27 DE DICIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
El día de hoy celebramos la festividad de San Juan, el más joven de los apóstoles, conocido como el bien amado discípulos de Nuestro Señor Jesucristo. Es san Juan quien recarga su cabeza sobre el hombro de nuestro Señor, en la Ultima Cena y, el mismo que permaneció al pie de la Cruz de Nuestro Señor y a quien, Cristo, le encomienda el cuidado de Su Madre, María Santísima.
San Juan es representado como un águila, porque lo sublime de su evangelio nos eleva al Cielo. El ultimo evangelio que se lee en el Santo Sacrificio de la Misa, es el capitulo primero del Evangelio de San Juan. En el vemos las verdades de nuestra fe más profundas y hermosas que han sido preparadas para nosotros y para toda la eternidad. Nuestras almas se eleven ante estas palabras y como si un águila nos tomare en su vuelo nos llevan a contemplar las bellezas Celestiales.
No hay cosa más apropiada que celebrar esta fiesta tan cercana a la Navidad de Nuestro Señor, tanto por las verdades de su doctrina como por el amor que existía entre san Juan y Nuestro Señor.
San Juan Y santo Santiago, hermanos, les conocía Nuestro Señor como los “hijos del trueno” porque clamaban al Cielo que mandara fuego para que destruyera la ciudad de los Samaritanos que rechazaban recibir la doctrina que predicaba su Maestro. Cuando contemplamos el amor que existía entre esto santos y Nuestro Señor, podremos entender la dirección que tomaba su celo por el Honor y Gloria de Nuestro Señor.
Existen muchos que desearían destruir a sus enemigos, sin embargo, me puedo aventurar en decir que este celo no es por el amor y gloria de Dios, sino más bien por su propia maldad y venganza. La grandeza de amor y contemplación a la que nos lleva el Evangelio de San Juan parece perderse en muchos de nosotros. Incapaces de amar, cegados por el amor propio, muchos hombres, parecen incapaces de captar y entender la profundidad de las verdades expuestas por san Juan en el evangelio de hoy.
San Juan escribe y condena a los herejes o anti-cristianos que pretendían y decían que Jesucristo era sólo hombre, y que no existía antes de nacer en este mundo, de san José y María Santísima.
En los primeros días este tema era una guerra constante en la corrección de las concepciones sobre la persona de Nuestro Señor Jesucristo. Los ataque en contra de la Persona de Jesucristo, hoy día no son de manera directa, como lo fueron en el pasado. Existe de todo, quienes niegan la divinidad de Jesucristo, como los Judíos y paganos. Y existen quienes niegan su humanidad. Pero los más peligrosos son quienes afirman creer en Él y sin embargo lo niegan en sus corazones y acciones externas de la vida diaria. Hay otros que niegan la realidad de que Jesucristo haya nacido realmente y de manera histórica, como todo ser humano, haya físicamente permanecido entre nosotros. Dicen que Cristo es un “mito” como las historias sin fin de muchas religiones falsas.
Existen muchísimos que quisieran toman la doctrina del Cuerpo Místico de Jesucristo a niveles heréticos, al pretender que Cristo vive en todos y cada uno. Es decir que todos y cada uno se convierten en un “sacramento”. Negando con esto que Cristo sea verdaderamente Dios y verdaderamente Hombre.
La culminación de todas estas mentiras y falsas doctrinas acerca de Jesucristo llevan a la negación practica si no por lo menos teóricamente a la negación de la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. Muchos se comportan como si la presencia de Jesucristo fuera algo simbólico o figurativo y no real y actual. Se han convertido a la secta protestante sin darse cuenta (bueno, eso decimos nosotros).
Necesitamos más que otra cosa, escuchar y practicar, las palabras de este apóstol amado, virgen, evangelista, como lo necesitaban las personas de aquel entonces.
Pidamos a San Juan que eleve nuestro corazón y mente a la profundidad del misterio de la Encarnación. Desarrollemos el amor que San Juan tenía por nuestro Señor, para que podamos recibir la doctrina profunda y verdadera en relación a la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, no sólo históricamente sino que también en la Santa Eucaristía.
Sin este amor y sin la gracia de Dios, no podemos esperar creer las verdades que Dios nos ha revelado. Luego entonces, no podemos esperar encontrarlo y recibirlo en este mundo para gozar de Su compañía por toda la eternidad.
Así sea.
Saturday, December 26, 2009
Thursday, December 24, 2009
NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
25 DE DICIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
“Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”
Kroesus, uno de los reyes más ricos y poderosos de la antigüedad, en cierta ocasión preguntó a uno de los filósofos: ¿Quién crees tú que es el hombre más feliz del mundo? El rey quedó sorprendido al escuchar que la respuesta fue, un pobre hombre, desconocido, es el más feliz. Exigió de inmediato una explicación el rey, ante tal respuesta.
Esta es la paz que todos buscan pero que pocos encuentran. La paz es necesaria si vamos a disfrutar todas las cosas ya sea en esta vida o en la eternidad. San Gregorio de Niza decía: Cualquier cosa que menciones como dulce y placentera en esta vida, siempre necesita la paz, para poder realmente ser placentera. Porque aunque tengas todo lo que es valorado y estimado en esta vida, como riquezas, salud, alegrías, diversiones y placeres, ¿de qué te servirían si les falta la paz?
Si no hubiera paz en el cielo dejaría de serlo y si ésta pudiera entrar al infierno, éste dejaría también de ser eso, infierno.
La paz se alejó de este mundo y del ser humano con el pecado de Adán (pecado original) todos los que están en pecado (pecado actual) se encuentran en contra de Dios, luego entonces la paz se encuentra muy lejos de ellos. En el libro de Job leemos: ¿Quién se ha resistido a Él (Dios) y conservado la Paz? San Juan dice: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no permanece en nosotros” luego entonces el ser humano es reducido a un estado deplorable, vacio de felicidad.
No hemos sido abandonados, Dios ha mandado a su único Hijo Jesucristo para redimirnos. Ningún ser humano podría haber jamás pagado el precio de nuestra redención porque la infinita bondad fue ofendida. El salmista dice: Ningún hermano puede redimir, ni ningún hombre podrá ser redimido. Sería insuficiente para dar y restaurar todo lo que se le ha ofendido a Dios. Ni podrá pagar el precio de la redención de su alma. Razón por la cual Dios mismo ha venido a pagar el precio de nuestra redención. Sin embargo, es al mismo tiempo, necesario que el hombre page por lo cual Dios mismo se ha hecho hombre. Dios y Hombre, Jesucristo, por medio de su sacrificio, ha pagado el precio de nuestra redención. Nos ha reintegrado una vez más la paz.
