29 DE MARZO DE 2009
Queridos Hermanos:
¿Quién tiene el diablo?
¿Quién tiene la verdad?
En las dos acusaciones, aparentemente opuestas, son finalmente la misma acusación, “eres un demonio mentiroso”.
Sin conocer la realidad y los detalles de ambas partes, a simple vista lo veremos como una tragedia. Esto lo podemos constatar toda vez que el lado mentiroso utiliza los mismos argumentos que usaría en la presentación de la verdad.
Si vemos no más allá de la superficie de este argumento no podremos determinar lo que es verdad y lo que es falso. Lo que frecuentemente nos confunde. Sin embargo, la confusión puede fácilmente ser eliminada si no somos lo suficientemente flojos para mirar un poco más en detalle y profundo.
¿Cuántas veces debe presentarse, la Iglesia católica, como la Iglesia verdadera?
¿Cuántas veces tiene que probar que las acusaciones falsas en su contra son mentiras?
Cristo tuvo que enfrentar estos demonios, (Que utilizan a los humanos para hacer sus fechorías) en Su tiempo. Ahora nosotros enfrentamos a los mismos demonios que utilizan diferentes hombres para hacer las mismas fechorías que antaño. El evangelio de este domingo aplica igualmente y consistentemente con los hechos actuales como lo hizo en tiempos de Nuestro Señor Jesucristo.
Las blasfemias del hombre moderno son de manera similar a los que Jesucristo enfrentó según nos relata el evangelio. Son similares porque emanan del mismo origen. Vienen de los mismos demonios que ahora aconsejan al hombre actual.
¿Cómo podemos razonar o comprobar cualquier cosa a los que han sido cegados por las “inspiraciones” de los demonios? Después de presentarles la verdad una y otra vez, según nuestras habilidades y siguen sin ver. Nos vemos forzados a dejarlos en su maldad tal y como lo hizo nuestro Señor.
Al iniciar la lucha en contra de estos espíritus malignos parecería prudente recordar que no estamos luchando en contra de seres humanos sino con demonios. Mientras se encuentran bajo la influencia del demonio no pueden aceptar la verdad. Por lo tanto no podemos hacerlos ver la verdad. Lo primero que debe suceder es la expulsión de estos demonios que lo hacen prisionero y agregar un poco de Gracia Divina, para que puedan ver y buscar la Verdad.
Por lo tanto, cuando vemos que existe algún obstáculo para que estas almas puedan ver la Verdad y no encontramos ninguna explicación lógica o humana, podemos concluir que es una alma más cegada por el demonio. Muchos no pueden recibir ayuda porque no lo desean. Pero para quienes si se puede ayudar, lo primero que hay que hacer es eliminar la influencia del Demonio sobre esta alma.
Empecemos por invocar el santo nombre de Jesucristo. Hagamos uso de los sacramentales (señal de la cruz, agua bendita etc.) y si se requiere, de la oración y el ayuno, como lo señalo Nuestro Señor a Sus discípulos, como manera de expulsar algunos demonios “difíciles”. En algunos casos se requerirá de algún Sacerdote para que asista a tales casos y realice exorcismos.
No existe verdaderamente tiempo suficiente en este mundo para el número de sacerdotes existentes hoy día, para cumplir el tremendo ejercicio de expulsión de estos demonios. Nos hemos familiarizado tanto con los demonios que raramente los vemos realmente como son.
Puede suceder que quienes están bajo esta influencia nos vean como sus enemigos por el intento que hacemos de beneficiar sus almas. Intentarán hacernos lo que le hicieron a Jesucristo. No debemos tener miedo, por el contrario y como lo hizo Jesucristo, debemos morir en defensa de la verdad.
Quienes aman la verdad no tienen nada que temer de la muerte. La verdad enseña que la muerte del cuerpo no debe ser temida, es la muerte del alma la que nos debe preocupar. El cuerpo va a resucitar, pero el alma condenada al Infierno arderá eternamente en el.
No nos dejemos intimidar ni engañar por la mentira. Seamos humildes a la verdad y voluntariamente aceptémosla y si no podemos compartirla con quienes nos rodean, debemos alegrarnos de estar con Jesucristo. Aun si fuéramos crucificados o apedreados no habremos perdido. La causa de Dios no ha terminado, porque llenos de amor por la verdad confiadamente buscamos con fe y esperanza la gloriosa resurrección de nuestro propio ser con Jesucristo y Sus santos.
Así sea.
Saturday, March 28, 2009
Friday, March 20, 2009
DOMINGO CUARTO DE CUARESMA (LAETARE)
22 de Marzo de 2009
Queridos Hermanos:
Leemos en el Evangelio de este día, sobre la multiplicación que Nuestro Señor hizo, de los cinco panes de cebada y dos peces, para alimentar a cinco mil personas, quedando además doce canastos de fragmentos restantes, después de que hubieron todos comido.
No hay ninguna duda sobre el efecto que causó este acto sobre la multitud. Todos lo vieron y estaban preparados para proclamar Rey a Jesucristo. Sin embargo, esto no era lo que debería suceder en ese momento, ya que nos dice el evangelio que Cristo, corrió a refugiarse en el monte.
Este innegable milagro era sólo el principio de las instrucciones que Cristo daría a los hombres para cuidar, por el resto de los tiempos. Jesucristo está, gradualmente preparando a la gente para ver y aceptar el maravilloso milagro de la Sagrada Eucaristía. De la misma manera que los panes de cebada alimentaron a tanta gente y no disminuía su volumen, sino más bien por el contrario se incrementaba, así sucede con Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía. En la narración del evangelio, Jesucristo da pan para alimentar el cuerpo, pero en la Sagrada Eucaristía no da pan sino que se entrega a sí mismo para alimentar nuestra alma.
Quien alimenta el cuerpo, se siente satisfecho por un tiempo, sin embargo siente la necesidad de volver a nutrirse. El pan es consumido y transformado en su cuerpo.
Quienes reciben a Jesucristo en la Sagrada Eucaristía se alimentan de un manjar que deja huella eternamente. Nutren su alma para la eternidad del Pan Eterno del cielo.
En lugar de que ellos transformen la Sagrada Eucaristía en ellos mismos, es esta sagrada Eucaristía que los transforma a ellos en nuestro Señor. Este alimento celestial nos transforma de manera similar a Jesucristo.
Por medio de este proceso Jesucristo no es disminuido sino incrementado, como el pan que se multiplicó después de que todos hubieron comido. Ya no vive Jesucristo sólo en la Sagrada Eucaristía sino que habita en quienes lo han recibido de manera merecida en las Sagradas especies.
Existe un precioso ejemplo en los “Diálogos de Santa Catalina de Siena” que dice: Dios explica que la Sagrada Eucaristía, es como fuego. El fuego siempre está completo, tiene luz, calor y color. La Sagrada E. tiene el Cuerpo, la Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo.
De la misma manera como pueden acudir, varias personas, a la flama y recibir fuego de esta, llevándose fuego real y completo (luz, calor y color) así pueden muchos acudir a Jesucristo y recibirlo en la Eucaristía y llevárselo todo y completo. Como el fuego no se termina al ser compartido, tampoco lo hace Jesucristo”.
Nuestro Señor, continúa diciendo: “Imaginemos que hay muchos que traen sus velas, una pesa un gramo, otras dos o seis, o un kilo o aún mas, y la encienden en la flama; en cada vela, ya sea grande o pequeña, se encuentra la luz completa, es decir, el calor, color y la llama, sin embargo podrían juzgar que la flama es menor en quien tiene menos peso en esta. Ahora bien, lo mismo sucede en quienes reciben este Sacramento. Cada quien lleva consigo sus obras, es decir el deseo firme con el cual recibe este sacramento, que de sí mismo es sin luz y que es encendido al recibir el sacramento, digo que es sin luz, porque solos no pueden hacer nada, les he dado el material por medio del cual pueden recibir esta luz y alimentarla. El material es el amor, por medio del amor los he creado y sin amor no podéis vivir.”
