31 DE JULIO DE 2011
Queridos Hermanos:
En el Evangelio de hoy, Nuestro Señor Jesucristo nos previene cuidarnos en contra de los falsos profetas –“por sus frutos los conoceréis”. San Pablo nos dice en la epístola para este día que, debemos considerar los frutos de nuestras obras.
Mientras estamos en pecado nuestras obras producen muerte, sin embargo, cuando estamos en estado de gracia, nuestras obras producen vida a nuestra alma.
En un sentido, nuestras obras son como profetas que anuncian el tipo de fruto que vamos a cosechar en el futuro. Para la mayoría en el mundo, no puede distinguir entre las obras realizadas en estado de gracia y las realizadas en pecado, sin embargo, Dios hace la distinción claramente. Es Dios quien va a recompensar todas estas obras con su fruto apropiado.
En la superficie, todas las obras aparecen iguales. Aun el fruto de la labor mundana es muy parecido. Después de todo, a los obreros se les paga lo mismo, sin importar si está en estado de gracia o en pecado. El empleador de este mundo, no se preocupa por las almas de sus empleados, luego entonces no mira a esta.
El pecador al no ser fulminado inmediatamente por un rayo, cree que ya se ha librado de cualquier castigo. La vida continua para él como si nada hubiera pasado. Nadie lo trata diferente. Estas obras realizadas en pecado, se vuelven falsos profetas. Son lobos vestidos de piel de ovejas, sin embargo son lobos rapaces. Sólo Dios y la conciencia de la persona, sabe la realidad que se esconde debajo de la apariencia de buenas obras.
Quienes se encuentran en pecado ven, pero pretenden no hacerlo y, continúan con la farsa. Pretenden dominar su conciencia con el silencio y la sumisión. No sólo pretenden esconder de ellos mismos los inevitables frutos de sus labores (la muerte), sino que además lo hacen más amargo y doloroso.
Por lo tanto los falsos profetas más peligrosos, somos nosotros mismos.
San Agustín nos dice que es casi imposible que nos engañen los demás si no nos hemos engañado nosotros mismos mucho antes. Debemos pedir a Dios que nos permita vernos a nosotros mismos, como Él nos ve. Desde este punto de vista, podremos hacer un juicio más certero del fruto de nuestras obras. Con este conocimiento podremos perfeccionar nuestras obras y consecuentemente los frutos que darán estas.
Desde la perspectiva de este mundo, todas nuestras obras parecen las mismas, sin embargo, el estado de nuestra alma y nuestras intenciones cambian drásticamente la realidad de estas obras. San Pablo nos dice que todo lo debemos hacer por el amor de Dios. Sin importar si ayunamos o comemos, si jugamos o trabajamos, etc. Siempre y cuando hagamos todo por Dios.
La buena intención hace la diferencia en este mundo. La misma obra, el mismo esfuerzo material, sin embargo, el fruto es diferente dependiendo la intención con la que se realiza. Dios va más allá y nos dice que la intención es mayor que la obra misma. Quien está enojado con su hermano. Es ya culpable de asesinato, quien tiene deseos lujuriosos con alguna mujer es culpable de adulterio, etc. Lo que está en el corazón del hombre, es lo que le interesa a Dios.
Debemos por lo tanto aprender, a dejar de ver con los ojos del mundo, nuestras propias acciones materiales y los frutos temporales y materiales producidos, como si eso fuera todo lo que existe.
Hay frutos eternos a nuestras obras y sólo podremos juzgarlos en base a nuestro corazón y juzgar en base a nuestros motivos, y disposición de nuestro corazón.
Estos son los frutos que nos harán distinguir entre el profeta verdadero y el falso.
Dejemos ya, de una vez por todas, estarnos engañando, para que podamos verdaderamente juzgar nuestras obras. De esta manera ya no seremos engañados por el mundo o los espíritus malignos que están siempre buscando tentarnos a juzgar, por la apariencia material o física de las cosas.
Un simple acto de humildad y conocimiento de la falta de buenas obras, nos mantendrán inmediatamente alerta en contra de los engaños de quienes están a nuestro alrededor.
Así sea
Saturday, July 30, 2011
Saturday, July 23, 2011
DOMINGO SEXTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
24 DE JULIO DE 2011
Queridos Hermanos:
Nuestro Señor Jesucristo, multiplica Su gracia de la misma manera como ha multiplicado las piezas de pan y pescado, a que hace referencia el Evangelio de hoy.
Quienes aman a Dios y se alimentan diariamente con Su palabra lo siguen diariamente de la misma manera que la gente de que nos habla el Evangelio de este día. Ellos lo seguían de manera física, nosotros debemos hacerlo espiritualmente.
Su presencia es tan real al católico de hoy como lo fue para la gente que lo seguía cuando estuvo presente y caminando por este mundo.
El amor de Dios hacia nosotros es el mismo que manifestaba a la gente que lo seguía en aquel entonces. Los alimentaba con Su palabra y con pan, sin embargo indicaba que hay, un pan mucho mejor al que estaban recibiendo. Se nos ha dado la oportunidad de probar de este pan celestial en la Sagrada Eucaristía.
Jesucristo permanece presente en la sagrada ostia hasta que la forma (color, sabor, forma, etc.) del pan permanece. Se encuentra presente tanto en su Humanidad como en Su Divinidad. Este es el pan que se nos ha dicho, nos dará la vida eterna y formamos parte de este. Nos ha dicho también que quienes tomen Su cuerpo y beban Su sangre tendrán vida eterna.
Empezamos recibiendo Su gracia al momento de ser bautizados. Desde ese momento nos convertimos en verdaderos hijos de Dios y toma especial cuidado de nosotros, especialmente de nuestra alma. En cada etapa de nuestra vida se nos dan los sacramentos para alimentarnos y darnos la gracia y fuerza necesaria para la vocación o etapa a la que hemos entrado. Sobre todos los demás sacramentos, está el más necesario, la Sagrada Eucaristía, con la que nos alimentamos y nutrimos de Dios mismo. Entramos no sólo en comunión espiritual con Dios sino que también entramos en una profunda comunión física.
Lo recibimos en nuestro cuerpo para poder transformarnos en Él.
Con la frecuencia que recibimos a Jesús en nuestro cuerpo, en la Santa Comunión, Su presencia entre nosotros se incrementa, a lo contrario de lo que sucede con la alimentación natural. En la Santa Comunión tenemos a Cristo vivo en nosotros para de esta manera llevarlo al resto del mundo.
Existen varios peligros muy serios a los que debemos estar alertas al prepararnos a recibir a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión. San Pablo nos previene de no recibirlo de manera inapropiada ya que si lo hacemos, sólo estaremos recibiendo nuestra propia destrucción – condena- Dios ha proveído un medio para limpiarnos y prepararnos humildemente, para recibirlo sin ser condenados.
Ese medio es el sacramento de la Penitencia (Confesión). Un medio tan sencillo, en el que humildemente confesamos ante el ministro de Dios, nuestros pecados y recibimos el perdón de Dios, por medio del Sacerdote. De esta manera estamos listos y preparados para recibir a Dios en la Santa Comunión, aún en estado indigno, pero en un estado receptivo a la gracia.
Para quienes verdaderamente aman a Dios, se dan cuenta que nunca pueden recibirlo lo suficiente y siempre están ansiosos para recibir, no sólo Su palabra sino a Jesucristo mismo en la Santa Comunión.
