2 de junio de 2012
Queridos Hermanos:
El sólo pensar en la Trinidad, nos hace recordar una gran tradición, a todos los que somos católicos. Tenemos la tradición de frecuentemente signarnos con la señal de la cruz. Es esta una tradición que hemos recibido des de hace muchísimo tiempo y lo primero que atacan los herejes y no católicos. Esta tradición es inspirada por Dios, no por algún hombre.
La tradición es una fuente similar a la revelación de las Sagradas Escrituras. Nuestra señal de la cruz significa que profesamos nuestra creencia en la crucifixión de Jesucristo (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad) y nuestra fe en esta misma Trinidad.
Nombramos tres Personas en un sólo Dios, no decimo: en los nombres de (plural) sino, en el Nombre de (singular). Profesando de esta manera la Unidad de Dios o SU unicidad y de igual manera profesando nuestra creencia en la Trinidad, las Tres Personas.
La tradición se nos ha trasmitido en una especie de misterio. Los obispos sucesores de los apóstoles, se les ha encomendado que guarden y transmitan a los demás estas tradiciones, que han recibido de sus legítimas fuentes.
El Papado, como cabeza y fuente de toda unidad, le ha sido encomendado, guardar estas tradiciones entre los fieles como entre sus hermanos, los obispos.
A través de toda la historia, vemos como son atacadas las tradiciones de parte de los obispos, sacerdotes y seglares separados. Cada uno de estos inicia un nuevo cisma o herejía. Muchas de las cuales persisten hoy en día.
El Papa en unión de los obispos han condenado todo eso sin ninguna reserva o temor, aún cuando se pone en riesgo la salvación de cientos y miles de almas.
Las verdades de la tradición no pueden ser negadas toda vez que estas verdades reflejan a Dios mismo. Cada error en un insulto y ataque sobre Dios, porque Dios es la verdad misma. Por lo tanto, ni antes ni después se puede, por ningún motivo, reconciliar la verdad con el error. Todas nuestras tradiciones son buenas y verdaderas por lo tanto, cada ataque sobre estas son de origen maligno. No puede haber términos medios.
Cada negación de Cristo como verdadero Dios, es un error diabólico y todo aquel que de manera obstinada une estos errores debe ser separado, de la Iglesia y la salvación eterna. El pagano, el ateo, el judío, el musulmán, etc. Van encaminados, todo,s al fuego eterno del infierno porque no hay salvación fuera de la Iglesia Católica.
Muchos “cristianos” que niegan las enseñanzas y tradiciones católicas reveladas que nos dicen que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, son igualmente expulsados de la Iglesia. Parece algo insignificante, pero no lo es. Cada ritual enseña una verdad o doctrina, por lo tanto, negarlo, eliminarlo o modificar cualquier punto de la tradición es lo mismo que negar cualquier aspecto de esta.
Nosotros, como católicos, debemos sujetarnos a todas las tradiciones, no sólo a las trasmitidas a nosotros, sino a todas, incluyendo a las que habrán de acompañarnos hasta la consumación de los tiempos. El concilio de Trento bajo la dirección del Papa Pio V, guiado por el Espíritu Santo, codificó y preservó, para toda la eternidad (por lo menos en el rito latino) la forma y manera de oficiar la Santa Misa.
Esto se hizo para evitar la intromisión de los protestantes (herejes) de aquel entonces y del futuro que quisieran infiltrarse o desgastar las sagradas verdades y tradiciones inspiradas por el Espíritu Santo y trasmitidas a nosotros por nuestros predecesores.
Los modernistas han eliminado, esta y muchas otras tradiciones, que al final de todo es la negación de la doctrina profesada en ellas. Invitaron y aceptaron la “ayuda” de herejes para designar e implementar su “nueva Misa (Novus Ordo Missae) para que no quedara nada ofensivo a los herejes. Estos modernistas más allá de convertirlos, permitieron ser ellos mismos convertidos a las herejías.
Mantengámonos firmes en todo lo que se nos ha dado y hemos recibido.
Necesitamos cooperar con el Espíritu Santo y resistir firmemente en contra de todos los ataques que nos quieren separar de la verdad o la Iglesia. Aún si tenemos que permanecer solos, no nos quebrantemos ante las influencias diabólicas, que quieren robarnos nuestras tradiciones y consecuentemente, la doctrina católica.
Estemos preparados para morir antes que pecar. Somos templos del Espíritu Santo. Aseguremos Su permanencia en nosotros. Nunca lo insultemos negando alguna de las tradiciones inspiradas por Él, especialmente las relacionadas con los Sacramentos y su doctrina.
Así sea
Saturday, June 2, 2012
Saturday, May 26, 2012
DOMINGO DE PENTECOSTÉS
27 DE MAYO DE 2012
Queridos Hermanos:
Sólo hay una Iglesia verdadera y, es sólo a través de esta, que obra el Espíritu Santo.
Existen muchas iglesias falsas, una gran cantidad que, incluso usan el nombre de Jesucristo, que serán contadas entre a las que nuestro Señor les dirá: “Alejaos de mí, obradores de iniquidad. No los conozco.” El Espíritu Santo sólo santifica a quienes están en Su Iglesia o quienes Él desea llamar a pertenecer a esta.
Es suficientemente claro del hecho que invocamos el día de hoy, que los Apóstoles estuvieron llenos del Espíritu Santo y que la Iglesia continúa con esta gracia a través de los sucesores de los apóstoles—los obispos verdaderos.
Lo que en muchas ocasiones fallamos en visualizar es que el Espíritu Santo, obró de la misma manera, entre los apóstoles como entre quienes los escuchaban y se convirtieron. Por medio del bautizo y la confirmación hemos recibido el Espíritu Santo y nos hemos hecho Su templo.
Existe una gran cantidad de gracia que nos ofrece para nuestra santificación si cooperamos con Él. Quienes escucharon a los apóstoles predicar, creyeron y fueron bautizados, cooperando con el Espíritu Santo lo recibieron a Él y Su gracia.
Vemos que el Espíritu Santo obra en ambas (la jerarquía de la Iglesia y sus fieles) para traer y hacer más efectiva la salvación de las almas. Mientras que hacemos oración por nuestros obispos y sacerdotes para que estos cooperan de mayor manera con el Espíritu Santo, no debemos olvidar nosotros hacer lo mismo. Debemos hacernos templos dignos de Dios.
Debemos constantemente recordar que pertenecemos a Dios. Que hemos sido comprados por un gran precio, la vida de Cristo; hemos sido purificados y santificados por la gracia del Espíritu Santo a través de los sacramentos.
