Saturday, July 4, 2009

DOMINGO QUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

5 DE JULIO DE 2009

“Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”

Los Escribas eran hombres instruidos, versados en la Ley, interpretaban y leían las Sagradas Escrituras a la gente, eran generalmente sacerdotes y Levitas; frecuentemente eran Fariseos también o por lo menos seguían las máximas de estos.
Los fariseos tomaron su nombre de Fares, que significa separar, distinguir, diferir, razón por la cual se les llamaba Fariseos, es decir, separados de la gente, toda vez que diferían de la gente por su forma de vida.

Externamente llevaban una vida buena, de penitencia, ayunaban y oraban frecuentemente, daban limosnas en abundancia y diezmo de sus utilidades aún cuando no estaban obligados a hacerlo. Se aseaban frecuentemente, y seguían el celo por la pureza al grado de no conversar ni tratar con personas que vivieran libertinamente. Sin embargo, en su aparente virtud tenían grandes faltas y culpas. Por lo que Jesucristo frecuentemente los censuraba, como nos lo señala en evangelio de hoy.
No es lo bueno que estos hombres hacían lo que condenaba Jesucristo sino sus motivos y la forma en que lo hacían. Se obsesionaban con las cosas secundarías olvidándose de las principales. Ejemplo de ellos es que aconsejaban a los jóvenes olvidarse de las necesidades de sus padres con tal de que hicieran una contribución considerada de dinero, para el templo.

Hacían esto porque ellos mismos se beneficiaban de los beneficios dados al templo. El cuarto mandamiento era fácilmente ignorado por sus intereses personales y mezquinos.

Su piedad era sólo externa, aparente, para que la gente la viera. Estaban llenos de su propia vanidad y orgullo. Ayunaban no por el bien de su alma o por alguna razón espiritual sino para ser vistos por los demás y ser alabados. Hacían oraciones prolongadas y frecuentes con sus labios únicamente pues, sus corazones estaban lejos de Dios.

En síntesis, sus acciones estaban viciadas por la razón o motivo por el cual las realizaban.

Tal vez no sea tan obvio identificar los Fariseos, de entre nosotros hoy día, sin embargo, su espíritu vive y quizá, más arraigado que en aquel entonces.

¿Qué han producido tantas sectas “cristianas” en el mundo de hoy? Cada una de ellas proclama estar cerca de Dios y ser mejor que las demás, sin embargo, en lo profundo de su corazón no vemos otra cosa que la justificación de sus muy particulares vicios o el deseo por la distinción para llenar su vanidad y orgullo.

El estar separados físicamente de las demás personas no tiene ningún efecto positivo si se permanece espiritualmente unido a los pecados del resto del mundo. Una gran cantidad de religiosos y clérigos se alejan físicamente del mundo, sin embargo su corazón jamás se aleja de este. Alimentan su corazón con los mismos males que aparentemente dejaron atrás.

Una gran cantidad de “tradicionalistas” cometen este mismo grave error. Parlotean palabras como “La santa misa es lo único que importa” ven sólo la ceremonia repetida al lenguaje y estilo familiar, mientras ignoran las cuestiones más importantes y fundamentales de la fe y doctrina.

Un sacerdote “invalido” no es un verdadero sacerdote y “ofrece” tal vez un hermoso espectáculo, sin embargo al no ser sacerdote, no realiza ningún sacramento por lo tanto no existe la gracia sino que por el contrario es un insulto a Dios, por idolatría y blasfemia.

Existe una gran cantidad de seudo sacerdotes y religiosos unidos en contra de la verdad.

Debemos estar alertas para poder identificar a los fariseos de nuestros días. Sin embargo, debemos tener mucho más cuidado en identificar cuáles son los motivos que mueven a nuestro propio corazón; Existe un fariseo en potencia en cada uno de nosotros. No podemos amar a Dios mientras sembramos odio con nuestro vecino, amigo, familiar o enemigo. No seremos limpios si aceptamos pensamientos lascivos, aún si somos castos físicamente. No seremos bien recibidos por Dios si somos negligentes en nuestras obligaciones ordinarias bajo el pretexto de servir a Dios mucho mejor con devociones extraordinarias. Debemos hacer en primer lugar, lo que se nos ha encomendado hacer, según nuestro estado. Cumplamos los mandamientos principalmente, una vez hecho esto, agreguemos algo mas.