Dios en Su generosidad ha provisto otro medio para satisfacer este amor –la Comunión Espiritual. Si no nos es posible recibirlo físicamente en la Santa Comunión, podemos hacerlo por medio del amor y el deseo. Con un simple acto de la voluntad, podemos hacer un acto de contrición, podemos hacer un acto de fe, esperanza y amor y en esta disposición de nuestro corazón humildemente hacemos camino para pedir la gracia de la presencia de Dios en la Santa Comunión.
Dios, que lee el corazón del hombre, toma estos deseos por obras. Es al mismo tiempo una situación aterradora que el hombre que llena de lujuria su corazón es ya culpable de adulterio, pero también es un consuelo pensar que el hombre que procura la gracia y presencia de Dios será recompensado espiritualmente con eso que desea.
Pidamos a Dios cada vez que lo recibimos, por los que no les es posible hacerlo para que, también ellos se beneficien de gracias similares. Existen muchos que a consecuencia de la gran apostasía y la falta de verdaderos sacerdotes no tienen la oportunidad de recibirlo como lo hacemos nosotros.
Sin embargo siempre se les está recordando que no están tan lejos de la Iglesia de Dios ya que El está presente en todas partes y Su gracia no está impedida por tiempo o espacio. Para hacer estas comuniones espirituales se requiere de una gran fe pero es igualmente recompensado con grandes gracias.
Al ser más que una familia, un solo cuerpo en Cristo, es bueno para nosotros hacer oración siempre los unos por los otros, al recibir a Nuestro Señor, ya sea de manera física en la Sagrada Eucaristía o en la comunión espiritual.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Nuestro Señor Jesucristo, multiplica Su gracia de la misma manera como ha multiplicado las piezas de pan y pescado, a que hace referencia el Evangelio de hoy.
Quienes aman a Dios y se alimentan diariamente con Su palabra lo siguen diariamente de la misma manera que la gente de que nos habla el Evangelio de este día. Ellos lo seguían de manera física, nosotros debemos hacerlo espiritualmente.
Su presencia es tan real al católico de hoy como lo fue para la gente que lo seguía cuando estuvo presente y caminando por este mundo.
El amor de Dios hacia nosotros es el mismo que manifestaba a la gente que lo seguía en aquel entonces. Los alimentaba con Su palabra y con pan, sin embargo indicaba que hay, un pan mucho mejor al que estaban recibiendo. Se nos ha dado la oportunidad de probar de este pan celestial en la Sagrada Eucaristía.
Jesucristo permanece presente en la sagrada ostia hasta que la forma (color, sabor, forma, etc.) del pan permanece. Se encuentra presente tanto en su Humanidad como en Su Divinidad. Este es el pan que se nos ha dicho, nos dará la vida eterna y formamos parte de este. Nos ha dicho también que quienes tomen Su cuerpo y beban Su sangre tendrán vida eterna.
Empezamos recibiendo Su gracia al momento de ser bautizados. Desde ese momento nos convertimos en verdaderos hijos de Dios y toma especial cuidado de nosotros, especialmente de nuestra alma. En cada etapa de nuestra vida se nos dan los sacramentos para alimentarnos y darnos la gracia y fuerza necesaria para la vocación o etapa a la que hemos entrado. Sobre todos los demás sacramentos, está el más necesario, la Sagrada Eucaristía, con la que nos alimentamos y nutrimos de Dios mismo. Entramos no sólo en comunión espiritual con Dios sino que también entramos en una profunda comunión física.
Lo recibimos en nuestro cuerpo para poder transformarnos en Él.
Con la frecuencia que recibimos a Jesús en nuestro cuerpo, en la Santa Comunión, Su presencia entre nosotros se incrementa, a lo contrario de lo que sucede con la alimentación natural. En la Santa Comunión tenemos a Cristo vivo en nosotros para de esta manera llevarlo al resto del mundo.
Existen varios peligros muy serios a los que debemos estar alertas al prepararnos a recibir a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión. San Pablo nos previene de no recibirlo de manera inapropiada ya que si lo hacemos, sólo estaremos recibiendo nuestra propia destrucción – condena- Dios ha proveído un medio para limpiarnos y prepararnos humildemente, para recibirlo sin ser condenados.
Ese medio es el sacramento de la Penitencia (Confesión). Un medio tan sencillo, en el que humildemente confesamos ante el ministro de Dios, nuestros pecados y recibimos el perdón de Dios, por medio del Sacerdote. De esta manera estamos listos y preparados para recibir a Dios en la Santa Comunión, aún en estado indigno, pero en un estado receptivo a la gracia.
Para quienes verdaderamente aman a Dios, se dan cuenta que nunca pueden recibirlo lo suficiente y siempre están ansiosos para recibir, no sólo Su palabra sino a Jesucristo mismo en la Santa Comunión.
Dios en Su generosidad ha provisto otro medio para satisfacer este amor –la Comunión Espiritual. Si no nos es posible recibirlo físicamente en la Santa Comunión, podemos hacerlo por medio del amor y el deseo. Con un simple acto de la voluntad, podemos hacer un acto de contrición, podemos hacer un acto de fe, esperanza y amor y en esta disposición de nuestro corazón humildemente hacemos camino para pedir la gracia de la presencia de Dios en la Santa Comunión.
Dios, que lee el corazón del hombre, toma estos deseos por obras. Es al mismo tiempo una situación aterradora que el hombre que llena de lujuria su corazón es ya culpable de adulterio, pero también es un consuelo pensar que el hombre que procura la gracia y presencia de Dios será recompensado espiritualmente con eso que desea.
Pidamos a Dios cada vez que lo recibimos, por los que no les es posible hacerlo para que, también ellos se beneficien de gracias similares. Existen muchos que a consecuencia de la gran apostasía y la falta de verdaderos sacerdotes no tienen la oportunidad de recibirlo como lo hacemos nosotros.
Sin embargo siempre se les está recordando que no están tan lejos de la Iglesia de Dios ya que El está presente en todas partes y Su gracia no está impedida por tiempo o espacio. Para hacer estas comuniones espirituales se requiere de una gran fe pero es igualmente recompensado con grandes gracias.
Al ser más que una familia, un solo cuerpo en Cristo, es bueno para nosotros hacer oración siempre los unos por los otros, al recibir a Nuestro Señor, ya sea de manera física en la Sagrada Eucaristía o en la comunión espiritual.
Así sea.
Saturday, July 16, 2011
DOMINGO QUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
17 DE JULIO DE 2011
Queridos Hermanos
En la lectura del día de hoy, nos encontramos ante tres tipos o niveles de maldad.
Los Fariseos siguiendo la letra de la Ley sabían que no les era permitido matar.
Nuestro Señor Jesucristo agrega algo más a esta y nos presenta un mandamiento más perfecto. No sólo debemos evitar el asesinato, sino que además debemos evitar los malos pensamientos y palabras ociosas. Es decir que no debemos ser indulgentes con el odio, coraje y las palabras ofensivas. Al adaptarnos a este nuevo mandamiento practicamos de una manera más perfecta la virtud y nos hacemos más justos que los fariseos.
Con frecuencia somos tentados a creernos justos o buenos al no haber físicamente lastimado a alguien –aún cuando trabajamos arduamente con maldad sobre alguien o hemos proferido insultos o palabras ofensivas-; Jesucristo nos dice que esto no es suficiente.
Recordemos que nuestros sacrificios u ofrendas son inaceptables por Dios cuando cargamos con tal maldad en nuestra conciencia. Por lo tanto si estamos por ofrecer nuestras ofrendas a Dios; y recordamos que tenemos algo en contra de nuestro hermano, debemos primeramente ir a reconciliarnos con este antes de poder acercarnos a Dios.
