sólo buscamos la remuneración del cien por ciento, sino que consideramos un honor y privilegio hacer el sacrificio al imitar a Jesucristo Nuestro Señor por el amor de Dios. Debemos entender que lo que hacemos por el más pequeño de nuestros hermanos, se lo hacemos a Él. Luego entonces, es un honor ayudar a los demás.
El benefactor se convierte entonces en deudor.
A quienes nosotros ayudamos, son realmente, quienes nos están haciendo un gran favor. Nos ofrecen la oportunidad de expresar nuestro amor por Dios y nuestro prójimo. Nos dan la oportunidad de imitar a Jesucristo.
Ayudemos, luego entonces, con un corazón alegre y jamás abusemos nuestra posición de benefactores, busquemos ayudar a los demás, de tal manera que los honremos, y no, con intención de humillarlos o degradarlos. Y si, quienes ayudamos nos demuestran ser ingratos con nosotros, consideremos que nos están ofreciendo un don mucho mayor al hacernos poner verdaderamente en práctica, las palabras de Nuestro Señor, amar a nuestros enemigos y regresar bien por mal.
Si hacemos esto, almacenaremos un gran tesoro en el cielo. Pero esto no es todo.
Esta generosidad y bondad es muchas veces también recompensada abundantemente, en este mundo.
Consideremos algo precioso y simple, como nuestro tiempo. En la sociedad de hoy que, siempre avanza a gran velocidad en la comunicación instantánea, le es cada vez más difícil entran en comunicación con Dios. Razón por la cual reanimo a las personas tanto de manera individual como familiar a orar. A decir, tal vez, cinco misterios del santo rosario, cada día.
La respuesta de manera casi invariable es: “no tenemos tiempo suficiente”.
Dios nos da a todos y cada uno de nosotros 24 horas al día. El santo rosario sólo nos toma aproximadamente 15 minutos. ¡No tenemos quince minutos de las 24 horas para ofrecérselos a Dios!
¿No es esta la razón por la cual no tenemos suficiente tiempo en todo el día?
Si sólo tuviéramos tiempo para Dios y hacer de este tiempo algo sagrado y sin interrupciones, dando a Dios los primeros frutos de nuestro tiempo, rápidamente descubriremos que tenemos el tiempo suficiente para otras cosas, que nos sean necesarias.
Quienes oran, no pierden el tiempo con la oración, sino todo lo contrario. Son capaces de realizar muchas cosas más, porque han puesto a Dios en primer lugar.
Quienes dedican tiempo en ayudar a los demás lo encuentran para hacer lo que tienen que hacer para ellos mismos.
Todo lo que es verdadero acerca de nuestro tiempo también lo es para todas las demás posesiones que Dios nos ha dado. Seamos generosos con Dios, ya que El es la fuente de todas nuestras posesiones; seamos generosos con nuestro prójimo, no porque lo merezcan o porque nos lo van a apagar posteriormente sino por el amor de Dios y nuestro prójimo. Buscando sólo la recompensa de parte de Dios o por imitarlo, de esta manera nos convertiremos en verdaderos y buenos hijos de la promesa.
Así sea.
14 DE MARZO DE 2010
Queridos Hermanos:
Existen dos tipos de personas, según nos lo expresa san Pablo en la epístola de hoy.
Abrahán tuvo dos hijos. Uno libre y otro esclavo. De esta manera podemos decir que el mundo está dividido en dos grupos diferentes. Quienes son esclavos del pecado (hijos del demonio) y quienes son libres (hijos de Dios). Los esclavos espirituales son desobedientes y los espiritualmente libre son obedientes.
Sin embargo, Dios hace caer la lluvia de la misma manera, sobre justos e injustos.
En el evangelio de hoy vemos que Jesucristo realizó un milagro (multiplicación de los panes) para alimentar a la multitud que lo seguía. Y esta generosidad es de igual manera sobre todos Sus hijos.
Los esclavos son tacaños ó agarrados con lo poco que tienen, mientras quienes son libres, aunque sus posesiones sean pocas, son generosos.
Dios no está limitado en su generosidad. Dios regresa al cien por ciento. Los hijos de Dios, saben esto y hacen lo mismo en respuesta, a Dios y los demás hombres.
La oración de san Francisco expresa esta actitud de manera hermosa: “Es dando como recibimos”.
Consideremos al muchacho, del que nos habla el evangelio de hoy, que llevó el alimento. Tenía suficiente para sí mismo y tal vez para alguien más, pero no para alimentar a toda la multitud. Sin embargo, notemos que, puso todo a disposición de Dios para que todos se beneficiaran. Una vez que comieron, quedó más comida que con la que habían empezado. Esto es algo que los hijos de Dios entienden y con lo que cooperan, además de que tienen el corazón más generoso y la voluntad por ayudar a los demás y aliviar sus sufrimientos.
Es importante notar que, no sólo buscamos la remuneración del cien por ciento, sino que consideramos un honor y privilegio hacer el sacrificio al imitar a Jesucristo Nuestro Señor por el amor de Dios. Debemos entender que lo que hacemos por el más pequeño de nuestros hermanos, se lo hacemos a Él. Luego entonces, es un honor ayudar a los demás.
El benefactor se convierte entonces en deudor.
A quienes nosotros ayudamos, son realmente, quienes nos están haciendo un gran favor. Nos ofrecen la oportunidad de expresar nuestro amor por Dios y nuestro prójimo. Nos dan la oportunidad de imitar a Jesucristo.
Ayudemos, luego entonces, con un corazón alegre y jamás abusemos nuestra posición de benefactores, busquemos ayudar a los demás, de tal manera que los honremos, y no, con intención de humillarlos o degradarlos. Y si, quienes ayudamos nos demuestran ser ingratos con nosotros, consideremos que nos están ofreciendo un don mucho mayor al hacernos poner verdaderamente en práctica, las palabras de Nuestro Señor, amar a nuestros enemigos y regresar bien por mal.
Si hacemos esto, almacenaremos un gran tesoro en el cielo. Pero esto no es todo.
Esta generosidad y bondad es muchas veces también recompensada abundantemente, en este mundo.
Consideremos algo precioso y simple, como nuestro tiempo. En la sociedad de hoy que, siempre avanza a gran velocidad en la comunicación instantánea, le es cada vez más difícil entran en comunicación con Dios. Razón por la cual reanimo a las personas tanto de manera individual como familiar a orar. A decir, tal vez, cinco misterios del santo rosario, cada día.
La respuesta de manera casi invariable es: “no tenemos tiempo suficiente”.
Dios nos da a todos y cada uno de nosotros 24 horas al día. El santo rosario sólo nos toma aproximadamente 15 minutos. ¡No tenemos quince minutos de las 24 horas para ofrecérselos a Dios!
¿No es esta la razón por la cual no tenemos suficiente tiempo en todo el día?
Si sólo tuviéramos tiempo para Dios y hacer de este tiempo algo sagrado y sin interrupciones, dando a Dios los primeros frutos de nuestro tiempo, rápidamente descubriremos que tenemos el tiempo suficiente para otras cosas, que nos sean necesarias.