Es un gravísimo mal, ignorar o alejar, el llamado de Dios bajo el pretexto de servirle mejor con otro asunto o devoción.

Dios nos quiere completamente, corazón, mente y alma. No podemos darle honor y gloria con nuestra actitud externa únicamente. Debemos honrarlo con todo lo que tenemos y somos. Así como El lo hizo por nosotros, dándose completamente; por lo tanto nos pide que hagamos lo mismo en respuesta.

Así sea.

Saturday, June 27, 2009

CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES

28 DE JUNIO DE 2009

Queridos Hermanos:

Los esfuerzos de los apóstoles, al estar pescando toda la noche fueron en vano, hasta que escucharon y decidieron obedecer a Jesucristo. Obteniendo como resultado, una pesca abundante.

En la vida espiritual debemos actuar siempre con una buena intención y hacer la voluntad de Dios, si queremos lograr algún efecto positivo.

En todo lo que hacemos debemos tener siempre en mente la intención de servir y honrar a Dios nuestro Señor. San Pablo nos lo señala cuando dice: “ya comáis ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor. 10:31). Cómo lo dice la máxima de san Ignacio: “Todo por la gran gloria de Dios”, que nos enseña cómo debemos actuar.

Debemos reflexionar a conciencia la oración del Padre nuestro; decimos, Santificado sea tu nombre, para recordarnos que fuimos creados para el honor y gloria de Dios. Todo nuestro ser se nos ha dado para que rindamos honor y gloria a Dios.
Una de las verdades más fundamentales de nuestra existencia, la encontramos en las primeras páginas de casi cualquier catecismo que leamos. Fuimos creados para “conocer, amar y servir a Dios” esta es nuestra única y primer obligación, todo lo demás es secundario. Una vez que entendemos esto, formar una buena intención se convierte en un hábito, y en esta forma de vida habitual, vivir y actuar para Dios, nos proporciona el éxito en nuestros esfuerzos tanto espirituales como, en algunas ocasiones, materiales.

Por una parte si estamos llenos de orgullo y vanidad y nos olvidamos de Dios, nos daremos cuenta que no hacemos ningún progreso en la vida espiritual y en ocasiones nos encontraremos frustrados en el aspecto material de nuestras vidas. La clave de nuestro existo depende de que tengamos una intención honesta y verdadera.

La intención o (voluntad) es el aspecto más importante de todo lo que hacemos. Lo que esté bien hecho, si le falta la buena intención está viciado. Si alguna cosa no logramos hacerla de manera perfecta, por cuestiones ajenas a nosotros, se convierte en meritoria, si la hacemos con una buena y genuina intención. La acción más insignificante se convierte en meritoria gracias a la buena intención, el simple acto de la voluntad.

La intención es lo que separa un acto de ser bueno o malo. Si nos vestimos para aumentar nuestra vanidad y orgullo cometemos un mal, si lo hacemos por el honor y gloria de Dios merecemos la gracia. Lo mismo podemos decir de cualquier otra cosa que podamos pensar, decir u omitir.

Se dice que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones, sin embargo, no es eso, exactamente correcto. Lo que se desea significar en este dicho, podríamos decir que, sería más claro si se dijera: “el camino al infierno está lleno de falsas intenciones”. Muchos dicen tener una buena intención en hacer algo, sin embargo no tienen el verdadero deseo, voluntad, de hacerlo o consumarlo. Eso no es una buena intención, esto es lo que llena el camino al infierno. Tener una buena intención incluye también el querer concluirlo. Si este deseo está presente, Dios acepta el deseo por el hecho, aún cuando estamos impedidos en hacer lo que deseamos. Este deseo e intención genuino, en lugar de llenar el camino al infierno, lo hace pero, en el camino al Cielo.

Los santos frecuentemente fueron inspirados a desear hacer el bien, por el honor y gloria de Dios, mucho más allá de lo que sus fuerzas físicas les permitían. Frecuentemente fueron consumidos por su deseo de hacer más y más, por el amor de Dios. Y al grado que sus mentes y corazones alcanzaban estas intenciones y deseos, Dios los recompensaba con bendiciones y abundantes gracias sin medida, porque amaban de la misma manera, sin medida.

