24 DE FEBRERO DE 2013
Queridos Hermanos:
Leemos en el evangelio de hoy, como nuestro Señor Jesucristo les da, a tres de Sus discípulos, una probadita del cielo.
Los discípulos leyeron o escucharon sobre el futuro Reino y como muchos lo desearon, sin embargo, esta idea era siempre materialista y mundana.
Por lo que cuando nuestro Señor Jesucristo les habla de Su crucifixión y muerte. Se sintieron un poco más que desconcertados Estos tres (Pedro, Santiago y Juan) tuvieron la bendición de ver, una pequeña parte del Cielo.
Dios, por lo tanto el Cielo siempre estuvo con ellos, mas era apartado de su vista ya que eran todavía mundanos. Para poder experimentar realmente esto es necesario morir. No sólo la muerte física por la que han de pasar todas las creaturas de Dios, sino algo más importante, debemos morir a este mundo y a las atracciones materiales que nos mantienen sometidos.
El camino a este Reino Celestial, al que todos anhelamos llegar, debe ser y es sólo por medio del sacrificio. Los Sacrificios del Antiguo Testamento no eran perfectos y substituto del sacrificio que Dios deseaba y requería. Estos sacrificios de cosechas o animales eran aceptados por Dios en lugar de la vida de hombres pecadores.
El único sacrificio que sería completo y perfecto, fue el sacrificio de Dios hecho hombre en la Cruz del Calvario. Sin embargo, este sacrificio de Cristo no está completo en nosotros individualmente, hasta que hacemos un sacrificio similar de nosotros mismos unidos con ÉL. Esto es a lo que Cristo se refiere cuando invita a Sus discípulos y a nosotros a beber el cáliz que Él ha tomado y cargar con nuestra cruz, morir en ella como Él lo hizo.
Este pensamiento de nuestra muerte física llena, al mundano, de gran pavor y temor que ese día llegue, más para quienes han muerto ya para las cosas de este mundo, la muerte del cuerpo no les afecta. Para poder lograr esto es necesario que sigamos a Cristo y nos neguemos a nosotros mismos, tomando nuestra cruz y muriendo a este mundo. Esto es algo que nos llena de temor a menos que veamos una pequeña parte de lo que es el Cielo, como lo hicieron los Apóstoles.
Tenemos su testimonio, y esto, debe ser suficiente, más Dios en su misericordia nos ha dado sobre dos mil años de la doctrina constante de la Iglesia acompañada del testimonio de Sus santos. El problema es que ante estas evidencias nos quedamos dormidos como lo hicieron los Apóstoles. Cristo los despierta y permite que escuchen al Padre. Lo mismo hace, inspirando a Su Iglesia, despertándonos de nuestro letargo, quedándose en Su Santo Sacramento.
Mencionamos en líneas superiores que los Apóstoles han visto a Jesucristo y por lo tanto el Cielo. No entendieron esto, de la misma manera que nosotros, al recibir la Sagrada Eucaristía, fallamos en ver a Dios y consecuentemente el Cielo. Después de que los Apóstoles perdieron a Cristo el viernes Santo, se escondieron y con temor murieron a este mundo, al lamentar la pérdida de Jesús. En este estado Jesucristo regresa a ellos después de Su Resurrección, nuevamente lo vieron y sintieron un gran alivio.
La realización completa sólo llega a ellos el día de Pentecostés. Se les abrieron sus ojos y se dieron cuenta que todo ese tiempo estuvieron ante la presencia de Dios y no se dieron cuenta. En nuestro caso, la Iglesia está constantemente recordándonos que debemos ver con los ojos de la fe, que Jesucristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía y que para ver con los ojos del alma, debemos primero morir a las pasiones y placeres de este mundo. Por lo tanto, en este tiempo de cuaresma, es extremadamente necesario que empecemos o perfeccionemos este proceso.
Conforme nos integramos con las penitencias de cuaresma nos acercamos a la celebración de la resurrección. Sabemos que Cristo murió para poder resucitar, por lo tanto debemos también nosotros hacer lo mismo. Quien pierde su vida por mí la encontrara. Cristo se sacrifica nuevamente en cada Misa. Permanece con nosotros, después del Santo Sacrificio de la Misa, en el tabernáculo. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, permanece con nosotros en nuestras Iglesias.
Cuando empecemos a ver con la luz de la fe, nos daremos cuenta que nuestras Iglesias, son otro monte Tabor. Cuando entramos a nuestras iglesias, estamos entrando al Cielo. Se nos da una probadita de cielo mientras estamos en este mundo. Debemos sentir como san Pedro, quedarnos ahí por siempre. Cuando esta gracia es recibida llena el alma con profundo y sagrado silencio. Es una gracia tan sagrada que no puede ser expresada en palabras. Por lo que debemos reingresar al mundo y no hablar de la gracia y visión espiritual que hemos recibido.
En primer lugar porque la gracia fue para nosotros y no para el mundo, en segundo lugar, porque la visión no es completa ni total todavía, y no lo será hasta ser permanente. (Después de nuestra muerte física en este mundo), en tercer lugar, porque esta gracia es sagrada y no debe ser expuesta a la profanación por los mundanos.
Las gracias de Dios, por lo tanto, son frecuentemente escondidas ante los recipientes, hasta que llega el momento adecuado. Su humildad, fe y amor profundo por Dios se lo exige, y verdaderamente no pueden hacer otra cosa.
Los débiles, son con frecuencia envueltos por el orgullo, la vanidad, y la divulgación de las cosas que han recibido, perdiendo con esto todo mérito, así como los fraudulentos que dicen haber recibido algo cuando en realidad no han recibido nada.
La total aceptación de la presencia real, de Dios en la Sagrada Eucarística y la probadita del Cielo en este mundo se nos dan si seguimos a Jesucristo en el calvario de la penitencia. La plenitud de esta visión y sabor, sin embargo, nos está reservado para después de morir completamente en esta vida, en el amor de la cruz, por ser la entrada al eterno, tabernáculo del Cielo.
La vida empieza en y con la muerte.
Saturday, February 23, 2013
Saturday, February 16, 2013
DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA
17 DE FEBRERO DE 2013
Queridos Hermanos:
Nuestra vida está siempre, acompañada de tentaciones. Los demonios están siempre listos y dispuestos a hacernos caer. Si nos damos cuenta de que ya sentimos la inclinación a la tentación, debemos entonces si preocuparnos. Los demonios ya no se preocupan de los caídos que no pretenden ni siquiera levantarse.
No señalamos esto para caer en la desesperación o la no esperanza, sino más bien para motivarnos y seguir adelante. El ser tentados es señal de que estamos haciendo algo bien o correcto, que molesta a los demonios. Mientras más grande sea nuestro amor por Dios, mayor serán los ataques de los demonios.
Además del ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia nos muestra la vida de muchos santos a quien debemos imitar. San Juan María Vianney, el Cura de Ars, nos da un gran ejemplo de las maquinaciones del demonio. Mientras mayores fueran los asaltos de los demonios sobre este humilde sacerdote, mayor era su alegría. Los ataques del demonio le indicaban al santo cura que pronto recobraría algún pecador al camino de la virtud. Se burlaba, incluso de los demonios cuando se mostraban más violentos diciéndoles que les daba la bienvenida ya que con esto capturaría un pez grande (un pecador).
Los padres del desierto hablan de la visión que tuvo un hombre al ver un solo demonio, sobre la ciudad y una multitud de estos sobre un monasterio. La visión se explicaba que era sólo necesario un demonio para mandar a toda la ciudad entera, al infierno. Decían incluso que este mismo demonio tenía pocas cosas que hacer. Mientras que en el monasterio donde la mayoría buscaba la forma de agradar a Dios e incrementar su amor, nunca había suficientes demonios para contrarrestarlo.