¿Cómo tenemos la osadía de pedir perdón a Dios, cuando no somos capaces de perdonar a nuestro hermano? Es tonto de nuestra parte, hacer la oración del Padre Nuestro y pedirle a Dios nos perdone de la misma manera que nosotros perdonamos a los que nos ofenden o hacen algún mal, mientras sembramos odio en nuestro corazón.
San Pedro nos recuerda que no debemos devolver mal por mal, abusos por abuso, sino que por el contrario debemos devolver bien por mal. Debemos bendecir y no maldecir a quienes nos hacen mal. Debemos amar a nuestros enemigos y hacerle el bien a quienes han pecado en contra de nosotros.
Nuestro orgullo y vanidad nos sugerirán que es justo y correcto, para nosotros, odiar a los que nos hacen mal y que es bueno que les deseemos el castigo. Olvidando que Dios nos dice de igual forma: “La venganza es Mía, yo la pagare”
No existe la justicia absoluta o igualdad en esta vida, en este lado de la eternidad; la justicia se encontrará en la eternidad precisamente. Después de la muerte primera cuando dejemos este mundo. Es entonces, cuando Dios va a leer, no sólo las acciones sino también las palabras y pensamientos de todos y cada uno de nosotros. Se nos pedirán cuentas, de nuestro corazón para recibir y merecer el castigo o la recompensa.
Hoy día en donde vemos tanta maldad a nuestro alrededor, es difícil contener nuestra así llamada “indignación justa”. Siempre encontramos excusas para ver nuestros malos pensamientos, palabras y obras como algo bueno. Debemos desistir de caer en tales tentaciones.
Debemos condenar todo el mal a nuestro alrededor, debemos amar al pecador que ha caído en estos crímenes. En lugar de maldecirlos debemos orar por ellos para que puedan arrepentirse y regresar a lo bueno. Es relativamente fácil perdonar a los que no nos han lastimado personal o interiormente; pero para los que están cerca de nosotros o quienes nos han lastimado verdaderamente con sus palabras o acciones es mucho más difícil.
Entendiendo esto, debemos estar siempre atentos y en guardia en contra de disfrutar la maldad hacia nuestros enemigos. Debemos constantemente buscar que ellos también sean llamados por Dios a la salvación, como hemos sido nosotros llamados.
Debemos ver que Dios tanto desea la salvación de ellos como la de nosotros. Tal vez más la de ellos.
Para poder lograr esta virtud tan importante necesitamos la gracia de Dios. Por lo tanto debemos constantemente pedir la gracia de la caridad; debemos pedir a Dios la gracia de amarnos los unos a los otros, como Él mismo nos ama.
Es verdad que en este estado sufriremos más abusos e injusticias. El mundo y las almas en la maldad buscaran sacar ventaja sobre nosotros. Sufriremos persecuciones e insultos, pero si los sufrimos por el amor de Dios, o como lo dice san Pedro citando a Nuestro Señor Jesucristo. “Por la justicia misma” entonces seremos verdaderamente bendecidos; seremos merecedores de la recompensa en el cielo; y tal vez nos convirtamos en motivación ó ejemplo para otros, para que se arrepientan y regresen a Dios y de esta manera salvar su alma.
Esto es lo que Dios desea de nosotros, este cuidado por la salvación de uno por el otro. Amarnos como Dios nos ama.
Así sea.
Queridos Hermanos
En la lectura del día de hoy, nos encontramos ante tres tipos o niveles de maldad.
Los Fariseos siguiendo la letra de la Ley sabían que no les era permitido matar.
Nuestro Señor Jesucristo agrega algo más a esta y nos presenta un mandamiento más perfecto. No sólo debemos evitar el asesinato, sino que además debemos evitar los malos pensamientos y palabras ociosas. Es decir que no debemos ser indulgentes con el odio, coraje y las palabras ofensivas. Al adaptarnos a este nuevo mandamiento practicamos de una manera más perfecta la virtud y nos hacemos más justos que los fariseos.
Con frecuencia somos tentados a creernos justos o buenos al no haber físicamente lastimado a alguien –aún cuando trabajamos arduamente con maldad sobre alguien o hemos proferido insultos o palabras ofensivas-; Jesucristo nos dice que esto no es suficiente.
Recordemos que nuestros sacrificios u ofrendas son inaceptables por Dios cuando cargamos con tal maldad en nuestra conciencia. Por lo tanto si estamos por ofrecer nuestras ofrendas a Dios; y recordamos que tenemos algo en contra de nuestro hermano, debemos primeramente ir a reconciliarnos con este antes de poder acercarnos a Dios.
¿Cómo tenemos la osadía de pedir perdón a Dios, cuando no somos capaces de perdonar a nuestro hermano? Es tonto de nuestra parte, hacer la oración del Padre Nuestro y pedirle a Dios nos perdone de la misma manera que nosotros perdonamos a los que nos ofenden o hacen algún mal, mientras sembramos odio en nuestro corazón.
San Pedro nos recuerda que no debemos devolver mal por mal, abusos por abuso, sino que por el contrario debemos devolver bien por mal. Debemos bendecir y no maldecir a quienes nos hacen mal. Debemos amar a nuestros enemigos y hacerle el bien a quienes han pecado en contra de nosotros.
Nuestro orgullo y vanidad nos sugerirán que es justo y correcto, para nosotros, odiar a los que nos hacen mal y que es bueno que les deseemos el castigo. Olvidando que Dios nos dice de igual forma: “La venganza es Mía, yo la pagare”
No existe la justicia absoluta o igualdad en esta vida, en este lado de la eternidad; la justicia se encontrará en la eternidad precisamente. Después de la muerte primera cuando dejemos este mundo. Es entonces, cuando Dios va a leer, no sólo las acciones sino también las palabras y pensamientos de todos y cada uno de nosotros. Se nos pedirán cuentas, de nuestro corazón para recibir y merecer el castigo o la recompensa.
Hoy día en donde vemos tanta maldad a nuestro alrededor, es difícil contener nuestra así llamada “indignación justa”. Siempre encontramos excusas para ver nuestros malos pensamientos, palabras y obras como algo bueno. Debemos desistir de caer en tales tentaciones.
Debemos condenar todo el mal a nuestro alrededor, debemos amar al pecador que ha caído en estos crímenes. En lugar de maldecirlos debemos orar por ellos para que puedan arrepentirse y regresar a lo bueno. Es relativamente fácil perdonar a los que no nos han lastimado personal o interiormente; pero para los que están cerca de nosotros o quienes nos han lastimado verdaderamente con sus palabras o acciones es mucho más difícil.
Entendiendo esto, debemos estar siempre atentos y en guardia en contra de disfrutar la maldad hacia nuestros enemigos. Debemos constantemente buscar que ellos también sean llamados por Dios a la salvación, como hemos sido nosotros llamados.
Debemos ver que Dios tanto desea la salvación de ellos como la de nosotros. Tal vez más la de ellos.
Para poder lograr esta virtud tan importante necesitamos la gracia de Dios. Por lo tanto debemos constantemente pedir la gracia de la caridad; debemos pedir a Dios la gracia de amarnos los unos a los otros, como Él mismo nos ama.
Es verdad que en este estado sufriremos más abusos e injusticias. El mundo y las almas en la maldad buscaran sacar ventaja sobre nosotros. Sufriremos persecuciones e insultos, pero si los sufrimos por el amor de Dios, o como lo dice san Pedro citando a Nuestro Señor Jesucristo. “Por la justicia misma” entonces seremos verdaderamente bendecidos; seremos merecedores de la recompensa en el cielo; y tal vez nos convirtamos en motivación ó ejemplo para otros, para que se arrepientan y regresen a Dios y de esta manera salvar su alma.