De esta manera, las criaturas mortales que somos, hemos sido creados para complacer la majestad infinita de Dios, todo con el simple acto de la voluntad, un simple acto de amor y una intención verdaderamente pura.

Esta intención automáticamente implica el deseo y voluntad de completar lo que se inicia. El hombre que dice que tiene la intención de viajar a Roma, mas no tiene la voluntad de levantarse para ir, no tiene una verdadera intención. Este es el tipo de intenciones que llenan el camino al infierno. Por otro lado el hombre que tiene la intención de viajar a este mismo lugar pero muere antes de poder completar este viaje, tiene una intención pura, y sin duda alguna recibirá la recompensa de Dios como si hubiera concluido el peregrinar.

De esta manera vemos como Dios acepta el deseo por el hecho, con esta intención verdadera.

Ahora bien, esperamos que todos podamos ver la necesidad de hacer un buen ofrecimiento por las mañanas y consagrar todas nuestras actividades, pensamientos y palabras y obras del día por el honor y gloria de Dios. Formando una intención y deseo puro de todo lo que hagamos ese día.

Una vez que hemos incorporado esta buena intención en nuestro día y en todo lo que hacemos, veremos un verdadero progreso en nuestra vida espiritual. Nos acercaremos más a Dios en el amor mereciendo más beneficios para nosotros en la eternidad.

Así sea.

Saturday, June 20, 2009

TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES

21 DE JUNIO DE 2009

“Este acoge a los pecadores y come con ellos” (san Lucas 15:2)

Dios siempre está dispuesto a perdonar a los pecadores. Vemos en el evangelio de hoy cuan misericordioso y bueno es Dios Nuestro Señor.

Dios, primero perdona. Perdonar significa, hacer a un lado todo el daño y aversión que nos ha sido ocasionado y desear el bien a los demás, de corazón. Nosotros, rara vez perdonamos de manera perfecta. Aunque decimos, te perdono, por haberme ofendido, queda un rechazo en nosotros y ya no amamos a nuestro prójimo de la misma manera. Por más que tratemos de desearle bien, una cierta amargura nos envuelve y nos ocasiona violencia interior cada vez que queremos suprimir este sentimiento y destruirlo por completo.

Dios por otro lado, perdona de manera perfecta. Una vez que Dios ha perdonado nos trata nuevamente con el cariño y afecto de sus hijos queridos y obedientes. Su corazón aumenta, por así decirlo, y nos ama de una manera mucho más especial que a quienes no lo ha ofendido gravemente. Santa María Magdalena y San Pedro nos ofrecen pruebas de ese perdón y amor abundante.

Dios perdona de manera libre y voluntaria mientras que nosotros debemos ser recordados de nuestra obligación de perdonar y de las verdades de Fe, Cielo e Infierno, etc. Dios siempre está dispuesto a recibir al pecador arrepentido. Espera ansioso el momento en que regresamos a Él, “Todo el día tendía yo mis manos, a un pueblo rebelde, que iba por caminos malos” (Isaías 65:2) “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré.” (San Mateo 11:28). San Agustín dice: “Dios esta mas dispuesto a impartir perdón al pecador que el pecador a recibirlo”

Las parábolas de la lectura de hoy concuerdan bien con estos ejemplos y muchos otros citados en las Sagradas Escrituras, los cuales deben motivarnos, como al Hijo prodigo, regresar humildemente y con verdadero arrepentimiento pero sobre todo con total confianza en Dios nuestro Señor. ¿Cómo podemos seguir ofendiendo a Dios, que desea sólo lo mejor para nosotros, quien está siempre y en todo momento esperando perdonarnos y tratarnos como a sus hijos muy amados?