Y para todos aquellos que actúan de buena voluntad esta paz les es entregada. Ya lo dice el ángel: “Paz a los hombres de buena voluntad”
El niño Dios que se nos presenta el día de hoy, y que nació en el portal de Belén, es el único medio de obtener esta paz para todos nosotros. Este es el momento que todos los hijos de Adán han estado esperando y que celebramos con gran alegría este día.
La fuente de nuestra alegría ha llegado, sin embargo no todos la reciben. Es sólo para quienes están dispuestos a recibirla dignamente, hombres de buena voluntad. Para recibir estos dones de Dios debemos recibir a Jesucristo en nuestro corazón.
Debemos amarlo con todo nuestro ser y con un amor preferencial. No podemos permitir que algo se interponga antes o entre este amor. ¿Cómo podemos discernir esta virtud entre nosotros? ¿Qué significa amar a Dios de esta manera?
Jesucristo mismo, nos da esta respuesta: “Si me amas, cumple mi palabra”, es decir que no existe la paz en quienes viven una vida pecaminosa, quienes aman el pecado son enemigos de Dios. Para encontrar la paz verdadera debemos odiar y detestar el pecado.
San Anselmo a este respecto agrega:
“Si las fauces del infierno estuvieran a uno de mis costados y al otro el pecado con todas sus aparentes maravillas invitándome, preferiría arrojarme al fondo del infierno y quemarme vivo, en lugar de caer en pecado”.
Esto es para que veamos cuanto detestaban el pecado y que a imagen de los santos debemos también nosotros establecer como meta dejar de pecar. Morir antes que pecar, por más insignificante que este parezca.
Muchos se engañan a sí mismos creyendo, según ellos, que pueden obtener la paz sin dejar de vivir en pecado, no alejarse de las asociaciones pecaminosas, abandonar un mal habito, hacer restitución por alguna injusticia, perdonar las ofensas, etc.. Esa es, la farsa en la que viven muchos seres humanos.
En navidad se nos invita a que abandonemos estas situaciones ilusorias y nos alejemos del pecado por una verdadera conversión y arrepentimiento, para poder obtener la verdadera paz que sólo Cristo entrega y que trajo para todos nosotros hace más de dos mil años.
Alejémonos del pecado, empecemos por detestarlo al igual que lo hicieron los santos, una vez con nuestra conciencia limpia recibamos en nuestro corazón, a Jesucristo en el santísimo sacramento del altar para obtener el beneficio de esta paz. Si no podemos recibirlo en el santísimo sacramento, hagamos una verdadera y genuina comunión espiritual. Este es el único medio que tenemos para vivir y morir, en una verdadera paz. La Paz que Sólo Jesucristo puede dar.
Así sea.
Queridos Hermanos:
“Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”
Kroesus, uno de los reyes más ricos y poderosos de la antigüedad, en cierta ocasión preguntó a uno de los filósofos: ¿Quién crees tú que es el hombre más feliz del mundo? El rey quedó sorprendido al escuchar que la respuesta fue, un pobre hombre, desconocido, es el más feliz. Exigió de inmediato una explicación el rey, ante tal respuesta.
Esta es la paz que todos buscan pero que pocos encuentran. La paz es necesaria si vamos a disfrutar todas las cosas ya sea en esta vida o en la eternidad. San Gregorio de Niza decía: Cualquier cosa que menciones como dulce y placentera en esta vida, siempre necesita la paz, para poder realmente ser placentera. Porque aunque tengas todo lo que es valorado y estimado en esta vida, como riquezas, salud, alegrías, diversiones y placeres, ¿de qué te servirían si les falta la paz?
Si no hubiera paz en el cielo dejaría de serlo y si ésta pudiera entrar al infierno, éste dejaría también de ser eso, infierno.
La paz se alejó de este mundo y del ser humano con el pecado de Adán (pecado original) todos los que están en pecado (pecado actual) se encuentran en contra de Dios, luego entonces la paz se encuentra muy lejos de ellos. En el libro de Job leemos: ¿Quién se ha resistido a Él (Dios) y conservado la Paz? San Juan dice: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no permanece en nosotros” luego entonces el ser humano es reducido a un estado deplorable, vacio de felicidad.
No hemos sido abandonados, Dios ha mandado a su único Hijo Jesucristo para redimirnos. Ningún ser humano podría haber jamás pagado el precio de nuestra redención porque la infinita bondad fue ofendida. El salmista dice: Ningún hermano puede redimir, ni ningún hombre podrá ser redimido. Sería insuficiente para dar y restaurar todo lo que se le ha ofendido a Dios. Ni podrá pagar el precio de la redención de su alma. Razón por la cual Dios mismo ha venido a pagar el precio de nuestra redención. Sin embargo, es al mismo tiempo, necesario que el hombre page por lo cual Dios mismo se ha hecho hombre. Dios y Hombre, Jesucristo, por medio de su sacrificio, ha pagado el precio de nuestra redención. Nos ha reintegrado una vez más la paz.
Y para todos aquellos que actúan de buena voluntad esta paz les es entregada. Ya lo dice el ángel: “Paz a los hombres de buena voluntad”
El niño Dios que se nos presenta el día de hoy, y que nació en el portal de Belén, es el único medio de obtener esta paz para todos nosotros. Este es el momento que todos los hijos de Adán han estado esperando y que celebramos con gran alegría este día.
La fuente de nuestra alegría ha llegado, sin embargo no todos la reciben. Es sólo para quienes están dispuestos a recibirla dignamente, hombres de buena voluntad. Para recibir estos dones de Dios debemos recibir a Jesucristo en nuestro corazón.
Debemos amarlo con todo nuestro ser y con un amor preferencial. No podemos permitir que algo se interponga antes o entre este amor. ¿Cómo podemos discernir esta virtud entre nosotros? ¿Qué significa amar a Dios de esta manera?
Jesucristo mismo, nos da esta respuesta: “Si me amas, cumple mi palabra”, es decir que no existe la paz en quienes viven una vida pecaminosa, quienes aman el pecado son enemigos de Dios. Para encontrar la paz verdadera debemos odiar y detestar el pecado.
San Anselmo a este respecto agrega:
“Si las fauces del infierno estuvieran a uno de mis costados y al otro el pecado con todas sus aparentes maravillas invitándome, preferiría arrojarme al fondo del infierno y quemarme vivo, en lugar de caer en pecado”.
Esto es para que veamos cuanto detestaban el pecado y que a imagen de los santos debemos también nosotros establecer como meta dejar de pecar. Morir antes que pecar, por más insignificante que este parezca.
Muchos se engañan a sí mismos creyendo, según ellos, que pueden obtener la paz sin dejar de vivir en pecado, no alejarse de las asociaciones pecaminosas, abandonar un mal habito, hacer restitución por alguna injusticia, perdonar las ofensas, etc.. Esa es, la farsa en la que viven muchos seres humanos.