Quienes oran, no pierden el tiempo con la oración, sino todo lo contrario. Son capaces de realizar muchas cosas más, porque han puesto a Dios en primer lugar.
Quienes dedican tiempo en ayudar a los demás lo encuentran para hacer lo que tienen que hacer para ellos mismos.
Todo lo que es verdadero acerca de nuestro tiempo también lo es para todas las demás posesiones que Dios nos ha dado. Seamos generosos con Dios, ya que El es la fuente de todas nuestras posesiones; seamos generosos con nuestro prójimo, no porque lo merezcan o porque nos lo van a apagar posteriormente sino por el amor de Dios y nuestro prójimo. Buscando sólo la recompensa de parte de Dios o por imitarlo, de esta manera nos convertiremos en verdaderos y buenos hijos de la promesa.
Así sea.
Saturday, March 6, 2010
DOMINGO 3ro. DE CUARESMA
7 MARZO DE 2010
Queridos Hermanos:
El evangelio de hoy, es uno de los que más debe llamar nuestra atención. Al inicio de la cuaresma vimos al demonio tentar a Nuestro Señor Jesucristo, la rapidez y facilidad con la que lo rechazó nuestro Señor. Dándonos, con esto, la esperanza de que si lo imitamos, nosotros podremos hacer lo mismo. Lo cual ya hacemos de manera inmediata en el sacramento del bautismo, y con el paso, de un periodo considerado de tiempo y mayor grado de dificultad en el sacramento de la penitencia y la contrición; en las situaciones más difíciles lo logramos por medio de los sacramentales, oraciones y demás sacramentos.
Pero en el evangelio de hoy, vemos la otra cara de los espíritus del mal. Se nos muestra su persistencia y los estragos que ocasionan si se les da la más mínima oportunidad de volver a entrar a nuestra alma. Conocemos cual es la terrible situación del alma que ha permitido tal acceso. Se encuentra en una situación que es ocho veces peor a como era antes de que el primer demonio fuera expulsado.
Nuevamente somos prevenidos de estar siempre vigilantes, no podemos reducir la marcha ni bajar la guardia, se requiere la más mínima distracción para volver a caer, y se necesita un gran esfuerzo y fortaleza para poder a levantarse.
Con frecuencia nos enteramos de almas que han caído y que no tienen la fuerza necesaria o el valor para levantarse y deciden vivir y permanecer en el pecado, haciendo amistad con el demonio en lugar de la paz con Dios. Deciden estar en constante guerra contra Dios convirtiéndose en sus más acérrimos enemigos.
Mientras que el lado del mal y del demonio puede aparecer tentador desde el limitado punto de vista de tiempo y espacio en este mundo; la eternidad, tiene el más repulsivo y espantoso panorama. Luego entonces debemos ampliar nuestra mirada miope, de la espiritualidad para poder alcanzar el mayor y verdadero conocimiento de Dios.
No hemos sido creados para este mundo, para nosotros o para cualquier otra persona en este mundo, ni para los demonios en el infierno, fuimos creados única y exclusivamente para Dios.
Nuestro único propósito en esta vida es dar honor y gloria a Dios, conociéndolo, amándolo y sirviéndole, para después gozar de Su presencia por toda la eternidad.
El demonio, el mundo y nuestras pasiones constantemente luchan y están en guerra contra Dios, consecuentemente con nuestra alma.
Como dijimos anteriormente, en el evangelio de hoy vemos la persistencia y tenacidad de estos demonios, en su lucha contra Dios, lo odian y continuarán odiándolo hasta la eternidad. No hay nada que los haga cambiar, como tampoco hay esperanza para ellos. Su odio por Dios les inspira un odio más profundo por nosotros, que hemos sido creados a Su imagen y semejanza y si buscamos incrementar o mejorar esta imagen y semejanza en nosotros, nos odiarán mucho mas.
De igual manera somos testigos de cómo, la mayoría de las personas que no oponen resistencia a los demonios nunca sufren estos ataques, a quienes los demonios ven con seguridad su perdición, en el camino al infierno o como mansos corderos siguen a las multitudes, sin necesidad de ser atacados. De antemano están destruyendo la imagen y semejanza que había en ellos, el demonio los ha colocado en un letargo diabólico, con toda la flota de alegrías y placeres que tiene para ofrecer este mundo.
Es sólo después de cambiar esta vida por el infierno, que el demonio dejará de engañarlos, para darse cuenta estos, del engaño en que han caído, pero será ya demasiado tarde.
Sin embargo, para quienes luchan y se disciplinan a sí mismos, al demonio y al mundo, se encuentran en constante lucha y ataques de parte de los demonios. El uno que se fue y los otros siete más que son peores que el primero, hacen todo lo posible para regresar a esta alma.
Mientras más ascendemos en la vida espiritual, más violentos son los ataques del demonio y mientras más cercana esta nuestra muerte, mayores son estos, ya que no desean perder ninguna oportunidad de robarle otra alma a Dios.
La intensidad de esta guerra sólo se incrementa al hacer nosotros progreso en la vida espiritual. Pero a menos que nos desanimemos por las tribulaciones, debemos también considerar que conforme progresamos en la vida espiritual, nos volvemos más fuertes y la gracia de Dios en nosotros, nos prepara y fortalece para la batalla.
Confiar en nuestras propias fuerzas sería nuestra ruina pero, confiar en Dios, la Santísima Virgen María, los santos, ángeles, los sacramentos y sacramentales de la Iglesia Católica son más que suficientes armas para triunfar en esta batalla.
Aunque nuestra debilidad es mayor, debemos tener fuerza y valor en el hecho que Dios es superior y que El ganará la guerra.
En el tiempo de la inseguridad o tentación recordemos las palabras de Nuestro Señor: “Mi gracia te es suficiente”, de igual manera recordemos lo que dice san Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”
Así sea.
Queridos Hermanos:
El evangelio de hoy, es uno de los que más debe llamar nuestra atención. Al inicio de la cuaresma vimos al demonio tentar a Nuestro Señor Jesucristo, la rapidez y facilidad con la que lo rechazó nuestro Señor. Dándonos, con esto, la esperanza de que si lo imitamos, nosotros podremos hacer lo mismo. Lo cual ya hacemos de manera inmediata en el sacramento del bautismo, y con el paso, de un periodo considerado de tiempo y mayor grado de dificultad en el sacramento de la penitencia y la contrición; en las situaciones más difíciles lo logramos por medio de los sacramentales, oraciones y demás sacramentos.
Pero en el evangelio de hoy, vemos la otra cara de los espíritus del mal. Se nos muestra su persistencia y los estragos que ocasionan si se les da la más mínima oportunidad de volver a entrar a nuestra alma. Conocemos cual es la terrible situación del alma que ha permitido tal acceso. Se encuentra en una situación que es ocho veces peor a como era antes de que el primer demonio fuera expulsado.
Nuevamente somos prevenidos de estar siempre vigilantes, no podemos reducir la marcha ni bajar la guardia, se requiere la más mínima distracción para volver a caer, y se necesita un gran esfuerzo y fortaleza para poder a levantarse.
Con frecuencia nos enteramos de almas que han caído y que no tienen la fuerza necesaria o el valor para levantarse y deciden vivir y permanecer en el pecado, haciendo amistad con el demonio en lugar de la paz con Dios. Deciden estar en constante guerra contra Dios convirtiéndose en sus más acérrimos enemigos.