Otra característica de este amor de Dios es que perdona a todos los pecadores. No existe pecador, sin importar el grado de culpa, que no sea perdonado. Asesinos, ladrones, blasfemos, adúlteros etc. En una palabra todo tipo de pecadores, puede encontrar la misericordia de Dios. No hay una cantidad de pecados que pueda secar la fuente de Su misericordia. Si algún hombre tuviera sobre su conciencia los pecados de todo el mundo, no tiene porque desesperarse por su salvación, sino esperar el perdón de estos. “Aunque vuestros pecados fueran como la grana, quedarán blancos como la nieve, aunque fuesen rojos como la purpura, vendrían a ser como la lana”. (Isaías 1:18). San Cipriano nos dice: “Ni el mayor de los crímenes ni el mínimo minuto de vida que nos quede, ni la extrema necesidad de la ultima hora excluyen de la amista de Dios.

Su amor y misericordia infinita envuelve a todo aquel que regresa a Él”. La mujer Samaritana, la adultera, el ladrón en la cruz pecaron gravemente, sin embargo encontraron, también, la gracia. Todo lo que necesitamos es leer la vida de los santos y darnos cuenta que fueron grandes pecadores pero una vez arrepentidos cambiaron totalmente su vida como una Santa Margarita de Cortona o santa María de Egipto.

Para recibir esta misericordia de Dios sobre nosotros, debemos verdaderamente arrepentirnos, y en tiempo. Si el pecador se arrepiente Dios va a ser misericordioso con él y le perdonará sus pecados, sin embargo, si por el contrario, el pecador continúa por ese camino, se perderá en el. “A menos que hagáis penitencia, te perderás”. La misericordia de Dios no insiste en esto, que Dios perdona a todos los pecadores de manera indiscriminada, sino sólo a los que se arrepienten verdaderamente.

Pensemos en Caín, en la gente de los tiempos de Noé, de los habitantes de Sodoma y Gomorra, del traidor de Judas, de los obstinados judíos en Jerusalén. Todos se condenaron por su no arrepentimiento. Debemos evitar al mismo tiempo, el terrible vicio de la presunción, creyendo que nosotros, no necesitamos arrepentirnos y que Dios nos ha de perdonar de cualquier manera.

Ninguno de nosotros sabemos cuánto tiempo más nos queda de vida, sin embargo, sí sabemos que debemos arrepentirnos antes de dejar este mundo. Una vez que pasemos de esta vida a la eternidad el arrepentimiento será en vano. Nuestra porción será sellada eternamente. Dios ha prometido perdón al pecador arrepentido, no le ha prometido el mañana.

Debemos aprovechar el presente, este momento es todo lo que tenemos. Arrepintámonos real y verdaderamente sin vacilaciones. Hagamos buen uso del tiempo de gracia y laboremos por nuestra salvación sin tardanza, para que escapemos de la amenazante perdición de nuestra alma y seamos salvados eternamente.

Así sea.

Sunday, June 14, 2009

SEGUNDO DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES

14 DE JUNIO DE 2009

Queridos Hermanos:

El evangelio de hoy nos presenta una parábola para la edificación de los Fariseos con quien ha sido Jesucristo invitado a comer. En esta ocasión, Nuestro Señor, busco instruirlos sobre el Reino de Dios.

No debería existir ninguna dificultad para nosotros poder entender esta parábola. Cristo es la persona que hizo la gran fiesta y mandó a sus sirvientes llamar a todos los que fueron invitados. Los apóstoles son Sus sirvientes. Las tribus de Israel los invitados que rehusaron asistir. Los gentiles (otras naciones) son los que han sido llamados a tomar los lugares de quienes rechazaron asistir a esta gran cena, que simboliza a la Iglesia misma o al Reino de Dios.

La intención de Jesucristo era mostrar tal y como son los fariseos mismos, si sólo hubieran querido, ellos mismos, ver. Eran los que fueron invitados pero rechazaron ir. Las tres excusas diferentes que señalan concuerdan con lo que dice san Juan: “todo lo que está en el mundo es concupiscencia de la carne, de los ojos y de la vanidad de la vida”. Uno dice, me acabo de casar, es decir la concupiscencia de la carne; otro dice he comprado cinco yuntas de bueyes, la concupiscencia de la vista; y la vanidad de la vida esta simbolizada en la compra de la granja, lo que alegan en su justificación: dame te ruego, por excusado. (San Agustín, de Verb. Dei.)