Mientras más nos acercaos a Dios y buscamos con mayor insistencia complacerlo, mayor serán los ataques de los demonios.
Mientras mayor sea nuestra distancia con Dios, menos será la influencia o ataques del demonio. Podemos decir, por lo tanto, que para medir nuestra vida espiritual es necesario checar las tentaciones que sufrimos.
Luego entonces, podemos decir que mientras más sea nuestro sufrimiento y tentaciones más cerca estamos de Dios y viceversa, a menos tentaciones más alejados estamos de Él.
El Cuerpo Místico de Jesucristo, está dividido en tres partes, la Iglesia Triunfante, la Iglesia Purgante y la Iglesia Militante. A la que pertenecemos nosotros, luego entonces podemos decir que estamos en constante guerra. La batalla es por nuestra alma, el amor y aflicciones de nuestro corazón.
Dios nos pide todo nuestro amor. Los demonios, sólo necesitan alejarnos de este mor, en la más mínima dirección, no les importa si adoramos a los demonios, al hombre o a nosotros mismos o cualquier otra criatura, logran su objetivo al alejarnos de Dios.
Nuestros días en esta vida, están contados, por lo que demonios al saber esto se da cuenta de que es muy corto el tiempo para hacernos caer y destruirnos. Al irnos acercando al final de esta vida, los ataques se vuelven mucho más violentos y constantes, porque odian saber que otra alma puede ingresar a la felicidad eterna del Cielo.
Al ir avanzando en edad nuestros cuerpos se vuelven viejos y cansados, incrementando los demonios sus ataques. Si hemos llevado una vida buena y de virtud, estaremos acostumbrados a someter estos ataques, al grado de que se conviertan en una segunda naturaleza para nosotros, y es muy poco lo que los demonios pueden hacernos, aparte de incrementar sus ataques. Podremos decir con san Pablo: hemos luchado el buen combate.
Lamentablemente hay muy pocos que han vivido realmente en lo bueno, por lo que los ataques del demonio en los últimos momentos de la vida, son más frecuentes y con la mas mínima resistencia si la hay del todo.
En esta batalla de por vida, debemos siempre luchar. Si no encontramos razón para ello, debemos entonces, preguntarnos que es de nuestro amor por Dios. ¿Lo amamos realmente con todo nuestro corazón, mente y alma?
Las tentaciones son una de las primeras cruces que Cristo nos invita a cargar todos los días. Nos pide luchar esta batalla siempre. Tal vez nos demos cuenta que constantemente estamos cayendo. No nos desesperemos, más bien veamos como Jesucristo cayó en el camino al Calvario, se levantó y continuó nuevamente. La esperanza ya no existe para quienes están en el infierno.
Si no estamos en el infierno tenemos todavía posibilidad y esperanza de lograr la victoria. Dios está siempre esperándonos con Su gracia si lo invocamos y cooperamos con los instrumentos que nos ha dejado, a nuestra disposición, para lograrlo (los sacramentos, la penitencia, la oración etc.)
En este tiempo de Cuaresma, iniciemos nuestro entrenamiento y fortaleza para la batalla. Debemos mantener en la mente que estamos en una de las más grandes batallas y que debemos luchar hasta el último respiro de esta vida.
No existe tiniebla ni la incertidumbre en esta guerra, al estar Dios luchando a nuestro lado, si luchamos por Él.
¿Quién puede contra nosotros si estamos con Dios? Aún si el ataque fuera con la fuerza de todos los demonios, son nada, ante Dios.
Debemos de igual manera recordar siempre que Dios no permitirá que seamos tentamos mas allá de nuestra fuerza.
Nos da siempre, la gracia y medios necesarios para salir victoriosos ante cualquier ataque.
Sólo necesitamos acudir a Él y hacer uso de las armas espirituales que nos ha dado.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Nuestra vida está siempre, acompañada de tentaciones. Los demonios están siempre listos y dispuestos a hacernos caer. Si nos damos cuenta de que ya sentimos la inclinación a la tentación, debemos entonces si preocuparnos. Los demonios ya no se preocupan de los caídos que no pretenden ni siquiera levantarse.
No señalamos esto para caer en la desesperación o la no esperanza, sino más bien para motivarnos y seguir adelante. El ser tentados es señal de que estamos haciendo algo bien o correcto, que molesta a los demonios. Mientras más grande sea nuestro amor por Dios, mayor serán los ataques de los demonios.
Además del ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia nos muestra la vida de muchos santos a quien debemos imitar. San Juan María Vianney, el Cura de Ars, nos da un gran ejemplo de las maquinaciones del demonio. Mientras mayores fueran los asaltos de los demonios sobre este humilde sacerdote, mayor era su alegría. Los ataques del demonio le indicaban al santo cura que pronto recobraría algún pecador al camino de la virtud. Se burlaba, incluso de los demonios cuando se mostraban más violentos diciéndoles que les daba la bienvenida ya que con esto capturaría un pez grande (un pecador).
Los padres del desierto hablan de la visión que tuvo un hombre al ver un solo demonio, sobre la ciudad y una multitud de estos sobre un monasterio. La visión se explicaba que era sólo necesario un demonio para mandar a toda la ciudad entera, al infierno. Decían incluso que este mismo demonio tenía pocas cosas que hacer. Mientras que en el monasterio donde la mayoría buscaba la forma de agradar a Dios e incrementar su amor, nunca había suficientes demonios para contrarrestarlo.
Mientras más nos acercaos a Dios y buscamos con mayor insistencia complacerlo, mayor serán los ataques de los demonios.
Mientras mayor sea nuestra distancia con Dios, menos será la influencia o ataques del demonio. Podemos decir, por lo tanto, que para medir nuestra vida espiritual es necesario checar las tentaciones que sufrimos.
Luego entonces, podemos decir que mientras más sea nuestro sufrimiento y tentaciones más cerca estamos de Dios y viceversa, a menos tentaciones más alejados estamos de Él.
El Cuerpo Místico de Jesucristo, está dividido en tres partes, la Iglesia Triunfante, la Iglesia Purgante y la Iglesia Militante. A la que pertenecemos nosotros, luego entonces podemos decir que estamos en constante guerra. La batalla es por nuestra alma, el amor y aflicciones de nuestro corazón.
Dios nos pide todo nuestro amor. Los demonios, sólo necesitan alejarnos de este mor, en la más mínima dirección, no les importa si adoramos a los demonios, al hombre o a nosotros mismos o cualquier otra criatura, logran su objetivo al alejarnos de Dios.
Nuestros días en esta vida, están contados, por lo que demonios al saber esto se da cuenta de que es muy corto el tiempo para hacernos caer y destruirnos. Al irnos acercando al final de esta vida, los ataques se vuelven mucho más violentos y constantes, porque odian saber que otra alma puede ingresar a la felicidad eterna del Cielo.
Al ir avanzando en edad nuestros cuerpos se vuelven viejos y cansados, incrementando los demonios sus ataques. Si hemos llevado una vida buena y de virtud, estaremos acostumbrados a someter estos ataques, al grado de que se conviertan en una segunda naturaleza para nosotros, y es muy poco lo que los demonios pueden hacernos, aparte de incrementar sus ataques. Podremos decir con san Pablo: hemos luchado el buen combate.
Lamentablemente hay muy pocos que han vivido realmente en lo bueno, por lo que los ataques del demonio en los últimos momentos de la vida, son más frecuentes y con la mas mínima resistencia si la hay del todo.