La Eucaristía se fracciona mas no así Jesucristo. El es la luz que habremos de llevar con nosotros. Y mientras más llevemos esta luz a los demás, mas hay para entregar. Cristo es la luz del mundo y nosotros llevamos esa luz cuando lo recibimos en la Eucaristía.
Nos convertimos en Luz para el mundo.
Al compartir y distribuir esta luz de manera libre y generosa no perdemos nada, toda vez que ésta luz no se termina nunca, por el contrario se incrementa, como se incrementa el número de portadores de esta. Todos hemos sido llamados a ser luz del mundo.
Nuevamente está cubierto de tiniebla el mundo de hoy. Por lo tanto cumplir nuestra misión, de ser Luz del Mundo, es de gran importancia.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Leemos en el Evangelio de este día, sobre la multiplicación que Nuestro Señor hizo, de los cinco panes de cebada y dos peces, para alimentar a cinco mil personas, quedando además doce canastos de fragmentos restantes, después de que hubieron todos comido.
No hay ninguna duda sobre el efecto que causó este acto sobre la multitud. Todos lo vieron y estaban preparados para proclamar Rey a Jesucristo. Sin embargo, esto no era lo que debería suceder en ese momento, ya que nos dice el evangelio que Cristo, corrió a refugiarse en el monte.
Este innegable milagro era sólo el principio de las instrucciones que Cristo daría a los hombres para cuidar, por el resto de los tiempos. Jesucristo está, gradualmente preparando a la gente para ver y aceptar el maravilloso milagro de la Sagrada Eucaristía. De la misma manera que los panes de cebada alimentaron a tanta gente y no disminuía su volumen, sino más bien por el contrario se incrementaba, así sucede con Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía. En la narración del evangelio, Jesucristo da pan para alimentar el cuerpo, pero en la Sagrada Eucaristía no da pan sino que se entrega a sí mismo para alimentar nuestra alma.
Quien alimenta el cuerpo, se siente satisfecho por un tiempo, sin embargo siente la necesidad de volver a nutrirse. El pan es consumido y transformado en su cuerpo.
Quienes reciben a Jesucristo en la Sagrada Eucaristía se alimentan de un manjar que deja huella eternamente. Nutren su alma para la eternidad del Pan Eterno del cielo.
En lugar de que ellos transformen la Sagrada Eucaristía en ellos mismos, es esta sagrada Eucaristía que los transforma a ellos en nuestro Señor. Este alimento celestial nos transforma de manera similar a Jesucristo.
Por medio de este proceso Jesucristo no es disminuido sino incrementado, como el pan que se multiplicó después de que todos hubieron comido. Ya no vive Jesucristo sólo en la Sagrada Eucaristía sino que habita en quienes lo han recibido de manera merecida en las Sagradas especies.
Existe un precioso ejemplo en los “Diálogos de Santa Catalina de Siena” que dice: Dios explica que la Sagrada Eucaristía, es como fuego. El fuego siempre está completo, tiene luz, calor y color. La Sagrada E. tiene el Cuerpo, la Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo.
De la misma manera como pueden acudir, varias personas, a la flama y recibir fuego de esta, llevándose fuego real y completo (luz, calor y color) así pueden muchos acudir a Jesucristo y recibirlo en la Eucaristía y llevárselo todo y completo. Como el fuego no se termina al ser compartido, tampoco lo hace Jesucristo”.
Nuestro Señor, continúa diciendo: “Imaginemos que hay muchos que traen sus velas, una pesa un gramo, otras dos o seis, o un kilo o aún mas, y la encienden en la flama; en cada vela, ya sea grande o pequeña, se encuentra la luz completa, es decir, el calor, color y la llama, sin embargo podrían juzgar que la flama es menor en quien tiene menos peso en esta. Ahora bien, lo mismo sucede en quienes reciben este Sacramento. Cada quien lleva consigo sus obras, es decir el deseo firme con el cual recibe este sacramento, que de sí mismo es sin luz y que es encendido al recibir el sacramento, digo que es sin luz, porque solos no pueden hacer nada, les he dado el material por medio del cual pueden recibir esta luz y alimentarla. El material es el amor, por medio del amor los he creado y sin amor no podéis vivir.”
La Eucaristía se fracciona mas no así Jesucristo. El es la luz que habremos de llevar con nosotros. Y mientras más llevemos esta luz a los demás, mas hay para entregar. Cristo es la luz del mundo y nosotros llevamos esa luz cuando lo recibimos en la Eucaristía.
Nos convertimos en Luz para el mundo.
Al compartir y distribuir esta luz de manera libre y generosa no perdemos nada, toda vez que ésta luz no se termina nunca, por el contrario se incrementa, como se incrementa el número de portadores de esta. Todos hemos sido llamados a ser luz del mundo.
Nuevamente está cubierto de tiniebla el mundo de hoy. Por lo tanto cumplir nuestra misión, de ser Luz del Mundo, es de gran importancia.
Así sea.
Saturday, March 14, 2009
DOMINGO TERCERO DE CUARESMA
15 DE MARZO DE 2009
“Y las cosas postreras de ese hombre son peores que las primeras”
La degeneración del pecador es un asunto muy terrible y alarmante, para quienes tienen la pureza de su fe y claridad para verlo. La corrupción del pecador no le permite ver su situación desesperante ni puede ver ningún peligro. Normalmente, se siente tranquilo y cómodo en sus pecados. De esta manera es mucho peor de lo que fue al momento de cometerlos y notar la mancha en su conciencia. Ya no es uno el demonio que habita en su alma, sino ocho, el primero mas siete que atrajo consigo este.
Tales personas han expulsado al demonio de su alma pero han fallado en continuar por el camino de la virtud. Los demonios han regresado y lo encontraron “limpio y adornado”. Sus almas fueron separadas del pensamiento en Dios, todo lo bueno y sagrado les ha sido borrado de su alma, y adornadas con la vanidad mundana y amor propio. Este vacío, se ocasiona gracias a su descuido e irresolución de evitar las ocasiones de pecado. Todo esto ocurrió porque no estuvieron vigilantes y en oración y porque no se disciplinaban a sí mismos en hacer de sus almas la morada de Dios.
San Bernardo nos dice. “La constante repetición del pecado engendra un habito, el habito una necesidad y la necesidad la imposibilidad, la imposibilidad la desesperación y esta ultima la condenación” este es el simple circulo vicioso del pecador complaciente, y sólo puede ser corregido por la gracia de Dios, la oración y un arrepentimiento sincero, contrición y penitencia.
San Agustín nos dice: Los pecados, aun los más grandes y horribles, en cuanto se convierten en habito, son minimizados o no pecados del todo, son tan profundos que parece casi imposible eliminarlos, los presumen y los convierten en algo cada vez más notorio” ¿no es verdad que vemos la inmoralidad pervertida, mente orgullosa y con halagos presentada en nuestros días? ¿Cuántos se glorían en su vergüenza? ¿Cuántos presumen de su maldad como si cometieran un bien? ¿Cuántos hay, que presumen exageradamente más de la cuenta, de esta maldad, de la que realmente cometen? ¿No parece que, tales personas tengan más de un solo demonio?