Estos Fariseos fueron invitados a pertenecer a la Iglesia, tenían en su posesión la invitación, por escrito, contenida en las Sagradas Escrituras. Cristo mismo, vino a ellos y los invito de manera personal, envió a Sus apóstoles, quienes también fueron rechazados. Ahora bien, para vergüenza y escarmiento de los fariseos, quienes habían sido primeramente invitados, son ahora rechazados: “ninguno de estos hombres que habían sido invitados, probaran de mi cena”

Se llenaron de tanta vanidad y orgullo que empezaron a amar el mundo en que vivían, mucho más que el mundo que se les preparaba y les hablaban las Sagradas Escrituras.

Poseían este depósito se les leían y predicaba sobre todo esto, sin embargo, no estaban tan interesados como aparentaban estarlo. Les interesaba más aparecer santo que serlo, más conocedores que practicantes de los que enseñaban, consecuentemente fueron presas fáciles de las trampas de sus debilidades. Se dieron por completo a la concupiscencia de la carne, la vista y vanidad de la vida. Se convirtió en su prioridad más que en buscar y lograr el Reino de Dios, fueron incapaces de ver “los bosques por los árboles”. Concentrados en sí mismos que, no vieron la gran oportunidad que Dios ponía en sus vidas y la salvación eterna de sus almas.

Los fariseos de hoy día rehúsan entrar a la Iglesia aún cuando tienen la invitación en sus manos. Fueron remplazados y la cena (cielo) fue llenándose de invitados, por quienes no habían sido originalmente llamados.

San Pablo se disciplinaba y esforzaba por mantener su cuerpo sujeto, no sea que predicando a otros se perdiera el mismo. Sabía el final de los fariseos, y se preocupaba por no terminar en las mismas condiciones.

Hoy vemos repetirse la misma historia. Hay muchos que han nacido en la verdadera fe. Se les ha dado la invitación, la fe, los sacramentos, pero la han puesto a un lado para poder atender los placeres de este mundo, la concupiscencia de la carne, la vista y la vida. Casi todos los que se glorían en el nombre de cristianos o católicos han empezado a inventar excusas, para ser remplazados por otros a ocupar su lugar. ¿De qué sirve predicar y poseer el Evangelio, si se está lleno de concupiscencia y vanidad?

Dios rechazará a los grandes y poderosos y elevara a los humildes y sencillos. Quienes tiene la verdadera fe han recibido la invitación, pero si hacen todo esto a un lado para alcanzar las vanidades de este mundo, se darán cuenta rápidamente que han sido excluidos de la gran cena en el Cielo y serán remplazados por nuevos invitados.

Por lo tanto, mantengámonos fielmente humildes y obedientes para no ser rechazados del Cielo. Más bien por el contrario ser encontrados dignos herederos de esta magnífica cena, por toda la eternidad.

Así sea.

Saturday, June 6, 2009

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

7 DE JUNIO DE 2009

Queridos Hermanos:

Beda el Venerable, fue uno de los adoradores, más fervorosos, de la Santísima Trinidad. Se relata que repetía varias veces, durante el día “Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo” y que además estas fueran sus ultima palabras en su lecho de muerte. Por medio de esta devoción se le dio, no sólo la gracia de resistir todos los ataques contra su alma y salvación eterna, sino que además se le dio una gran capacidad de entendimiento sobre estos sagrados misterios, la santísima Trinidad y de Fe, permaneciendo siempre humilde.

Nosotros debemos también, venerar, adorar y glorificar a la Santísima Trinidad. Para hacer esto bien, debemos conocer lo que verdaderamente enseña la Iglesia a este respecto.

Existen tres Personas en Dios, El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta pluralidad de Personas ha sido relatada en el Antiguo Testamento. “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Génesis 1:26), He aquí el hombre es como uno de nosotros (Génesis 3:22). Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. (Salmo 2:7). Con la palabra del SEÑOR fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos con el espíritu de su boca. Psa 33:6 De acuerdo a la doctrina de los Padres de la Iglesia, se hace mención en estos textos, sobre la Santísima Trinidad. Por “Señor” entendemos Dios Padre. Por “palabra del Señor” a Dios Hijo y por “Espíritu de Su Boca”, Dios Espíritu Santo. Por estos y otros pasajes más, está claro que Dios en el Antiguo Testamento habla de Tres Personas en Dios.