En esta batalla de por vida, debemos siempre luchar. Si no encontramos razón para ello, debemos entonces, preguntarnos que es de nuestro amor por Dios. ¿Lo amamos realmente con todo nuestro corazón, mente y alma?
Las tentaciones son una de las primeras cruces que Cristo nos invita a cargar todos los días. Nos pide luchar esta batalla siempre. Tal vez nos demos cuenta que constantemente estamos cayendo. No nos desesperemos, más bien veamos como Jesucristo cayó en el camino al Calvario, se levantó y continuó nuevamente. La esperanza ya no existe para quienes están en el infierno.
Si no estamos en el infierno tenemos todavía posibilidad y esperanza de lograr la victoria. Dios está siempre esperándonos con Su gracia si lo invocamos y cooperamos con los instrumentos que nos ha dejado, a nuestra disposición, para lograrlo (los sacramentos, la penitencia, la oración etc.)
En este tiempo de Cuaresma, iniciemos nuestro entrenamiento y fortaleza para la batalla. Debemos mantener en la mente que estamos en una de las más grandes batallas y que debemos luchar hasta el último respiro de esta vida.
No existe tiniebla ni la incertidumbre en esta guerra, al estar Dios luchando a nuestro lado, si luchamos por Él.
¿Quién puede contra nosotros si estamos con Dios? Aún si el ataque fuera con la fuerza de todos los demonios, son nada, ante Dios.
Debemos de igual manera recordar siempre que Dios no permitirá que seamos tentamos mas allá de nuestra fuerza.
Nos da siempre, la gracia y medios necesarios para salir victoriosos ante cualquier ataque.
Sólo necesitamos acudir a Él y hacer uso de las armas espirituales que nos ha dado.
Así sea.
Saturday, February 9, 2013
DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA
10 DE FEBRERO DE 2013
Queridos Hermanos:
En el evangelio de hoy, nos damos cuenta como, Nuestro Señor Jesucristo, está preparando a sus discípulos, antes de Su crucifixión y muerte. De la misma manera nuestra Santa Madre la Iglesia, nos prepara a nosotros para la Semana Santa.
Los apóstoles no comprendían lo que Jesús les estaba diciendo. No podían imaginar que nuestro Señor Jesucristo sufriera tanto y tuviera que morir. Fueron testigos de las grandes maravillas y prodigios que Nuestro Señor había hecho por la gente. ¿Cómo puede morir quien es todo poderoso, capaz de hacer todas las cosas?
Lamentablemente, aún hoy en nuestros días, las cruces, el sufrimiento y dolor permanecen como misterio para nosotros, como lo fue en aquel tiempo para los apóstoles. Fue solo después de la Gloriosa Resurrección de Cristo, que empezaron, los apóstoles, a entender. Tal vez, lo mismo sucede con nosotros, nuestro entendimiento será completo cuando nuestra fe sea confirmada por medio de alguna manifestación maravillosa de Cristo. Con toda esperanza, deseamos que esto suceda antes de que sea demasiado tarde para salvar nuestra alma.
El ciego que se encontraba postrado al lado del camino, sin ver las maravillas que hacía Jesucristo, creyó. Su fe lo ayudo. Muchas veces nosotros, nos comportamos como este pobre hombre, cegados e incapaces de ver la verdadera luz de Dios.
Este hombre estaba obligado por las circunstancias a pedir limosna, comida y todo tipo de necesidades de esta vida, para poder vivir.
En nuestras oraciones, con frecuencia parecemos limosneros, pidiendo para las necesidades de este mundo. No es este el problema, sino nuestro apego a estas cosas. Nuestro amor por estas nos dejan ciego ante la Verdadera Luz. Suplicamos en nuestras oraciones, pero lo hacemos por las cosas equivocadas. No sabemos, qué es, por lo que debemos suplicar en nuestras oraciones. Razón por la que no sabemos por qué nuestras oraciones no son respondidas o con respuestas diferentes a las esperadas.
Nuestra fe es débil por lo tanto siempre estamos incompletos. Debemos buscar primero el Reino de Dios. Con frecuencia nuestras oraciones son obscuras y no muy claras. Pedimos con nuestra mente pero nuestro corazón esta distraído en otra cosa. Los pecados que hemos cometido vienen y nos acosan perturbando nuestra oración, cuando queremos hablar con Dios.
Todos esos obstáculos nos ocultan a Jesucristo. Nuestro amor por las cosas de este mundo, nos calla de la misma manera que la multitud callaba al ciego. Se interponen en nuestro camino, callando con frecuencia nuestras oraciones. La lección que debemos aprender del ciego, que nos relatan las lecturas de hoy, es que, debemos perseverar hasta el final.
Cuando nuestros pecados y el amor de las cosas materiales traten de detener nuestra unión con Jesucristo, es cuando debemos orar y suplicar con mayor esfuerzo. Debemos suplicar a Dios no al mundo, debemos vencer el clamor de las multitudes con una mayor determinación de nuestra parte, especialmente con quienes tratan de alejarnos de Dios.
Si suplicamos con fuerte voz y de manera perseverante, Jesucristo sin duda se detendrá y permitirá que nos acerquemos a Él. Para luego hacernos Jesucristo, la pregunta más importante: ¿Qué desea de mí? Este es el momento en el que no debemos fallar. El mendigo en todos y cada uno de nosotros está dispuesto a pedir, dinero, poder, prestigio, cosas materiales y mundanas. Esto no es lo que debemos buscar. Dios conoce nuestras necesidades materiales. Todo esto lo puede proveer, de manera fácil. ¿De que nos sirven todas las cosas materiales, si no tenemos ojos o luz para poder verlos? Si no podemos ver, no podemos apreciar la belleza ni la bondad de estas.
Sin la Luz de Dios no podemos avanzar en la vida espiritual. Nuestra fe debe crecer al grado de considerar las cosas materiales sin valor si nos falta la vida sobrenatural. Debemos valorar más la luz que las cosas que ilumina. Debemos amar más a Dios creador que todas Sus creaturas creadas juntas.
Nuestra oración debe ser, Señor, haz que vea. Debemos hacer a un lado nuestro deseo por las cosas materiales para poder ver a Dios. Una vez hecho esto, podemos ver todas las cosas creadas por él y apreciarlas de manera apropiada. Seremos llevados con san Pablo, que nos dice, que hace uso de las cosas de este mundo, sin usarlas, para apreciar todas estas maravillosas creaturas, en Dios por Dios y para Dios.
A este nivel, todas las cosas materiales y mundanas dejaran de ser una sombra que impida ver de manera clara a Dios Nuestro Señor. Más bien, se convertirán, estas cosas materiales en lentes especiales que nos ayudarán a ver más claramente y entender mejor lo que es de Dios. Veremos, claramente con una nueva luz, a Dios y al mundo.
En este tiempo de Penitencia es donde empezamos nuestra oración como el ciego. En la penitencia hacemos a un lado las cosas materiales y enfocamos toda nuestra atención en Jesucristo. Cada vez más y más, debemos, en este tiempo de penitencia, exclamar el auxilio de Dios, callando las pasiones y cosas de este mundo. Pidiendo a Dios que nos de lo que más falta nos haga, la luz del alma para ver la verdad y acudir a la vida eterna.
El resto de nuestros días en este mundo, no debemos detener esta suplica, por la gracias y luz espiritual, de Dios. No nos detengamos por los demás ni por nuestros pecados del pasado, sino más bien con un mayor fervor busquemos a Jesucristo.
Mientras mayor sea nuestro amor y fervor por Dios; el amor de las cosas de este mundo y atracción al pecado será cada vez menor.