Esto es lo que Dios desea de nosotros, este cuidado por la salvación de uno por el otro. Amarnos como Dios nos ama.
Así sea.
Saturday, July 9, 2011
DOMINGO CUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
10 DE JULIO DE 2011
Queridos Hermanos:
“Los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria venidera, que se manifestará en nosotros” (Epístola de hoy: Romanos 8:18)
Frecuentemente nos quedamos ciegos por los sufrimientos presentes y perdemos de vista u olvidamos la gloria que vendrá posteriormente. Es difícil no centrar toda nuestra atención a los sufrimientos presentes- especialmente cuando el pecado ha tomado posesión de nosotros y nos cegamos de amor propio. Nuestra visión y atención ha sido reducida a una distancia muy reducida, tenemos la tendencia a ver sólo el mundo presente y este momento, en lugar de voltear a ver la profundidad de la eternidad.
Si tan sólo diéramos una ligera mirada hacia el cielo y pudiéramos ver las maravillas, poder, majestad, gloria etc. de Dios, de inmediato consideraríamos los eventos más trágicos de la vida diaria, como inconveniencias menores en nuestro camino hacia Dios. Toda una vida en este mundo en medio de los momentos más amargos, sufrimientos y tormentos sería como, nada comparados con la recompensa eterna en el cielo.
No somos los únicos que estamos sufriendo. San Pablo nos dice que toda la creación tiene una constante búsqueda y espera por el Hijo de Dios. Desde el Pecado Original, no sólo la humanidad, sino que, toda la creación se encuentra en un remolino y sufriendo las consecuencias de este desorden. Vemos por ejemplo como las creaturas que no teniendo inteligencia o razonamiento, se encuentran desamparadas y deben esperar pacientemente que restauremos lo que también ellos perdieron.
En nuestro pecaminoso estado de egoísmo, sólo pensamos en mitigar el presente, y frecuentemente a expensas de una felicidad futura. Nos hemos convertido en pequeños niños que no entienden nada sobre la gratificación que debemos esperar. Queremos todo, ahora.
Nos auto medicamos para eliminar o reducir nuestros dolores presentes para darnos cuenta posteriormente de los efectos secundarios. El alcohólico que toma ahora, para suavizar su dolor, encuentra un gran sufrimiento la mañana siguiente. Lo mismo sucede con el pecador.
Jesucristo Nuestro Señor nos ha sugerido que no corramos ante los sufrimientos presentes, sino que los abracemos como lo hizo Él. Existe un gran beneficio que resulta al pacientemente sobrellevar los sufrimientos presentes por amor de Dios.
Cuando nos damos cuenta que es justo y bien merecido el castigo por nuestros pecados (por pecados nuestros o de los demás, o más aún pecados del género humano en general) encontraremos mucho más fácil soportarlos. Tal sufrimiento tendrá un propósito. Hay una razón y significado para ello.
San Pedro, nos dice el evangelio de hoy, laboró toda la noche y no atrapó nada. El y los que lo acompañaban laboraron por cosas pasajeras y de igual manera terminaron con las manos vacías. A pesar de todo esto, estaban preparados a volverlo a intentar una y otra vez la siguiente noche. Siempre con la esperanza de que, en esta próxima vez, si llenar sus redes con algo benéfico. Sus sufrimientos y esfuerzos se hicieron tolerables, por el éxito esperado en el futuro próximo.
Lo mismo sucede con el esfuerzo que hacemos por nuestra alma. Debemos luchar y sufrir aquí y ahora, pensando en la recompensa futura. No tenemos la garantía del éxito futuro porque no podemos confiar en nuestra perseverancia hasta el final. Se nos ha prometido, sin embargo, que si tomamos nuestra cruz diariamente, con paciencia y amor, la llevamos, encontraremos paz y descanso para nuestra alma.
Cuando los apóstoles pescaban por motivos mundanos se enfrentaban a grandes sacrificios y sufrimiento, sin mayor recompensa. Sin embargo, una vez que cambian su actitud y motivo para soportan los esfuerzos por Dios (Maestro: Trabajamos la noche entera y no cogimos nada; pero en tu nombre echaré las redes) para ser recompensados mas allá de lo que jamás hayan imaginado. Sus redes estaban tan llenas al grado de casi romperse.
Ahora la actitud era otra, no estaban tan ansiosos por la pesca como anteriormente, ven ahora un gran placer en Jesucristo y no dudan en abandonar todo y seguirlo. El sufrimiento de este mundo fue voluntariamente soportado por el beneficio otorgado.
Sabemos que por el beneficio espiritual, los apóstoles estaban dispuestos, a hacer mucho más y no dudar en dejar los beneficios materiales a un lado.
Consideremos, qué es lo que nosotros hacemos y sufrimos por ganar beneficios o placer. No podemos escapar los sufrimientos y dolor justamente impuestos sobre nosotros por nuestros pecados, pero si los podemos mitigar al enfocar toda nuestra atención sobre la recompensa que reciben quienes paciente, humilde y con amor lo soportan todo, por el bien de nuestra alma, justicia y placer de Dios.
No debemos maldecir nuestro sufrimiento y dolor, sino abrazarlo con gran amor ya que es el camino a nuestra gloria futura en el cielo; y es, a un costo muy bajo aún si fuera el mayor de los sufrimientos que pudiera existir sobre la tierra.
Así sea.
Queridos Hermanos:
“Los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria venidera, que se manifestará en nosotros” (Epístola de hoy: Romanos 8:18)
Frecuentemente nos quedamos ciegos por los sufrimientos presentes y perdemos de vista u olvidamos la gloria que vendrá posteriormente. Es difícil no centrar toda nuestra atención a los sufrimientos presentes- especialmente cuando el pecado ha tomado posesión de nosotros y nos cegamos de amor propio. Nuestra visión y atención ha sido reducida a una distancia muy reducida, tenemos la tendencia a ver sólo el mundo presente y este momento, en lugar de voltear a ver la profundidad de la eternidad.
Si tan sólo diéramos una ligera mirada hacia el cielo y pudiéramos ver las maravillas, poder, majestad, gloria etc. de Dios, de inmediato consideraríamos los eventos más trágicos de la vida diaria, como inconveniencias menores en nuestro camino hacia Dios. Toda una vida en este mundo en medio de los momentos más amargos, sufrimientos y tormentos sería como, nada comparados con la recompensa eterna en el cielo.
No somos los únicos que estamos sufriendo. San Pablo nos dice que toda la creación tiene una constante búsqueda y espera por el Hijo de Dios. Desde el Pecado Original, no sólo la humanidad, sino que, toda la creación se encuentra en un remolino y sufriendo las consecuencias de este desorden. Vemos por ejemplo como las creaturas que no teniendo inteligencia o razonamiento, se encuentran desamparadas y deben esperar pacientemente que restauremos lo que también ellos perdieron.
En nuestro pecaminoso estado de egoísmo, sólo pensamos en mitigar el presente, y frecuentemente a expensas de una felicidad futura. Nos hemos convertido en pequeños niños que no entienden nada sobre la gratificación que debemos esperar. Queremos todo, ahora.
Nos auto medicamos para eliminar o reducir nuestros dolores presentes para darnos cuenta posteriormente de los efectos secundarios. El alcohólico que toma ahora, para suavizar su dolor, encuentra un gran sufrimiento la mañana siguiente. Lo mismo sucede con el pecador.