En navidad se nos invita a que abandonemos estas situaciones ilusorias y nos alejemos del pecado por una verdadera conversión y arrepentimiento, para poder obtener la verdadera paz que sólo Cristo entrega y que trajo para todos nosotros hace más de dos mil años.
Alejémonos del pecado, empecemos por detestarlo al igual que lo hicieron los santos, una vez con nuestra conciencia limpia recibamos en nuestro corazón, a Jesucristo en el santísimo sacramento del altar para obtener el beneficio de esta paz. Si no podemos recibirlo en el santísimo sacramento, hagamos una verdadera y genuina comunión espiritual. Este es el único medio que tenemos para vivir y morir, en una verdadera paz. La Paz que Sólo Jesucristo puede dar.
Así sea.
Saturday, December 19, 2009
DOMINGO 4to. De ADVIENTO
20 DE DICIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
Una vez más, nuestros pensamientos son dirigidos hacia san Juan Bautista y su predicación sobre la penitencia, enfática, todos debemos hacer penitencia. Bautizó a las personas como manera de señalar la limpieza y eliminación de las manchas del pecado, al iniciarse en la verdadera penitencia, alejarse del mal.
Vivía en el desierto y su vestimenta era de piel de camello y ceñida su cintura con piel. Su alimentación era basada en miel y langosta. Por lo que podemos deducir que su predicación no era la de un hipócrita, predicaba con el ejemplo y ejercía mayor disciplina y penitencia rigurosa sobre si mismo mucho mayor, a la que pedía a quienes lo escuchaban.
Hoy en nuestros días, tenemos nuestra conciencia, esa voz que nos está llamando constantemente a la penitencia. La que podemos comparar al niño insistente y que en ocasiones se vuelve fastidioso ya que no se detiene, hasta que logra su objetivo.
Nuestra conciencia no puede ser ignorada. Es mejor para nosotros establecer una buena amistad con esta, lo más pronto posible, para evitar un largo y prolongado periodo de mancha y dolor sobre nuestra conciencia y toda la carga del pecado impuesta sobre el pecador, haciéndolo desdichado, infeliz, y descontento con todo a su alrededor.
Nuestra Santa Madre la Iglesia, también predica la penitencia, nos manda predicadores que nos anuncian la necesidad de la penitencia y el cambio del pecado a la vida. Nos señala de igual forma festividades y tiempos que nos predican una y otra vez la necesidad de la penitencia. Tenemos en primer lugar el Adviento y la Semana Santa, que nos recuerdan la necesidad de esta penitencia tan indispensable para nuestro bien.
Las Festividades de Nuestro Señor, Nuestra Santísima Madre y los santos, todas nos llaman a la necesidad de purificar nuestras almas para poder gozar únicamente de su compañía por toda la eternidad, porque nada manchado por el pecado, puede entrar en el reino de los cielos.
Dios nuestro señor, de igual forma, nos predica esto de manera directa en los diferentes acontecimientos de nuestras vidas. Existen enfermedades peligrosas, desastres naturales, levantamientos políticos, dificultades económicas etc. Todas las cosas de este mundo suceden por la mano de Dios, incluyendo estas grandes cruces. Al ser forzados a cargar con ellas, estamos siendo preparados en el camino de la penitencia.
Sin embargo, con todos y cada uno de estos predicadores de la necesidad que tenemos de hacer penitencia, parece que cada vez hay menos penitentes.
Muchos se engañan a sí mismos al pensar que no tienen necesidad de hacer penitencia; se imaginan que al no haber robado, matado o cometido adulterio etc. no tienen necesidad de arrepentimiento y consecuentemente hacer penitencia. Nunca se han detenido a examinar cuidadosamente su conciencia para verdaderamente comparar sus vidas al modelo que Cristo nos ha dejado de sí mismo y Su Palabra.
Muchos olvidan sus pecados de pensamiento y omisión. El examen de conciencia está limitado muchas veces a las palabras y acciones, lo cual es sólo el principio, de lo que sería un buen examen. Existen, probablemente, más pecados cometidos con el pensamiento, que jamás podríamos imaginarnos. Dios todo deseo lo toma por hecho y
¿con qué frecuencia fallamos en hacer lo que debemos hacer?
Existen muchos que piensan que tendrán tiempo después para hacer penitencia y que pueden vivir en su pecado todo el tiempo. Los jóvenes piensan que pueden vivir pecando, que ya cambiarán cuando se casen y que entonces, vivirán una vida virtuosa.
Ninguno de nosotros sabemos cuánto tiempo más tenemos de vida, muchas veces son los pecadores, quienes son llamados a rendir cuentas, y en algunas ocasiones en el acto mismo de cometer tal o cual pecado, sellando con esto su eterna condena en el infierno.
Quien desea continuar viviendo en sus pecados constantemente estará amontonando más de estos, uno tras otro el resto de su vida. Al vivir de esta manera se desarrolla un hábito cada vez más difícil de eliminar. Como vive el hombre ahora, es probable que, de esa misma manera haya de morir. Si vivimos en el pecado, en este perecemos.
El tiempo de penitencia es ahora, podemos convertirnos en amigos de Dios en este momento, si así lo deseamos. El siempre está esperando nuestro verdadero arrepentimiento, lo único que nos detiene somos nosotros mismos. Algún día estaremos, cara a cara, frente a nuestro salvador, quien nos recibirá con un fuerte abrazo o a quienes rechazará mandándonos al fuego eterno.
La decisión es nuestra, podemos acudir a un padre amoroso dispuesto a perdonarnos o enfrentar a un justo Juez.
Quienes no sean purificados y verdaderamente arrepentidos de sus pecados y reconciliados con Dios escucharan de manera irrefutable las palabras de “apartaos de mí, no te conozco”
Hagamos penitencia de una buena vez, y empecemos ahora a caminar por el sendero que ha de salvar nuestra alma inmortal.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Una vez más, nuestros pensamientos son dirigidos hacia san Juan Bautista y su predicación sobre la penitencia, enfática, todos debemos hacer penitencia. Bautizó a las personas como manera de señalar la limpieza y eliminación de las manchas del pecado, al iniciarse en la verdadera penitencia, alejarse del mal.
Vivía en el desierto y su vestimenta era de piel de camello y ceñida su cintura con piel. Su alimentación era basada en miel y langosta. Por lo que podemos deducir que su predicación no era la de un hipócrita, predicaba con el ejemplo y ejercía mayor disciplina y penitencia rigurosa sobre si mismo mucho mayor, a la que pedía a quienes lo escuchaban.
Hoy en nuestros días, tenemos nuestra conciencia, esa voz que nos está llamando constantemente a la penitencia. La que podemos comparar al niño insistente y que en ocasiones se vuelve fastidioso ya que no se detiene, hasta que logra su objetivo.