Así sea.
Saturday, February 2, 2013
DOMINGO DE SEXAGESIMA
3 DE FEBRERO DE 2013
Queridos Hermanos:
Jesucristo nos ha hablado en parábolas de las cuales, el significado nos ha sido ocultado, por ser nosotros, más bien carnales que espirituales. Nuestros pecados y naturaleza caída por este, son el principal obstáculo para entender nuestra fe.
El día de hoy, sin embargo, ha considerado apropiado explicar en detalle esta parábola. Al no ser capaces nosotros de elevarnos a ÉL, ha decidió acercarse a nosotros.
Jesucristo nos muestra un ajuste ordenado del alma que, se pierde al no recibirlo bien a ÉL o a SU gracia. La cual abunda en quienes si lo hacen. Hay tres niveles de los que se han perdido y tres niveles de los que sí han sido bendecidos.
Las aves representan al demonio, estos, atacan la Palabra de Dios en todas partes y todo tipo de suelo (almas) lo hacen con mayor facilidad sobre las almas duras y trilladas. Este tipo de almas permiten que todas los gozos y placeres de este mundo los envuelva, por lo que en estos, la Palabra de Dios, no puede nunca germinar.
El siguiente tipo de almas, el demonio rara vez los ataca, toda vez que aunque la Palabra de Dios germina en ellas, fácilmente la alejan y permiten que muera ante la primera tentación. Donde están las espinas, la Palabra de Dios, puede germinar y crecer, más no se le permite desarrollarse completamente, las riquezas de este mundo ahogan la palabra de Dios.
El mundo es un regalo de Dios para que nos acerque más a Él, pero ante nuestra naturaleza caída anteponemos todo lo mundano para alejarnos más y más de Dios. Por lo que las riquezas de este mundo, se vuelven espinas que lastiman y hieren nuestra alma. Ahogan y roban la luz, humedad y nutrientes, a la Palabra de Dios, impidiendo su crecimiento. Nos deja con una mínima porción de fe y verdad, para que vivamos en la fantasía de que estamos complaciendo a Dios.
No podemos tener a ambas creciendo de la misma manera en nuestro corazón y alma. No podemos servir a Dios y al mundo.
Si la Palabra de Dios ha de madurar en nosotros debemos arduamente trabajar en la preparación de nuestra alma. La uva debe ser triturada para que pase a ser un buen vino. Como sucede con el olivo para que produzca buen aceite, el grano debe ser azotado para que pueda limpiarse. Por lo que debemos ser estrujados, golpeados y machacados para poder ser dignos de merecer y desarrollar propiamente la Palabra de Dios en nosotros.
Hay tres categorías que se perdieron, por eso Jesucristo nos muestra los tres que se salvaron. Hay semillas que producen al cien, sesenta y treinta por ciento. El grado de abundancia depende, en primer lugar de Dios que da e incrementa su gracia donde a Él le place. Pero en segundo lugar, depende de nosotros, que tan bien aceptamos y recibimos este trato, estrujo, golpe y machacado, para expulsar la corrupción de nosotros.
No debemos pensar que Dios debe hacer todo y nos deje sin cosas que hacer de nuestra parte. La semilla, es igualmente buena como cae con todos. Es la disposición de cada alma, que hace la diferencia. Dios ha dado la gracia, corresponde a nosotros cooperar. La única manera de hacer esto, es hacer nuestra alma receptiva, merecedora y fértil.
Es difícil y doloroso tener un alma fértil, limpia y suave, pero es algo que necesariamente debemos hacer. No es el amor de este mundo y las cosas de este, que es lo que nos perjudica, sino el amor desordenado que tenemos de estos. Debemos amar en primer lugar a Dios y todo lo que ÉL ama. Todo lo que Dios ha hecho es bueno y debemos amarlo. El problema consiste en amar más lo creador que al Creador mismo.
Nuestra naturaleza caída ha invertido el amor, en lugar de tener a Dios por encima de todo, lo consideramos al último, o en niveles inferiores. El dolor comienza cuando debemos corregir este amor invertido, haciendo a un lado el amor o los amores pasajeros, que hemos colocado en el lugar de Dios y buscar de manera constante amar más y ante todo, a Dios.
Mientras más amamos mas es el sufrimiento que debemos experimentar, más no debemos tener miedo, ya que Dios nos ha de ayudar si verdaderamente lo queremos. La invitación de tomar diariamente nuestra cruz encargarnos de la cultivación de nuestra alma soportando este dolor y sufrimiento, es recompensado, no sólo con, una cosecha provechosa del cien, sesenta y treinta por ciento, sino que va más allá, la promesa de, hacer que en esta vida, la cruz sea dulce y ligera.
El ser estrujados, machacados y sacudidos aunque sea doloroso, nos llenan de la alegría, al saber que produciremos buen vino, aceite saludable y semillas fértiles. Una vez que vemos que estamos logrando esto, nos daremos cuenta que nuestro trabajo es dulce y placentero.
Encontremos el gozo de laborar para Dios y nuestra alma, en esta vida, pero mayor y particularmente en la cosecha abundante de la bondad de Dios por toda la eternidad.
Así sea
Queridos Hermanos:
Jesucristo nos ha hablado en parábolas de las cuales, el significado nos ha sido ocultado, por ser nosotros, más bien carnales que espirituales. Nuestros pecados y naturaleza caída por este, son el principal obstáculo para entender nuestra fe.
El día de hoy, sin embargo, ha considerado apropiado explicar en detalle esta parábola. Al no ser capaces nosotros de elevarnos a ÉL, ha decidió acercarse a nosotros.
Jesucristo nos muestra un ajuste ordenado del alma que, se pierde al no recibirlo bien a ÉL o a SU gracia. La cual abunda en quienes si lo hacen. Hay tres niveles de los que se han perdido y tres niveles de los que sí han sido bendecidos.
Las aves representan al demonio, estos, atacan la Palabra de Dios en todas partes y todo tipo de suelo (almas) lo hacen con mayor facilidad sobre las almas duras y trilladas. Este tipo de almas permiten que todas los gozos y placeres de este mundo los envuelva, por lo que en estos, la Palabra de Dios, no puede nunca germinar.
El siguiente tipo de almas, el demonio rara vez los ataca, toda vez que aunque la Palabra de Dios germina en ellas, fácilmente la alejan y permiten que muera ante la primera tentación. Donde están las espinas, la Palabra de Dios, puede germinar y crecer, más no se le permite desarrollarse completamente, las riquezas de este mundo ahogan la palabra de Dios.
El mundo es un regalo de Dios para que nos acerque más a Él, pero ante nuestra naturaleza caída anteponemos todo lo mundano para alejarnos más y más de Dios. Por lo que las riquezas de este mundo, se vuelven espinas que lastiman y hieren nuestra alma. Ahogan y roban la luz, humedad y nutrientes, a la Palabra de Dios, impidiendo su crecimiento. Nos deja con una mínima porción de fe y verdad, para que vivamos en la fantasía de que estamos complaciendo a Dios.
No podemos tener a ambas creciendo de la misma manera en nuestro corazón y alma. No podemos servir a Dios y al mundo.
Si la Palabra de Dios ha de madurar en nosotros debemos arduamente trabajar en la preparación de nuestra alma. La uva debe ser triturada para que pase a ser un buen vino. Como sucede con el olivo para que produzca buen aceite, el grano debe ser azotado para que pueda limpiarse. Por lo que debemos ser estrujados, golpeados y machacados para poder ser dignos de merecer y desarrollar propiamente la Palabra de Dios en nosotros.