Jesucristo Nuestro Señor nos ha sugerido que no corramos ante los sufrimientos presentes, sino que los abracemos como lo hizo Él. Existe un gran beneficio que resulta al pacientemente sobrellevar los sufrimientos presentes por amor de Dios.
Cuando nos damos cuenta que es justo y bien merecido el castigo por nuestros pecados (por pecados nuestros o de los demás, o más aún pecados del género humano en general) encontraremos mucho más fácil soportarlos. Tal sufrimiento tendrá un propósito. Hay una razón y significado para ello.
San Pedro, nos dice el evangelio de hoy, laboró toda la noche y no atrapó nada. El y los que lo acompañaban laboraron por cosas pasajeras y de igual manera terminaron con las manos vacías. A pesar de todo esto, estaban preparados a volverlo a intentar una y otra vez la siguiente noche. Siempre con la esperanza de que, en esta próxima vez, si llenar sus redes con algo benéfico. Sus sufrimientos y esfuerzos se hicieron tolerables, por el éxito esperado en el futuro próximo.
Lo mismo sucede con el esfuerzo que hacemos por nuestra alma. Debemos luchar y sufrir aquí y ahora, pensando en la recompensa futura. No tenemos la garantía del éxito futuro porque no podemos confiar en nuestra perseverancia hasta el final. Se nos ha prometido, sin embargo, que si tomamos nuestra cruz diariamente, con paciencia y amor, la llevamos, encontraremos paz y descanso para nuestra alma.
Cuando los apóstoles pescaban por motivos mundanos se enfrentaban a grandes sacrificios y sufrimiento, sin mayor recompensa. Sin embargo, una vez que cambian su actitud y motivo para soportan los esfuerzos por Dios (Maestro: Trabajamos la noche entera y no cogimos nada; pero en tu nombre echaré las redes) para ser recompensados mas allá de lo que jamás hayan imaginado. Sus redes estaban tan llenas al grado de casi romperse.
Ahora la actitud era otra, no estaban tan ansiosos por la pesca como anteriormente, ven ahora un gran placer en Jesucristo y no dudan en abandonar todo y seguirlo. El sufrimiento de este mundo fue voluntariamente soportado por el beneficio otorgado.
Sabemos que por el beneficio espiritual, los apóstoles estaban dispuestos, a hacer mucho más y no dudar en dejar los beneficios materiales a un lado.
Consideremos, qué es lo que nosotros hacemos y sufrimos por ganar beneficios o placer. No podemos escapar los sufrimientos y dolor justamente impuestos sobre nosotros por nuestros pecados, pero si los podemos mitigar al enfocar toda nuestra atención sobre la recompensa que reciben quienes paciente, humilde y con amor lo soportan todo, por el bien de nuestra alma, justicia y placer de Dios.
No debemos maldecir nuestro sufrimiento y dolor, sino abrazarlo con gran amor ya que es el camino a nuestra gloria futura en el cielo; y es, a un costo muy bajo aún si fuera el mayor de los sufrimientos que pudiera existir sobre la tierra.
Así sea.
Saturday, July 2, 2011
DOMINGO TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTES
3 DE JULIO DE 2011
Queridos Hermanos:
El introito del día de hoy inicia con la idea de sentirse uno solo.
“Vuélvete a mí y ten de mí piedad, que estoy solo y afligido, ensancha mi angustiado corazón y sácame de mis estrechuras” (Salmo 24, 16.18)
Este pensamiento tienta a muchos files en el mundo de hoy. Se sienten solos en este mundo al encontrarse rodeados de tantos paganos, judíos, herejes y cismáticos. Es una situación difícil, el mundo actual, para poder ser verdadero cristiano (católico)
Además de la gran mayoría pagana, judíos y protestantes debemos agregar una mezcla más de muchos modernistas del Nuevo Orden y de los cismáticos “católicos tradicionalistas”
San Agustín dice que nosotros como el grano parece perdido en el montón de paja. En la trilla parece que sólo hay paja y ningún grano. Lo mismo sucede con los católicos, vemos todos los no creyentes y falsos católicos y nos parece que somos sepultados en medio de todos ellos. Una vez que la mano es puesta entre el montón, podemos darnos cuenta que hay más grano del que vemos a simple vista. Soplamos un poco mas y vemos que la paja es hecha a un lado y vemos un poco mas de grano.
Por lo tanto debemos perseverar y ser pacientes, aun si creemos ser los únicos. Un verdadero católico nunca se debe sentir solo. Somos miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo. Somos miembros de la Iglesia y como tales nosotros, la Iglesia Militante estamos siempre unidos a la Iglesia Triunfante y a la Iglesia Purgante. Estamos siempre en unión espiritual con los demás miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo (la Iglesia) y siempre estamos unidos con nuestros ángeles guardianes.
Además y muy aparte de todo esto, Dios siempre está presente en nosotros. Podremos ser negligentes en acordarnos de Él, pero Él nunca nos olvida. Nunca nos pierde de vista. Es más diligente que el hombre que perdió su oveja y deja a las demás por acudir a la buscar a la extraviada o como la mujer que perdiendo una moneda deja todo lo que está haciendo para barrer y buscar lo que perdió.
Dios desea que nos salvemos y siempre está utilizando los medios necesarios para acercarnos y dirigirnos a la felicidad eterna: En algunas ocasiones seduciéndonos con la felicidad futura, en ocasiones con amonestaciones suaves, con sufrimientos en esta vida, y frecuentemente con el castigo eterno, en el infierno. Todo lo que nos sucede es o bien porque Dios lo permite o lo desea. En cualquiera de estos casos, es capaz de llevarnos y unirnos más a Él, por lo tanto a la salvación y felicidad. Lo único que detiene a Dios de lograr Su cometido, es nuestra voluntad perversa y obstinada en el mal.
Una vez que hemos realmente entendido y creemos que Dios no sólo nos ha creado sino que además nos ama, entonces es cuando podemos hacer a un lado nuestros tontos temores y preocupaciones por estar solos. Él no nos abandona ni abandonará, somos nosotros los que lo hacemos. Al separarnos de nuestro Dios y Padre amoroso nos encontraremos con el Justo Juez.
Debemos entender que mientras estemos vivos Dios no nos ha abandonado y rendido ante nosotros. Siempre está buscando la forma de salvarnos. Seremos y estaremos verdaderamente perdidos cuando seamos arrojados por toda la eternidad al Infierno.
San Pedro nos dice en la Epístola de Hoy que debemos resistir al demonio.
“sabiendo que cuantos hermanos nuestro hay en el mundo padecen las mismas cosas” no estamos solos en este sufrimiento, todo verdadero católico debe sufrir, todos debemos pasar por el sentimiento (pensamiento) de estar perdidos o abandonados, y es en estos momentos que debemos sujetarnos y renovar nuestra fe entendiendo que estos pensamientos y sentimientos también son tentaciones y nunca estamos solos en nuestros combates.
Continua san Pedro diciéndonos: “Después que padezcáis un poco, os perfeccionará, fortificará y consolidará”
Escuchemos la voz del Pastor cuando llama (a la oveja perdida) clamemos en toda humildad, para poder ser encontrados dignos de recibir Su gracia y beneficiarnos de nuestra situación. No seamos desanimados al ver que nadie más busca ser mejor católico ni tampoco envidiemos a los perversos en su desordenada búsqueda de sus pasiones y lujuria, sino que debemos tener constantemente en mente que no estamos solos ni somos abandonados por Dios.
Dios todo lo sabe y todo lo ve y puede hacer todo. Quiere, si nosotros lo permitimos, salvarnos y llevarnos a Él por toda la eternidad.
Así sea
Queridos Hermanos:
El introito del día de hoy inicia con la idea de sentirse uno solo.