Nuestra conciencia no puede ser ignorada. Es mejor para nosotros establecer una buena amistad con esta, lo más pronto posible, para evitar un largo y prolongado periodo de mancha y dolor sobre nuestra conciencia y toda la carga del pecado impuesta sobre el pecador, haciéndolo desdichado, infeliz, y descontento con todo a su alrededor.
Nuestra Santa Madre la Iglesia, también predica la penitencia, nos manda predicadores que nos anuncian la necesidad de la penitencia y el cambio del pecado a la vida. Nos señala de igual forma festividades y tiempos que nos predican una y otra vez la necesidad de la penitencia. Tenemos en primer lugar el Adviento y la Semana Santa, que nos recuerdan la necesidad de esta penitencia tan indispensable para nuestro bien.
Las Festividades de Nuestro Señor, Nuestra Santísima Madre y los santos, todas nos llaman a la necesidad de purificar nuestras almas para poder gozar únicamente de su compañía por toda la eternidad, porque nada manchado por el pecado, puede entrar en el reino de los cielos.
Dios nuestro señor, de igual forma, nos predica esto de manera directa en los diferentes acontecimientos de nuestras vidas. Existen enfermedades peligrosas, desastres naturales, levantamientos políticos, dificultades económicas etc. Todas las cosas de este mundo suceden por la mano de Dios, incluyendo estas grandes cruces. Al ser forzados a cargar con ellas, estamos siendo preparados en el camino de la penitencia.
Sin embargo, con todos y cada uno de estos predicadores de la necesidad que tenemos de hacer penitencia, parece que cada vez hay menos penitentes.
Muchos se engañan a sí mismos al pensar que no tienen necesidad de hacer penitencia; se imaginan que al no haber robado, matado o cometido adulterio etc. no tienen necesidad de arrepentimiento y consecuentemente hacer penitencia. Nunca se han detenido a examinar cuidadosamente su conciencia para verdaderamente comparar sus vidas al modelo que Cristo nos ha dejado de sí mismo y Su Palabra.
Muchos olvidan sus pecados de pensamiento y omisión. El examen de conciencia está limitado muchas veces a las palabras y acciones, lo cual es sólo el principio, de lo que sería un buen examen. Existen, probablemente, más pecados cometidos con el pensamiento, que jamás podríamos imaginarnos. Dios todo deseo lo toma por hecho y
¿con qué frecuencia fallamos en hacer lo que debemos hacer?
Existen muchos que piensan que tendrán tiempo después para hacer penitencia y que pueden vivir en su pecado todo el tiempo. Los jóvenes piensan que pueden vivir pecando, que ya cambiarán cuando se casen y que entonces, vivirán una vida virtuosa.
Ninguno de nosotros sabemos cuánto tiempo más tenemos de vida, muchas veces son los pecadores, quienes son llamados a rendir cuentas, y en algunas ocasiones en el acto mismo de cometer tal o cual pecado, sellando con esto su eterna condena en el infierno.
Quien desea continuar viviendo en sus pecados constantemente estará amontonando más de estos, uno tras otro el resto de su vida. Al vivir de esta manera se desarrolla un hábito cada vez más difícil de eliminar. Como vive el hombre ahora, es probable que, de esa misma manera haya de morir. Si vivimos en el pecado, en este perecemos.
El tiempo de penitencia es ahora, podemos convertirnos en amigos de Dios en este momento, si así lo deseamos. El siempre está esperando nuestro verdadero arrepentimiento, lo único que nos detiene somos nosotros mismos. Algún día estaremos, cara a cara, frente a nuestro salvador, quien nos recibirá con un fuerte abrazo o a quienes rechazará mandándonos al fuego eterno.
La decisión es nuestra, podemos acudir a un padre amoroso dispuesto a perdonarnos o enfrentar a un justo Juez.
Quienes no sean purificados y verdaderamente arrepentidos de sus pecados y reconciliados con Dios escucharan de manera irrefutable las palabras de “apartaos de mí, no te conozco”
Hagamos penitencia de una buena vez, y empecemos ahora a caminar por el sendero que ha de salvar nuestra alma inmortal.
Así sea.
Saturday, December 12, 2009
DOMINGO 3ro. DE ADVIENTO (GAUDETE)
13 DICIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
Todos y cada uno de nosotros tenemos en nuestro interior una “voz que clama en el desierto” la cual mas allá de causarnos tristeza y renuncia, debe regocijarnos y alegrarnos.
El día de hoy vemos como San Juan Bautista dando respuesta a quienes preguntan ¿quién era él? Les dice la verdad; no es Cristo, ni Elías, ni alguno de los profetas, dice de sí mismo que, es la voz del que clama en el desierto. La voz que clama pero que muy pocos escuchan. Esta misma acción se realiza en cada uno de nosotros, en nuestra conciencia, ella es la voz de la verdad, del llamado de Dios, en nuestro interior nos pide que corrijamos nuestra vida. Nos señala el camino a seguir, como debemos comportarnos y lo que debemos hacer; si fallamos en poner atención a su llamado, escuchamos luego entonces la condenación de nuestra rebelión malvada.
De la misma manera en que no dudó san Juan en condenar el mal que veía, aún cuando era visto en la autoridad de Herodes, así nuestra conciencia con toda razón condena lo que ve en nosotros que no es correcto.
Estamos hechos a la imagen y semejanza de Dios y es nuestra conciencia lo que, nos hace de esta manera a Dios, que es la verdad misma. No podemos ocultar la maldad a nuestra conciencia como no nos podemos esconder de Dios.
Aún si nadie en el mundo conoce nuestras intenciones perversas, Dios y nuestra conciencia lo saben. Y de ésta manera la obra de Dios es realizada en nosotros.
Constantemente se nos está insistiendo en que debemos corregir nuestros errores y previniendo de cometer algún pecado. Al grado de haber personas que se enferman gravemente por tener una conciencia culpable. No necesitan a nadie más, para que condene lo malo que hacen o están por realizar, su conciencia se encarga de esto de manera clara y a viva voz, no dando descanso ni paz a su alma.
En nuestra preparación para recibir a Cristo en esta Navidad, debemos repetir la historia dentro de nosotros mismos. Así como la gente acudió al desierto para escuchar la voz de San Juan, que predicaba sobre la penitencia y el bautismo, así nosotros debemos escuchar a nuestra conciencia, para ver lo que hemos hecho mal, corregirnos y hacer penitencia. Sólo de esta manera estaremos preparados para verdaderamente y dignamente recibir a Jesucristo Nuestro Señor en nuestra alma.
Debemos, no sólo escuchar la voz de nuestra conciencia sino que debemos actuar en consecuencia, si decidimos ignorarla terminaremos como Herodes. El mal que amamos más, que a la verdad, nos llevará al extremo drástico de dar muerte a nuestra conciencia, como Herodes hizo con San Juan.