Hay tres categorías que se perdieron, por eso Jesucristo nos muestra los tres que se salvaron. Hay semillas que producen al cien, sesenta y treinta por ciento. El grado de abundancia depende, en primer lugar de Dios que da e incrementa su gracia donde a Él le place. Pero en segundo lugar, depende de nosotros, que tan bien aceptamos y recibimos este trato, estrujo, golpe y machacado, para expulsar la corrupción de nosotros.
No debemos pensar que Dios debe hacer todo y nos deje sin cosas que hacer de nuestra parte. La semilla, es igualmente buena como cae con todos. Es la disposición de cada alma, que hace la diferencia. Dios ha dado la gracia, corresponde a nosotros cooperar. La única manera de hacer esto, es hacer nuestra alma receptiva, merecedora y fértil.
Es difícil y doloroso tener un alma fértil, limpia y suave, pero es algo que necesariamente debemos hacer. No es el amor de este mundo y las cosas de este, que es lo que nos perjudica, sino el amor desordenado que tenemos de estos. Debemos amar en primer lugar a Dios y todo lo que ÉL ama. Todo lo que Dios ha hecho es bueno y debemos amarlo. El problema consiste en amar más lo creador que al Creador mismo.
Nuestra naturaleza caída ha invertido el amor, en lugar de tener a Dios por encima de todo, lo consideramos al último, o en niveles inferiores. El dolor comienza cuando debemos corregir este amor invertido, haciendo a un lado el amor o los amores pasajeros, que hemos colocado en el lugar de Dios y buscar de manera constante amar más y ante todo, a Dios.
Mientras más amamos mas es el sufrimiento que debemos experimentar, más no debemos tener miedo, ya que Dios nos ha de ayudar si verdaderamente lo queremos. La invitación de tomar diariamente nuestra cruz encargarnos de la cultivación de nuestra alma soportando este dolor y sufrimiento, es recompensado, no sólo con, una cosecha provechosa del cien, sesenta y treinta por ciento, sino que va más allá, la promesa de, hacer que en esta vida, la cruz sea dulce y ligera.
El ser estrujados, machacados y sacudidos aunque sea doloroso, nos llenan de la alegría, al saber que produciremos buen vino, aceite saludable y semillas fértiles. Una vez que vemos que estamos logrando esto, nos daremos cuenta que nuestro trabajo es dulce y placentero.
Encontremos el gozo de laborar para Dios y nuestra alma, en esta vida, pero mayor y particularmente en la cosecha abundante de la bondad de Dios por toda la eternidad.
Así sea
Saturday, January 26, 2013
DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA
27 DE ENERO DE 2013
Queridos hermanos:
Los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos.
A simple vista, esta enseñanza de Cristo, tomada del evangelio de hoy; parece ser una injusticia. Evidentemente como lo vemos posteriormente, no es injusto, es más bien nuestra naturaleza caída que así lo aprecia, al ser lenta y no ver los caminos de Dios.
El obrero que estuvo trabajando todo el día, recibió exactamente lo que habían acordado. No existe ninguna injusticia. Esperaban recibir más, gracias a su avaricia y por su orgullo creían merecer más y luchaban en contra de la idea de que los demás deberían ser colocados en la misma condición que ellos. No faltaron los celos.
Los otros no habían trabajado ni sufrido tanto como los primeros, por lo que no les parecía incorrecto que, habiendo trabajado y sufrido menos, recibieran la misma recompensa. Desearían haber iniciado sus labores a la última hora de la jornada, en lugar de las primeras. Se lamentaban haber trabajado todo el día.
Nuestra vida está representada por un día. Algunos entra al servicio de y amor de Dios, a temprana edad, dedicando así, todo el su vida (día) en este servicio. Otros lo hacen en diferentes etapas de sus vidas, algunos lo hacen, incluso a las once horas, en el último minuto. Todos reciben la misma recompensa, la salvación.
La mayoría de las personas jamás ingresan, o renuncian abandonando todo antes de terminar su vida (día), por lo que nunca reciben el pago, su salvación.
No es tan importante en que etapa de nuestra vida ingresamos a la Iglesia (viña), como lo es perseverar hasta el final. Nuestra naturaleza caída busca el camino más fácil o el que nos exige menos. Mostrando con esto la maldad de nuestra naturaleza caída por el pecado.
El servir a Dios debe ser un servicio de amor y debe engendrar gozo y alegría. Debemos estas ansiosos por ingresar lo más pronto posible y buscar servir a Dios, por mucho tiempo y mejor cada vez. Es un gran honor ingresar a la Iglesia para servir a Dios, igualando el privilegio de servirlo con nuestra gratitud.
San Agustín se lamentaba amargamente de haber ingresado a la Iglesia ya avanzada su edad. Estas fueron sus palabras, según nos lo relata en sus Confesiones: “Te he amado tarde Dios mío, pero te amo ahora, y busco amarte cada vez más, día con día”. EL amor nunca busca ser menos, siempre quiere ser lo mejor. El verdadero amor no se preocupa por reconocimiento ni recompensa. Nunca se preocupa por lo que cuesta amar.
Sin embargo, nuestra naturaleza caída por el pecado, nos ha dado un concepto equivocado del amor, que busca sólo nuestro bienestar y recompensa personal, menos sacrificio.
Cuando trabajamos y nos sacrificamos por amor, nuestras acciones se vuelven una alegría en sí mismas. Quienes actúan por amor son ellos su misma recompensa. Cristo nos ha dicho que si tomamos nuestra cruz por amor a ÉL, convertirá estas en suaves y ligeras (San Mateo 11:30). Este amor desea que los demás también tomen parte en esto, mas no se compara con nadie.
El verdadero amor sólo se compara con el objeto de su amor – Dios. Al ver la forma en que Cristo nos ama, sólo debemos sentir vergüenza al no corresponderle de la misma manera. Somos humillados, vemos que no lo merecemos, y qué bondadoso es Dios con nosotros.
No importa desde cuándo, ni la cantidad ni el tiempo que amemos a Dios, siempre será nada, comparado al Amor de Dios por nosotros. La gracia de la salvación siempre será un gran pago que debemos hacer y que no merecemos. Si el verdadero amante, da un vistazo a sus compañeros de labor, verá lo mucho que trabajan su salvación, en el amor y la bondad. No se fija en sus debilidades, sino más bien, en su fuerza y se siente humilde al ver el bien y lo mucho que han avanzado los demás y que él no ha podido lograr.
De esta manera, no siente envidia ni celos de lo que reciben los demás, sino más bien aprecia los sacrificios y obras que han realizado. De esta manera buscamos siempre hacer más (nunca menos) por Dios. Jamás intentaremos quitar ni destruir lo que han hecho los demás, para que simulemos ser mejores, más bien, envueltos en el verdadero amor buscaremos que Dios sea amado en grado máximo, buscando inspirar a los demás a lograr más de lo que hemos nosotros logrado, uniéndonos mutuamente en sacrificios por el amor de Dios.
Busquemos todos, este amor verdadero, sin preocuparnos si los demás entran al cielo habiendo laborado menos que nosotros, más bien procuremos hacer más y amar más. Teniendo siempre en mente que nuestra salvación es y será siempre un don de Dios y algo mucho más allá de lo que realmente merecemos.
Así sea
Saturday, January 19, 2013
SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA
19 DE ENERO DE 2013
Queridos hermanos:
Constantemente pedimos por el “pan nuestro de cada día” en la oración del Padre Nuestro. Al hacer esto recordamos que, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Necesitamos, no sólo alimento para nuestro cuerpo sino aún algo más importante, necesitamos la alimentación de nuestra alma, el alimento espiritual que nos ha de nutrir y transformar.