“Vuélvete a mí y ten de mí piedad, que estoy solo y afligido, ensancha mi angustiado corazón y sácame de mis estrechuras” (Salmo 24, 16.18)
Este pensamiento tienta a muchos files en el mundo de hoy. Se sienten solos en este mundo al encontrarse rodeados de tantos paganos, judíos, herejes y cismáticos. Es una situación difícil, el mundo actual, para poder ser verdadero cristiano (católico)
Además de la gran mayoría pagana, judíos y protestantes debemos agregar una mezcla más de muchos modernistas del Nuevo Orden y de los cismáticos “católicos tradicionalistas”
San Agustín dice que nosotros como el grano parece perdido en el montón de paja. En la trilla parece que sólo hay paja y ningún grano. Lo mismo sucede con los católicos, vemos todos los no creyentes y falsos católicos y nos parece que somos sepultados en medio de todos ellos. Una vez que la mano es puesta entre el montón, podemos darnos cuenta que hay más grano del que vemos a simple vista. Soplamos un poco mas y vemos que la paja es hecha a un lado y vemos un poco mas de grano.
Por lo tanto debemos perseverar y ser pacientes, aun si creemos ser los únicos. Un verdadero católico nunca se debe sentir solo. Somos miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo. Somos miembros de la Iglesia y como tales nosotros, la Iglesia Militante estamos siempre unidos a la Iglesia Triunfante y a la Iglesia Purgante. Estamos siempre en unión espiritual con los demás miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo (la Iglesia) y siempre estamos unidos con nuestros ángeles guardianes.
Además y muy aparte de todo esto, Dios siempre está presente en nosotros. Podremos ser negligentes en acordarnos de Él, pero Él nunca nos olvida. Nunca nos pierde de vista. Es más diligente que el hombre que perdió su oveja y deja a las demás por acudir a la buscar a la extraviada o como la mujer que perdiendo una moneda deja todo lo que está haciendo para barrer y buscar lo que perdió.
Dios desea que nos salvemos y siempre está utilizando los medios necesarios para acercarnos y dirigirnos a la felicidad eterna: En algunas ocasiones seduciéndonos con la felicidad futura, en ocasiones con amonestaciones suaves, con sufrimientos en esta vida, y frecuentemente con el castigo eterno, en el infierno. Todo lo que nos sucede es o bien porque Dios lo permite o lo desea. En cualquiera de estos casos, es capaz de llevarnos y unirnos más a Él, por lo tanto a la salvación y felicidad. Lo único que detiene a Dios de lograr Su cometido, es nuestra voluntad perversa y obstinada en el mal.
Una vez que hemos realmente entendido y creemos que Dios no sólo nos ha creado sino que además nos ama, entonces es cuando podemos hacer a un lado nuestros tontos temores y preocupaciones por estar solos. Él no nos abandona ni abandonará, somos nosotros los que lo hacemos. Al separarnos de nuestro Dios y Padre amoroso nos encontraremos con el Justo Juez.
Debemos entender que mientras estemos vivos Dios no nos ha abandonado y rendido ante nosotros. Siempre está buscando la forma de salvarnos. Seremos y estaremos verdaderamente perdidos cuando seamos arrojados por toda la eternidad al Infierno.
San Pedro nos dice en la Epístola de Hoy que debemos resistir al demonio.
“sabiendo que cuantos hermanos nuestro hay en el mundo padecen las mismas cosas” no estamos solos en este sufrimiento, todo verdadero católico debe sufrir, todos debemos pasar por el sentimiento (pensamiento) de estar perdidos o abandonados, y es en estos momentos que debemos sujetarnos y renovar nuestra fe entendiendo que estos pensamientos y sentimientos también son tentaciones y nunca estamos solos en nuestros combates.
Continua san Pedro diciéndonos: “Después que padezcáis un poco, os perfeccionará, fortificará y consolidará”
Escuchemos la voz del Pastor cuando llama (a la oveja perdida) clamemos en toda humildad, para poder ser encontrados dignos de recibir Su gracia y beneficiarnos de nuestra situación. No seamos desanimados al ver que nadie más busca ser mejor católico ni tampoco envidiemos a los perversos en su desordenada búsqueda de sus pasiones y lujuria, sino que debemos tener constantemente en mente que no estamos solos ni somos abandonados por Dios.
Dios todo lo sabe y todo lo ve y puede hacer todo. Quiere, si nosotros lo permitimos, salvarnos y llevarnos a Él por toda la eternidad.
Así sea
Saturday, June 25, 2011
DOMINGO 2do. DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
26 JUNIO DE 2011
Queridos Hermanos:
“Quien no ama, permanece en la muerte” (1 San Juan 3:14)
Existen muchas personas que creen amar cuando en realidad no lo hacen. Amor propio no es verdadero amor. Si alguien realmente se ama buscará sólo aquello que es para su beneficio eterno y luchara constantemente en contra de este distorsionado amor propio.
El amor propio está lleno de vanidad y orgullo por lo tanto le falta la gracia de Dios. En esto vemos que el amor propio no es el amigo de uno mismo sino su peor enemigo. El amor propio intimida al verdadero amor y se convierte en un enemigo eterno para nosotros.
Somos testigos en el Evangelio del día de hoy, como una persona trata de justificar el no haber asistido a la cena. Todos y cada uno de ellos, llenos del amor propio, buscan una justificación por no asistir a donde debieron hacerlo. Su amor propio y voluntad desordenada se vuelven obstáculos a su eventual felicidad y tranquilidad.
Asumen que siguiendo su amor propio encontraran la felicidad, pero al final, se les niega probar siquiera, de la Cena.
Después de consentir a nuestra voluntad, somos abandonados y frustrados. Los goces que nos proporciona el amor propio resultan ser ilusiones decepcionantes. Usualmente descubrimos esto, sólo cuando hemos sido rechazados de la cena. Es en este momento, demasiado tarde para regresar o intentar asistir a la gran cena. Ya no hay marcha atrás. La gracia que hayamos rechazado ya no regresará nunca.
En la misericordia de Dios puede que nos mande otra, pero la que hemos rechazado se pierde totalmente.
En lugar de acumular tesoros para el cielo hemos frecuentemente perdido y desperdiciado tiempo valioso al rechazar la gracia de Dios, tal como rechazó la invitación la persona de que nos habla el evangelio de hoy.
Hemos decidido preferir el placer y goce pasajero del amor propio en la vanidad y el orgullo en lugar de recibir verdaderamente las cosas buenas que nos ofrece Dios. Tan frecuente como estas gracias y oportunidades (invitaciones) son rechazadas por nosotros es más probable que no recibamos ya ninguna otra.
Eventualmente, quienes han rechazado todas las gracias destinadas para ellos ya no recibirán ninguna más al ya no quedar ninguna para esto. Serán eliminados para siempre, de la entrada a la cena celestial.
Por otro lado, quienes aceptan y reciben con gratitud la invitación a esta cena, serán invitados no a cualquier cena pequeña, sino que serán recibidos a la Gran Cena. Llenos de delicias sin fin, por su cooperación con la gracia que Dios les ha dado. No sólo incrementarán la gracia actual sino que se les sumarán otras más. Dios los invita constantemente hasta darles la bienvenida, algún día, en la fiesta eterna del cielo.
Los que han rechazado estas invitaciones lo perderán todo eternamente. Les sucederá como lo señala san Juan, en líneas superiores: “quien no ama habita en la muerte”.