Mientras que el lado del mal y del demonio puede aparecer tentador desde el limitado punto de vista de tiempo y espacio en este mundo; la eternidad, tiene el más repulsivo y espantoso panorama. Luego entonces debemos ampliar nuestra mirada miope, de la espiritualidad para poder alcanzar el mayor y verdadero conocimiento de Dios.
No hemos sido creados para este mundo, para nosotros o para cualquier otra persona en este mundo, ni para los demonios en el infierno, fuimos creados única y exclusivamente para Dios.
Nuestro único propósito en esta vida es dar honor y gloria a Dios, conociéndolo, amándolo y sirviéndole, para después gozar de Su presencia por toda la eternidad.
El demonio, el mundo y nuestras pasiones constantemente luchan y están en guerra contra Dios, consecuentemente con nuestra alma.
Como dijimos anteriormente, en el evangelio de hoy vemos la persistencia y tenacidad de estos demonios, en su lucha contra Dios, lo odian y continuarán odiándolo hasta la eternidad. No hay nada que los haga cambiar, como tampoco hay esperanza para ellos. Su odio por Dios les inspira un odio más profundo por nosotros, que hemos sido creados a Su imagen y semejanza y si buscamos incrementar o mejorar esta imagen y semejanza en nosotros, nos odiarán mucho mas.
De igual manera somos testigos de cómo, la mayoría de las personas que no oponen resistencia a los demonios nunca sufren estos ataques, a quienes los demonios ven con seguridad su perdición, en el camino al infierno o como mansos corderos siguen a las multitudes, sin necesidad de ser atacados. De antemano están destruyendo la imagen y semejanza que había en ellos, el demonio los ha colocado en un letargo diabólico, con toda la flota de alegrías y placeres que tiene para ofrecer este mundo.
Es sólo después de cambiar esta vida por el infierno, que el demonio dejará de engañarlos, para darse cuenta estos, del engaño en que han caído, pero será ya demasiado tarde.
Sin embargo, para quienes luchan y se disciplinan a sí mismos, al demonio y al mundo, se encuentran en constante lucha y ataques de parte de los demonios. El uno que se fue y los otros siete más que son peores que el primero, hacen todo lo posible para regresar a esta alma.
Mientras más ascendemos en la vida espiritual, más violentos son los ataques del demonio y mientras más cercana esta nuestra muerte, mayores son estos, ya que no desean perder ninguna oportunidad de robarle otra alma a Dios.
La intensidad de esta guerra sólo se incrementa al hacer nosotros progreso en la vida espiritual. Pero a menos que nos desanimemos por las tribulaciones, debemos también considerar que conforme progresamos en la vida espiritual, nos volvemos más fuertes y la gracia de Dios en nosotros, nos prepara y fortalece para la batalla.
Confiar en nuestras propias fuerzas sería nuestra ruina pero, confiar en Dios, la Santísima Virgen María, los santos, ángeles, los sacramentos y sacramentales de la Iglesia Católica son más que suficientes armas para triunfar en esta batalla.
Aunque nuestra debilidad es mayor, debemos tener fuerza y valor en el hecho que Dios es superior y que El ganará la guerra.
En el tiempo de la inseguridad o tentación recordemos las palabras de Nuestro Señor: “Mi gracia te es suficiente”, de igual manera recordemos lo que dice san Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”
Así sea.
Saturday, February 27, 2010
DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA
28 DE FEBRERO DE 2010
Queridos Hermanos:
El día de hoy se nos recuerda, una vez más, la Divinidad de Jesucristo Nuestro Señor.
Se transfiguro frente algunos de sus apóstoles, quienes fueron testigos de la Gloria de Dios y de, dos de sus amigos más cercanos, Moisés y Elías.
La belleza de esta escena inspira a San Pedro a sugerir que construyeran tres pabellones, evidentemente porque quería permanecer más tiempo en ese lugar. Luego entonces, escucharon la voz de Dios Padre y cayeron postrados sobre la tierra, por temor.
Esta es la gloria de Dios que le espera a todos los que aman a Jesucristo. Así como se manifiesta la inmensa gloria de Dios para nosotros, de igual manera caeremos postrados como lo hicieron los apóstoles, por temor al conocer nuestras debilidades y pobreza. Nuestra naturaleza humana, debilitada por el pecado es incapaz de apreciar la belleza de Dios, sin alguna gracia especial.
De esta manera Dios, en su inmensa misericordia por nosotros, permanece oculto para que no muramos ante su presencia cara a cara, de la misma manera como ocultó todo su esplendor y gloria ante los apóstoles, una vez más.
Tenemos a Jesucristo Nuestro Señor, oculto ante nuestra mirada, en el Santísimo Sacramento del altar, a menos que huyamos de Su presencia por temor. Dios esta tan determinado a que nos unamos a Él y al ver que somos tan incapaces de lograr esto por nosotros mismos, se ha rebajado a nuestro nivel. Permanece oculto ante el orgulloso y poderoso en este mundo y encuentra gran consuelo y regocijo al mostrarse ante el humilde y sencillo de corazón.
Luego entonces, debemos ver con los ojos de la fe. Es en la total confianza en Dios que podemos llegar a Él y con gran esperanza que podemos esperar verlo cara a cara y no ser aniquilados en el proceso. Pero sobre todo debe ser por amor a Él.
La transfiguración, nos ha sido relatada nuevamente para permanecer esta gloriosa esperanza viva en nuestra alma, para darnos una mayor fe y amor, para que tengamos la fuerza y el valor para cargar nuestras cruces y sufrimientos en esta vida, de una manera más digna.
San Pablo nos señala en la epístola de hoy, como lograr esto. Dios quiere nuestra santificación absteniéndonos de la fornicación. Debemos aprender a mantener nuestros cuerpos en santificación y honor y no es pasiones desordenadas ni lujuriosas, como quienes no conocen a Dios.
En nuestros negocios debemos ser honestos sin reservas. ¿Por qué? Porque Dios es el justo vengador de todas estas cosas. Dios no nos ha llamado a las impurezas sino a unirnos a la santificación de Nuestro Señor Jesucristo.
Al disciplinarnos, nosotros mismos, en estas dos áreas, permitimos a la gracia de Dios limpiar y santificar nuestra alma de manera efectiva. Aquí es donde inicia nuestra pureza y unión cada vez más próxima y cercana a Dios.
Conforme esta santificación transforma nuestra mente, corazón y alma, el manto que cubre nuestra cara es poco a poco removido, permitiendo con gran privilegio ver la gloria de Dios, sin ser golpeados mortalmente por temor.
En la Sagrada Eucaristía percibimos belleza, santidad y bondad al grado de liberarnos del pecado, particularmente del horrendo pecado de impureza, mentira e infidelidad.
En nuestro examen de conciencia pedimos a Dios nos ilumine a reconocernos tal y como somos, dándonos el valor y la humildad para confesar nuestros pecados para poder recibir el perdón y la absolución. En la confesión nos liberamos de la pesada carga del pecado y nos vamos con el alma purificada, ansiosa de la gracia de Dios y si perseveramos en esta estado somos gradualmente unidos a la gran montaña de nuestra fe donde ya no será pan en el altar lo que sostendremos, sino la gloria y magnificencia resplandeciente de Dios.