Los vasos de piedra son considerados fríos e insípidos; como lo es considerada nuestra instrucción espiritual que es duradera. Estos contienen las verdades sobrenaturales que a primera vista parecen ordinarias.
La Iglesia es el símbolo de estos vasos de piedra, es duradera, guarda y distribuye verdades sobrenaturales que da a beber a todos los asistentes a la boda del Cielo. Esta bebida, aparece en primer término como simple agua, por lo que, es vista como insignificante y simple. Sin embargo, si observamos con cuidados nos daremos cuenta que las verdades simples y humildes son las más importantes y profundas; el agua es entonces convertida en vino.
En todos los niveles de nuestra vida espiritual nos daremos cuenta que encontraremos todo lo necesario en estos vasos de piedra, La Iglesia. Para quienes están fuera de esta, los vasos aparecen de manera insignificante y vacios, nada para sostener su alma.
Para los principiantes en la fe, los encuentran refrescantes, pero conteniendo simple agua. Conforme vamos madurando en la fe y la vida espiritual, descubrimos la belleza y gozo, del vino que alimenta el alma.
La Iglesia tiene siempre algo para todos y estamos obligados a buscar en ella “el pan nuestro de cada día”
Muchos entran a la Iglesia y la encuentran vacía porque sus almas así lo están. Con frecuencia nos preguntamos si tales personas tienen algún tipo verdadero de fe, o por qué se molestan a acercarse a la Iglesia. El hueco de los vasos de piedra se puede encontrar en todas las Iglesias falsas, donde en su multitud de seguidores se encuentra esta gran vanidad y vacio. Tienen edificios impresionantes pero vacios de cualquier nutriente verdaderamente espiritual. Hay incluso quienes no ven mucha diferencia entre la verdadera Iglesia y las falsas, por estar buscando solamente en lo superficial y vacio de los edificios.
Algunos entran a la Iglesia y sólo pueden saborear agua. El desarrollo espiritual ha pasado por la etapa vanidosa, y encuentran verdadero refrigerio en la doctrina, como lo hacen con el agua; pero el gozo y alegría que acompaña al vino, nunca lo alcanzan.
Hay muchos que tienen un “conocimiento” superficial de la doctrina de la iglesia y con frecuencia dicen tales cosas como “ yo conozco mi fe” y no ven la necesidad de estudiar y prepararse más allá de este conocimiento, lo que aprendieron en sus catecismo, cuando niños, les parece suficiente.
Este “conocimiento” no es amado y cuando piensan estar saboreando el vino de la verdadera doctrina, lo único que los alimenta es simple agua, que sólo humedece su necesidad por una bebida mucho mayor, pero lamentablemente no desean seguir avanzando.
Estos son los “niños” de la Iglesia, que no están preparados para cosas mayores, son fácilmente engañados y arrastrados por las falsas doctrinas y tentaciones, de los anzuelos de vanidad y vacio que enseñan los herejes.
El mejor vino está reservado para lo último, para los adultos, maduros en su fe. Para alcanzar este nivel debemos pasar primero por la vanidad vacía de las falsas religiones, encontrando la verdadera doctrina de la Iglesia.
Al recibir la verdadera fe, buscamos la frescura de sus aguas, somos materialistas y mundanos, ansiosos por bendiciones materiales. Pensamos que esto es suficiente. Este conocimiento no es suficiente, debemos amar. Al aumentar nuestra fe en nosotros, debemos amar cada vez más. El joven adulto, por así decirlo, busca saborear el vino del amor verdadero en la fe. Es aquí donde Cristo transforma el agua en vino. Mientras mayor es el amor, más placentero se vuelve este vino.
En el transcurso de nuestra vida espiritual nos damos cuenta que el vino se agota, muchas veces se termina sin que nos demos cuenta, alcanzamos una llanura, un estancamiento. Caemos en un conformismo al ver las cosas desde un punto de vista mundano. El vino se ha agotado para todos los que se encuentran en esta situación. La cual se vuelve, muy peligrosa toda vez que, cuando la fe ha perdido su sabor y valor tenemos el peligro latente de perderla. La Palabra de Dios deja de alimentar nuestra alma.
Los demonios se encuentran ansiosos por eliminar y callar este amor, logrando en ocasiones que este vino se termine y nos regrese a la fe que no es otra cosa que el total abandono y vacio.
En la vida espiritual nos encontramos en muchas ocasiones con una resequedad y obscuridad. Muchas veces nos toma de sorpresa, olvidándonos de pedir y suplicar a Dios nos la regrese. Es aquí donde entra la Madre de Dios. Si María santísima es invocada, amada y honrada por nosotros, y compañera de nuestra vida, ella se encargará de ver que el vino nunca nos falte. Ella está al pendiente de nosotros mucho antes de que el vino empiece a terminarse, ella conoce nuestro corazón y sabe cuando se está secando, será Ella la que acuda a Su Hijo para decirle. “ya no tienen vino”.
Así sea.
Queridos hermanos:
Constantemente pedimos por el “pan nuestro de cada día” en la oración del Padre Nuestro. Al hacer esto recordamos que, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Necesitamos, no sólo alimento para nuestro cuerpo sino aún algo más importante, necesitamos la alimentación de nuestra alma, el alimento espiritual que nos ha de nutrir y transformar.
Los vasos de piedra son considerados fríos e insípidos; como lo es considerada nuestra instrucción espiritual que es duradera. Estos contienen las verdades sobrenaturales que a primera vista parecen ordinarias.
La Iglesia es el símbolo de estos vasos de piedra, es duradera, guarda y distribuye verdades sobrenaturales que da a beber a todos los asistentes a la boda del Cielo. Esta bebida, aparece en primer término como simple agua, por lo que, es vista como insignificante y simple. Sin embargo, si observamos con cuidados nos daremos cuenta que las verdades simples y humildes son las más importantes y profundas; el agua es entonces convertida en vino.
En todos los niveles de nuestra vida espiritual nos daremos cuenta que encontraremos todo lo necesario en estos vasos de piedra, La Iglesia. Para quienes están fuera de esta, los vasos aparecen de manera insignificante y vacios, nada para sostener su alma.
Para los principiantes en la fe, los encuentran refrescantes, pero conteniendo simple agua. Conforme vamos madurando en la fe y la vida espiritual, descubrimos la belleza y gozo, del vino que alimenta el alma.
La Iglesia tiene siempre algo para todos y estamos obligados a buscar en ella “el pan nuestro de cada día”
Muchos entran a la Iglesia y la encuentran vacía porque sus almas así lo están. Con frecuencia nos preguntamos si tales personas tienen algún tipo verdadero de fe, o por qué se molestan a acercarse a la Iglesia. El hueco de los vasos de piedra se puede encontrar en todas las Iglesias falsas, donde en su multitud de seguidores se encuentra esta gran vanidad y vacio. Tienen edificios impresionantes pero vacios de cualquier nutriente verdaderamente espiritual. Hay incluso quienes no ven mucha diferencia entre la verdadera Iglesia y las falsas, por estar buscando solamente en lo superficial y vacio de los edificios.
Algunos entran a la Iglesia y sólo pueden saborear agua. El desarrollo espiritual ha pasado por la etapa vanidosa, y encuentran verdadero refrigerio en la doctrina, como lo hacen con el agua; pero el gozo y alegría que acompaña al vino, nunca lo alcanzan.
Hay muchos que tienen un “conocimiento” superficial de la doctrina de la iglesia y con frecuencia dicen tales cosas como “ yo conozco mi fe” y no ven la necesidad de estudiar y prepararse más allá de este conocimiento, lo que aprendieron en sus catecismo, cuando niños, les parece suficiente.