Somos templo de Dios, nuestro cuerpo y alma son sagrados y no deben ser profanados. Mientras que vemos a muchos otros que no son miembros de la verdadera Iglesia, como hacen una cosa u otra sin freno ni control. Debemos nosotros detenernos y alejarnos para no hacer lo mismo porque hemos sido santificados y recibido el Espíritu Santo.
No es apropiado mancillar, ni profanar lo que es santo. Es lo mismo al sacrilegio de profanar una Iglesia o cualquier otro objeto dedicado a Dios. ¡Si sólo pudiéramos ver que tan terrible pecado es este!
El Espíritu Santo, no viene a nosotros de la misma manera, o mismo grado. Por lo que debemos recordar siempre ser humildes. No debemos permitir que los dones de Dios nos hagan orgullosos y llenos de vanidad. La razón por la que el Espíritu Santo, no nos llena de manifestaciones milagrosas, en nuestros días, es porque serían más dañinas que benéficas. El hombre está más que nunca inclinado a la vanidad y con la tendencia a quitar a Dios el honor y gloria que sólo a Dios le pertenece.
¿Qué tan terribles consecuencias tendría que se les dieran más dones extraordinarios?
Debemos de igual forma privarnos de la envidia y celos al ver como Dios colma de bendiciones sobre los demás. En lugar de caer en esta tentación, más bien, debemos estar agradecidos y glorificar a Dios por su bondad y misericordia. Debemos ver que todo lo que Dios hace esta bien hecho.
Los dones que Dios nos ha dado, no son sólo para nuestro beneficio, sino para bienestar de los demás. La gracia que recibieron los apóstoles no fue sólo para beneficio personal, sino para la santificación de igual manera de los demás. Lo mismo sucede con nosotros, las gracias que recibimos desde cualquier forma de vida personal que estemos viviendo, no son sólo nuestras. No las merecemos, son y pertenecen a Dios al cual debemos glorificar constantemente.
Las debemos compartir los unos con los otros para ayudar a los demás y juntos, dar gloria y honor a Dios.
Así sea
Queridos Hermanos:
Sólo hay una Iglesia verdadera y, es sólo a través de esta, que obra el Espíritu Santo.
Existen muchas iglesias falsas, una gran cantidad que, incluso usan el nombre de Jesucristo, que serán contadas entre a las que nuestro Señor les dirá: “Alejaos de mí, obradores de iniquidad. No los conozco.” El Espíritu Santo sólo santifica a quienes están en Su Iglesia o quienes Él desea llamar a pertenecer a esta.
Es suficientemente claro del hecho que invocamos el día de hoy, que los Apóstoles estuvieron llenos del Espíritu Santo y que la Iglesia continúa con esta gracia a través de los sucesores de los apóstoles—los obispos verdaderos.
Lo que en muchas ocasiones fallamos en visualizar es que el Espíritu Santo, obró de la misma manera, entre los apóstoles como entre quienes los escuchaban y se convirtieron. Por medio del bautizo y la confirmación hemos recibido el Espíritu Santo y nos hemos hecho Su templo.
Existe una gran cantidad de gracia que nos ofrece para nuestra santificación si cooperamos con Él. Quienes escucharon a los apóstoles predicar, creyeron y fueron bautizados, cooperando con el Espíritu Santo lo recibieron a Él y Su gracia.
Vemos que el Espíritu Santo obra en ambas (la jerarquía de la Iglesia y sus fieles) para traer y hacer más efectiva la salvación de las almas. Mientras que hacemos oración por nuestros obispos y sacerdotes para que estos cooperan de mayor manera con el Espíritu Santo, no debemos olvidar nosotros hacer lo mismo. Debemos hacernos templos dignos de Dios.
Debemos constantemente recordar que pertenecemos a Dios. Que hemos sido comprados por un gran precio, la vida de Cristo; hemos sido purificados y santificados por la gracia del Espíritu Santo a través de los sacramentos.
Somos templo de Dios, nuestro cuerpo y alma son sagrados y no deben ser profanados. Mientras que vemos a muchos otros que no son miembros de la verdadera Iglesia, como hacen una cosa u otra sin freno ni control. Debemos nosotros detenernos y alejarnos para no hacer lo mismo porque hemos sido santificados y recibido el Espíritu Santo.
No es apropiado mancillar, ni profanar lo que es santo. Es lo mismo al sacrilegio de profanar una Iglesia o cualquier otro objeto dedicado a Dios. ¡Si sólo pudiéramos ver que tan terrible pecado es este!
El Espíritu Santo, no viene a nosotros de la misma manera, o mismo grado. Por lo que debemos recordar siempre ser humildes. No debemos permitir que los dones de Dios nos hagan orgullosos y llenos de vanidad. La razón por la que el Espíritu Santo, no nos llena de manifestaciones milagrosas, en nuestros días, es porque serían más dañinas que benéficas. El hombre está más que nunca inclinado a la vanidad y con la tendencia a quitar a Dios el honor y gloria que sólo a Dios le pertenece.
¿Qué tan terribles consecuencias tendría que se les dieran más dones extraordinarios?
Debemos de igual forma privarnos de la envidia y celos al ver como Dios colma de bendiciones sobre los demás. En lugar de caer en esta tentación, más bien, debemos estar agradecidos y glorificar a Dios por su bondad y misericordia. Debemos ver que todo lo que Dios hace esta bien hecho.
Los dones que Dios nos ha dado, no son sólo para nuestro beneficio, sino para bienestar de los demás. La gracia que recibieron los apóstoles no fue sólo para beneficio personal, sino para la santificación de igual manera de los demás. Lo mismo sucede con nosotros, las gracias que recibimos desde cualquier forma de vida personal que estemos viviendo, no son sólo nuestras. No las merecemos, son y pertenecen a Dios al cual debemos glorificar constantemente.
Las debemos compartir los unos con los otros para ayudar a los demás y juntos, dar gloria y honor a Dios.
Así sea
Saturday, May 19, 2012
DOMINGO DESPUÉS DE LA ASCENSIÓN DE N. S. JESUCRISTO
20 DE MAYO DE 2012
Queridos Hermanos:
La Palabra de Dios merece un gran respeto por ser de origen sagrado.
Así como mostramos reverencia y cuidado al recibir el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Comunión, de igual forma debemos recibir Su Palabra; Esta, nos revela a Dios mismo, de una manera especial. Cuando pronunciamos el nombre de Jesús, toda cabeza debe inclinarse en señal de reverencia.
De esta misma forma debe suceder cuando escuchamos a quienes Dios ha comisionado hablar en Su nombre, debemos ser atentos y respetuosos.