En la Sagrada comunión existe una cierta comunicación intima entre Dios y el alma escogida para ello, en ese particular momento. Por un instante somos testigos de lo que nos espera en el Cielo. Cristo se transfigura ante nosotros. En la belleza de este momento, somos movidos, al igual que san Pedro al decir “Es bueno estar aquí”, y también deseamos preservar este momento para siempre. Construyamos pabellones para no tener que regresar a casa.
Sin embargo, debido a la debilidad de nuestra naturaleza caída por el pecado, así como se incrementa la gloria de este momento, la alegría y regocijo dan lugar al temor y conocimiento de nuestra miseria, y al levantar nuestra mirada volvemos a los mismos vicios de siempre. Nos amonestamos por permanecer callados a pesar de las gracias que hemos recibido, a menos que todo sea una fantasiosa imaginación.
Pero al final de todo, no podemos olvidar las cosas que experimentamos dentro de nuestra alma. Esto debe darnos fuerza y valor para continuar en nuestra búsqueda por la perfección al abrazar nuestras penas, cruces y sufrimientos, todo por amor a Dios.
Así sea.
Queridos Hermanos:
El día de hoy se nos recuerda, una vez más, la Divinidad de Jesucristo Nuestro Señor.
Se transfiguro frente algunos de sus apóstoles, quienes fueron testigos de la Gloria de Dios y de, dos de sus amigos más cercanos, Moisés y Elías.
La belleza de esta escena inspira a San Pedro a sugerir que construyeran tres pabellones, evidentemente porque quería permanecer más tiempo en ese lugar. Luego entonces, escucharon la voz de Dios Padre y cayeron postrados sobre la tierra, por temor.
Esta es la gloria de Dios que le espera a todos los que aman a Jesucristo. Así como se manifiesta la inmensa gloria de Dios para nosotros, de igual manera caeremos postrados como lo hicieron los apóstoles, por temor al conocer nuestras debilidades y pobreza. Nuestra naturaleza humana, debilitada por el pecado es incapaz de apreciar la belleza de Dios, sin alguna gracia especial.
De esta manera Dios, en su inmensa misericordia por nosotros, permanece oculto para que no muramos ante su presencia cara a cara, de la misma manera como ocultó todo su esplendor y gloria ante los apóstoles, una vez más.
Tenemos a Jesucristo Nuestro Señor, oculto ante nuestra mirada, en el Santísimo Sacramento del altar, a menos que huyamos de Su presencia por temor. Dios esta tan determinado a que nos unamos a Él y al ver que somos tan incapaces de lograr esto por nosotros mismos, se ha rebajado a nuestro nivel. Permanece oculto ante el orgulloso y poderoso en este mundo y encuentra gran consuelo y regocijo al mostrarse ante el humilde y sencillo de corazón.
Luego entonces, debemos ver con los ojos de la fe. Es en la total confianza en Dios que podemos llegar a Él y con gran esperanza que podemos esperar verlo cara a cara y no ser aniquilados en el proceso. Pero sobre todo debe ser por amor a Él.
La transfiguración, nos ha sido relatada nuevamente para permanecer esta gloriosa esperanza viva en nuestra alma, para darnos una mayor fe y amor, para que tengamos la fuerza y el valor para cargar nuestras cruces y sufrimientos en esta vida, de una manera más digna.
San Pablo nos señala en la epístola de hoy, como lograr esto. Dios quiere nuestra santificación absteniéndonos de la fornicación. Debemos aprender a mantener nuestros cuerpos en santificación y honor y no es pasiones desordenadas ni lujuriosas, como quienes no conocen a Dios.
En nuestros negocios debemos ser honestos sin reservas. ¿Por qué? Porque Dios es el justo vengador de todas estas cosas. Dios no nos ha llamado a las impurezas sino a unirnos a la santificación de Nuestro Señor Jesucristo.
Al disciplinarnos, nosotros mismos, en estas dos áreas, permitimos a la gracia de Dios limpiar y santificar nuestra alma de manera efectiva. Aquí es donde inicia nuestra pureza y unión cada vez más próxima y cercana a Dios.
Conforme esta santificación transforma nuestra mente, corazón y alma, el manto que cubre nuestra cara es poco a poco removido, permitiendo con gran privilegio ver la gloria de Dios, sin ser golpeados mortalmente por temor.
En la Sagrada Eucaristía percibimos belleza, santidad y bondad al grado de liberarnos del pecado, particularmente del horrendo pecado de impureza, mentira e infidelidad.
En nuestro examen de conciencia pedimos a Dios nos ilumine a reconocernos tal y como somos, dándonos el valor y la humildad para confesar nuestros pecados para poder recibir el perdón y la absolución. En la confesión nos liberamos de la pesada carga del pecado y nos vamos con el alma purificada, ansiosa de la gracia de Dios y si perseveramos en esta estado somos gradualmente unidos a la gran montaña de nuestra fe donde ya no será pan en el altar lo que sostendremos, sino la gloria y magnificencia resplandeciente de Dios.
En la Sagrada comunión existe una cierta comunicación intima entre Dios y el alma escogida para ello, en ese particular momento. Por un instante somos testigos de lo que nos espera en el Cielo. Cristo se transfigura ante nosotros. En la belleza de este momento, somos movidos, al igual que san Pedro al decir “Es bueno estar aquí”, y también deseamos preservar este momento para siempre. Construyamos pabellones para no tener que regresar a casa.
Sin embargo, debido a la debilidad de nuestra naturaleza caída por el pecado, así como se incrementa la gloria de este momento, la alegría y regocijo dan lugar al temor y conocimiento de nuestra miseria, y al levantar nuestra mirada volvemos a los mismos vicios de siempre. Nos amonestamos por permanecer callados a pesar de las gracias que hemos recibido, a menos que todo sea una fantasiosa imaginación.
Pero al final de todo, no podemos olvidar las cosas que experimentamos dentro de nuestra alma. Esto debe darnos fuerza y valor para continuar en nuestra búsqueda por la perfección al abrazar nuestras penas, cruces y sufrimientos, todo por amor a Dios.
Así sea.
Saturday, February 20, 2010
DOMINGO 1ro. DE CUARESMA
21 DE FEBRERO DE 2010
Queridos Hermanos:
Los demonios están a todo nuestro alrededor, nadie está exento de sus ataques. Nuestro Señor Jesucristo, fue objeto de estos ataques, como lo señala el evangelio de hoy.
Sin embargo, es importante considerar que no todos los ataques provienen de los demonios, estamos también sujetos a la concupiscencia de nuestra naturaleza caída y las tentaciones del mundo a nuestro alrededor. Pero, las insidias de los demonios, son mayores y con mayor frecuencia de lo que podemos imaginarnos.
Es muy benéfico para nosotros que, se nos recuerde al inicio de la cuaresma, sobre las herramientas y armas a nuestra disposición para resistir y protegernos en contra de las tentaciones de los demonios.