El libro de los Proverbios (1.7) nos dice que “el temor de Dios es el principio de la sabiduría” ¿Existe hoy día, alguien que tenga temor de Dios? Sabemos que, la gran mayoría lo ignora completamente. Quienes dicen creer en El, pretenden que no es de mucha importancia. Prefieren vivir en la mentira que dice que, Dios no los juzgara y condenará, por sus vicios.
“instruye al niño en su carrera, aún cuando fuere viejo no se apartará de ella” (Prov. 22:6), nuestra niñez en cada vez a más temprana edad acostumbrados a los vicios de nuestra sociedad moderna., especialmente los de Sodoma y Gomorra. Se les presentan tantas “alternativas” de vida (no del fomento del núcleo familiar) sino como, donde hay dos mamás y dos papás. Se les dice que eso es lo que deben aceptar, incluso los hay que yendo más lejos declaran, que esa es la voluntad y plan de Dios.
Los Sodomitas, a consecuencia de su debilidad, estaban tan ciegos que se creían a sí mismos mucho mejores que el justo Lot y rechazaban sus advertencias con gran coraje. (Génesis 19:9). San Agustín nos dice sobre este pasaje: “Tan lejos habían llegado, con este abominable vicio, los sodomitas, que lo consideraban virtud, y quien tratara de prevenirlos de los males que les acarrearía eran reprobados más que quienes los cometían”. Una vez más somos testigos de estos males con la agenda de los homosexuales que se nos implanta en la industria del “entretenimiento” diario y en la “educación” de nuestros hijos. Trabajan diligentemente para obtener un estatus especial para que las personas honestas sean calificadas como delincuentes y culpables de sus “estilos de vida”. Lot fue la voz solitaria que clamaba en el desierto sobre el día de la condenación de los pecadores, ¿habrá alguien en nuestros días que lo haga igual? Tendremos el valor de Susana cuando dice. “Mas prefiero caer inculpable en vuestras manos a pecar contra el Señor”. (Dan. 13:22,23).
Existen pecadores reincidentes con ocho o más demonios, alrededor nuestro. Parecen “normales” y frecuentemente se comportan como “Normales” sin embargo están muertos para la gracia de Dios y son instigadores traidores para la causa de los ángeles caídos, nuestra condenación eterna.
Debemos tener cuidado al asociarnos con están personas, toda vez que no sólo tienen el espíritu del hombre sino de los ocho o más demonios, y son muy astutos en sus traiciones.
Hagamos lo posible por no caer nosotros o las personas a quienes amamos, en las manos de estos individuos y contaminarnos con la aceptación de sus pecados. Pidamos a Dios la perseverancia en Su bondad. Recibamos devota y frecuentemente los sacramentos. De esta manera estaremos protegidos en contra del regreso del demonio que ha sido expulsado de nosotros en compañía de siete, peores a este.
Así sea.
“Y las cosas postreras de ese hombre son peores que las primeras”
La degeneración del pecador es un asunto muy terrible y alarmante, para quienes tienen la pureza de su fe y claridad para verlo. La corrupción del pecador no le permite ver su situación desesperante ni puede ver ningún peligro. Normalmente, se siente tranquilo y cómodo en sus pecados. De esta manera es mucho peor de lo que fue al momento de cometerlos y notar la mancha en su conciencia. Ya no es uno el demonio que habita en su alma, sino ocho, el primero mas siete que atrajo consigo este.
Tales personas han expulsado al demonio de su alma pero han fallado en continuar por el camino de la virtud. Los demonios han regresado y lo encontraron “limpio y adornado”. Sus almas fueron separadas del pensamiento en Dios, todo lo bueno y sagrado les ha sido borrado de su alma, y adornadas con la vanidad mundana y amor propio. Este vacío, se ocasiona gracias a su descuido e irresolución de evitar las ocasiones de pecado. Todo esto ocurrió porque no estuvieron vigilantes y en oración y porque no se disciplinaban a sí mismos en hacer de sus almas la morada de Dios.
San Bernardo nos dice. “La constante repetición del pecado engendra un habito, el habito una necesidad y la necesidad la imposibilidad, la imposibilidad la desesperación y esta ultima la condenación” este es el simple circulo vicioso del pecador complaciente, y sólo puede ser corregido por la gracia de Dios, la oración y un arrepentimiento sincero, contrición y penitencia.
San Agustín nos dice: Los pecados, aun los más grandes y horribles, en cuanto se convierten en habito, son minimizados o no pecados del todo, son tan profundos que parece casi imposible eliminarlos, los presumen y los convierten en algo cada vez más notorio” ¿no es verdad que vemos la inmoralidad pervertida, mente orgullosa y con halagos presentada en nuestros días? ¿Cuántos se glorían en su vergüenza? ¿Cuántos presumen de su maldad como si cometieran un bien? ¿Cuántos hay, que presumen exageradamente más de la cuenta, de esta maldad, de la que realmente cometen? ¿No parece que, tales personas tengan más de un solo demonio?
El libro de los Proverbios (1.7) nos dice que “el temor de Dios es el principio de la sabiduría” ¿Existe hoy día, alguien que tenga temor de Dios? Sabemos que, la gran mayoría lo ignora completamente. Quienes dicen creer en El, pretenden que no es de mucha importancia. Prefieren vivir en la mentira que dice que, Dios no los juzgara y condenará, por sus vicios.
“instruye al niño en su carrera, aún cuando fuere viejo no se apartará de ella” (Prov. 22:6), nuestra niñez en cada vez a más temprana edad acostumbrados a los vicios de nuestra sociedad moderna., especialmente los de Sodoma y Gomorra. Se les presentan tantas “alternativas” de vida (no del fomento del núcleo familiar) sino como, donde hay dos mamás y dos papás. Se les dice que eso es lo que deben aceptar, incluso los hay que yendo más lejos declaran, que esa es la voluntad y plan de Dios.
Los Sodomitas, a consecuencia de su debilidad, estaban tan ciegos que se creían a sí mismos mucho mejores que el justo Lot y rechazaban sus advertencias con gran coraje. (Génesis 19:9). San Agustín nos dice sobre este pasaje: “Tan lejos habían llegado, con este abominable vicio, los sodomitas, que lo consideraban virtud, y quien tratara de prevenirlos de los males que les acarrearía eran reprobados más que quienes los cometían”. Una vez más somos testigos de estos males con la agenda de los homosexuales que se nos implanta en la industria del “entretenimiento” diario y en la “educación” de nuestros hijos. Trabajan diligentemente para obtener un estatus especial para que las personas honestas sean calificadas como delincuentes y culpables de sus “estilos de vida”. Lot fue la voz solitaria que clamaba en el desierto sobre el día de la condenación de los pecadores, ¿habrá alguien en nuestros días que lo haga igual? Tendremos el valor de Susana cuando dice. “Mas prefiero caer inculpable en vuestras manos a pecar contra el Señor”. (Dan. 13:22,23).
Existen pecadores reincidentes con ocho o más demonios, alrededor nuestro. Parecen “normales” y frecuentemente se comportan como “Normales” sin embargo están muertos para la gracia de Dios y son instigadores traidores para la causa de los ángeles caídos, nuestra condenación eterna.
Debemos tener cuidado al asociarnos con están personas, toda vez que no sólo tienen el espíritu del hombre sino de los ocho o más demonios, y son muy astutos en sus traiciones.
Hagamos lo posible por no caer nosotros o las personas a quienes amamos, en las manos de estos individuos y contaminarnos con la aceptación de sus pecados. Pidamos a Dios la perseverancia en Su bondad. Recibamos devota y frecuentemente los sacramentos. De esta manera estaremos protegidos en contra del regreso del demonio que ha sido expulsado de nosotros en compañía de siete, peores a este.
Así sea.