Este “conocimiento” no es amado y cuando piensan estar saboreando el vino de la verdadera doctrina, lo único que los alimenta es simple agua, que sólo humedece su necesidad por una bebida mucho mayor, pero lamentablemente no desean seguir avanzando.
Estos son los “niños” de la Iglesia, que no están preparados para cosas mayores, son fácilmente engañados y arrastrados por las falsas doctrinas y tentaciones, de los anzuelos de vanidad y vacio que enseñan los herejes.
El mejor vino está reservado para lo último, para los adultos, maduros en su fe. Para alcanzar este nivel debemos pasar primero por la vanidad vacía de las falsas religiones, encontrando la verdadera doctrina de la Iglesia.
Al recibir la verdadera fe, buscamos la frescura de sus aguas, somos materialistas y mundanos, ansiosos por bendiciones materiales. Pensamos que esto es suficiente. Este conocimiento no es suficiente, debemos amar. Al aumentar nuestra fe en nosotros, debemos amar cada vez más. El joven adulto, por así decirlo, busca saborear el vino del amor verdadero en la fe. Es aquí donde Cristo transforma el agua en vino. Mientras mayor es el amor, más placentero se vuelve este vino.
En el transcurso de nuestra vida espiritual nos damos cuenta que el vino se agota, muchas veces se termina sin que nos demos cuenta, alcanzamos una llanura, un estancamiento. Caemos en un conformismo al ver las cosas desde un punto de vista mundano. El vino se ha agotado para todos los que se encuentran en esta situación. La cual se vuelve, muy peligrosa toda vez que, cuando la fe ha perdido su sabor y valor tenemos el peligro latente de perderla. La Palabra de Dios deja de alimentar nuestra alma.
Los demonios se encuentran ansiosos por eliminar y callar este amor, logrando en ocasiones que este vino se termine y nos regrese a la fe que no es otra cosa que el total abandono y vacio.
En la vida espiritual nos encontramos en muchas ocasiones con una resequedad y obscuridad. Muchas veces nos toma de sorpresa, olvidándonos de pedir y suplicar a Dios nos la regrese. Es aquí donde entra la Madre de Dios. Si María santísima es invocada, amada y honrada por nosotros, y compañera de nuestra vida, ella se encargará de ver que el vino nunca nos falte. Ella está al pendiente de nosotros mucho antes de que el vino empiece a terminarse, ella conoce nuestro corazón y sabe cuando se está secando, será Ella la que acuda a Su Hijo para decirle. “ya no tienen vino”.
Así sea.
Saturday, January 12, 2013
FESTIVIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA
13 DE ENERO DE 2013
Queridos Hermanos:
Al considerar la belleza y magnificencia de la Sagrada Familia, debemos ser inspirados a unirnos en la manera de lo posible, a este gran ideal de la vida familiar, en nuestra propia vida. Esta festividad además de acercarnos a la vida familiar de igual manera ilumina la vida individual.
No sólo el padre, la madre y el hijo, sino de igual manera el vecino, el amigo, el empleado, el patrón, maestro, estudiante, todos son instruidos por esta Sagrada Familia. Todos podemos encontrar inspiración de una u otra manera y para cada situación.
En pocas palabras, cada situación de esta vida, es una extensión de la familia.
San Pablo, en la epístola de este día, nos declara las virtudes necesarias en nuestra vida para cumplir cabalmente el ideal expresado por la Sagrada Familia. No duda en colocar la virtud de la caridad por encima de todas las demás. Humildad, mansedumbre etc. Son hermosamente expresadas en la Sagrada Familia para inspirarnos a practicarlas e imitar la caridad como corona de las demás.
El amor sobrepasa a todas las demás y resplandece sobre estas virtudes dándoles parte de su brillo. Es la caridad que anima a san José como Jefe de familia. Tiene no sólo el derecho, sino que trae consigo la obligación de liderar y mandar. Mandar es una obligación y derecho, no sólo un honor.
Quienes están en posición de autoridad toman parte de la autoridad de Dios y deben hacer lo más humanamente posible en el cumplimiento de esta posición viendo además sobre todas las cosas, con la caridad de Dios.
Quienes fallan en mandar y cumplir esta obligación como autoridades, son tan culpables como quienes sin ninguna autoridad pretender hacerlo. Con frecuencia vemos como la gente ignora la manera adecuada de ejercer esa posición de autoridad. Hay muchos que roban la autoridad que no les pertenece. Esto es algo repulsivo, especialmente para los sujetos de estos, que de manera voluntaria o forzados por las circunstancias, al faltarles a estos “lideres” la gracia necesaria para poder mandar.
Existen otros que aunque Dios los ha llamado a esta vocación, fallan en usar la gracia de Dios, actuando como verdaderos tiranos, o ladrones ineptos. Lo que les falta es sin duda la virtud de la caridad, así es, necesitan de igual manera las otras virtudes, tales como la humildad, la fe y el valor de sus convicciones etc. Pero sobre todas estas si sólo se amaran los unos a los otros, cada uno encontraría su propia vocación, como una verdadera razón de alegría al haberla encontrado.
San José, podemos decir que, es menor en dignidad que Jesús y María, pero es a Él quien Dios le da la autoridad. La gracia de la habilidad para mandar y dirigir tiene mucho más que ver con la gracia de esta vocación que con el intelecto o posición social.
En cierta ocasión san Francisco exclamó que estaría dispuesto, con gran humildad fielmente obedecer a un novicio de un día, que fuera puesto como su superior, de la misma manera que obedecería al fraile más sabio y experimentado que le fuera, de igual forma, puesto como su superior. No es la persona del superior, lo que es importante. Es la posición y la dignidad de esta, lo que vale.
Las formas y caminos de este mundo se alejan cada vez más, de este ideal. Lo que el mundo ve como necesario para mandar y dirigir es completamente opuesto a lo que Dios quiere.
Los superiores deben buscan ante todo, que tienen la gracia de su vocación y no haber usurpado la posición de autoridad que sustentan para después alimentar y mantener el verdadero amor por todos los a él sujetos. Una vez que la caridad ha sido establecida en ellos, no existirá la tiranía ni serán pisoteados. La caridad aleja, el orgullo, la arrogancia y todas las demás manifestaciones del abuzo de poder.
Sigue, en este poder y autoridad, en la Sagrada Familia, María santísima, esposa y madre. Es el ejemplo a seguir de todas las mujeres. No existe vergüenza ni debilidad en estar sujeta a un otro, (aún cuando parece inferior). María brilla en todo esplendor en su santidad, humildad, paciencia. Sacrificando su voluntad a la de san José, no pierde nada, gana mucho más.
Cuando san José, o cualquier otro esposo decente, autoridad verdadera, ven que su autoridad no es desafiada sino que es más bien, como la esposa que amorosamente sacrifica su voluntad por la de él, de seguro que no le pedirá nada que le pueda negar. No puede hacer otra cosa que de manera reciproca dar el amor que de ella recibe. Forman un solo cuerpo como cabeza y corazón trabajando ambos por uno mismo. Ella obedece con amor y de forma voluntaria, por lo que él es inspirado a mandar con suave amor y generosidad.
Todo es evidentemente fácil cuando esto sucede. Luego entonces, nuestro verdadero progreso espiritual brilla, sólo cuando es puesto bajo esta prueba. Dentro del fuego de la tentación y las tribulaciones; cuando parece o realmente sucede, que la cabeza está equivocada, injusta o imparcial, es cuando sujetos a esta debemos humildemente someternos por el amor de Dios y la autoridad (en todo lo que no sea ocasión de pecado).