¿Con que frecuencia tomamos la actitud de descanso y, empezamos a estirarnos para ponernos de una manera confortable, como si estuviéramos viendo la televisión, radio o estamos en un centro de entretenimiento, al escuchar la Palabra Sagrada de alguno de los predicadores?
¿Cómo nos atrevemos a recibir a nuestro Señor, Redentor y santificador, de esa manera?
Y aún nos preguntamos por qué no cambiamos nada, después de tantos sermones. La gente muestra mayor respeto por la palabra de otro ser humano más que por la palabra de Dios.
El profeta Amos predijo el día de una gran hambruna, nada de pan ni agua, sólo la palabra de Dios (Amos 8,11) si la palabra de Dios es tomada tan a la ligera, ¿Hay alguna razón para que la retire? El hombre ha tomado con “oídos pruritos “(2 Timoteo. 4,3) las fabulas de los herejes según lo menciona San Pablo.
Predican usando el nombre de Cristo, sin embargo, no son sus representantes; más bien son ellos mimos sus propios mensajeros. Al final de los tiempos dirán: “¿No predicamos en Tu nombre? Y nuestro Señor les dirá “aléjense de Mí, obradores de la iniquidad, no los conozco”. (Mateo. 7, 23)
Con frecuencia nos acercamos a las lecturas espirituales o sermones, con la actitud incorrecta. No es momento de soñar ni de esparcimiento. Es tiempo de poner mucha atención y tratar de absorber cada palabra, ya que viene directamente de Dios a través de Sus ministros.
Lo mismo se debe hacer al escuchar grabaciones de estos sermones. Por lo que al leer los sermones de nuestros párrocos y de tantos Santos y Padres de la Iglesia. Debemos ante todo poner, atención y respeto siempre.
Hay muchos que no pueden asistir al Santo Sacrificio de la Misa de manera personal, y dependen de las grabaciones de esta y los sermones. Les recordamos a estas personas que Dios acepta el deseo por el hecho. Los alentamos a poner gran atención y a recibir a Dios de manera espiritual.
De la misma manera. Se les recuerda a quienes están en estas circunstancias a mostrar el mismo respeto, reverencia y atención como si estuvieran presentes. No se pongan a escuchar la Santa Misa, mientras hacen la limpieza de la casa, limpias trastos, leen un libro o descansen en su cama.
Debemos hacer el esfuerzo, de tomar la actitud y hasta la forma de vestir, tal y como lo hiciéramos si nos fuera posible asistir a la Iglesia, ante nuestro Señor en el Tabernáculo. Si es posible, sigamos la rúbrica de ponernos de píe, sentarnos y arrodillarnos, como si estuviéramos físicamente presentes.
Debemos poner toda nuestra atención a la palabra de Dios, no sólo en la epístola y el evangelio, sino también a la voz del Espíritu Santo que habla a través de Sus ministros ordenados que están inspirados por Este, para nuestra propia salvación.
Si el predicador nos estuviera dando, joyería fina, collar de perlas, brazaletes, anillos, de oro, etc., la gente mostraría una gran reverencia para obtener la mejor parte, para decorar sus cuerpos. El decoro, se dará de manera natural, al saber que de este depende para llevarse la mejor parte. El predicador, sin embargo, no está dando joyas para nuestro cuerpo, sino para nuestra alma, lo que es, mucho más importante.
Debemos estar sedientos por la palabra de Dios con gran ansiedad. Frecuentemente el predicador no se da cuenta del bien que la palabra de Dios hace bien a una alma ya sea de una u otra manera. Es el Espíritu Santo que se encarga de dar a cada alma lo esencial para cada momento.
Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo, en todo momento, cada sermón o lectura espiritual con gran atención y amor profundo para que logremos recibir los mejores y mayores beneficios.
Así sea.
Queridos Hermanos:
La Palabra de Dios merece un gran respeto por ser de origen sagrado.
Así como mostramos reverencia y cuidado al recibir el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Comunión, de igual forma debemos recibir Su Palabra; Esta, nos revela a Dios mismo, de una manera especial. Cuando pronunciamos el nombre de Jesús, toda cabeza debe inclinarse en señal de reverencia.
De esta misma forma debe suceder cuando escuchamos a quienes Dios ha comisionado hablar en Su nombre, debemos ser atentos y respetuosos.
¿Con que frecuencia tomamos la actitud de descanso y, empezamos a estirarnos para ponernos de una manera confortable, como si estuviéramos viendo la televisión, radio o estamos en un centro de entretenimiento, al escuchar la Palabra Sagrada de alguno de los predicadores?
¿Cómo nos atrevemos a recibir a nuestro Señor, Redentor y santificador, de esa manera?
Y aún nos preguntamos por qué no cambiamos nada, después de tantos sermones. La gente muestra mayor respeto por la palabra de otro ser humano más que por la palabra de Dios.
El profeta Amos predijo el día de una gran hambruna, nada de pan ni agua, sólo la palabra de Dios (Amos 8,11) si la palabra de Dios es tomada tan a la ligera, ¿Hay alguna razón para que la retire? El hombre ha tomado con “oídos pruritos “(2 Timoteo. 4,3) las fabulas de los herejes según lo menciona San Pablo.
Predican usando el nombre de Cristo, sin embargo, no son sus representantes; más bien son ellos mimos sus propios mensajeros. Al final de los tiempos dirán: “¿No predicamos en Tu nombre? Y nuestro Señor les dirá “aléjense de Mí, obradores de la iniquidad, no los conozco”. (Mateo. 7, 23)
Con frecuencia nos acercamos a las lecturas espirituales o sermones, con la actitud incorrecta. No es momento de soñar ni de esparcimiento. Es tiempo de poner mucha atención y tratar de absorber cada palabra, ya que viene directamente de Dios a través de Sus ministros.
Lo mismo se debe hacer al escuchar grabaciones de estos sermones. Por lo que al leer los sermones de nuestros párrocos y de tantos Santos y Padres de la Iglesia. Debemos ante todo poner, atención y respeto siempre.
Hay muchos que no pueden asistir al Santo Sacrificio de la Misa de manera personal, y dependen de las grabaciones de esta y los sermones. Les recordamos a estas personas que Dios acepta el deseo por el hecho. Los alentamos a poner gran atención y a recibir a Dios de manera espiritual.
De la misma manera. Se les recuerda a quienes están en estas circunstancias a mostrar el mismo respeto, reverencia y atención como si estuvieran presentes. No se pongan a escuchar la Santa Misa, mientras hacen la limpieza de la casa, limpias trastos, leen un libro o descansen en su cama.