Una vez que nuestra conciencia es silenciada por nuestra voluntad violenta y maligna, estaremos condenados, aún cuando deambulemos en este mundo.
No puede haber vida más deplorable que, el de una conciencia “muerta” que ya no oye ni puede ser escuchada; tal conciencia no tiene manera de discernir entre lo correcto y lo incorrecto. La única voz que tales individuos escuchan es la de sus propias pasiones desordenadas que libre y dócilmente los conducen de un vicio a otro, cada vez mayor y peor que el anterior, hasta terminar en el infierno.
Se dice que nuestra “conciencia nos hace cobardes a todos” lo cual podemos constatar claramente en nuestra vida diaria. Si estamos en sintonía con esta, veremos no sólo nuestros pecados y transgresiones, sino que también veremos nuestra profunda miseria y debilidad. Es en la profundidad de este conocimiento de nuestra total debilidad y horrenda vida pecaminosa presentada ante nuestros ojos por nuestra conciencia que, nos conduce a una verdadera humildad.
Esta conciencia de la verdad de sus propias almas y profunda humildad, es lo que atrajo a los santos y en particular a San Francisco, al declararse como los peores pecadores, lo cual no es una “exageración piadosa”, porque dicen esto, no en comparación con las otras almas alrededor de ellos sino en comparación de su alma, al modelo perfecto -Cristo- a quienes su conciencia los eleva constantemente, alcanzarlo e imitarlo.
El trágico error de la mayoría de las personas, es que no escuchan a su conciencia, en la comparación de su vida con Jesucristo, sino que prefieren escuchar sus paciones y comparar su vida con las de los demás hombres a su alrededor. Luego entonces, su conciencia les dice claramente, que ellos, no son tan malos, que hay otros peores, y que pueden cómodamente tomar un descanso y dormir en sus pecados. No pueden ver la conciencia de las demás personas, por lo que su juicio sobre la vida de éstas, es sólo una suposición.
La culpa que ven, posiblemente no existe ante los ojos de Dios, por lo tanto, tal vez no sean tan buenos como quisieran creerlo, luego entonces su comparación es una farsa. Al vivir esta mentira, viven bajo la ilusión de ser mejores que el resto de los hombres, cuando en realidad, son peor que quienes acusen.
Aclamemos a la voz de nuestra conciencia, amoldémonos a esta sin importar lo doloroso que esto parezca y al hacer esto nos volvamos profundamente humildes y enderecemos el áspero y torcido camino en el que hemos metido nuestra alma para poder verdaderamente recibir la gracia de Nuestro Señor Jesucristo el día de Navidad.
Que así sea.
Queridos Hermanos:
Todos y cada uno de nosotros tenemos en nuestro interior una “voz que clama en el desierto” la cual mas allá de causarnos tristeza y renuncia, debe regocijarnos y alegrarnos.
El día de hoy vemos como San Juan Bautista dando respuesta a quienes preguntan ¿quién era él? Les dice la verdad; no es Cristo, ni Elías, ni alguno de los profetas, dice de sí mismo que, es la voz del que clama en el desierto. La voz que clama pero que muy pocos escuchan. Esta misma acción se realiza en cada uno de nosotros, en nuestra conciencia, ella es la voz de la verdad, del llamado de Dios, en nuestro interior nos pide que corrijamos nuestra vida. Nos señala el camino a seguir, como debemos comportarnos y lo que debemos hacer; si fallamos en poner atención a su llamado, escuchamos luego entonces la condenación de nuestra rebelión malvada.
De la misma manera en que no dudó san Juan en condenar el mal que veía, aún cuando era visto en la autoridad de Herodes, así nuestra conciencia con toda razón condena lo que ve en nosotros que no es correcto.
Estamos hechos a la imagen y semejanza de Dios y es nuestra conciencia lo que, nos hace de esta manera a Dios, que es la verdad misma. No podemos ocultar la maldad a nuestra conciencia como no nos podemos esconder de Dios.
Aún si nadie en el mundo conoce nuestras intenciones perversas, Dios y nuestra conciencia lo saben. Y de ésta manera la obra de Dios es realizada en nosotros.
Constantemente se nos está insistiendo en que debemos corregir nuestros errores y previniendo de cometer algún pecado. Al grado de haber personas que se enferman gravemente por tener una conciencia culpable. No necesitan a nadie más, para que condene lo malo que hacen o están por realizar, su conciencia se encarga de esto de manera clara y a viva voz, no dando descanso ni paz a su alma.
En nuestra preparación para recibir a Cristo en esta Navidad, debemos repetir la historia dentro de nosotros mismos. Así como la gente acudió al desierto para escuchar la voz de San Juan, que predicaba sobre la penitencia y el bautismo, así nosotros debemos escuchar a nuestra conciencia, para ver lo que hemos hecho mal, corregirnos y hacer penitencia. Sólo de esta manera estaremos preparados para verdaderamente y dignamente recibir a Jesucristo Nuestro Señor en nuestra alma.
Debemos, no sólo escuchar la voz de nuestra conciencia sino que debemos actuar en consecuencia, si decidimos ignorarla terminaremos como Herodes. El mal que amamos más, que a la verdad, nos llevará al extremo drástico de dar muerte a nuestra conciencia, como Herodes hizo con San Juan.
Una vez que nuestra conciencia es silenciada por nuestra voluntad violenta y maligna, estaremos condenados, aún cuando deambulemos en este mundo.
No puede haber vida más deplorable que, el de una conciencia “muerta” que ya no oye ni puede ser escuchada; tal conciencia no tiene manera de discernir entre lo correcto y lo incorrecto. La única voz que tales individuos escuchan es la de sus propias pasiones desordenadas que libre y dócilmente los conducen de un vicio a otro, cada vez mayor y peor que el anterior, hasta terminar en el infierno.
Se dice que nuestra “conciencia nos hace cobardes a todos” lo cual podemos constatar claramente en nuestra vida diaria. Si estamos en sintonía con esta, veremos no sólo nuestros pecados y transgresiones, sino que también veremos nuestra profunda miseria y debilidad. Es en la profundidad de este conocimiento de nuestra total debilidad y horrenda vida pecaminosa presentada ante nuestros ojos por nuestra conciencia que, nos conduce a una verdadera humildad.
Esta conciencia de la verdad de sus propias almas y profunda humildad, es lo que atrajo a los santos y en particular a San Francisco, al declararse como los peores pecadores, lo cual no es una “exageración piadosa”, porque dicen esto, no en comparación con las otras almas alrededor de ellos sino en comparación de su alma, al modelo perfecto -Cristo- a quienes su conciencia los eleva constantemente, alcanzarlo e imitarlo.