Estas pobres almas habiendo escogido seguir su desordenado amor propio en toda su vida, rechazando una y otra vez la invitación de Dios a Su gran cena, no encontraran más que desilusión y frustración en esta vida, pero peor aún, no conocerán ningún tipo de felicidad al apartarse completamente del cielo.
Morirá la segunda muerte y sufrirán toda la eternidad, por su error. Se odiarán constantemente y por toda la eternidad al ver que tan fácil hubiera sido aceptar y corresponder a la invitación.
Muchas veces la invitación es rechazada y el mensajero siente un gran dolor y rechazo, como si fuera él, a quien han rechazado. Aunque e mensajero es constantemente criticado y acusado, Nuestro Señor nos dice que no es el mensajero el que es rechazado, sino quien lo ha mandado (Dios) quien es realmente al que rechazan. Muchos condenan a la Iglesia y sus ministros más no entienden que al hacer esto no están rechazando a estos sino a Dios que los ha mandado. Por lo tanto, al darnos cuenta del rechazo constante de nuestro prójimo por nuestros buenos deseos e intenciones, no lo debemos tomar como un insulto personal.
No somos nosotros los que hemos sido rechazados, sino Dios N. S. el deseo de Dios para sus siervos es que regresen una y otra vez a seguir invitando a los demás hasta que Su casa se llene.
Busquemos y hagamos oración por quienes Dios nos ha enviado para invitarlos a Su Reino, pero si nos damos cuenta que rechazan esta invitación y prefieren permanecer en la muerte en lugar de vivir, busquemos a otros que sean más cooperativos con la gracia de Dios. No lancemos perlas entre los cerdos o invitar a la cena quienes han escogido la muerte y no pueden comer.
Así sea
Queridos Hermanos:
“Quien no ama, permanece en la muerte” (1 San Juan 3:14)
Existen muchas personas que creen amar cuando en realidad no lo hacen. Amor propio no es verdadero amor. Si alguien realmente se ama buscará sólo aquello que es para su beneficio eterno y luchara constantemente en contra de este distorsionado amor propio.
El amor propio está lleno de vanidad y orgullo por lo tanto le falta la gracia de Dios. En esto vemos que el amor propio no es el amigo de uno mismo sino su peor enemigo. El amor propio intimida al verdadero amor y se convierte en un enemigo eterno para nosotros.
Somos testigos en el Evangelio del día de hoy, como una persona trata de justificar el no haber asistido a la cena. Todos y cada uno de ellos, llenos del amor propio, buscan una justificación por no asistir a donde debieron hacerlo. Su amor propio y voluntad desordenada se vuelven obstáculos a su eventual felicidad y tranquilidad.
Asumen que siguiendo su amor propio encontraran la felicidad, pero al final, se les niega probar siquiera, de la Cena.
Después de consentir a nuestra voluntad, somos abandonados y frustrados. Los goces que nos proporciona el amor propio resultan ser ilusiones decepcionantes. Usualmente descubrimos esto, sólo cuando hemos sido rechazados de la cena. Es en este momento, demasiado tarde para regresar o intentar asistir a la gran cena. Ya no hay marcha atrás. La gracia que hayamos rechazado ya no regresará nunca.
En la misericordia de Dios puede que nos mande otra, pero la que hemos rechazado se pierde totalmente.
En lugar de acumular tesoros para el cielo hemos frecuentemente perdido y desperdiciado tiempo valioso al rechazar la gracia de Dios, tal como rechazó la invitación la persona de que nos habla el evangelio de hoy.
Hemos decidido preferir el placer y goce pasajero del amor propio en la vanidad y el orgullo en lugar de recibir verdaderamente las cosas buenas que nos ofrece Dios. Tan frecuente como estas gracias y oportunidades (invitaciones) son rechazadas por nosotros es más probable que no recibamos ya ninguna otra.
Eventualmente, quienes han rechazado todas las gracias destinadas para ellos ya no recibirán ninguna más al ya no quedar ninguna para esto. Serán eliminados para siempre, de la entrada a la cena celestial.
Por otro lado, quienes aceptan y reciben con gratitud la invitación a esta cena, serán invitados no a cualquier cena pequeña, sino que serán recibidos a la Gran Cena. Llenos de delicias sin fin, por su cooperación con la gracia que Dios les ha dado. No sólo incrementarán la gracia actual sino que se les sumarán otras más. Dios los invita constantemente hasta darles la bienvenida, algún día, en la fiesta eterna del cielo.
Los que han rechazado estas invitaciones lo perderán todo eternamente. Les sucederá como lo señala san Juan, en líneas superiores: “quien no ama habita en la muerte”.
Estas pobres almas habiendo escogido seguir su desordenado amor propio en toda su vida, rechazando una y otra vez la invitación de Dios a Su gran cena, no encontraran más que desilusión y frustración en esta vida, pero peor aún, no conocerán ningún tipo de felicidad al apartarse completamente del cielo.
Morirá la segunda muerte y sufrirán toda la eternidad, por su error. Se odiarán constantemente y por toda la eternidad al ver que tan fácil hubiera sido aceptar y corresponder a la invitación.
Muchas veces la invitación es rechazada y el mensajero siente un gran dolor y rechazo, como si fuera él, a quien han rechazado. Aunque e mensajero es constantemente criticado y acusado, Nuestro Señor nos dice que no es el mensajero el que es rechazado, sino quien lo ha mandado (Dios) quien es realmente al que rechazan. Muchos condenan a la Iglesia y sus ministros más no entienden que al hacer esto no están rechazando a estos sino a Dios que los ha mandado. Por lo tanto, al darnos cuenta del rechazo constante de nuestro prójimo por nuestros buenos deseos e intenciones, no lo debemos tomar como un insulto personal.
No somos nosotros los que hemos sido rechazados, sino Dios N. S. el deseo de Dios para sus siervos es que regresen una y otra vez a seguir invitando a los demás hasta que Su casa se llene.
Busquemos y hagamos oración por quienes Dios nos ha enviado para invitarlos a Su Reino, pero si nos damos cuenta que rechazan esta invitación y prefieren permanecer en la muerte en lugar de vivir, busquemos a otros que sean más cooperativos con la gracia de Dios. No lancemos perlas entre los cerdos o invitar a la cena quienes han escogido la muerte y no pueden comer.
Así sea
Saturday, June 18, 2011
FESTIVIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
19 DE JUNIO DE 2011
Queridos Hermanos:
Jesucristo Nuestro Señor ha dado a Sus discípulos la garantía de permanecer con ellos para siempre –aún hasta la consumación de los tiempos. Al celebrar la festividad de la Santísima Trinidad, se nos recuerdan muchas cosas relativas a Dios.
Sabemos que son Tres Personas en un solo Dios; y como nos lo dice san Pablo, que los juicios de Dios son incomprensibles por nosotros y Sus caminos inescrutables. Pero más que esto, consideremos su Omnipresencia.
Jamás podemos escaparnos de la presencia de Dios. Hay quienes dices que la presencia de Dios es como el aire alrededor nuestro. Más que todo esto, encontramos la presencia de Dios dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Dios está con nosotros todo el tiempo.
Para la persona virtuosa esto es algo muy reconfortante al pensar que Dios es testigo de todo lo que hace, todo lo que piensa y dice. Para el individuo malévolo esto es una cosa muy temerosa al recordar que Dios es testigo de sus crímenes y maldad.
Más allá de todo esto, debemos entender que la presencia de Dios es necesaria para nuestra existencia misma. Se ha señalado ya con anterioridad que si Dios dejara un instante de pensar en nosotros en ese mismo instante dejaríamos de existir.
Existimos constantemente en Dios. Vivimos, no sólo en su presencia, sino que por El y en El únicamente.