Debemos hacer el esfuerzo, de tomar la actitud y hasta la forma de vestir, tal y como lo hiciéramos si nos fuera posible asistir a la Iglesia, ante nuestro Señor en el Tabernáculo. Si es posible, sigamos la rúbrica de ponernos de píe, sentarnos y arrodillarnos, como si estuviéramos físicamente presentes.
Debemos poner toda nuestra atención a la palabra de Dios, no sólo en la epístola y el evangelio, sino también a la voz del Espíritu Santo que habla a través de Sus ministros ordenados que están inspirados por Este, para nuestra propia salvación.
Si el predicador nos estuviera dando, joyería fina, collar de perlas, brazaletes, anillos, de oro, etc., la gente mostraría una gran reverencia para obtener la mejor parte, para decorar sus cuerpos. El decoro, se dará de manera natural, al saber que de este depende para llevarse la mejor parte. El predicador, sin embargo, no está dando joyas para nuestro cuerpo, sino para nuestra alma, lo que es, mucho más importante.
Debemos estar sedientos por la palabra de Dios con gran ansiedad. Frecuentemente el predicador no se da cuenta del bien que la palabra de Dios hace bien a una alma ya sea de una u otra manera. Es el Espíritu Santo que se encarga de dar a cada alma lo esencial para cada momento.
Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo, en todo momento, cada sermón o lectura espiritual con gran atención y amor profundo para que logremos recibir los mejores y mayores beneficios.
Así sea.
Saturday, May 12, 2012
DOMINGO 5to. DESPUÉS DE PASCUA
13 DE MAYO DE 2012
Queridos Hermanos:
En las lecturas del día de hoy, se nos dice bien claro que, Cristo viene de Dios Padre.
Jesucristo nos habla en palabras que no podemos mal interpretar. Podemos decir, sin lugar a equivocarnos que nuestro amor por Jesucristo, merece para nosotros el amor de Dios Padre. Consecuentemente, todo lo que le pidamos al Padre en nombre de Jesucristo, se nos dará.
Jesucristo nos dice que no es Él que pide al padre por nosotros, sino que el Padre mismo es quien nos escucha. Hemos llegado a ser Sus hijos por méritos de Jesucristo.
Reflexionando un poco sobre este magnífico don y honor que Dios ha puesto sobre nosotros, debemos de manera responsable considerar las palabras de santo Santiago, que nos dice en su epístola de este día: “Ser hacedores de la palabra de Dios y no sólo quienes la escuchan, engañándose ellos mismos” Concluimos esta epístola con la admonición de mantenernos limpios sin mancha de este mundo.
Esto es lo más indicado y apropiado para los hijos de Dios. Nada menor o inferior sucederá. Debemos amar a Jesucristo con un amor preferencial. Poniéndolo antes que todo – aún nosotros mismos - este amor por Él nos concederá el don de la adopción, como hijos de Dios. El amor de Dios es medido conforme al grado del que mantenemos y cuidamos Su palabra.
Claramente nos lo ha explicado, que si lo amamos guardaremos sus mandamientos. Y que Su palabra es la palabra del Padre. Ya que Jesucristo y Dios Padre son uno mismo.
Por lo tanto debemos vivir de manera perfecta ya que nuestro Padre Celestial es perfecto. Debemos dirigir nuestros pensamientos, palabras y acciones hacia el fin último. Nuestra vida se nos ha dado por no otra razón que para unirnos mas y mas a Dios. Debemos en todo momento tener nuestra mente y deseos dirigidos hacia ÉL.
San Pablo nos amonesta al decirnos que lo que hagamos debemos hacerlo por el amor de Dios. No importa si comemos o ayunamos, si dormimos o estamos alerta, si jugamos o trabajamos. Siempre y cuando que lo que hagamos sea hecho por el amor de Dios. Debeos enfocarnos en Él. Este es el amor a Jesucristo que nuestro Padre Celestial escuchará. Por lo que es claro, con esto, que cualquier cosa que pidamos en el nombre de Jesucristo se nos concederá.
La razón parece ser más que clara, mientras más amemos a Jesucristo y nuestra voluntad se una más a ÉL. Nuestras suplicas serán sólo y únicamente conformar nuestra voluntad a la voluntad de Dios. De esta manera ponemos en efecto el mandamiento que dice que busquemos primeramente el reino de Dios y SU Justicia, y que todo lo demás se nos dará por añadidura.
Vemos en la vida de los santos un ejemplo claro de cómo debemos amar a Dios. San Francisco perfeccionó este amor en sí mismo y nos ha dejado con el ejemplo el camino para seguir a Jesucristo, separándose del mundo para unirse perfectamente a Él. Casándose con la santa pobreza, Jesucristo fue capaz de enfocar toda su atención en hacer la voluntad de Dios.
Por la santa pobreza, fue capaz de liberarse de las pesadas cargas de este mundo que aprisionan a la sociedad. Su recompensa fue que nunca le faltó lo necesario para el cuidado de su cuerpo y lo que es mucho más importante para el cuidado de su alma, la cual se elevó hasta las alturas nunca antes imaginadas, de la santidad. Merece el nombre de “Santo Seráfico”.
Sus oraciones fueran tan perfectas que sólo pedía lo que ya de antemano Dios estaba preparando darle. Las alabanzas a Dios eran constantemente y a todas horas del día. San Francisco vió toda la creación de Dios como un gran libro, revelándosele muchos de los aspectos esplendidos y majestuosos de Dios.
Dios selló Su amor por san Francisco de manera expresa, sobre su cuerpo, privilegiándolo de portar las mismas llagas que sufrió Jesucristo nuestro Señor.
San Francisco nunca huyo del dolor ni del sufrimiento, más bien lo abrazo por el amor de Dios. En la manera de lo posible y en todo momento imitó a Jesucristo. Siempre tomó a pecho la palabra de Dios y la aplicó siempre para sí mismo. De esta manera san Francisco llega a ser el espejo de Jesucristo. Lo asemejó tan perfectamente, en este mundo que mereció ser escuchado en sus oraciones y suplicas y recibir la gloria eterna del Cielo, con Jesucristo.
Busquemos y procuremos, todos nosotros, esta perfección –cada uno en su vocación propia de vida - para que podamos ser nuevamente imagen y semejanza de Cristo. De esta manera todo lo que pidamos a nuestro Padre Celestial, se nos dará, porque hemos también amado a Jesucristo y la vida misma de Cristo la vimos nosotros de manera visible como lo hizo san Francisco y muchos otros santos que han vivido antes que nosotros.