El trágico error de la mayoría de las personas, es que no escuchan a su conciencia, en la comparación de su vida con Jesucristo, sino que prefieren escuchar sus paciones y comparar su vida con las de los demás hombres a su alrededor. Luego entonces, su conciencia les dice claramente, que ellos, no son tan malos, que hay otros peores, y que pueden cómodamente tomar un descanso y dormir en sus pecados. No pueden ver la conciencia de las demás personas, por lo que su juicio sobre la vida de éstas, es sólo una suposición.
La culpa que ven, posiblemente no existe ante los ojos de Dios, por lo tanto, tal vez no sean tan buenos como quisieran creerlo, luego entonces su comparación es una farsa. Al vivir esta mentira, viven bajo la ilusión de ser mejores que el resto de los hombres, cuando en realidad, son peor que quienes acusen.
Aclamemos a la voz de nuestra conciencia, amoldémonos a esta sin importar lo doloroso que esto parezca y al hacer esto nos volvamos profundamente humildes y enderecemos el áspero y torcido camino en el que hemos metido nuestra alma para poder verdaderamente recibir la gracia de Nuestro Señor Jesucristo el día de Navidad.
Que así sea.
Saturday, December 5, 2009
DOMINGO 2do. DE ADVIENTO
6 de Diciembre de 2009
Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Estas son las señales de la obra de la gracia de Dios a través de Su Hijo, nuestro salvador y Redentor, Jesucristo, quien además dice a Sus apóstoles que ellos realizarán mayores milagros.
El mundo se preguntará ¿qué puede ser mayor que esto? ¿Tal vez sea resucitar muertos? Esto lo hizo Jesucristo y quienes fueron por El envidos. No, tampoco este, es el mayor milagro, al que Cristo hacía referencia.
Evidentemente Jesucristo se estaba refiriendo a las cuestiones del alma. Sabemos bien que el alma es superior al cuerpo. Restaurar la vista, oído, movimiento y la vida misma a un cuerpo no es nada comparado con volver la vida al alma.
Algunos de los mayores milagros que Cristo realizó y continúa haciéndolo, hasta nuestros días, son los sacramentos. Los ministros de Jesucristo en nuestros días predican el Evangelio a toda persona, abren sus ojos a la luz de la fe, sus oídos para escuchar la voz de Dios y restaurar las mociones de la gracia al alma y restaurar la vida de esta, después de haber permanecido muerta por el pecado.
Cristo realizo todo esto y así lo hicieron sus discípulos y los verdaderos sucesores de estos. Jesucristo realizó ambos milagros, físicos y espirituales a la vista de todos, sin embargo, una gran mayoría se encontraba ciega para ver lo que sucedía a su alrededor. La mayoría decidió permanecer ciegos, sordos y mudos, lisiados y muertos, en lugar de vivir en Cristo.
Cuando predicamos la palabra de Dios a la gente, hoy día, nos enfrentamos a la incredulidad, a la obstinación. Esto es descorazonador, saber que tanta gente ama su miseria más que a su vida misma, salud y felicidad de la gracia.
Cuando nuestro señor ofreció a todos la vida eterna diciéndoles, “quien come mi cuerpo y bebe mi sangre tendrá vida eterna”, la mayoría dejo la seguirlo. Lo mismo podemos verlo hoy después de más de dos mil años, la mayoría sigue diciendo. “Esto es algo muy difícil de aceptar”, escogiendo rechazar a Jesucristo, Su gracia y la vida misma, en lugar de someter su entendimiento y voluntad a Dios.
Los hombres ya no tratan de ser como Dios, como lo hace la eterna tentación del demonio. Ahora quieren ser mayores que y estar encima de Él. Tratamos decir a Dios lo que debe hacer y como lo debe hacer, en lugar de someternos a Él.
Como podemos ver, de manera más clara, según pasan las épocas, el hombre es cada vez mas obstinado en sus pecados.
De esta manera muchos desean ignorar el plan de Salvación que Dios nos ha dejado, engañándose al pensar que a como dé lugar, obtendrán la felicidad eterna del Cielo.
Observan el camino estrecho que Nuestro Señor ha establecido y lo rechazan para seguir el camino fácil, no creyendo, que los ha de conducir al infierno; ven el camino empinado y montañoso, de la salvación y lo rechazan como algo demasiado difícil cambiándolo por la relativamente suave autopista al infierno, engañándose a sí mismos diciéndose que este también los llevará al Cielo, acusando a Dios de mentir y decidiendo finalmente seguir la voz del Demonio.
Estas pobres almas son y están realmente ciegas, sordas, lisiadas y muertas. ¿Qué se puede hacer por ellas? Podemos predicarles, amonestarles y orar por ellas pero, si ellas no quieren ver, escuchar o moverse, no existe ninguna esperanza. Si rechazan nuestros esfuerzos, no es a los ministros de Dios quienes están rechazando, sino que rechazan a Dios mismo.
Los sacramentos en su mayoría son para los vivos, se nos han dado dos para restaurar la vida del alma muerta por el pecado, el resto es sólo para nutrir quienes ya tienen vida del alma.
Tomemos ventaja de estos sacramentos, según nuestras necesidades de esta vida. Sólo los tontos permanecen en esta muerte cuando tienen, tales medios tan fáciles para vivir; sólo los tontos permanecen ciegos, cuando les es tan fácil ver, sordos cuando pueden escuchar.
Verdaderamente estamos rodeados de una gran cantidad de tontos, sin embargo, la cantidad, no es razón suficiente para seguirlos. La mayoría se perderá en el suave y maravillosamente pavimentado camino al infierno.
Las pocas almas perseverantes, verán las falacias del mundo y las rechazarán conforme tengan más cruces todos los días y varonilmente escalen el camino ríspido, angosto y empinado que conduce a la felicidad eterna. Estos son los que saben que han encontrado a Cristo porque han experimentado la obra de la gracia en sus almas y pueden ver aunque a la distancia que existe un gran tesoro esperándolos al final del camino, difícil de transitar.
Permanezcamos de entre los pocos hombres sabios en lugar de hacer equipo con la mayoría que sigue el camino de la decepción y que conduce al infierno.
Así sea.
Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Estas son las señales de la obra de la gracia de Dios a través de Su Hijo, nuestro salvador y Redentor, Jesucristo, quien además dice a Sus apóstoles que ellos realizarán mayores milagros.
El mundo se preguntará ¿qué puede ser mayor que esto? ¿Tal vez sea resucitar muertos? Esto lo hizo Jesucristo y quienes fueron por El envidos. No, tampoco este, es el mayor milagro, al que Cristo hacía referencia.
Evidentemente Jesucristo se estaba refiriendo a las cuestiones del alma. Sabemos bien que el alma es superior al cuerpo. Restaurar la vista, oído, movimiento y la vida misma a un cuerpo no es nada comparado con volver la vida al alma.