En primer lugar debemos orar. Toda oración en buena y efectiva para expulsar a los demonios; en primer lugar debe estar la señal de la cruz. San Juan Crisóstomo dice “temblamos de manera vehemente cuando observamos lugares donde han sido ejecutados los malhechores. Cuanto temor sentirán los demonios ante la cruz, el arma que los hirió mortalmente; los demonios ven temerosamente la señal de la cruz, temblando y llenos de pavor salen corriendo”.
En segundo lugar debemos hacer uso frecuente de la invocación del Santo Nombre de Jesús “En mi nombre expulsarán a todos los demonios” (San Marcos 16:17).
San Atanasio nos dice: “El poder de Jesucristo es tan grande que los espíritus del mal se hunden en la nada ante El, y no pueden resistir la invocación del Santo Nombre d Jesús”.
En tercer lugar, hagamos uso frecuente del agua bendita. Santa Teresa nos recomiendo “para expulsar a los espíritus malignos y que, no regresen, no hay nada más efectivo que, el agua bendita; no es imaginación ociosa, frecuentemente lo he experimentado”.
Pero sobre todo debemos, honestamente y con perseverancia resistir. En los asuntos humanos no podemos evitar ser superados por fuerzas superiores, sin embargo, esto no sucede en la vida espiritual. Si los demonios nos atacan, aún a pesar de su poder y sutileza, podemos resistirles; porque no estamos solos, es Dios que lucha con nosotros y en nosotros y nos ayuda a lograr la victoria. “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4:13).
Santa Justina, habiéndose convertido al cristianismo, ofreció su virginidad a Dios; Algaidos, joven pagano, deseaba casarse con ella pero, todos sus esfuerzos fueron en vano. Acudió a un hechicero para poder conquistar a la joven Justina, con la ayuda del maligno. El hechicero conjuró los poderes de las tinieblas; Justina sufrió los peores tormentos, tentaciones y sufrimientos, día y noche; sin embargo, resistió con gran valor, ayunando, orando e invocando la ayuda y protección de Jesús y María Santísima, sellándose con la señal de la Cruz, las tentaciones cesaron. El demonio le dijo al hechicero, que Justina al ser Cristina, no tenía influencia sobre esta, que con gran valor y coraje luchaba y confiaba en Jesucristo. El hechicero (Cipriano) se convirtió al Cristianismo para posteriormente recibir la cruz del martirio al igual que Justina.
Consideremos también al Demonio que mató a los siete esposos de Sara, por su incontinencia.
Sara y Tobías, demostraron a los demonios con la perseverancia en la oración tres días posteriores a su boda, para posteriormente comprometerse en los privilegios del matrimonio por el amor de Dios y deseo por concebir hijos.
Es por lo tanto sin fundamento, recargar los pecados, exclusivamente sobre los demonios y decir “es que el demonio me hizo cometiera tal o cual pecado”. Si no hubiéramos hecho caso a este, no hubiéramos caído en la trampa.
San Agustín señala: “El demonio es como un perro encadenado. No puede morder a nadie a menos que se le acerqueN, es verdad, puede ladrar, mostrar sus colmillos, pero no puede mordernos, porque no puede ir más allá de donde le permite la cadena que lo sujeta. Mostrarle la señal de la Cruz y huirá a refugiarse a su violenta perrera, en el infierno”. Agrega “Como el viejo enemigo es fuerte con quienes no lo resisten, es débil con quienes le oponen resistencia. Si aceptas sus sugerencias, no puedes domesticarlo como a un león, pero si le resistes lo puedes pisotear como a una hormiga”.
Orar al momento re percibir cualquier tentación. Actuar como el niño que acude a su padre o madre ante el peligro o pide ayuda. Acude a Dios en las tentaciones y pídele Su ayuda, gracia y misericordia, has la señal de la Cruz frecuentemente, invoca el Santo Nombre de Jesús, has uso del agua bendita y acude a la protección de la Santísima Virgen María, los ángeles y santos.
Evita todo tipo de pecado, pero de manera especial el de impureza, maldecir y blasfemia; y vive piadosamente. El demonio no tiene poder sobre los cristianos piadosos.
Repite frecuentemente qué prefieres morir antes que pecar.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Los demonios están a todo nuestro alrededor, nadie está exento de sus ataques. Nuestro Señor Jesucristo, fue objeto de estos ataques, como lo señala el evangelio de hoy.
Sin embargo, es importante considerar que no todos los ataques provienen de los demonios, estamos también sujetos a la concupiscencia de nuestra naturaleza caída y las tentaciones del mundo a nuestro alrededor. Pero, las insidias de los demonios, son mayores y con mayor frecuencia de lo que podemos imaginarnos.
Es muy benéfico para nosotros que, se nos recuerde al inicio de la cuaresma, sobre las herramientas y armas a nuestra disposición para resistir y protegernos en contra de las tentaciones de los demonios.
En primer lugar debemos orar. Toda oración en buena y efectiva para expulsar a los demonios; en primer lugar debe estar la señal de la cruz. San Juan Crisóstomo dice “temblamos de manera vehemente cuando observamos lugares donde han sido ejecutados los malhechores. Cuanto temor sentirán los demonios ante la cruz, el arma que los hirió mortalmente; los demonios ven temerosamente la señal de la cruz, temblando y llenos de pavor salen corriendo”.
En segundo lugar debemos hacer uso frecuente de la invocación del Santo Nombre de Jesús “En mi nombre expulsarán a todos los demonios” (San Marcos 16:17).
San Atanasio nos dice: “El poder de Jesucristo es tan grande que los espíritus del mal se hunden en la nada ante El, y no pueden resistir la invocación del Santo Nombre d Jesús”.
En tercer lugar, hagamos uso frecuente del agua bendita. Santa Teresa nos recomiendo “para expulsar a los espíritus malignos y que, no regresen, no hay nada más efectivo que, el agua bendita; no es imaginación ociosa, frecuentemente lo he experimentado”.
Pero sobre todo debemos, honestamente y con perseverancia resistir. En los asuntos humanos no podemos evitar ser superados por fuerzas superiores, sin embargo, esto no sucede en la vida espiritual. Si los demonios nos atacan, aún a pesar de su poder y sutileza, podemos resistirles; porque no estamos solos, es Dios que lucha con nosotros y en nosotros y nos ayuda a lograr la victoria. “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4:13).
Santa Justina, habiéndose convertido al cristianismo, ofreció su virginidad a Dios; Algaidos, joven pagano, deseaba casarse con ella pero, todos sus esfuerzos fueron en vano. Acudió a un hechicero para poder conquistar a la joven Justina, con la ayuda del maligno. El hechicero conjuró los poderes de las tinieblas; Justina sufrió los peores tormentos, tentaciones y sufrimientos, día y noche; sin embargo, resistió con gran valor, ayunando, orando e invocando la ayuda y protección de Jesús y María Santísima, sellándose con la señal de la Cruz, las tentaciones cesaron. El demonio le dijo al hechicero, que Justina al ser Cristina, no tenía influencia sobre esta, que con gran valor y coraje luchaba y confiaba en Jesucristo. El hechicero (Cipriano) se convirtió al Cristianismo para posteriormente recibir la cruz del martirio al igual que Justina.