Cuando pecamos debemos entender que no sólo hemos olvidado a Dios y Su presencia, sino que lo hemos forzado, por así decirlo, a participar por lo menos por Su voluntad permisiva, en nuestra maldad. Dios es no sólo un testigo silencioso ante nuestros pensamientos malignos, palabras y acciones, es por así decirlo, forzado a participar en nuestras acciones pecaminosas, porque, por Su existencia en la criatura que nosotros abusamos.
Todo lo que Dios ha hecho es bueno, santo y complaciente para El. Se le ha dado al hombre la capacidad de usar todo esto en contra de Dios. El hombre ha tomado las cosas buenas y las ha hecho malas. Debido a que Dios está presente en todas las cosas, el hombre en su pecado esta directamente atacando y abusando de Dios. El abuso no es únicamente en contra de Su creación, sino que se está oponiendo a Él, porque lo encontramos en todo lo creado.
La manera en que entendemos, los dones de Dios para nosotros, frecuentemente ha llevado al hombre a confundir a Sus criaturas con Él mismo, poniendo a la creatura en el lugar de Dios. La idolatría es el entendimiento pervertido o equivocado de la realidad.
Todo el mundo a nuestro alrededor es sagrado y santo en el sentido de que, ha sido creado y viene de la mano de Dios y están contenidas en Él, sin embargo, estas cosas no son Dios.
En su belleza y adaptación para lo que fueron creadas, vemos la perfección de Dios. Vemos a Dios en Sus obras, sin embargo, debemos entender que es Su obra y no que es Él, aunque permanezca en esta.
Nosotros también somos Su obra, somos Su creación. Vive en nosotros de una manera más intima que el resto de la creación. Aunque no somos dioses, nos encontramos a un nivel superior al resto de la creación puramente material. Este mundo material fue hecho sólo para nosotros.
Así como debemos respetar y no abusar de este mundo material, que Dios nos ha dado y permanece en este, debemos tener un mayor sentido de respeto y sagrado uso de nuestro propio cuerpo y el de nuestro prójimo. No somos objetos materiales que deben ser estudiados ese l plano únicamente material. Tenemos un alma inmortal y somos templos del Espíritu Santo.
Nuestro cuerpo no es realmente nuestro, como tampoco lo son nuestros hijos. Los niños o son otra cosa que una masa de células y tejidos. Son la creación de Dios y son Sus templos, son sagrados y merecen respeto, dignidad y honor, como en todas las etapas de su vida. No tenemos ningún derecho de arrastrar lo sagrado a nivel de lo profano. No somos libres de considerar al hombre al mismo nivel de los demás animales. No somos libres de manipularlos a nuestro antojo y placer.
Al contemplar el misterio de Dios y la Trinidad, no fallemos en contemplar Su vida y presencia dentro y en todo lo que hacemos. Arrepintámonos de haberlo ofendido.
Supliquemos Su misericordia por todos los que lo han ofendido al abusar sus cuerpos o el de los demás. Somos miembros de Cristo- vivientes: “Recuerden que Yo estaré con ustedes, hasta la consumación de los siglos”. (San Mateo: 28:20)
ASÍ SEA
Queridos Hermanos:
Jesucristo Nuestro Señor ha dado a Sus discípulos la garantía de permanecer con ellos para siempre –aún hasta la consumación de los tiempos. Al celebrar la festividad de la Santísima Trinidad, se nos recuerdan muchas cosas relativas a Dios.
Sabemos que son Tres Personas en un solo Dios; y como nos lo dice san Pablo, que los juicios de Dios son incomprensibles por nosotros y Sus caminos inescrutables. Pero más que esto, consideremos su Omnipresencia.
Jamás podemos escaparnos de la presencia de Dios. Hay quienes dices que la presencia de Dios es como el aire alrededor nuestro. Más que todo esto, encontramos la presencia de Dios dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Dios está con nosotros todo el tiempo.
Para la persona virtuosa esto es algo muy reconfortante al pensar que Dios es testigo de todo lo que hace, todo lo que piensa y dice. Para el individuo malévolo esto es una cosa muy temerosa al recordar que Dios es testigo de sus crímenes y maldad.
Más allá de todo esto, debemos entender que la presencia de Dios es necesaria para nuestra existencia misma. Se ha señalado ya con anterioridad que si Dios dejara un instante de pensar en nosotros en ese mismo instante dejaríamos de existir.
Existimos constantemente en Dios. Vivimos, no sólo en su presencia, sino que por El y en El únicamente.
Cuando pecamos debemos entender que no sólo hemos olvidado a Dios y Su presencia, sino que lo hemos forzado, por así decirlo, a participar por lo menos por Su voluntad permisiva, en nuestra maldad. Dios es no sólo un testigo silencioso ante nuestros pensamientos malignos, palabras y acciones, es por así decirlo, forzado a participar en nuestras acciones pecaminosas, porque, por Su existencia en la criatura que nosotros abusamos.
Todo lo que Dios ha hecho es bueno, santo y complaciente para El. Se le ha dado al hombre la capacidad de usar todo esto en contra de Dios. El hombre ha tomado las cosas buenas y las ha hecho malas. Debido a que Dios está presente en todas las cosas, el hombre en su pecado esta directamente atacando y abusando de Dios. El abuso no es únicamente en contra de Su creación, sino que se está oponiendo a Él, porque lo encontramos en todo lo creado.
La manera en que entendemos, los dones de Dios para nosotros, frecuentemente ha llevado al hombre a confundir a Sus criaturas con Él mismo, poniendo a la creatura en el lugar de Dios. La idolatría es el entendimiento pervertido o equivocado de la realidad.
Todo el mundo a nuestro alrededor es sagrado y santo en el sentido de que, ha sido creado y viene de la mano de Dios y están contenidas en Él, sin embargo, estas cosas no son Dios.
En su belleza y adaptación para lo que fueron creadas, vemos la perfección de Dios. Vemos a Dios en Sus obras, sin embargo, debemos entender que es Su obra y no que es Él, aunque permanezca en esta.
Nosotros también somos Su obra, somos Su creación. Vive en nosotros de una manera más intima que el resto de la creación. Aunque no somos dioses, nos encontramos a un nivel superior al resto de la creación puramente material. Este mundo material fue hecho sólo para nosotros.
Así como debemos respetar y no abusar de este mundo material, que Dios nos ha dado y permanece en este, debemos tener un mayor sentido de respeto y sagrado uso de nuestro propio cuerpo y el de nuestro prójimo. No somos objetos materiales que deben ser estudiados ese l plano únicamente material. Tenemos un alma inmortal y somos templos del Espíritu Santo.
Nuestro cuerpo no es realmente nuestro, como tampoco lo son nuestros hijos. Los niños o son otra cosa que una masa de células y tejidos. Son la creación de Dios y son Sus templos, son sagrados y merecen respeto, dignidad y honor, como en todas las etapas de su vida. No tenemos ningún derecho de arrastrar lo sagrado a nivel de lo profano. No somos libres de considerar al hombre al mismo nivel de los demás animales. No somos libres de manipularlos a nuestro antojo y placer.
Al contemplar el misterio de Dios y la Trinidad, no fallemos en contemplar Su vida y presencia dentro y en todo lo que hacemos. Arrepintámonos de haberlo ofendido.
Supliquemos Su misericordia por todos los que lo han ofendido al abusar sus cuerpos o el de los demás. Somos miembros de Cristo- vivientes: “Recuerden que Yo estaré con ustedes, hasta la consumación de los siglos”. (San Mateo: 28:20)
ASÍ SEA
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