Algunos de los mayores milagros que Cristo realizó y continúa haciéndolo, hasta nuestros días, son los sacramentos. Los ministros de Jesucristo en nuestros días predican el Evangelio a toda persona, abren sus ojos a la luz de la fe, sus oídos para escuchar la voz de Dios y restaurar las mociones de la gracia al alma y restaurar la vida de esta, después de haber permanecido muerta por el pecado.
Cristo realizo todo esto y así lo hicieron sus discípulos y los verdaderos sucesores de estos. Jesucristo realizó ambos milagros, físicos y espirituales a la vista de todos, sin embargo, una gran mayoría se encontraba ciega para ver lo que sucedía a su alrededor. La mayoría decidió permanecer ciegos, sordos y mudos, lisiados y muertos, en lugar de vivir en Cristo.
Cuando predicamos la palabra de Dios a la gente, hoy día, nos enfrentamos a la incredulidad, a la obstinación. Esto es descorazonador, saber que tanta gente ama su miseria más que a su vida misma, salud y felicidad de la gracia.
Cuando nuestro señor ofreció a todos la vida eterna diciéndoles, “quien come mi cuerpo y bebe mi sangre tendrá vida eterna”, la mayoría dejo la seguirlo. Lo mismo podemos verlo hoy después de más de dos mil años, la mayoría sigue diciendo. “Esto es algo muy difícil de aceptar”, escogiendo rechazar a Jesucristo, Su gracia y la vida misma, en lugar de someter su entendimiento y voluntad a Dios.
Los hombres ya no tratan de ser como Dios, como lo hace la eterna tentación del demonio. Ahora quieren ser mayores que y estar encima de Él. Tratamos decir a Dios lo que debe hacer y como lo debe hacer, en lugar de someternos a Él.
Como podemos ver, de manera más clara, según pasan las épocas, el hombre es cada vez mas obstinado en sus pecados.
De esta manera muchos desean ignorar el plan de Salvación que Dios nos ha dejado, engañándose al pensar que a como dé lugar, obtendrán la felicidad eterna del Cielo.
Observan el camino estrecho que Nuestro Señor ha establecido y lo rechazan para seguir el camino fácil, no creyendo, que los ha de conducir al infierno; ven el camino empinado y montañoso, de la salvación y lo rechazan como algo demasiado difícil cambiándolo por la relativamente suave autopista al infierno, engañándose a sí mismos diciéndose que este también los llevará al Cielo, acusando a Dios de mentir y decidiendo finalmente seguir la voz del Demonio.
Estas pobres almas son y están realmente ciegas, sordas, lisiadas y muertas. ¿Qué se puede hacer por ellas? Podemos predicarles, amonestarles y orar por ellas pero, si ellas no quieren ver, escuchar o moverse, no existe ninguna esperanza. Si rechazan nuestros esfuerzos, no es a los ministros de Dios quienes están rechazando, sino que rechazan a Dios mismo.
Los sacramentos en su mayoría son para los vivos, se nos han dado dos para restaurar la vida del alma muerta por el pecado, el resto es sólo para nutrir quienes ya tienen vida del alma.
Tomemos ventaja de estos sacramentos, según nuestras necesidades de esta vida. Sólo los tontos permanecen en esta muerte cuando tienen, tales medios tan fáciles para vivir; sólo los tontos permanecen ciegos, cuando les es tan fácil ver, sordos cuando pueden escuchar.
Verdaderamente estamos rodeados de una gran cantidad de tontos, sin embargo, la cantidad, no es razón suficiente para seguirlos. La mayoría se perderá en el suave y maravillosamente pavimentado camino al infierno.
Las pocas almas perseverantes, verán las falacias del mundo y las rechazarán conforme tengan más cruces todos los días y varonilmente escalen el camino ríspido, angosto y empinado que conduce a la felicidad eterna. Estos son los que saben que han encontrado a Cristo porque han experimentado la obra de la gracia en sus almas y pueden ver aunque a la distancia que existe un gran tesoro esperándolos al final del camino, difícil de transitar.
Permanezcamos de entre los pocos hombres sabios en lugar de hacer equipo con la mayoría que sigue el camino de la decepción y que conduce al infierno.
Así sea.
Saturday, November 28, 2009
DOMINGO 1ro. DE ADVIENTO
29 DE NOVIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
Empezamos el año como lo terminamos, meditando sobre el final de los tiempos. Antes de iniciar cualquier proyecto lo primero que tenemos en mente es el cumplimiento de este. Pensamos en un pastel ya terminado antes de pensar en los ingredientes, preparación y orneado. Lo mismo sucede con nuestra vida espiritual. Primero pensamos en los placeres de la eternidad y luego vemos lo que necesitamos hacer para lograrla.
El final de los tiempos esta ya próximo al igual que nuestro propio fin. Por lo tanto hagamos caso a las instrucciones profundas que nos da san Pablo en la epístola de hoy. “ya es tiempo de que despertemos del sueño”.
Conforme empezamos este año nuevo litúrgico buscamos la venida de Jesucristo Nuestro Señor con la esperanza de que nos encontrará dignos de compartir la eternidad con El. Pero antes de esto debemos detenernos un poco y analizar, qué es lo que debemos hacer para lograr esto. Conociéndonos débiles y pecadores debemos entrar en razón y entender que, debemos cambiar. Debemos cambiar la vida mundana y el pecado, para revestirnos de la vida de Dios. Debemos alejarnos del pecado y ver la luz y belleza de la verdad.
Debemos levantarnos y hacer penitencia. Debemos controlar nuestras debilidades y hacer todo lo posible para convertirnos en dignos seguidores de Cristo. ¿Cómo podemos regocijarnos en su venida si no somos dignos de Él?
Fielmente siguiendo la dirección de nuestra santa madre la Iglesia, iniciamos con penitencia el adviento. Nos limpiamos de todo pecado, sujetamos a nuestro corazón y cuerpo rebelde con la limosna, penitencia y austeridad.
Es ahora el tiempo de limpiar nuestro corazón y mente para hacer lugar a Cristo para que viva en nosotros. Recordemos que Dios es un amante celoso. Exige todo nuestro amor. Se nos ha dado el mandato de amar a Dios sobre todas las cosas con todo nuestro ser. Todo lo que ha tomado el lugar de Dios en nuestra mente y cuerpo, debe ser eliminado. Dios no acepta el segundo lugar. Debemos eliminar a todos y cada uno de estos para que sea Dios en único que reine en nuestro corazón.
Es sólo después de haber aprendido a amar a Dios total y completamente que podemos amar a Sus criaturas, como deben ser amadas por nosotros. Todos estos deben tomar un segundo lugar en nuestra vida, muy lejos de Dios, quien debe ser el centro de nuestra existencia. Estos seres creados, fugaces, no pueden ser comparados con Dios infinito.