Consideremos también al Demonio que mató a los siete esposos de Sara, por su incontinencia.
Sara y Tobías, demostraron a los demonios con la perseverancia en la oración tres días posteriores a su boda, para posteriormente comprometerse en los privilegios del matrimonio por el amor de Dios y deseo por concebir hijos.
Es por lo tanto sin fundamento, recargar los pecados, exclusivamente sobre los demonios y decir “es que el demonio me hizo cometiera tal o cual pecado”. Si no hubiéramos hecho caso a este, no hubiéramos caído en la trampa.
San Agustín señala: “El demonio es como un perro encadenado. No puede morder a nadie a menos que se le acerqueN, es verdad, puede ladrar, mostrar sus colmillos, pero no puede mordernos, porque no puede ir más allá de donde le permite la cadena que lo sujeta. Mostrarle la señal de la Cruz y huirá a refugiarse a su violenta perrera, en el infierno”. Agrega “Como el viejo enemigo es fuerte con quienes no lo resisten, es débil con quienes le oponen resistencia. Si aceptas sus sugerencias, no puedes domesticarlo como a un león, pero si le resistes lo puedes pisotear como a una hormiga”.
Orar al momento re percibir cualquier tentación. Actuar como el niño que acude a su padre o madre ante el peligro o pide ayuda. Acude a Dios en las tentaciones y pídele Su ayuda, gracia y misericordia, has la señal de la Cruz frecuentemente, invoca el Santo Nombre de Jesús, has uso del agua bendita y acude a la protección de la Santísima Virgen María, los ángeles y santos.
Evita todo tipo de pecado, pero de manera especial el de impureza, maldecir y blasfemia; y vive piadosamente. El demonio no tiene poder sobre los cristianos piadosos.
Repite frecuentemente qué prefieres morir antes que pecar.
Así sea.
Saturday, February 13, 2010
DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA
14 DE FEBRERO DE 2010
Queridos Hermanos:
Nos encontramos nuevamente ante el umbral del tiempo de cuaresma. Este es una de las dos ocasiones en las que se nos señala como tiempo de penitencia del año y es tal vez el más importante. Este es un tiempo de preparación para culminar con el momento de la conmemoración de la pasión de Jesucristo nuestro Señor y su agonizante muerte en la cruz en reparación de nuestros pecados. Este es un tiempo de reflexión y tristeza en el que muchos acusarán a la Iglesia de difundir pesimismo y nubes grises. Lo cual no es así. Es la resurrección que andamos buscando con gran alegría y anticipación. Cristo, nos resucitará de la muerte, como El mismo lo ha hecho.
Todo católico debe saber que antes que suceda la resurrección debe haber muerto y antes de esto debe haber una cruz. La cruz y el sufrimiento deben venir antes de la celebración y la alegría de la resurrección.
Es en este espíritu, la caridad, que nos habla el día hoy san Pablo. Si vamos a entrar verdaderamente a este tiempo de penitencia, debemos estar motivados por el amor. Sin amor, todas nuestras penitencias, sufrimientos y obras son en vano. Y si pasamos este tiempo de penitencia en vano, no habrá, tampoco para nosotros, la celebración gloriosa de la Resurrección.
Es esencial que entremos a este tiempo de penitencia de manera voluntaria y con gran alegría, como lo hizo Jesucristo al cargar la cruz por nosotros. Pero es más importante que entremos y continuemos todo este tiempo, con y por amor en nuestro corazón. Este fue el motivo que movió a nuestro Señor Jesucristo para sacrificarse por nosotros. De la misma manera debe ser este, el motivo que nos mueva a hacer cualquier sacrificio o penitencia necesarios.
Frecuentemente escuchamos sobre la belleza y gozo del amor, sin embargo casi nunca pensamos en el dolor y sufrimiento que lo acompaña. El mayor amor en este mundo es, dar la vida por quien amamos. Esto es lo que Cristo hizo por nosotros hace más de dos mil años y este es el amor que los santos y particularmente los mártires, a través de toda la historia le han devuelto y manifestado; haciendo un llamado, con el ejemplo, para que nosotros hagamos lo mismo.
Me atrevo a decir que sólo aquellos que han sufrido de y por amor saben lo que significa verdaderamente amar. La mayoría ha sólo tocado la superficie del afecto y piensa haber amado. Se imagina haber “sufrido” pero ese sufrimiento frecuentemente es ligeramente confundido por el orgullo y vanidad en lugar del corazón verdaderamente presionado al amar acompañado de la abnegación. Amor que es requerido frecuentemente.
En el evangelio de hoy nuestro señor dice a sus seguidores todo lo que habría de suceder en relación a Su sufrimiento y muerte, para resucitar tres días después. Sin embargo, no captaron el mensaje y no lo entendieron, ya que es tan contrario a la forma humana de pensar, va en contra de casi cada fibra de nuestra naturaleza.
En cierta manera podemos justificar a los apóstoles por su falta de entendimiento, pero nosotros con más de dos mil años de retrospección no podemos tan fácilmente ser personados si fallamos en entender el significado o importancia de este hecho.
Frecuentemente somos como el ciego y fallamos ver la verdad frente a nosotros. Este individuo tuvo que esperar a que Cristo acudiera a su ayuda y lo llama muy a pesar de, los intentos por hacerlo callar e intento de suprimirlo, por las demás personas a su alrededor.
Esta esperanza debe ser, de igual forma, la nuestra, sin importar que tan desesperante sea la situación en la que nos encontremos. No debemos perder la esperanza sino incrementarla como lo hizo el pobre ciego, a que hace referencia la lectura de hoy, y que leemos fue escuchado por Nuestro Señor. De acuerdo a la fe de este hombre “Señor que vea” así le fue concedido.
De igual forma de novemos tener temor en ser desanimados, sino llenarnos de la fe y esperanza para beneficiarnos de las gracias que Dios constantemente nos ofrece.
Sobre todo debemos tener caridad, porque todo es vacio si esta falta. Sin amor toda la vida pierde significado y propósito.
Fuimos creados para amar y sin amor estamos perdidos.
Planeemos nuestro tiempo de cuaresma con nuestros sacrificios llenos de fe y esperanza, que complazca a Dios y nos dé una recompensa mucho mayor de lo que nos sea posible imaginar (No sólo resucitándonos de la muerte, sino que nos eleve a la felicidad eterna con El en el Cielo).
Pero sobre todo, vivamos este tiempo de cuaresma y el resto de nuestra vida llena de amor por Dios y nuestro prójimo. Es esta virtud del amor que da valor y significado a todas nuestras actividades, aún las acciones más insignificantes.
Mientras mayor sea el amor, mayor es el sacrificio, consecuentemente mayor será la recompensa
Mucho le será perdonado a quienes han mucho amado
Así sea.
Queridos Hermanos:
Nos encontramos nuevamente ante el umbral del tiempo de cuaresma. Este es una de las dos ocasiones en las que se nos señala como tiempo de penitencia del año y es tal vez el más importante. Este es un tiempo de preparación para culminar con el momento de la conmemoración de la pasión de Jesucristo nuestro Señor y su agonizante muerte en la cruz en reparación de nuestros pecados. Este es un tiempo de reflexión y tristeza en el que muchos acusarán a la Iglesia de difundir pesimismo y nubes grises. Lo cual no es así. Es la resurrección que andamos buscando con gran alegría y anticipación. Cristo, nos resucitará de la muerte, como El mismo lo ha hecho.