Así sea.
Queridos Hermanos:
En las lecturas del día de hoy, se nos dice bien claro que, Cristo viene de Dios Padre.
Jesucristo nos habla en palabras que no podemos mal interpretar. Podemos decir, sin lugar a equivocarnos que nuestro amor por Jesucristo, merece para nosotros el amor de Dios Padre. Consecuentemente, todo lo que le pidamos al Padre en nombre de Jesucristo, se nos dará.
Jesucristo nos dice que no es Él que pide al padre por nosotros, sino que el Padre mismo es quien nos escucha. Hemos llegado a ser Sus hijos por méritos de Jesucristo.
Reflexionando un poco sobre este magnífico don y honor que Dios ha puesto sobre nosotros, debemos de manera responsable considerar las palabras de santo Santiago, que nos dice en su epístola de este día: “Ser hacedores de la palabra de Dios y no sólo quienes la escuchan, engañándose ellos mismos” Concluimos esta epístola con la admonición de mantenernos limpios sin mancha de este mundo.
Esto es lo más indicado y apropiado para los hijos de Dios. Nada menor o inferior sucederá. Debemos amar a Jesucristo con un amor preferencial. Poniéndolo antes que todo – aún nosotros mismos - este amor por Él nos concederá el don de la adopción, como hijos de Dios. El amor de Dios es medido conforme al grado del que mantenemos y cuidamos Su palabra.
Claramente nos lo ha explicado, que si lo amamos guardaremos sus mandamientos. Y que Su palabra es la palabra del Padre. Ya que Jesucristo y Dios Padre son uno mismo.
Por lo tanto debemos vivir de manera perfecta ya que nuestro Padre Celestial es perfecto. Debemos dirigir nuestros pensamientos, palabras y acciones hacia el fin último. Nuestra vida se nos ha dado por no otra razón que para unirnos mas y mas a Dios. Debemos en todo momento tener nuestra mente y deseos dirigidos hacia ÉL.
San Pablo nos amonesta al decirnos que lo que hagamos debemos hacerlo por el amor de Dios. No importa si comemos o ayunamos, si dormimos o estamos alerta, si jugamos o trabajamos. Siempre y cuando que lo que hagamos sea hecho por el amor de Dios. Debeos enfocarnos en Él. Este es el amor a Jesucristo que nuestro Padre Celestial escuchará. Por lo que es claro, con esto, que cualquier cosa que pidamos en el nombre de Jesucristo se nos concederá.
La razón parece ser más que clara, mientras más amemos a Jesucristo y nuestra voluntad se una más a ÉL. Nuestras suplicas serán sólo y únicamente conformar nuestra voluntad a la voluntad de Dios. De esta manera ponemos en efecto el mandamiento que dice que busquemos primeramente el reino de Dios y SU Justicia, y que todo lo demás se nos dará por añadidura.
Vemos en la vida de los santos un ejemplo claro de cómo debemos amar a Dios. San Francisco perfeccionó este amor en sí mismo y nos ha dejado con el ejemplo el camino para seguir a Jesucristo, separándose del mundo para unirse perfectamente a Él. Casándose con la santa pobreza, Jesucristo fue capaz de enfocar toda su atención en hacer la voluntad de Dios.
Por la santa pobreza, fue capaz de liberarse de las pesadas cargas de este mundo que aprisionan a la sociedad. Su recompensa fue que nunca le faltó lo necesario para el cuidado de su cuerpo y lo que es mucho más importante para el cuidado de su alma, la cual se elevó hasta las alturas nunca antes imaginadas, de la santidad. Merece el nombre de “Santo Seráfico”.
Sus oraciones fueran tan perfectas que sólo pedía lo que ya de antemano Dios estaba preparando darle. Las alabanzas a Dios eran constantemente y a todas horas del día. San Francisco vió toda la creación de Dios como un gran libro, revelándosele muchos de los aspectos esplendidos y majestuosos de Dios.
Dios selló Su amor por san Francisco de manera expresa, sobre su cuerpo, privilegiándolo de portar las mismas llagas que sufrió Jesucristo nuestro Señor.
San Francisco nunca huyo del dolor ni del sufrimiento, más bien lo abrazo por el amor de Dios. En la manera de lo posible y en todo momento imitó a Jesucristo. Siempre tomó a pecho la palabra de Dios y la aplicó siempre para sí mismo. De esta manera san Francisco llega a ser el espejo de Jesucristo. Lo asemejó tan perfectamente, en este mundo que mereció ser escuchado en sus oraciones y suplicas y recibir la gloria eterna del Cielo, con Jesucristo.
Busquemos y procuremos, todos nosotros, esta perfección –cada uno en su vocación propia de vida - para que podamos ser nuevamente imagen y semejanza de Cristo. De esta manera todo lo que pidamos a nuestro Padre Celestial, se nos dará, porque hemos también amado a Jesucristo y la vida misma de Cristo la vimos nosotros de manera visible como lo hizo san Francisco y muchos otros santos que han vivido antes que nosotros.
Así sea.
Saturday, May 5, 2012
DOMINGO 4to. DESPUÉS DE PASCUA
06- DE MAYO DE 2012
Queridos Hermanos:
Leemos en la epístola de Santo Santiago que:
“todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no se da mudanza ni sombra de alteración” (S. Santiago l, 17-21)
Es esencial que recordemos que todo lo que es bueno viene de Dios.
Pareciera como si, mientas mayor sea el bien que Dios desea darnos, más renuentes nos ponemos para recibirlo.
Día con día nos damos cuenta que, evidentemente no sabemos, qué es lo mejor para nosotros.
Leemos en el evangelio de hoy, cómo nuestro señor Jesucristo prepara a Sus discípulos para Su Ascensión al Cielo y como en lugar de alegrarse de esta buena noticia, se entristecen. Es necesario que Jesucristo explique la razón de ello, para tranquilizarlos.
Es mucho más saludable, para nosotros, acoplarnos a la voluntad de Dios, para que nos permita, con diferente luz, lo que nos sucede y no, como lo ve el resto del mundo. Todo lo que Dios ha hecho y dicho, es bueno; todo lo que nos da, también, aún cuando aleja algo de nosotros, vemos que es, porque desea darnos algo, mucho mejor.
Si somos despojados de todo el placer y alegría de este mundo, es un precio insignificante el que tenemos que pagar por la felicidad eterna con Dios, en el cielo. Sin embargo, por una extraña razón, nos aferramos a los placeres inferiores pasajeros de esta vida, como si fuera el más grande bien para el que hemos sido creados; nos hacemos negligentes y destruimos la esperanza, de algo mayor en el cielo.