Jesucristo Nuestro Señor, revelo claramente esta situación. Frecuentemente habló de Dios, Su Padre y de sí mismo como Su Hijo, quien es Uno con el Padre y a quien debemos honrar como lo hacemos con el Padre. De igual manera habló del Espíritu Santo a quien había de enviar.

En el Evangelio de hoy ordena a Sus apóstoles, enseñar y bautizar en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. En su bautismo vemos al Hijo, escuchamos la voz del Padre: “Bautizado Jesús, salió luego del agua; y he aquí que se abrieron los cielos, y vio al espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre él, mientras una voz del cielo decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias” (San Mateo 3:16). San Pablo nos dice: “La gracia del Señor Jesucristo y la caridad de Dios y la comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros” (2da Carta a los Corintios. 13:13).

Los tres son verdaderamente Dios. Dios Padre es Dios (de esto no hay duda). El Hijo es Dios como lo testifica: “Yo y el Padre somos Uno” (San Juan 10:30). Y El Espíritu Santo es verdadero Dios como lo aclara san Pedro en su mensaje a Ananías. “ ¿por qué se ha apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo” (Hechos de los Apóstoles 5:3:4).

Las tres Personas son un solo Dios. La unidad de las Personas está establecida en las Sagradas Escrituras de distintas maneras que sería inadecuado citar más pasajes para probarlo. Jesucristo Nuestro Señor declara ampliamente que las tres Personas son un solo Dios verdadero. Claramente lo dice bautizar en “el nombre”, indicando sólo uno. “Son tres los que dan testimonio en el Cielo; El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; estos Tres son uno sólo. (1 de san Juan 5:7).

La fe nos enseña que las tres Personas tienen una sola esencia y naturaleza. Existe un solo Dios, luego entonces las tres personas son un solo Dios. Cada una es verdaderamente Dios porque tiene cada uno su naturaleza Divina, pero no son tres dioses, sino Uno sólo. Nada nos queda, sino creer humildemente este misterio; y esto lo podemos hacer, mientras más esté basada nuestra fe, en la palabra infalible de Dios nuestro Señor.

Difieren entre si, en su Persona mas no en su esencia. La persona del Padre no es la del Hijo ni la del Espíritu Santo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres nombres diferentes o formas de manifestación de un Dios, sino tres Personas realmente distintas una de la otra. El Padre es de Si mismo, no creado, no engendrado, no hecho. El Hijo es del Padre únicamente, no hecho, no creado no engendrado; Y el espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no hecho, no creado no engendrado, sino que procede.

El Padre se dice es el Creador: “al principio Dios, creó el cielo y la tierra” (Génesis 3:13). Dios Hijo, “nos ha redimido” (Gálatas 3:13) Dios Espíritu Santo “eres santificado en el espíritu del Padre (1 Corintios 6:11). Estas obras son atribuidas a cada persona porque corresponden a la peculiaridad de cada Persona, sin embargo, todas obran juntas en la creación, redención y santificación.

Que esta breve instrucción referente a la Santísima Trinidad sea una chispa que incremente el conocimiento y amor hacia Diosa, para que al así hacerlo aumente nuestra fe, esperanza y Caridad.

Así sea.

Saturday, May 30, 2009

DOMINGO DE PENTECOSTES

31 DE MAYO DE 2009

Queridos Hermanos:

El día de hoy celebramos la venida del Espíritu Santo (Dios de Amor) sobre los apóstoles y la Iglesia.

Se habla mucho de paz y amor pero muy poco existe realmente. El Espíritu Santo vino a los apóstoles porque ellos amaban a Dios. Este amor se manifestó en el amor a Jesucristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. El amor a Jesucristo se manifestó al guardar y cumplir Su palabra.

Si ponemos un poquito de atención veremos que existe una cadena de eventos que nos llevan a Dios, por lo que si nos alejamos de esta conexión fallaremos en lograr nuestro objetivo que es la felicidad eterna con Dios en el Cielo.

Debemos empezar creyendo, con Fe verdadera, creer en Jesucristo, que es la Segunda Persona de la santísima Trinidad, que es verdadero Dios y verdadero Hombre.
Esta fe, nos encamina lógicamente a entender y hacer Su palabra. Esta fe nos da fuerza para querer saber qué es lo que Nos enseña, para concluir en el amor. Este amor es medido no tanto por lo que escuchamos de Su palabra sino por lo que hacemos con esta.