Todo católico debe saber que antes que suceda la resurrección debe haber muerto y antes de esto debe haber una cruz. La cruz y el sufrimiento deben venir antes de la celebración y la alegría de la resurrección.
Es en este espíritu, la caridad, que nos habla el día hoy san Pablo. Si vamos a entrar verdaderamente a este tiempo de penitencia, debemos estar motivados por el amor. Sin amor, todas nuestras penitencias, sufrimientos y obras son en vano. Y si pasamos este tiempo de penitencia en vano, no habrá, tampoco para nosotros, la celebración gloriosa de la Resurrección.
Es esencial que entremos a este tiempo de penitencia de manera voluntaria y con gran alegría, como lo hizo Jesucristo al cargar la cruz por nosotros. Pero es más importante que entremos y continuemos todo este tiempo, con y por amor en nuestro corazón. Este fue el motivo que movió a nuestro Señor Jesucristo para sacrificarse por nosotros. De la misma manera debe ser este, el motivo que nos mueva a hacer cualquier sacrificio o penitencia necesarios.
Frecuentemente escuchamos sobre la belleza y gozo del amor, sin embargo casi nunca pensamos en el dolor y sufrimiento que lo acompaña. El mayor amor en este mundo es, dar la vida por quien amamos. Esto es lo que Cristo hizo por nosotros hace más de dos mil años y este es el amor que los santos y particularmente los mártires, a través de toda la historia le han devuelto y manifestado; haciendo un llamado, con el ejemplo, para que nosotros hagamos lo mismo.
Me atrevo a decir que sólo aquellos que han sufrido de y por amor saben lo que significa verdaderamente amar. La mayoría ha sólo tocado la superficie del afecto y piensa haber amado. Se imagina haber “sufrido” pero ese sufrimiento frecuentemente es ligeramente confundido por el orgullo y vanidad en lugar del corazón verdaderamente presionado al amar acompañado de la abnegación. Amor que es requerido frecuentemente.
En el evangelio de hoy nuestro señor dice a sus seguidores todo lo que habría de suceder en relación a Su sufrimiento y muerte, para resucitar tres días después. Sin embargo, no captaron el mensaje y no lo entendieron, ya que es tan contrario a la forma humana de pensar, va en contra de casi cada fibra de nuestra naturaleza.
En cierta manera podemos justificar a los apóstoles por su falta de entendimiento, pero nosotros con más de dos mil años de retrospección no podemos tan fácilmente ser personados si fallamos en entender el significado o importancia de este hecho.
Frecuentemente somos como el ciego y fallamos ver la verdad frente a nosotros. Este individuo tuvo que esperar a que Cristo acudiera a su ayuda y lo llama muy a pesar de, los intentos por hacerlo callar e intento de suprimirlo, por las demás personas a su alrededor.
Esta esperanza debe ser, de igual forma, la nuestra, sin importar que tan desesperante sea la situación en la que nos encontremos. No debemos perder la esperanza sino incrementarla como lo hizo el pobre ciego, a que hace referencia la lectura de hoy, y que leemos fue escuchado por Nuestro Señor. De acuerdo a la fe de este hombre “Señor que vea” así le fue concedido.
De igual forma de novemos tener temor en ser desanimados, sino llenarnos de la fe y esperanza para beneficiarnos de las gracias que Dios constantemente nos ofrece.
Sobre todo debemos tener caridad, porque todo es vacio si esta falta. Sin amor toda la vida pierde significado y propósito.
Fuimos creados para amar y sin amor estamos perdidos.
Planeemos nuestro tiempo de cuaresma con nuestros sacrificios llenos de fe y esperanza, que complazca a Dios y nos dé una recompensa mucho mayor de lo que nos sea posible imaginar (No sólo resucitándonos de la muerte, sino que nos eleve a la felicidad eterna con El en el Cielo).
Pero sobre todo, vivamos este tiempo de cuaresma y el resto de nuestra vida llena de amor por Dios y nuestro prójimo. Es esta virtud del amor que da valor y significado a todas nuestras actividades, aún las acciones más insignificantes.
Mientras mayor sea el amor, mayor es el sacrificio, consecuentemente mayor será la recompensa
Mucho le será perdonado a quienes han mucho amado
Así sea.
Saturday, February 6, 2010
DOMINGO DE SEXAGÉSIMA
7 DE ENERO DE 2010
Queridos Hermanos:
Nuestra vida y nuestra alma son la tierra donde caen las semillas fértiles de la palabra y gracia de Dios.
La semilla es la misma para todos, sin embargo, nuestra vida y alma no son iguales a las de los demás, razón para la gran variedad de frutos derivados de esta misma palabra y gracia.
Nuestra vida y nuestra alma, han sido puestas en nuestras propias manos. Debería causarnos gran temor pensar y contemplar la extensión, de las consecuencias que le siguen a nuestro pensamiento, palabras, acciones y omisiones.
¿Cuál podría ser la razón de colocar, nuestra felicidad eterna, en las manos de individuos tan incompetentes como lo somos nosotros mismos?
Somos la más pobre excusa que podamos imaginar para gobernar y regir nuestra vida.
Sin embargo, aquí estamos, débiles e inconstantes, con el destino de toda la eternidad, en nuestras manos.
Es como colocar el diamante más raro, caro y precioso en las manos de un niño, quien alegremente y de inmediato, pero sin ningún cuidado y sin pensarlo, juega con estos objetos brillantes, como si fueran juguetes; consecuentemente dejándolos en cualquier lugar y olvidando donde los abandono al cambiarlos por otros, tal vez de menor valor. Raro es el niño que puede realmente apreciar lo que sujeta en sus manos y más raro quien puede proteger tales tesoros, de ser dañados, robados o extraviados.
He aquí a nosotros al igual que niños con el mayor tesoro que puede existir (la palabra y gracia de Dios) en nuestras manos.
Al vernos a nosotros mismos, debemos humildemente persuadirnos de nuestra miseria ante tan magnífico tesoro y nuestra profunda inhabilidad, no es sólo recibir de manera correcta estos tesoros, sino que también nuestra total debilidad es prevenir tanto daño al desarrollo y crecimiento de estos tesoros en nuestra alma.
Considerar al mundo, demonio y a nuestras propias pasiones, pecados y debilidades, imprimir en nosotros que tan incapaces y sin preparación, realmente somos.
¿Qué es lo que debemos hacer? ¿Debemos culpar a Dios por ser incapaces é inmaduros?
¿Debemos no valorar la condición de nuestra alma y su receptividad a estas gracias?
¿Debemos mandar todo a volar en desesperación, rendirnos y permitir ser llevados o amonestados al infierno? ¡Dios no lo permita!
Viendo nuestra miseria y el abrumador peligro que nos acompaña, seamos humildes y pidamos ayuda, como el niño sabio, que no sabe qué hacer con el tesoro puesto en sus manos; y no sólo pide ayuda, sino que ruega a alguien para que lo guie y dirija por el mejor y más prudente camino. Pidamos a Dios nos ayude, acudamos a la Iglesia y sus representantes para tomar la mejor decisión para nuestro bien.