Saturday, March 7, 2009
DOMINGO 2do DE CUARESMA
8 DE MARZO DE 2009
Queridos Hermanos:
En el evangelio del día de hoy nos encontramos a Jesucristo Transfigurado, ante la presencia de tres de sus apóstoles. Nuestra santa madre la Iglesia nos presenta esta escena durante este tiempo de penitencia para mostrarnos la gloria que nos espera, si perseveramos en esta vida, a la que nos ha llamado.
Debemos abrazar la vida de penitencia, como lo vimos la semana pasada, con Jesucristo ayunando en el desierto. Nuestro señor nos invita a la penitencia primero, para recibir el placer posteriormente. Los anticristos nos señalan lo contrario, eliminar toda penitencia y vivir una vida llena de placeres y gratificaciones, para poder ganarnos el sufrimiento en el infierno eternamente.
Para alcanzar la recompensa de nuestra penitencia es necesario subir a la montaña. Debemos subir por nuestra cuenta, ya que hay muy pocos que estarán dispuestos a acompañarnos, porque el mundo ve la cuesta de la montaña muy difícil y prefieren disfrutar los placeres inmediatos de esta vida. Debemos hacer lo que nos dice san Pablo en la epístola de hoy: “porque, ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación: que os guardéis de la fornicación…”
Debemos escalar mas allá de las máximas de este mundo, buscando siempre un objetivo mayor, y nunca conformarnos con los placeres vacios de este mundo.
En esta jornada debemos tomar tres compañeros. Como lo hizo Nuestro Señor, con San Pedro, Santiago y Juan, es decir que debemos tomar las virtudes que simbolizan estos apóstoles: Fe (San Pedro, la Roca y fundamento de la Iglesia), Esperanza (San Juan, el primer apóstol que recibió la corona del martirio) y la Caridad (San Juan el discípulo amado). Nuestra vida de penitencia debe siempre estar acompañada de estas tres virtudes de lo contrario será en vano.
“Sin fe es imposible agradar a Dios, porque quien viene a Dios debe creer” (Hebreos 11:6) es la fe que nos convence de la necesidad de la penitencia y la motivación que necesitamos para cumplirla. “A menos que hagáis penitencia, perecerás” (San Lucas 13.3). Muchos pecadores han perdido la fe, o son de fe débil, y no la toman a conciencia, por lo tanto un número muy reducido verdaderamente se arrepiente y hace penitencia.
La esperanza nos da la luz del gozo que nos espera. Vemos brevemente la Transfiguración de nuestro Señor. Nos da una probadita de lo que veremos con los ángeles y el placer que nos espera con estos. Confiar en la bondad y misericordia de Dios nos da la esperanza de una recompensa similar. El pecador que ha perdido la esperanza no puede convertirse porque la considera innecesaria, se dirá a sí mismo: “Por qué me preocupo en hacer penitencia, si no puedo esperar el perdón de Dios?
Pero, por encima de todo esto debemos tener caridad. Sin amor, no podemos hacer nada de valor. Si permitimos que el amor Divino tome posesión de nosotros seremos capaces de hacer grandes cosas. Una vez que el pecador es envuelto por el amor de Dios, experimentara el dolor más amargo y vergonzoso por sus malas acciones, cortará con mano firme sus pecados y lleno de contrición, implorará la misericordia y la gracia de Dios. Santa maría Magdalena se separó de un solo tajo de sus compañeros del pecado. Se acerco donde los invitados se habían reunido y se arrodillo ante Jesucristo, sin pensar que dirían los demás, lavó los pies de Jesucristo con sus lagrimas y no se levantó hasta que escucho las palabras de gran consuelo de Nuestro Señor: “”Tus pecados te son perdonados”.
Si este divino amor llenara nuestro corazón, con qué rapidez y facilidad empezaríamos a hacer penitencia y con gran constancia permaneceríamos en esta.
Con estos tres compañeros subimos a la montaña a recibir el consuelo y coraje de continuar y vivir la Transfiguración. Después regresamos a nuestra vida de penitencia para continuar el resto de nuestros días aquí en la tierra.
Lo que el alma experimenta en estos momentos celestiales está más allá de nuestra comprensión y compromete al alma a observar y hacer todo lo que Nuestro Señor ordena a sus apóstoles. Debemos mantenerlos en nuestro corazón hasta el regreso de nuestro Señor. Solo de esta manera podremos comunicar a los demás las maravillas que hemos visto.
Luchemos con coraje viril subir a la montaña de la penitencia aunque tengamos que hacerlo sin la compañía de nuestros familiares y amigos. Tomemos, eso sí, a nuestros mejores compañeros, la fe, la esperanza y la caridad. Y aunque queramos nunca dejar los gozos que experimentamos en la montaña, no tengamos ningún temor subir más alto, porque siempre habrá mayores recompensamos conforme mas escalamos. El verdadero amor por Dios jamás será suficiente. El amor siempre crece y busca más. Así como Dios es infinito, infinito es el nivel que alcanzaremos y el gozo que experimentaremos al unirnos con El.
Que Así Sea.
Queridos Hermanos:
En el evangelio del día de hoy nos encontramos a Jesucristo Transfigurado, ante la presencia de tres de sus apóstoles. Nuestra santa madre la Iglesia nos presenta esta escena durante este tiempo de penitencia para mostrarnos la gloria que nos espera, si perseveramos en esta vida, a la que nos ha llamado.
Debemos abrazar la vida de penitencia, como lo vimos la semana pasada, con Jesucristo ayunando en el desierto. Nuestro señor nos invita a la penitencia primero, para recibir el placer posteriormente. Los anticristos nos señalan lo contrario, eliminar toda penitencia y vivir una vida llena de placeres y gratificaciones, para poder ganarnos el sufrimiento en el infierno eternamente.
Para alcanzar la recompensa de nuestra penitencia es necesario subir a la montaña. Debemos subir por nuestra cuenta, ya que hay muy pocos que estarán dispuestos a acompañarnos, porque el mundo ve la cuesta de la montaña muy difícil y prefieren disfrutar los placeres inmediatos de esta vida. Debemos hacer lo que nos dice san Pablo en la epístola de hoy: “porque, ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación: que os guardéis de la fornicación…”
Debemos escalar mas allá de las máximas de este mundo, buscando siempre un objetivo mayor, y nunca conformarnos con los placeres vacios de este mundo.
En esta jornada debemos tomar tres compañeros. Como lo hizo Nuestro Señor, con San Pedro, Santiago y Juan, es decir que debemos tomar las virtudes que simbolizan estos apóstoles: Fe (San Pedro, la Roca y fundamento de la Iglesia), Esperanza (San Juan, el primer apóstol que recibió la corona del martirio) y la Caridad (San Juan el discípulo amado). Nuestra vida de penitencia debe siempre estar acompañada de estas tres virtudes de lo contrario será en vano.
“Sin fe es imposible agradar a Dios, porque quien viene a Dios debe creer” (Hebreos 11:6) es la fe que nos convence de la necesidad de la penitencia y la motivación que necesitamos para cumplirla. “A menos que hagáis penitencia, perecerás” (San Lucas 13.3). Muchos pecadores han perdido la fe, o son de fe débil, y no la toman a conciencia, por lo tanto un número muy reducido verdaderamente se arrepiente y hace penitencia.
La esperanza nos da la luz del gozo que nos espera. Vemos brevemente la Transfiguración de nuestro Señor. Nos da una probadita de lo que veremos con los ángeles y el placer que nos espera con estos. Confiar en la bondad y misericordia de Dios nos da la esperanza de una recompensa similar. El pecador que ha perdido la esperanza no puede convertirse porque la considera innecesaria, se dirá a sí mismo: “Por qué me preocupo en hacer penitencia, si no puedo esperar el perdón de Dios?