Al ir madurando nuestra fe, hacemos a un lado la forma mundana de ver la vida y nos ponemos a seguir y alcanzar el camino de las cosas de Dios. Somos los hijos de Dios, por lo tanto debemos asemejarnos a Él, día con día. No existe la alegría de la mañana de Pascua sin haber pasado antes y primeramente la amarga pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, el viernes santo.
Jesucristo nos ha invitado a seguirlo en esta gran alegría, por lo que debemos:
“negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz diariamente y seguirlo”
No sólo debemos aceptar y abrazar las cruces diariamente, como dones de Dios, sino que también debemos aceptar la aparente ausencia de Dios, al acercarnos, de esta manera más y más a Él.
Cuando Jesucristo anuncia a Sus apóstoles, Su partida, les dice que es para bien de ellos, que se va, para poder mandarles el Espíritu Santo, que con Su venida, recibirán más gracias. De lo cual podemos aprender que cuando Dios retira algo de nosotros, usualmente significa que, algo mejor o mayor, está por venir. Esto lo vivimos, con frecuencia, en la virtud de la caridad. Cuando damos algo y ayudamos a otras personas, Dios nos lo repone con algo mejor, mayor o más deseado, de lo que hemos dado. Vemos que el generoso, sufre menos o casi nada. Y eso es sólo si consideramos las cosas de este mundo. Agregando las cosas eternas, vemos la bondad de Dios manifiesta de manera clara.
Nuestras perdidas o separaciones espirituales, son de igual manera, sólo demandas y peticiones de hacer campo para recibir algo mejor. El gozo natural de la resurrección de Jesucristo, parece haberse apagado con Su Ascensión; sin embargo, fue sólo para prepararnos al día de Pentecostés.
Nuestra vida pare descansar en esta constante fluctuación, recibiendo las cosas buenas de Dios, nuestro Padre Celestial, sólo para deshacernos de ellas, para posteriormente ser remplazadas por algo mucho mejor, que las primeras.
De esta manera crecemos en la virtud de la fe, esperanza y caridad. Debemos en todo momento atesorar lo que Dios nos da, mientras que al mismo tiempo no deben tomar, estas, posesión de nosotros de tal manera que nos resulte casi imposible desprendernos de ellas para ayudar a los demás o recibir un bien mucho mayor.
Poco a poco, Dios, nos está enseñando la forma en que debemos amarlo, como es debido. Haciéndonos madurar para que logremos dejar las cosas materiales e insignificantes de esta para hacer espacio, para la grandeza de la eternidad en el Cielo.
Debemos aprender a cambiar nuestro mundo y llenarlo de lo que verdaderamente, sólo tiene valor, Dios.
Que así sea
Queridos Hermanos:
Leemos en la epístola de Santo Santiago que:
“todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no se da mudanza ni sombra de alteración” (S. Santiago l, 17-21)
Es esencial que recordemos que todo lo que es bueno viene de Dios.
Pareciera como si, mientas mayor sea el bien que Dios desea darnos, más renuentes nos ponemos para recibirlo.
Día con día nos damos cuenta que, evidentemente no sabemos, qué es lo mejor para nosotros.
Leemos en el evangelio de hoy, cómo nuestro señor Jesucristo prepara a Sus discípulos para Su Ascensión al Cielo y como en lugar de alegrarse de esta buena noticia, se entristecen. Es necesario que Jesucristo explique la razón de ello, para tranquilizarlos.
Es mucho más saludable, para nosotros, acoplarnos a la voluntad de Dios, para que nos permita, con diferente luz, lo que nos sucede y no, como lo ve el resto del mundo. Todo lo que Dios ha hecho y dicho, es bueno; todo lo que nos da, también, aún cuando aleja algo de nosotros, vemos que es, porque desea darnos algo, mucho mejor.
Si somos despojados de todo el placer y alegría de este mundo, es un precio insignificante el que tenemos que pagar por la felicidad eterna con Dios, en el cielo. Sin embargo, por una extraña razón, nos aferramos a los placeres inferiores pasajeros de esta vida, como si fuera el más grande bien para el que hemos sido creados; nos hacemos negligentes y destruimos la esperanza, de algo mayor en el cielo.
Al ir madurando nuestra fe, hacemos a un lado la forma mundana de ver la vida y nos ponemos a seguir y alcanzar el camino de las cosas de Dios. Somos los hijos de Dios, por lo tanto debemos asemejarnos a Él, día con día. No existe la alegría de la mañana de Pascua sin haber pasado antes y primeramente la amarga pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, el viernes santo.
Jesucristo nos ha invitado a seguirlo en esta gran alegría, por lo que debemos:
“negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz diariamente y seguirlo”
No sólo debemos aceptar y abrazar las cruces diariamente, como dones de Dios, sino que también debemos aceptar la aparente ausencia de Dios, al acercarnos, de esta manera más y más a Él.
Cuando Jesucristo anuncia a Sus apóstoles, Su partida, les dice que es para bien de ellos, que se va, para poder mandarles el Espíritu Santo, que con Su venida, recibirán más gracias. De lo cual podemos aprender que cuando Dios retira algo de nosotros, usualmente significa que, algo mejor o mayor, está por venir. Esto lo vivimos, con frecuencia, en la virtud de la caridad. Cuando damos algo y ayudamos a otras personas, Dios nos lo repone con algo mejor, mayor o más deseado, de lo que hemos dado. Vemos que el generoso, sufre menos o casi nada. Y eso es sólo si consideramos las cosas de este mundo. Agregando las cosas eternas, vemos la bondad de Dios manifiesta de manera clara.
Nuestras perdidas o separaciones espirituales, son de igual manera, sólo demandas y peticiones de hacer campo para recibir algo mejor. El gozo natural de la resurrección de Jesucristo, parece haberse apagado con Su Ascensión; sin embargo, fue sólo para prepararnos al día de Pentecostés.
Nuestra vida pare descansar en esta constante fluctuación, recibiendo las cosas buenas de Dios, nuestro Padre Celestial, sólo para deshacernos de ellas, para posteriormente ser remplazadas por algo mucho mejor, que las primeras.
De esta manera crecemos en la virtud de la fe, esperanza y caridad. Debemos en todo momento atesorar lo que Dios nos da, mientras que al mismo tiempo no deben tomar, estas, posesión de nosotros de tal manera que nos resulte casi imposible desprendernos de ellas para ayudar a los demás o recibir un bien mucho mayor.