Este amor nos une más íntimamente con las Tres Divinas Personas. Dios nos ha amado con el mayor amor posible. Esto ocasiona que todas las almas que se encuentran en el orden establecido por Dios reflejen y trasmitan este amor. No podemos amar en la misma proporción en la que fuimos amados por primera vez, por lo tanto se nos deja amar completamente con todo lo que somos y tenemos.

Ahora que amamos a Jesucristo, el Padre nos ama aún mas enviándonos el Espíritu Paráclito para que habite en nosotros. El amor que tenemos por Dios nos acarrea una inmensidad de gracias de Él y estas gracias fortalecen e incrementan nuestro amor por Dios. Este ciclo continua todo el tiempo hasta que lo rompemos por el pecado. (La separación del amor) porque todo pecado es en esencia la falta de caridad. Pecamos cuando dejamos de amar a Dios, al dejarlo de amar dejamos de escucharlo, por lo tanto dejamos de obedecerlo (hacer Su voluntad).

Pero, ¿qué hace el Paráclito por nosotros? Atrae a nuestra mente todo lo que Jesucristo ha dicho y hecho. Conforme abrimos más nuestra mente y corazón aprendemos más y más sobre la palabra de Jesucristo. Mientras más sabemos de Jesucristo nuestro amor se incrementa y nos unimos en obediencia a Su voluntad.

Quienes no creen en Jesucristo no aman a Dios por lo tanto están condenados. Quienes tal vez si crean pero no obedecen realmente no lo aman por lo tanto corren la misma suerte que los primeros. Por lo tanto podemos decir que la mayoría serán condenados, toda vez que no aman a Dios al no cumplir Su palabra.

Los pagamos están condenados, quienes aman a Dios pero rechazan a Jesucristo también lo están así como los que rechazan Su palabra. Quienes no escuchan a Sus representantes no lo escuchan a Él, ni escuchan al Padre que lo envía, si no lo escuchan no pueden amarlo consecuentemente si no lo aman están condenados. No es suficiente proclamar fe en Jesucristo (la fe sin obras es una fe muerta). Debemos ordenar nuestras vidas a esta fe que nos hace cumplir Su voluntad.

Quienes contradicen Su voluntad como quienes promueven el divorcio, no cumplen Su palabra, no lo aman consecuentemente no tienen el Espíritu Santo en ellos, por lo tanto están perdidos. Quienes asesinan a sus hijos no nacidos por medio del aborto, manifiestan su falta de caridad y desinterés por la palabra de Dios y en sí, por Dios mismo. Quienes rehúsan beber su sangre y comer su cuerpo, rechazan Su palabra, consecuentemente serán condenados. Quienes se revelan y rechazan la obediencia a la autoridad legítima y verdadera no pueden decir que son guiados por el Espíritu Santo.
Vemos a la gran mayoría de cristianos condenados, como la gran cantidad de sectas existentes. El Espíritu Santo sólo habita en la Iglesia Católica. Fuera de la cual no existe la salvación. Sin embargo, ¿cuántos miembros de esta se salvarán? ¿Cuántos pueden realmente decir que aman a Jesucristo y dan testimonio de ello por sus acciones?

¿Dónde nos encontramos ahora? Aunque no seamos no creyentes, o falsos creyentes como muchos miembros de las sectas protestantes, o en la ya popular secta del Novus Ordo, en ningún momento podemos decir que estamos seguros de nuestra salvación.
Un examen de conciencia humilde y sincero nos dará una imagen clara de quien somos y a donde vamos en el cumplimiento de la Palabra de Jesucristo, consecuentemente de nuestro amor, fe y destino final en el Cielo o en el Infierno.

Pidamos ayuda al Espíritu Santo para que nos muestre a Jesucristo e incremente en nosotros la virtud esencial de la caridad y que aumente nuestro amor por el resto de nuestros días y continúe este amor por toda la eternidad.

Así sea.