Pero, por encima de todo esto debemos tener caridad. Sin amor, no podemos hacer nada de valor. Si permitimos que el amor Divino tome posesión de nosotros seremos capaces de hacer grandes cosas. Una vez que el pecador es envuelto por el amor de Dios, experimentara el dolor más amargo y vergonzoso por sus malas acciones, cortará con mano firme sus pecados y lleno de contrición, implorará la misericordia y la gracia de Dios. Santa maría Magdalena se separó de un solo tajo de sus compañeros del pecado. Se acerco donde los invitados se habían reunido y se arrodillo ante Jesucristo, sin pensar que dirían los demás, lavó los pies de Jesucristo con sus lagrimas y no se levantó hasta que escucho las palabras de gran consuelo de Nuestro Señor: “”Tus pecados te son perdonados”.
Si este divino amor llenara nuestro corazón, con qué rapidez y facilidad empezaríamos a hacer penitencia y con gran constancia permaneceríamos en esta.
Con estos tres compañeros subimos a la montaña a recibir el consuelo y coraje de continuar y vivir la Transfiguración. Después regresamos a nuestra vida de penitencia para continuar el resto de nuestros días aquí en la tierra.
Lo que el alma experimenta en estos momentos celestiales está más allá de nuestra comprensión y compromete al alma a observar y hacer todo lo que Nuestro Señor ordena a sus apóstoles. Debemos mantenerlos en nuestro corazón hasta el regreso de nuestro Señor. Solo de esta manera podremos comunicar a los demás las maravillas que hemos visto.
Luchemos con coraje viril subir a la montaña de la penitencia aunque tengamos que hacerlo sin la compañía de nuestros familiares y amigos. Tomemos, eso sí, a nuestros mejores compañeros, la fe, la esperanza y la caridad. Y aunque queramos nunca dejar los gozos que experimentamos en la montaña, no tengamos ningún temor subir más alto, porque siempre habrá mayores recompensamos conforme mas escalamos. El verdadero amor por Dios jamás será suficiente. El amor siempre crece y busca más. Así como Dios es infinito, infinito es el nivel que alcanzaremos y el gozo que experimentaremos al unirnos con El.
Que Así Sea.
Saturday, February 28, 2009
DOMINGO 1ro. DE CUARESMA
1 DE MARZO DE 2009
Queridos Hermanos:
Los ataques hechos por los espíritus malignos, en este mundo, toman forma en un número muy reducido de acciones. Una vez que estamos consientes de estas formas, estaremos más fuertes y capacitados para resistir sus tentaciones.
Los demonios nos atacan por medio de: Placer, ambición y codicia. El objetivo final de estas tentaciones es el postrarnos rendidos y miserables por toda la eternidad.
Estos ángeles caídos saben perfectamente que hemos sido llamados a ocupar los espacios, que ellos perdieron gracias a su orgullo, en el Cielo. Esta es la razón por la cual están consumidos en el odio hacia nosotros. Santo Tomás de Aquino dice que: “La envidia que siente el demonio, cuando piensa en que la creatura formada de la tierra, ocupará su lugar en el cielo y disfrutará ver a Dios, lo quema más que las flamas sulfúricas del Infierno”
Fue el demonio que puso en el corazón de Judas Iscariote traicionar a Jesucristo” San Juan 13:2. Fue el demonio que tentó Ananías mentir al Espíritu Santo y guardarse para sí parte del dinero del terreno vendido Hechos de los Apóstoles 5:3.
Y fue el mismo demonio que tuvo la audacia de querer tentar al mismo Jesucristo.
Todos los hombres, en particular los más piadosos, están expuestos a ser tentados por Satanás.
Los demonios promueven falsas ideas y máximas en el mundo. Operan sobre los sentidos externos del hombre, produciendo en ellos, varias imágenes, emociones e inclinaciones, que frecuentemente se convierten en tentaciones violentas. Usan las circunstancias particulares e inclinaciones de cada hombre para moverlos a realizar el mal. Alagan a los jóvenes y les presentan un mundo lleno de colores y placeres, hacen creer a los ancianos que vivirán muchos años más y que tendrán tiempo de preparar su salvación, llenan de vanidad al orgulloso, al que es avaro a la codicia, al que no es casto a la voluptuosidad, al iracundo a la venganza, en una palabra, atacan a cada quien por su lado más débil y donde no pondrán resistencia.
Los demonios presentan las mismas tentaciones con las que atacaron a nuestros primeros padres y Jesucristo mismo, es decir, la sensualidad, la ambición y la codicia o concupiscencia de la carne, de la vista y la vanidad de esta vida. ¿Quién puede contar los pecados cometidos por los placeres, la ambición y la codicia?
Sigamos a Jesucristo en la lucha contra de estos espíritus caídos y sus tentaciones, yendo al desierto. Amando la soledad y rechazando la próxima tentación a pecar.
En segundo lugar, ayunando. Debemos no sólo guardar los días de ayuno, sino que debemos vivir en general una vida piadosa y sobria. Toda vez que el descontrol en la bebida y comida es la ocasión de muchos pecados, la mortificación del apetito sensual es un excelente preventivo en contra del pecado, especialmente en contra de la impureza.
En tercer lugar, hagamos oración constante, para que obtengamos de Dios la luz y la fuerza necesarias para resistir la tentación. “orar y estar alertas, para que no caigan en la tentación” San Marcos 14:38.
En cuarto lugar, mantengamos en mente la Palabra de Dios. Cuando seamos tentados por el orgullo “Todo aquel que se alabe a sí mismo será humillado” San Lucas 14:11; a la impureza: “ni los adúlteros, ni los fornicadores poseerán el reino de los Cielos” 1 Cor. 6:9,10; codicia; “De que le sirve al hombre, ganar todo el mundo, y perder su alma” San Mateo 16:26.
Quinto: Eliminemos la tentación de una vez por todas. Una chispa que cae en la mano no prenderá ni dejará huella si la alejamos de nosotros inmediatamente, pero si la dejamos en nuestra manos por algunos instantes arderá y nos lastimará. Eso mismo sucede con las tentaciones. No debemos contemplarla sino rechazarla de inmediato.
Los hermanos de santo Tomás de Aquino, le enviaron una joven a su habitación y el de inmediato la rechazó con un carbón encendido y la saco de inmediato de su celda.
Las tentaciones siempre se presentan como algo bueno para nosotros y, difícil de discernir si viene del demonio o de Dios. Por lo tanto debemos considerar siempre lo que Dios le dice a Santa Catalina de Siena. Aquello que al principio es placentero pero que acarrea sufrimiento viene de un espíritu maligno. Pero aquello que se presenta doloroso pero que aporta alegría viene del Dios.
Los espíritus malignos nos ofrecen el cielo ahora y el infierno al final. Dios nos ofrece una cruz primero para poder darnos el Cielo.
Asi sea.
Queridos Hermanos:
Los ataques hechos por los espíritus malignos, en este mundo, toman forma en un número muy reducido de acciones. Una vez que estamos consientes de estas formas, estaremos más fuertes y capacitados para resistir sus tentaciones.
Los demonios nos atacan por medio de: Placer, ambición y codicia. El objetivo final de estas tentaciones es el postrarnos rendidos y miserables por toda la eternidad.
Estos ángeles caídos saben perfectamente que hemos sido llamados a ocupar los espacios, que ellos perdieron gracias a su orgullo, en el Cielo. Esta es la razón por la cual están consumidos en el odio hacia nosotros. Santo Tomás de Aquino dice que: “La envidia que siente el demonio, cuando piensa en que la creatura formada de la tierra, ocupará su lugar en el cielo y disfrutará ver a Dios, lo quema más que las flamas sulfúricas del Infierno”
Fue el demonio que puso en el corazón de Judas Iscariote traicionar a Jesucristo” San Juan 13:2. Fue el demonio que tentó Ananías mentir al Espíritu Santo y guardarse para sí parte del dinero del terreno vendido Hechos de los Apóstoles 5:3.