Debemos tener demasiado cuidado en no poner nuestra confianza y confidencia en la persona equivocada. Hay muchos que se ostentan como sabios y con autoridad pero que realmente no tienen ninguna de las dos. Existen muchas almas que son descarriadas por su culpa. Los demonios aparecen como ángeles de luz, pero al seguir sus sugerencias producen frutos de oscuridad, sufrimiento y miseria, no sólo en este mundo sino por toda la eternidad.
Son tontos quienes ponen su confianza y confidencia en quienes no tienen autoridad verdadera en la Iglesia católica, o dicen que ya no hay autoridad en esta. ¿Por qué, habrían de colocar su tesoro más valioso, dado por Dios, en las manos de tales guías, que abiertamente admiten no tener sabiduría o habilidades para guiar adecuadamente a los demás sino pueden guiarse ellos mismos? Sin embargo, la mayoría hace precisamente eso.
Llaman a los demonios para que acudan en su ayuda, para recibir y nutrir estos preciosos dones, sólo para permitir que estos los arrebaten y devoren y perderlos por toda la eternidad. Puede ser que sean tontos como rocas y jamás logren comprender ni la más mínima idea de lo que se les ha dado. Se deslumbran al principio con el “brillo” del juguete nuevo y de igual forma lo abandonan y buscan algo diferente.
Existen otros que con tantos juguetes que tienen, ya no pueden apreciar el valor verdadero de este precioso don; los revuelven entre todos los que conocen; lo sagrado con lo profano, donde el último, la mayoría de las veces, hace que se pierda y se olvide eventualmente lo sagrado.
Por último, existen quienes, no sólo encuentran la dirección y guía adecuada, de la autoridad real y legítima en la Iglesia, sino que hacen y obedecen lo que esta autoridad les dice.
Estas almas guiadas y coordinadas por la verdadera sabiduría y autoridad, luchan y remueven las piedras y maleza para suavizar y hacer fértil la tierra de sus alma para que al recibir estos preciosos dones, los pueda colocar en el mejor lugar y condiciones posible para permitir su germinación, desarrollo y que produzca el fruto más generoso de vida eterna.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Nuestra vida y nuestra alma son la tierra donde caen las semillas fértiles de la palabra y gracia de Dios.
La semilla es la misma para todos, sin embargo, nuestra vida y alma no son iguales a las de los demás, razón para la gran variedad de frutos derivados de esta misma palabra y gracia.
Nuestra vida y nuestra alma, han sido puestas en nuestras propias manos. Debería causarnos gran temor pensar y contemplar la extensión, de las consecuencias que le siguen a nuestro pensamiento, palabras, acciones y omisiones.
¿Cuál podría ser la razón de colocar, nuestra felicidad eterna, en las manos de individuos tan incompetentes como lo somos nosotros mismos?
Somos la más pobre excusa que podamos imaginar para gobernar y regir nuestra vida.
Sin embargo, aquí estamos, débiles e inconstantes, con el destino de toda la eternidad, en nuestras manos.
Es como colocar el diamante más raro, caro y precioso en las manos de un niño, quien alegremente y de inmediato, pero sin ningún cuidado y sin pensarlo, juega con estos objetos brillantes, como si fueran juguetes; consecuentemente dejándolos en cualquier lugar y olvidando donde los abandono al cambiarlos por otros, tal vez de menor valor. Raro es el niño que puede realmente apreciar lo que sujeta en sus manos y más raro quien puede proteger tales tesoros, de ser dañados, robados o extraviados.
He aquí a nosotros al igual que niños con el mayor tesoro que puede existir (la palabra y gracia de Dios) en nuestras manos.
Al vernos a nosotros mismos, debemos humildemente persuadirnos de nuestra miseria ante tan magnífico tesoro y nuestra profunda inhabilidad, no es sólo recibir de manera correcta estos tesoros, sino que también nuestra total debilidad es prevenir tanto daño al desarrollo y crecimiento de estos tesoros en nuestra alma.
Considerar al mundo, demonio y a nuestras propias pasiones, pecados y debilidades, imprimir en nosotros que tan incapaces y sin preparación, realmente somos.
¿Qué es lo que debemos hacer? ¿Debemos culpar a Dios por ser incapaces é inmaduros?
¿Debemos no valorar la condición de nuestra alma y su receptividad a estas gracias?
¿Debemos mandar todo a volar en desesperación, rendirnos y permitir ser llevados o amonestados al infierno? ¡Dios no lo permita!
Viendo nuestra miseria y el abrumador peligro que nos acompaña, seamos humildes y pidamos ayuda, como el niño sabio, que no sabe qué hacer con el tesoro puesto en sus manos; y no sólo pide ayuda, sino que ruega a alguien para que lo guie y dirija por el mejor y más prudente camino. Pidamos a Dios nos ayude, acudamos a la Iglesia y sus representantes para tomar la mejor decisión para nuestro bien.
Debemos tener demasiado cuidado en no poner nuestra confianza y confidencia en la persona equivocada. Hay muchos que se ostentan como sabios y con autoridad pero que realmente no tienen ninguna de las dos. Existen muchas almas que son descarriadas por su culpa. Los demonios aparecen como ángeles de luz, pero al seguir sus sugerencias producen frutos de oscuridad, sufrimiento y miseria, no sólo en este mundo sino por toda la eternidad.
Son tontos quienes ponen su confianza y confidencia en quienes no tienen autoridad verdadera en la Iglesia católica, o dicen que ya no hay autoridad en esta. ¿Por qué, habrían de colocar su tesoro más valioso, dado por Dios, en las manos de tales guías, que abiertamente admiten no tener sabiduría o habilidades para guiar adecuadamente a los demás sino pueden guiarse ellos mismos? Sin embargo, la mayoría hace precisamente eso.
Llaman a los demonios para que acudan en su ayuda, para recibir y nutrir estos preciosos dones, sólo para permitir que estos los arrebaten y devoren y perderlos por toda la eternidad. Puede ser que sean tontos como rocas y jamás logren comprender ni la más mínima idea de lo que se les ha dado. Se deslumbran al principio con el “brillo” del juguete nuevo y de igual forma lo abandonan y buscan algo diferente.
Existen otros que con tantos juguetes que tienen, ya no pueden apreciar el valor verdadero de este precioso don; los revuelven entre todos los que conocen; lo sagrado con lo profano, donde el último, la mayoría de las veces, hace que se pierda y se olvide eventualmente lo sagrado.
Por último, existen quienes, no sólo encuentran la dirección y guía adecuada, de la autoridad real y legítima en la Iglesia, sino que hacen y obedecen lo que esta autoridad les dice.
Estas almas guiadas y coordinadas por la verdadera sabiduría y autoridad, luchan y remueven las piedras y maleza para suavizar y hacer fértil la tierra de sus alma para que al recibir estos preciosos dones, los pueda colocar en el mejor lugar y condiciones posible para permitir su germinación, desarrollo y que produzca el fruto más generoso de vida eterna.
Así sea.
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