Poco a poco, Dios, nos está enseñando la forma en que debemos amarlo, como es debido. Haciéndonos madurar para que logremos dejar las cosas materiales e insignificantes de esta para hacer espacio, para la grandeza de la eternidad en el Cielo.
Debemos aprender a cambiar nuestro mundo y llenarlo de lo que verdaderamente, sólo tiene valor, Dios.
Que así sea
Saturday, April 28, 2012
DOMINGO 3ro. DESPUÉS DE PASCUA
29 DE ABRIL DE 2012
Queridos Hermanos:
Nuestro Señor Jesucristo nos habla, el día de hoy, tanto de Su Segunda venida como de su presencia contínua en la Sagrada Eucaristía.
Tal vez, el tiempo no nos parezca como “poquito tiempo” al estar sucediendo las cosas, pero una vez que han pasado y volteamos a ver lo sucedido, nos damos cuenta que en verdad ha sido un lapso muy corto. De esto nos damos cuenta en la vida diaria, pero, una vez que entremos a la eternidad y empecemos a entender lo que realmente significa “por siempre” nos daremos cuenta que el tiempo más prolongado aquí en la vida en este mundo es sólo un pequeño y reducido lapso de tiempo.
No será mucho el tiempo que transcurra, entonces, para el regreso de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo que debemos estar siempre alertas y prevenidos.
Vemos a Cristo, en la Sagrada Eucaristía, con nuestra fe, pero una vez que esta fe, sea completa (poquito tiempo) lo volveremos a ver. Muchos de los santos vieron a nuestro Señor, físicamente en la Santa Eucaristía, el tiempo reducido, de la ceguera de los de poca fe, nos da lugar a volverlo a ver.
No debemos sentirnos impacientes o tratar de forzar el tiempo de las obras de Dios. Debemos permanecer firmes y tranquilos en nuestra fe, pidiendo a Dios que todo se nos manifieste claramente, en el tiempo adecuado de Dios, por el beneficio de nuestra propia alma.
Los caprichos e ilusiones infantiles de muchos falsamente llamados, católicos, son realmente un insulto a los caminos inescrutables de Dios. Con que frecuencia nos preguntamos qué es lo que sostiene tanto la mano de Dios, o porque no nos fulmina de una vez. O tal vez, por qué, no se manifiesta de manera más clara y ahora, para que se nos haga más fácil creer. Escuchamos las preguntas de quienes cuestionan a Dios, que desean haber nacido en otros tiempos cuando según imaginan, era más fácil vivir la vida de la fe. Estas dudas y deseos verdaderamente acumulan a la interrogante de lo que hace Dios y sus formas, es realmente, como si se dudara, que Dios sabe lo que está haciendo.
El orgullo y la vanidad, de parte del hombre que hace esto, parecen ocultarse a la vida de los demás.
¿Quienes somos, para poner en duda la voluntad de Dios? Todo lo que Dios hace, está bien hecho y dentro del tiempo y lugar adecuado.
Para nosotros ahora, encontrar la presencia de Dios, es eclipsada de nuestra vista, no sólo físicamente, sino que también de manera espiritual, con la manifestación prolífica del Modernismo y neo paganismo que nos rodea ,son estas según ellos, razones para poner en duda los caminos de Dios, y poner en duda Su Palabra.
Estas y tantas otras razones, infantiles de pensamiento, son sólo tonterías y niñerías. Es preciso que, hagamos a un lado los caminos infantiles y revistámonos del adulto.
Como adultos, en la fe católica, debemos permanecer tranquilos y en paz, aún en medio de las pruebas y tribulaciones. Debemos madurar en nuestra fe, al grado de confiar en la palabra de Dios aun sin necesidad de manifestaciones físicas o pruebas de ella.
La paciencia no la encontramos en los niños porque no tienen experiencia, ni han entendido que todo requiere de tiempo. Estos deben aprender que las cosas se dan con el tiempo, y que rara vez pasan al tiempo que ellos quieren. L a madurez les enseña que deben ser pacientes y estar tranquilos para que las cosas sucedan. Lo mismo sucede con nuestra fe.
El joven y débil en esta, busca siempre pruebas o confirmaciones de fe. Mientras que más madurez alcancemos, en cierto grado, en la vida espiritual, nos volvemos más pacientes y confiados en lo que creemos, o entendemos, y que las cosas suceden durante el tiempo y para mayor honor, gloria de Dios y la salvación del hombre.
No hay pánico entre las almas maduras, cuando se difunde la inmoralidad y los escándalos. Permanece la calma que acompaña el entender que sin importar que tan malas parezcan las cosas, Dios hace y saca lo mejor de todo lo que pasa, “en un ratito”
Que así sea.
Saturday, April 21, 2012
DOMINGO 2do. DESPUÉS DE PASCUA
22 de ABRIL DE 2012
QUERIDOS HERMANOS:
Debemos, no sólo discernir entre el verdadero pastor de nuestra alma y lobos rapaces, sino que debemos también distinguir la tendencia de nuestro propio corazón y alma.
No sólo el pastor reconoce a sus ovejas, son sus ovejas que, deben reconocer también ellas, a su pastor. Muchos fallan al hacer esto, ya que no desean sinceramente seguir al verdadero pastor –Jesucristo. Las pasiones, el mundo y el demonio les ofrecen una, aparente, vida más interesante. La vida del buen cordero no es muy llamativa para ese tipo de almas. Les parece aburrida y sin interés.
La tendencia del mundo moderno es seguir las tendencias materialistas y placenteras. Sin estas distracciones superficiales, si nos hace creer, en muchas ocasiones, que nuestra vida está sin mérito alguno. La vida de la virtud aparece ante el mundo como no vida del todo; mientras que la vida del vicio y pecado aparece, como vivir la vida al máximo.
El orden es completamente invertido. El placer que acompaña al desorden y sigue las sugerencias de nuestras pasiones y lujurian es sólo la ilusión del placer. Podemos experimentar esto claramente con el remordimiento que acompaña la realización de estos vicios. Estos, no sólo ocasionan un gran desagrado interior, sino que como nos dice San Agustín; en sus confesiones, producen dolor y sufrimiento aún el mismo momento que imaginamos que las disfrutamos.
Nuestra inteligencia, memoria y voluntad, nos recuerdan de lo incorrecto en lo que hacemos al grado que aún en la gratificación del “placer”, hay una sensación de desagrado que no sólo sigue, sino que además se une a la gratificación ilícita.
En lugar de renunciar al desorden y vicio, con frecuencia, regresamos al mismo vicio con mayor ahínco tratando de ahora, sí encontrar el placer que no encontramos en el intento anterior. Nuestra pasión nos vuelve a mentir sugiriéndonos que esta vez encontraremos la felicidad en el pecado.