Y fue el mismo demonio que tuvo la audacia de querer tentar al mismo Jesucristo.
Todos los hombres, en particular los más piadosos, están expuestos a ser tentados por Satanás.
Los demonios promueven falsas ideas y máximas en el mundo. Operan sobre los sentidos externos del hombre, produciendo en ellos, varias imágenes, emociones e inclinaciones, que frecuentemente se convierten en tentaciones violentas. Usan las circunstancias particulares e inclinaciones de cada hombre para moverlos a realizar el mal. Alagan a los jóvenes y les presentan un mundo lleno de colores y placeres, hacen creer a los ancianos que vivirán muchos años más y que tendrán tiempo de preparar su salvación, llenan de vanidad al orgulloso, al que es avaro a la codicia, al que no es casto a la voluptuosidad, al iracundo a la venganza, en una palabra, atacan a cada quien por su lado más débil y donde no pondrán resistencia.
Los demonios presentan las mismas tentaciones con las que atacaron a nuestros primeros padres y Jesucristo mismo, es decir, la sensualidad, la ambición y la codicia o concupiscencia de la carne, de la vista y la vanidad de esta vida. ¿Quién puede contar los pecados cometidos por los placeres, la ambición y la codicia?
Sigamos a Jesucristo en la lucha contra de estos espíritus caídos y sus tentaciones, yendo al desierto. Amando la soledad y rechazando la próxima tentación a pecar.
En segundo lugar, ayunando. Debemos no sólo guardar los días de ayuno, sino que debemos vivir en general una vida piadosa y sobria. Toda vez que el descontrol en la bebida y comida es la ocasión de muchos pecados, la mortificación del apetito sensual es un excelente preventivo en contra del pecado, especialmente en contra de la impureza.
En tercer lugar, hagamos oración constante, para que obtengamos de Dios la luz y la fuerza necesarias para resistir la tentación. “orar y estar alertas, para que no caigan en la tentación” San Marcos 14:38.
En cuarto lugar, mantengamos en mente la Palabra de Dios. Cuando seamos tentados por el orgullo “Todo aquel que se alabe a sí mismo será humillado” San Lucas 14:11; a la impureza: “ni los adúlteros, ni los fornicadores poseerán el reino de los Cielos” 1 Cor. 6:9,10; codicia; “De que le sirve al hombre, ganar todo el mundo, y perder su alma” San Mateo 16:26.
Quinto: Eliminemos la tentación de una vez por todas. Una chispa que cae en la mano no prenderá ni dejará huella si la alejamos de nosotros inmediatamente, pero si la dejamos en nuestra manos por algunos instantes arderá y nos lastimará. Eso mismo sucede con las tentaciones. No debemos contemplarla sino rechazarla de inmediato.
Los hermanos de santo Tomás de Aquino, le enviaron una joven a su habitación y el de inmediato la rechazó con un carbón encendido y la saco de inmediato de su celda.
Las tentaciones siempre se presentan como algo bueno para nosotros y, difícil de discernir si viene del demonio o de Dios. Por lo tanto debemos considerar siempre lo que Dios le dice a Santa Catalina de Siena. Aquello que al principio es placentero pero que acarrea sufrimiento viene de un espíritu maligno. Pero aquello que se presenta doloroso pero que aporta alegría viene del Dios.
Los espíritus malignos nos ofrecen el cielo ahora y el infierno al final. Dios nos ofrece una cruz primero para poder darnos el Cielo.
Asi sea.
Tuesday, February 24, 2009
DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA
22 De Febrero de 2009
Queridos Hermanos:
“Señor, que vea”. Estas palabras son muy profundas e importantes para tener presentes en nuestra mente, hoy en día. Nos dice el Evangelio que Jesucristo Nuestro Señor les dijo a los apóstoles lo que iba a sucederle en Jerusalén, sin embargo no pudieron entender (ver) lo que les estaba diciendo.
El ciego, del que nos habla en evangelio; nos da el ejemplo de lo que debemos hacer. Debemos acudir a Dios sin importar lo que nos diga el mundo. Debemos pedirle el maravilloso don de la Vista. No tanto la vista de nuestros ojos para que podamos ver Su mundo físico creado sino más bien el mundo espiritual y todo lo que es benéfico para nuestra vida eterna.
La ceguera espiritual es mucho más peligrosa que cualquier tipo de ceguera física. Existen muchos que teniendo ojos no ven. La ceguera física puede ocasionarnos muchas caídas e impedirnos progresar en lo que queremos, sin embargo, con humildad podemos reconocer este impedimento físico y buscar los medios de improvisar y mejor esta acción. Lo cual afecta sólo al cuerpo. La ceguera espiritual, por otro lado, no reconoce su deficiencia y por lo tanto no busca el auxilio necesario, afectando por ende su vida eterna.
Tal vez exista muy poco que podamos hacer por solucionar la ceguera física, sin embargo en el campo espiritual existe una gran posibilidad y opciones de corregir este mal. Verdaderamente es cuestión de voluntad. Para evitar y corregir la ceguera espiritual es necesario desarrollar una verdadera humildad. Debemos constantemente buscar conocernos a nosotros mismos como nos conoce Dios. (Este es el único conocimiento verdadero que existe). Una vez que nos conocemos, sabemos nuestra nada.
Entendemos que todo lo que tenemos y somos viene de Dios. Con este conocimiento de nosotros mismos, podemos clamar a Dios: “Señor, que vea” sabemos nuestras debilidades y carencias y la necesidad de ayuda. Por eso la pedimos.
Este llanto y petición de ayuda frecuentemente es ignorada por el mundo. Se nos dice que no es importante. Que no perdamos el tiempo en eso. Que hay cosas más provechosas de que preocuparnos. Sin embargo, ¿qué puede ser más importante que nuestra salvación eterna? De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma. Todo esto es secundario, lo más importante es nuestra salvación.
Debemos pedir a Dios humildemente la gracia de ver y fortalecer la práctica de la verdadera fe. No pongamos nuestra esperanza en charlatanes que nos alejen de la verdad eterna. Porque el ciego que guía otro ciego ambos caen al pozo del fuego eterno. Necesitamos la vista de poder conocer a los verdaderos pastores y lideres establecidos por Dios. Para posteriormente recibir la gracia de seguirlos a la felicidad eterna.
Sólo los que han sido llamados por Dios son guías competentes. Y sólo los encontraremos en el cuerpo místico de Jesucristo. Si evitamos esto, realmente seremos como el ciego que guía otro. Si depositamos nuestra confianza en alguna religión o filosofía pagana, terminaremos en el infierno. Si seguimos alguna de las múltiples religiones protestantes que se separaron de la Iglesia católica, estaremos ilusoriamente siguiendo a Cristo. Y esto no significa que cerremos un ojo para no ver el camino que llevamos, sino como si cerramos ambos. Si seguimos la religión modernista del Novus Ordo, tal vez dirán que estamos cerrando un ojo y que por lo tanto estamos parcialmente ciegos. Esta secta provee una concatenación de verdad y falsedad que mantiene la gran mayoría porque no son lo suficientemente humildes para reconocer que lo nuevo no es lo mismo a lo anterior, que lo falso no es verdadero.