Sunday, May 24, 2009

DOMINGO DESPUÉS DE LA ASCENSIÓN

24 DE MAYO DE 2009

Queridos hermanos:

“Os echarán de la sinagoga; y vendrá tiempo en que todo que os matare, se persuadirá hacer a Dios un obsequio”.

Todo parece indicar que la Historia se repite nuevamente. Los que poseen la verdadera son una minoría y son expulsados y excomulgados por los no creyentes y herejes. Los verdaderos fieles fueron forzados a refugiarse en las catacumbas, lugares privados o escondidos, por no ser bien vistos en los edificios que en alguna ocasión fuera la casa de Dios. Hoy día vemos lo mismo al tener que oficiar la Santa Misa en lugares privados, hoteles, hogares etc.

Las hermosas iglesias que fueron construidas por nuestros ancestros para ser utilizadas por católicos ahora se encuentran en manos de herejes y todo lo sagrado ha sido expulsado y deshonrado por ceremonias falsamente católicas.

Quienes han mantenido algo de ornamentos y símbolos católicos, han convertido en museos lo que fuera un lugar de oración.

Es repulsivo ver lo que los herejes han hecho con la casa de Dios. Son verdaderamente cueva de ladrones, porque roban a la gente de la gracia de Dios y los medios para obtenerla.

Aunque no se nos ha amenazado públicamente con quitarnos la vida, existe un número considerado de personas que quisieran vernos muertos y estoy seguro que en su mente perversa creen que de esta manera, estarían agradando a Dios.

¿Qué hemos aprendido de la historia de la Iglesia y del evangelio de este día?

No nos escandalicemos por lo que nos dice Nuestro Señor. Si le han hecho eso a El que podemos esperar nosotros, si somos Sus discípulos. Ser odiados por el mundo, ser odiados por la mayoría debe ser una medalla de honor porque el mundo y la mayoría odian a Jesucristo.

No tengamos miedo a la cruz y al sufrimiento. No tengamos temor a la crítica e insinuaciones de los herejes. Aprendamos a amar nuestra cruz y disfrutémosla ya que nos une a Cristo.

El pastor ha sido golpeado y las ovejas se encuentran dispersas. Vemos grupos reducidos o individuos aquí y allá en todas partes del mundo. Los verdaderamente bendecidos tienen la oportunidad de asistir a Misa los domingos, algunos reciben los sacramentos una vez al mes o una vez al año y algunos menos que eso.

Los Apóstoles y la Iglesia primitiva tuvieron que soportar esta cruz como lo tenemos que hacer nosotros ahora. Vemos hoy día que la Iglesia es perseguida y suprimida.

No nos volvamos pusilánimes. Estas persecuciones y sufrimientos son testimonios claros a favor de su origen divino. Unamos nuestra alma a la esposa de Jesucristo y rechacemos al demonio. Unamos nuestra alma más y más a la Iglesia, mientras más sea suprimida y perseguida teniendo como consuelo la promesa y seguridad que Jesucristo nos dice: Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre Ella.

La tentación de comprometer la fe o conformarse con esta situación, es grande, “para poder llevárnosla mejora con nuestra familia, amigos y vecinos”. Este es un instrumento muy potente en manos del demonio y de quienes odian a Jesucristo. Debemos resistir esta tentación. Tener en mente que viviremos nuestras vidas sólo para Dios es un instrumento de defensa muy fuerte en contra de los ataques del demonio. No importa lo que piensen o digan a nuestro alrededor, lo único que debe preocuparnos es que es lo que piensa Dios de nosotros y que nos dirá el día de nuestro juicio. Con este pensamiento en mente encontraremos la fuerza para resistir los ataques mortales de quienes dicen “amarnos”. Debemos ser fuertes como los apóstoles y encontrar gran consuelo por ser señalados por nuestra fe.

Debemos eliminar toda pasión desordenada de nuestra vida, ya que estas dejan ciegos a los hombres al grado de guardar los más grandes pecados y vicios como buenos y legales y más aún señalarlos como virtudes. Pongan atención a la predicación del evangelio de los verdaderos sacerdotes de Jesucristo, eviten siempre escuchar a los herejes y modernistas. Vivamos en humildad y piadosamente, para poder seguir a nuestro Señor Jesucristo en el Cielo.

Así sea.