Es esta humildad que inspira a los que ejercen la autoridad, la gran necesidad de mandar con gentileza y amor. El daño que ocasionen a los a ellos encomendados, será, si cooperan con la gracia, lo que más mueva sus conciencias, porque ante sus propios sufrimientos o tribulaciones sólo obedecieron, lo que les ha sido encomendado hacer. Por lo tanto podemos decir que las esposas pueden inspirar y dirigir a su esposo hacia Dios y Su gracia.
Todo esto es aún más perfecto en la obediencia de Jesucristo. Jesús estovo sujeto tanto a José como a María, Su obediencia fue inmediata, voluntaria y llena de amor, (el ejemplo perfecto para todos nosotros) y de esta manera acercó y unió cada vez más a Sus padres a Dios para amarlo sin límite. Obedeció con gran amor, para que le fuera ordenado, de la misma manera.
Si lo que buscamos es checar o corregir a quienes nos mandan obedecer, primero debemos revisar si estamos obedeciendo, como lo hizo Jesucristo. Si lo estamos haciendo de esta manera debemos entonces orar y esperar que Dios cambie a los que ha puesto como autoridad sobre nosotros.
No existe mayor honor que sufrir injusticias por el amor de Dios, de la misma manera no hay otra forma de cambiar o convertir a los demás.
Así sea
Queridos Hermanos:
Al considerar la belleza y magnificencia de la Sagrada Familia, debemos ser inspirados a unirnos en la manera de lo posible, a este gran ideal de la vida familiar, en nuestra propia vida. Esta festividad además de acercarnos a la vida familiar de igual manera ilumina la vida individual.
No sólo el padre, la madre y el hijo, sino de igual manera el vecino, el amigo, el empleado, el patrón, maestro, estudiante, todos son instruidos por esta Sagrada Familia. Todos podemos encontrar inspiración de una u otra manera y para cada situación.
En pocas palabras, cada situación de esta vida, es una extensión de la familia.
San Pablo, en la epístola de este día, nos declara las virtudes necesarias en nuestra vida para cumplir cabalmente el ideal expresado por la Sagrada Familia. No duda en colocar la virtud de la caridad por encima de todas las demás. Humildad, mansedumbre etc. Son hermosamente expresadas en la Sagrada Familia para inspirarnos a practicarlas e imitar la caridad como corona de las demás.
El amor sobrepasa a todas las demás y resplandece sobre estas virtudes dándoles parte de su brillo. Es la caridad que anima a san José como Jefe de familia. Tiene no sólo el derecho, sino que trae consigo la obligación de liderar y mandar. Mandar es una obligación y derecho, no sólo un honor.
Quienes están en posición de autoridad toman parte de la autoridad de Dios y deben hacer lo más humanamente posible en el cumplimiento de esta posición viendo además sobre todas las cosas, con la caridad de Dios.
Quienes fallan en mandar y cumplir esta obligación como autoridades, son tan culpables como quienes sin ninguna autoridad pretender hacerlo. Con frecuencia vemos como la gente ignora la manera adecuada de ejercer esa posición de autoridad. Hay muchos que roban la autoridad que no les pertenece. Esto es algo repulsivo, especialmente para los sujetos de estos, que de manera voluntaria o forzados por las circunstancias, al faltarles a estos “lideres” la gracia necesaria para poder mandar.
Existen otros que aunque Dios los ha llamado a esta vocación, fallan en usar la gracia de Dios, actuando como verdaderos tiranos, o ladrones ineptos. Lo que les falta es sin duda la virtud de la caridad, así es, necesitan de igual manera las otras virtudes, tales como la humildad, la fe y el valor de sus convicciones etc. Pero sobre todas estas si sólo se amaran los unos a los otros, cada uno encontraría su propia vocación, como una verdadera razón de alegría al haberla encontrado.
San José, podemos decir que, es menor en dignidad que Jesús y María, pero es a Él quien Dios le da la autoridad. La gracia de la habilidad para mandar y dirigir tiene mucho más que ver con la gracia de esta vocación que con el intelecto o posición social.
En cierta ocasión san Francisco exclamó que estaría dispuesto, con gran humildad fielmente obedecer a un novicio de un día, que fuera puesto como su superior, de la misma manera que obedecería al fraile más sabio y experimentado que le fuera, de igual forma, puesto como su superior. No es la persona del superior, lo que es importante. Es la posición y la dignidad de esta, lo que vale.
Las formas y caminos de este mundo se alejan cada vez más, de este ideal. Lo que el mundo ve como necesario para mandar y dirigir es completamente opuesto a lo que Dios quiere.
Los superiores deben buscan ante todo, que tienen la gracia de su vocación y no haber usurpado la posición de autoridad que sustentan para después alimentar y mantener el verdadero amor por todos los a él sujetos. Una vez que la caridad ha sido establecida en ellos, no existirá la tiranía ni serán pisoteados. La caridad aleja, el orgullo, la arrogancia y todas las demás manifestaciones del abuzo de poder.
Sigue, en este poder y autoridad, en la Sagrada Familia, María santísima, esposa y madre. Es el ejemplo a seguir de todas las mujeres. No existe vergüenza ni debilidad en estar sujeta a un otro, (aún cuando parece inferior). María brilla en todo esplendor en su santidad, humildad, paciencia. Sacrificando su voluntad a la de san José, no pierde nada, gana mucho más.
Cuando san José, o cualquier otro esposo decente, autoridad verdadera, ven que su autoridad no es desafiada sino que es más bien, como la esposa que amorosamente sacrifica su voluntad por la de él, de seguro que no le pedirá nada que le pueda negar. No puede hacer otra cosa que de manera reciproca dar el amor que de ella recibe. Forman un solo cuerpo como cabeza y corazón trabajando ambos por uno mismo. Ella obedece con amor y de forma voluntaria, por lo que él es inspirado a mandar con suave amor y generosidad.
Todo es evidentemente fácil cuando esto sucede. Luego entonces, nuestro verdadero progreso espiritual brilla, sólo cuando es puesto bajo esta prueba. Dentro del fuego de la tentación y las tribulaciones; cuando parece o realmente sucede, que la cabeza está equivocada, injusta o imparcial, es cuando sujetos a esta debemos humildemente someternos por el amor de Dios y la autoridad (en todo lo que no sea ocasión de pecado).
Es esta humildad que inspira a los que ejercen la autoridad, la gran necesidad de mandar con gentileza y amor. El daño que ocasionen a los a ellos encomendados, será, si cooperan con la gracia, lo que más mueva sus conciencias, porque ante sus propios sufrimientos o tribulaciones sólo obedecieron, lo que les ha sido encomendado hacer. Por lo tanto podemos decir que las esposas pueden inspirar y dirigir a su esposo hacia Dios y Su gracia.
Todo esto es aún más perfecto en la obediencia de Jesucristo. Jesús estovo sujeto tanto a José como a María, Su obediencia fue inmediata, voluntaria y llena de amor, (el ejemplo perfecto para todos nosotros) y de esta manera acercó y unió cada vez más a Sus padres a Dios para amarlo sin límite. Obedeció con gran amor, para que le fuera ordenado, de la misma manera.
Si lo que buscamos es checar o corregir a quienes nos mandan obedecer, primero debemos revisar si estamos obedeciendo, como lo hizo Jesucristo. Si lo estamos haciendo de esta manera debemos entonces orar y esperar que Dios cambie a los que ha puesto como autoridad sobre nosotros.
No existe mayor honor que sufrir injusticias por el amor de Dios, de la misma manera no hay otra forma de cambiar o convertir a los demás.
Así sea
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