Conforme avanzamos de un extremo al otro; de los “cristianos” paganos y liberales llegamos al extremo de la secta de los “tradicionalistas”. En estos encontramos una ceguera aún más absurda de quienes se guían a sí mismos o peor aún siguen a los que reconocen ser herejes o saben no tienen jurisdicción o autoridad para guiarlos.
Ninguno de estos parece capaz de ver sus falsedades y deben ser realmente compadecidos por su ceguera. No existe peor ciego que el que no quiere ver. Aseguremos nuestra adición firme y verdadera a la Iglesia y de quienes ha puesto
Dios para guiarnos al Cielo por medio del camino seguro y verdadero de los Sacramentos en el Cuerpo Místico de Jesucristo, Su Iglesia católica.
Así sea.
Queridos Hermanos:
“Señor, que vea”. Estas palabras son muy profundas e importantes para tener presentes en nuestra mente, hoy en día. Nos dice el Evangelio que Jesucristo Nuestro Señor les dijo a los apóstoles lo que iba a sucederle en Jerusalén, sin embargo no pudieron entender (ver) lo que les estaba diciendo.
El ciego, del que nos habla en evangelio; nos da el ejemplo de lo que debemos hacer. Debemos acudir a Dios sin importar lo que nos diga el mundo. Debemos pedirle el maravilloso don de la Vista. No tanto la vista de nuestros ojos para que podamos ver Su mundo físico creado sino más bien el mundo espiritual y todo lo que es benéfico para nuestra vida eterna.
La ceguera espiritual es mucho más peligrosa que cualquier tipo de ceguera física. Existen muchos que teniendo ojos no ven. La ceguera física puede ocasionarnos muchas caídas e impedirnos progresar en lo que queremos, sin embargo, con humildad podemos reconocer este impedimento físico y buscar los medios de improvisar y mejor esta acción. Lo cual afecta sólo al cuerpo. La ceguera espiritual, por otro lado, no reconoce su deficiencia y por lo tanto no busca el auxilio necesario, afectando por ende su vida eterna.
Tal vez exista muy poco que podamos hacer por solucionar la ceguera física, sin embargo en el campo espiritual existe una gran posibilidad y opciones de corregir este mal. Verdaderamente es cuestión de voluntad. Para evitar y corregir la ceguera espiritual es necesario desarrollar una verdadera humildad. Debemos constantemente buscar conocernos a nosotros mismos como nos conoce Dios. (Este es el único conocimiento verdadero que existe). Una vez que nos conocemos, sabemos nuestra nada.
Entendemos que todo lo que tenemos y somos viene de Dios. Con este conocimiento de nosotros mismos, podemos clamar a Dios: “Señor, que vea” sabemos nuestras debilidades y carencias y la necesidad de ayuda. Por eso la pedimos.
Este llanto y petición de ayuda frecuentemente es ignorada por el mundo. Se nos dice que no es importante. Que no perdamos el tiempo en eso. Que hay cosas más provechosas de que preocuparnos. Sin embargo, ¿qué puede ser más importante que nuestra salvación eterna? De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma. Todo esto es secundario, lo más importante es nuestra salvación.
Debemos pedir a Dios humildemente la gracia de ver y fortalecer la práctica de la verdadera fe. No pongamos nuestra esperanza en charlatanes que nos alejen de la verdad eterna. Porque el ciego que guía otro ciego ambos caen al pozo del fuego eterno. Necesitamos la vista de poder conocer a los verdaderos pastores y lideres establecidos por Dios. Para posteriormente recibir la gracia de seguirlos a la felicidad eterna.
Sólo los que han sido llamados por Dios son guías competentes. Y sólo los encontraremos en el cuerpo místico de Jesucristo. Si evitamos esto, realmente seremos como el ciego que guía otro. Si depositamos nuestra confianza en alguna religión o filosofía pagana, terminaremos en el infierno. Si seguimos alguna de las múltiples religiones protestantes que se separaron de la Iglesia católica, estaremos ilusoriamente siguiendo a Cristo. Y esto no significa que cerremos un ojo para no ver el camino que llevamos, sino como si cerramos ambos. Si seguimos la religión modernista del Novus Ordo, tal vez dirán que estamos cerrando un ojo y que por lo tanto estamos parcialmente ciegos. Esta secta provee una concatenación de verdad y falsedad que mantiene la gran mayoría porque no son lo suficientemente humildes para reconocer que lo nuevo no es lo mismo a lo anterior, que lo falso no es verdadero.
Conforme avanzamos de un extremo al otro; de los “cristianos” paganos y liberales llegamos al extremo de la secta de los “tradicionalistas”. En estos encontramos una ceguera aún más absurda de quienes se guían a sí mismos o peor aún siguen a los que reconocen ser herejes o saben no tienen jurisdicción o autoridad para guiarlos.
Ninguno de estos parece capaz de ver sus falsedades y deben ser realmente compadecidos por su ceguera. No existe peor ciego que el que no quiere ver. Aseguremos nuestra adición firme y verdadera a la Iglesia y de quienes ha puesto
Dios para guiarnos al Cielo por medio del camino seguro y verdadero de los Sacramentos en el Cuerpo Místico de Jesucristo, Su Iglesia católica.
Así sea.
Saturday, February 14, 2009
DOMINGO DE SEXAGÉSIMA
15 DE FEBRERO DE 2009
Queridos Hermanos:
Todos tenemos la oportunidad de escuchar, sí tal vez, los mismos sermones, leer los mismos evangelios, etc. Sin embargo como consecuencia de esto, muchos ni siquiera son tocados por estos y sólo una minoría realmente cambia su forma de vida. En evangelio de este día nos da algunos indicios del porque de estos efectos y resultados diferentes.
En este evangelio vemos los diferentes tipos de tierra, (personas), sobre la que cae, la semilla, es decir la palabra de Dios. Cristo nos explica porque Su palabra tuvo diferentes efectos sobre las diferentes personas que lo escuchaban. Esta es una de las razones por las cuales debemos procurar ser la tierra fértil, en la que la palabra de Cristo no sólo produzca raíces en nosotros y crezca sino que produzca frutos abundantes.
¿Qué es lo que debemos hacer para obtener este precioso don? El primer requisito es que verdaderamente lo deseemos. Esto es un acto de la voluntad. Este deseo es inútil si sólo está en la mitad de nuestro corazón o es un simple capricho. El deseo que debemos tener debe ser fuerte y duradero. Si no tenemos este deseo desde un principio, las consecuencias, no seguirán.
No podemos darnos a nosotros mismos lo que no poseemos. Por lo tanto, lo primero que debemos hacer es, pedir al Espíritu Santo esta gracia. Este mismo deseo es un don Divino. Dios es fiel y nos da siempre las primeras gracias necesarias, el resto depende de nosotros. ¿Aceptaremos esta gracia? ¿Aceptaremos este deseo por El y Su Palabra? Muchos fallan en esta empresa, porque sienten que la primer devoción que Dios les ha dado, como si fuera de ellos o por ellos adquirida, y no la cuidan ni cultivan, entrando en una actitud de complacencia. Con esta actitud no ven la necesidad de acudir a Dios para obtener más gracias.
Su vanidad que ha atribuido los movimientos de la gracia de Dios en sus almas, como si fueran hechas por sí mismos, los lleva a la ilusión que van por buen camino, muy a pesar de lo que les este dictando su conciencia.
Por lo tanto debemos ser cuidadosos con la forma que respondemos a las primeras gracias que Dios manda a nuestra alma. Debemos reconocer y guardar como tesoro todos los dones Divinos, aún el que nos parezca más insignificante. Pidamos a Dios esta gracia.