El verdadero pastor de nuestra alma, no pide que huyamos de este desorden y falso placer del pecado y buscar el verdadero y real placer que resulta de practicar la virtud. Mientras que la práctica de esta no ofrece la emoción de lo ilícito, ofrece algo que es menos volátil, y más estable y duradero. La calma y paz que acompaña a la práctica de la virtud no parece tan emocionante como lo superfluo y “gozo” de lo ilícito.
El verdadero pastor nos llama, más depende de nosotros si lo queremos escuchar o no. Es necesario que la oveja escuche y siga al verdadero Pastor si quieren ser contado como verdadero miembro de Su rebaño.
Busquemos no sólo identificar al verdadero Pastor—discernir entre este y los lobos rapaces, sino que también debemos poner atención especial a la facultad de nuestra alma llamada libre albedrio y discernir quien es, quien decidimos nos guie.
Se ha dicho que no podemos ser engañados sin antes habernos engañado nosotros mismos. Es muy fácil señalar con el dedo a los diferentes líderes y sugerir que a ellos debemos culpar por haber nosotros tomado el camino equivocado. Hay muchos que intentan o sugieren guiarnos en el error o vicio, pero somos nosotros quienes verdaderamente escogemos y aceptamos rechazarlos. No caeríamos nunca en sus trampas si no hubiéramos primero deseado lo que nos sugieren. Con la corrupción de nuestra voluntad, se está formando, este deseo ilícito (sea cual fuere). El enemigo ha, ya en ese momento, vencido.
Todo tiene un costo, nada es libre. Si buscamos la verdadera paz y felicidad aquí y ahora y una recompensa eterna en el cielo, debemos sacrificar los placeres ilícitos, volátiles e ilusorios de nuestra pasión. Si buscamos la falsa alegría de nuestras pasiones, debemos sacrificar la paz y tranquilidad de la conciencia limpia en esta vida y pagar entonces, el sufrimiento eterno en el infierno.
Examinémonos con mucho cuidado y pongamos nuestra voluntad en el verdadero orden – deseando seguir sólo el camino correcto, y ya de esta forma, con el deseo en orden, escuchar con mayor facilidad la voz del verdadero Pastor y seguirlo en esta vida, guiándonos a la felicidad eterna del cielo.
Así sea
QUERIDOS HERMANOS:
Debemos, no sólo discernir entre el verdadero pastor de nuestra alma y lobos rapaces, sino que debemos también distinguir la tendencia de nuestro propio corazón y alma.
No sólo el pastor reconoce a sus ovejas, son sus ovejas que, deben reconocer también ellas, a su pastor. Muchos fallan al hacer esto, ya que no desean sinceramente seguir al verdadero pastor –Jesucristo. Las pasiones, el mundo y el demonio les ofrecen una, aparente, vida más interesante. La vida del buen cordero no es muy llamativa para ese tipo de almas. Les parece aburrida y sin interés.
La tendencia del mundo moderno es seguir las tendencias materialistas y placenteras. Sin estas distracciones superficiales, si nos hace creer, en muchas ocasiones, que nuestra vida está sin mérito alguno. La vida de la virtud aparece ante el mundo como no vida del todo; mientras que la vida del vicio y pecado aparece, como vivir la vida al máximo.
El orden es completamente invertido. El placer que acompaña al desorden y sigue las sugerencias de nuestras pasiones y lujurian es sólo la ilusión del placer. Podemos experimentar esto claramente con el remordimiento que acompaña la realización de estos vicios. Estos, no sólo ocasionan un gran desagrado interior, sino que como nos dice San Agustín; en sus confesiones, producen dolor y sufrimiento aún el mismo momento que imaginamos que las disfrutamos.
Nuestra inteligencia, memoria y voluntad, nos recuerdan de lo incorrecto en lo que hacemos al grado que aún en la gratificación del “placer”, hay una sensación de desagrado que no sólo sigue, sino que además se une a la gratificación ilícita.
En lugar de renunciar al desorden y vicio, con frecuencia, regresamos al mismo vicio con mayor ahínco tratando de ahora, sí encontrar el placer que no encontramos en el intento anterior. Nuestra pasión nos vuelve a mentir sugiriéndonos que esta vez encontraremos la felicidad en el pecado.
El verdadero pastor de nuestra alma, no pide que huyamos de este desorden y falso placer del pecado y buscar el verdadero y real placer que resulta de practicar la virtud. Mientras que la práctica de esta no ofrece la emoción de lo ilícito, ofrece algo que es menos volátil, y más estable y duradero. La calma y paz que acompaña a la práctica de la virtud no parece tan emocionante como lo superfluo y “gozo” de lo ilícito.
El verdadero pastor nos llama, más depende de nosotros si lo queremos escuchar o no. Es necesario que la oveja escuche y siga al verdadero Pastor si quieren ser contado como verdadero miembro de Su rebaño.
Busquemos no sólo identificar al verdadero Pastor—discernir entre este y los lobos rapaces, sino que también debemos poner atención especial a la facultad de nuestra alma llamada libre albedrio y discernir quien es, quien decidimos nos guie.
Se ha dicho que no podemos ser engañados sin antes habernos engañado nosotros mismos. Es muy fácil señalar con el dedo a los diferentes líderes y sugerir que a ellos debemos culpar por haber nosotros tomado el camino equivocado. Hay muchos que intentan o sugieren guiarnos en el error o vicio, pero somos nosotros quienes verdaderamente escogemos y aceptamos rechazarlos. No caeríamos nunca en sus trampas si no hubiéramos primero deseado lo que nos sugieren. Con la corrupción de nuestra voluntad, se está formando, este deseo ilícito (sea cual fuere). El enemigo ha, ya en ese momento, vencido.
Todo tiene un costo, nada es libre. Si buscamos la verdadera paz y felicidad aquí y ahora y una recompensa eterna en el cielo, debemos sacrificar los placeres ilícitos, volátiles e ilusorios de nuestra pasión. Si buscamos la falsa alegría de nuestras pasiones, debemos sacrificar la paz y tranquilidad de la conciencia limpia en esta vida y pagar entonces, el sufrimiento eterno en el infierno.
Examinémonos con mucho cuidado y pongamos nuestra voluntad en el verdadero orden – deseando seguir sólo el camino correcto, y ya de esta forma, con el deseo en orden, escuchar con mayor facilidad la voz del verdadero Pastor y seguirlo en esta vida, guiándonos a la felicidad eterna del cielo.
Así sea
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