Sin embargo, no es necesario con el puro deseo, como si este fuera el cumplimiento total. Este deseo es sólo el principio. Si el deseo es verdadero, inicia por usar todos los medios a su alcance para lograr el objeto de este. El campesino que desea una gran cosecha debe trabajar arduamente y no permanecer sentado alimentando este deseo. Si se la pasa sentado y en reposo, entonces podemos concluir que no es verdad que desea lo que nos dice es el objeto de su deseo. Lo mismo sucede con nuestra alma. No nos es suficiente sentarnos y decir “desearía ser bueno o deseo ser santo”.
El decir esto sin hacer nada, es infantil y tonto.
Una vez que Dios nos ha dado la gracia de desear y hacer oraciones para pedir mayores gracias, espera que usemos lo que ya nos ha dado. El obtener más y mayores gracias depende en gran medida de la cooperación que hagamos, de y con las gracias que ya hemos recibido.
Si queremos que la palabra de Dios produzca grandes maravillas en nuestra alma.
Lo primero que debemos hacer es prepararla para que Dios siembre en nosotros para que esta produzca frutos.
Entremos en nuestro corazón, mente y alma y empecemos a sacar todas las piedras, maleza y basura que en esta encontremos y que está obstruyendo la semilla que habrá de producir buenos frutos en nosotros. Debemos examinar nuestras conciencias y limpiarla profundamente con el sacramento de la penitencia.
Una vez perdonados nuestros pecados hagamos penitencia y hagamos la reparación de nuestras culpas. Aún esto lo debemos considerar como el comienzo.
Debemos cultivar el campo de nuestra alma y preparar la tierra para recibir la palabra de Dios, no sólo escucharla sino más bien para producir frutos en nuestras vidas. Debemos fortalecer nuestra alma con el cultivo y el fertilizante obtenido a través de la lectura de buenos libros, buenos deseos pensamientos sublimes etc.
Siendo cuidadosos de no llenar nuestro corazón, mente y alma con el veneno que destruye la palabra de Dios, como las actividades sin Dios, en la música, entretenimiento, amistades etc.
Y mientras la palabra de Dios hace raíces y empieza a crecer en nosotros, aún en estas condiciones no debemos sentarnos a descansar. Debemos estar vigilantes y en alerta constante, más que antes, para mantener a los enemigos de nuestra alma alejados de esta y que no siembren yerba y la destruyan. Debemos cortar todo mal que veamos crecer en nosotros, tal y como lo hace el campesino al cuidado de su siembra.
Debemos estar siempre vigilantes y en oración y cuando menos lo esperemos la palabra de Dios estará ya fuerte y grande en nosotros que aún en el tiempo de nuestra muerte, veremos las maravillas de Dios en nuestras vidas llenandolas de abundante placer eterno.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Todos tenemos la oportunidad de escuchar, sí tal vez, los mismos sermones, leer los mismos evangelios, etc. Sin embargo como consecuencia de esto, muchos ni siquiera son tocados por estos y sólo una minoría realmente cambia su forma de vida. En evangelio de este día nos da algunos indicios del porque de estos efectos y resultados diferentes.
En este evangelio vemos los diferentes tipos de tierra, (personas), sobre la que cae, la semilla, es decir la palabra de Dios. Cristo nos explica porque Su palabra tuvo diferentes efectos sobre las diferentes personas que lo escuchaban. Esta es una de las razones por las cuales debemos procurar ser la tierra fértil, en la que la palabra de Cristo no sólo produzca raíces en nosotros y crezca sino que produzca frutos abundantes.
¿Qué es lo que debemos hacer para obtener este precioso don? El primer requisito es que verdaderamente lo deseemos. Esto es un acto de la voluntad. Este deseo es inútil si sólo está en la mitad de nuestro corazón o es un simple capricho. El deseo que debemos tener debe ser fuerte y duradero. Si no tenemos este deseo desde un principio, las consecuencias, no seguirán.
No podemos darnos a nosotros mismos lo que no poseemos. Por lo tanto, lo primero que debemos hacer es, pedir al Espíritu Santo esta gracia. Este mismo deseo es un don Divino. Dios es fiel y nos da siempre las primeras gracias necesarias, el resto depende de nosotros. ¿Aceptaremos esta gracia? ¿Aceptaremos este deseo por El y Su Palabra? Muchos fallan en esta empresa, porque sienten que la primer devoción que Dios les ha dado, como si fuera de ellos o por ellos adquirida, y no la cuidan ni cultivan, entrando en una actitud de complacencia. Con esta actitud no ven la necesidad de acudir a Dios para obtener más gracias.
Su vanidad que ha atribuido los movimientos de la gracia de Dios en sus almas, como si fueran hechas por sí mismos, los lleva a la ilusión que van por buen camino, muy a pesar de lo que les este dictando su conciencia.
Por lo tanto debemos ser cuidadosos con la forma que respondemos a las primeras gracias que Dios manda a nuestra alma. Debemos reconocer y guardar como tesoro todos los dones Divinos, aún el que nos parezca más insignificante. Pidamos a Dios esta gracia.
Sin embargo, no es necesario con el puro deseo, como si este fuera el cumplimiento total. Este deseo es sólo el principio. Si el deseo es verdadero, inicia por usar todos los medios a su alcance para lograr el objeto de este. El campesino que desea una gran cosecha debe trabajar arduamente y no permanecer sentado alimentando este deseo. Si se la pasa sentado y en reposo, entonces podemos concluir que no es verdad que desea lo que nos dice es el objeto de su deseo. Lo mismo sucede con nuestra alma. No nos es suficiente sentarnos y decir “desearía ser bueno o deseo ser santo”.
El decir esto sin hacer nada, es infantil y tonto.
Una vez que Dios nos ha dado la gracia de desear y hacer oraciones para pedir mayores gracias, espera que usemos lo que ya nos ha dado. El obtener más y mayores gracias depende en gran medida de la cooperación que hagamos, de y con las gracias que ya hemos recibido.
Si queremos que la palabra de Dios produzca grandes maravillas en nuestra alma.
Lo primero que debemos hacer es prepararla para que Dios siembre en nosotros para que esta produzca frutos.
Entremos en nuestro corazón, mente y alma y empecemos a sacar todas las piedras, maleza y basura que en esta encontremos y que está obstruyendo la semilla que habrá de producir buenos frutos en nosotros. Debemos examinar nuestras conciencias y limpiarla profundamente con el sacramento de la penitencia.
Una vez perdonados nuestros pecados hagamos penitencia y hagamos la reparación de nuestras culpas. Aún esto lo debemos considerar como el comienzo.
Debemos cultivar el campo de nuestra alma y preparar la tierra para recibir la palabra de Dios, no sólo escucharla sino más bien para producir frutos en nuestras vidas. Debemos fortalecer nuestra alma con el cultivo y el fertilizante obtenido a través de la lectura de buenos libros, buenos deseos pensamientos sublimes etc.
Siendo cuidadosos de no llenar nuestro corazón, mente y alma con el veneno que destruye la palabra de Dios, como las actividades sin Dios, en la música, entretenimiento, amistades etc.
Y mientras la palabra de Dios hace raíces y empieza a crecer en nosotros, aún en estas condiciones no debemos sentarnos a descansar. Debemos estar vigilantes y en alerta constante, más que antes, para mantener a los enemigos de nuestra alma alejados de esta y que no siembren yerba y la destruyan. Debemos cortar todo mal que veamos crecer en nosotros, tal y como lo hace el campesino al cuidado de su siembra.
Debemos estar siempre vigilantes y en oración y cuando menos lo esperemos la palabra de Dios estará ya fuerte y grande en nosotros que aún en el tiempo de nuestra muerte, veremos las maravillas de Dios en nuestras vidas llenandolas de abundante placer eterno.
Así sea.
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