En estos días vemos, a mucha gente preocupada, por el futuro de la sociedad y el mundo mismo, sin embargo hay muy poco interés por saber el final del alma inmortal. La sociedad y este mundo son ambas creaturas destinadas a desaparecer mas no así nuestra alma que vivirá para siempre.
No podemos hacer nada para salvar a la sociedad, nuestro país, mundo, incluso nuestra vida misma si no salvamos primeramente nuestra alma. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Sin embargo una gran cantidad de personas se preocupan por las cosas pasajeras en lugar de la salvación de su alma.
¡Qué tontos son en verdad los hombres!
Si nos hemos quedado dormidos al timón de nuestra alma y hemos naufragado dañando mortalmente nuestra alma, ahora es el tiempo de despertar, calcular los daños y empezar con su reparación, inmediatamente. Si sólo nos hemos desviado ligeramente del camino, ahora es el tiempo de compensar el tiempo perdido y direccionar nuestra vida para que podamos de manera segura alcanzar nuestro destino final en la eternidad con Dios. Sólo se requiere de un ligero vector, fuera de curso, para abrir una gran distancia con el logro de nuestro objetivo.
Dios es perfecto y exige la perfección en nosotros. Recordemos que nada que este manchado entrara en el reino de los cielos. Dios puede perdonar y olvidar nuestros pecados, incluso lavarlos y eliminarlos de nosotros. Por más manchadas que queden nuestras almas, puede devolverles la blancura, como la nieve. Sin embargo, no debemos olvidar que Dios exige que hagamos nuestra parte. Por lo que debemos antes que todo, ser movidos a la pureza, purga y mortificación de nuestras vidas para que pueda venir y santificarnos totalmente.
Estamos en el tiempo de los nuevos inicios. No permitamos que se nos vaya de las manos este tiempo de adviento, sin positivamente progresar hacia nuestro objetivo de convertirnos en miembros dignos del Cuerpo Místico de Jesucristo, para cuando termine nuestra vida en este mundo podamos levantar nuestro corazón y escuchar a Dios invitarnos a la felicidad eterna con Él en el Cielo.
Que así sea.
Queridos Hermanos:
Empezamos el año como lo terminamos, meditando sobre el final de los tiempos. Antes de iniciar cualquier proyecto lo primero que tenemos en mente es el cumplimiento de este. Pensamos en un pastel ya terminado antes de pensar en los ingredientes, preparación y orneado. Lo mismo sucede con nuestra vida espiritual. Primero pensamos en los placeres de la eternidad y luego vemos lo que necesitamos hacer para lograrla.
El final de los tiempos esta ya próximo al igual que nuestro propio fin. Por lo tanto hagamos caso a las instrucciones profundas que nos da san Pablo en la epístola de hoy. “ya es tiempo de que despertemos del sueño”.
Conforme empezamos este año nuevo litúrgico buscamos la venida de Jesucristo Nuestro Señor con la esperanza de que nos encontrará dignos de compartir la eternidad con El. Pero antes de esto debemos detenernos un poco y analizar, qué es lo que debemos hacer para lograr esto. Conociéndonos débiles y pecadores debemos entrar en razón y entender que, debemos cambiar. Debemos cambiar la vida mundana y el pecado, para revestirnos de la vida de Dios. Debemos alejarnos del pecado y ver la luz y belleza de la verdad.
Debemos levantarnos y hacer penitencia. Debemos controlar nuestras debilidades y hacer todo lo posible para convertirnos en dignos seguidores de Cristo. ¿Cómo podemos regocijarnos en su venida si no somos dignos de Él?
Fielmente siguiendo la dirección de nuestra santa madre la Iglesia, iniciamos con penitencia el adviento. Nos limpiamos de todo pecado, sujetamos a nuestro corazón y cuerpo rebelde con la limosna, penitencia y austeridad.
Es ahora el tiempo de limpiar nuestro corazón y mente para hacer lugar a Cristo para que viva en nosotros. Recordemos que Dios es un amante celoso. Exige todo nuestro amor. Se nos ha dado el mandato de amar a Dios sobre todas las cosas con todo nuestro ser. Todo lo que ha tomado el lugar de Dios en nuestra mente y cuerpo, debe ser eliminado. Dios no acepta el segundo lugar. Debemos eliminar a todos y cada uno de estos para que sea Dios en único que reine en nuestro corazón.
Es sólo después de haber aprendido a amar a Dios total y completamente que podemos amar a Sus criaturas, como deben ser amadas por nosotros. Todos estos deben tomar un segundo lugar en nuestra vida, muy lejos de Dios, quien debe ser el centro de nuestra existencia. Estos seres creados, fugaces, no pueden ser comparados con Dios infinito.
En estos días vemos, a mucha gente preocupada, por el futuro de la sociedad y el mundo mismo, sin embargo hay muy poco interés por saber el final del alma inmortal. La sociedad y este mundo son ambas creaturas destinadas a desaparecer mas no así nuestra alma que vivirá para siempre.
No podemos hacer nada para salvar a la sociedad, nuestro país, mundo, incluso nuestra vida misma si no salvamos primeramente nuestra alma. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Sin embargo una gran cantidad de personas se preocupan por las cosas pasajeras en lugar de la salvación de su alma.
¡Qué tontos son en verdad los hombres!
Si nos hemos quedado dormidos al timón de nuestra alma y hemos naufragado dañando mortalmente nuestra alma, ahora es el tiempo de despertar, calcular los daños y empezar con su reparación, inmediatamente. Si sólo nos hemos desviado ligeramente del camino, ahora es el tiempo de compensar el tiempo perdido y direccionar nuestra vida para que podamos de manera segura alcanzar nuestro destino final en la eternidad con Dios. Sólo se requiere de un ligero vector, fuera de curso, para abrir una gran distancia con el logro de nuestro objetivo.
Dios es perfecto y exige la perfección en nosotros. Recordemos que nada que este manchado entrara en el reino de los cielos. Dios puede perdonar y olvidar nuestros pecados, incluso lavarlos y eliminarlos de nosotros. Por más manchadas que queden nuestras almas, puede devolverles la blancura, como la nieve. Sin embargo, no debemos olvidar que Dios exige que hagamos nuestra parte. Por lo que debemos antes que todo, ser movidos a la pureza, purga y mortificación de nuestras vidas para que pueda venir y santificarnos totalmente.
Estamos en el tiempo de los nuevos inicios. No permitamos que se nos vaya de las manos este tiempo de adviento, sin positivamente progresar hacia nuestro objetivo de convertirnos en miembros dignos del Cuerpo Místico de Jesucristo, para cuando termine nuestra vida en este mundo podamos levantar nuestro corazón y escuchar a Dios invitarnos a la felicidad eterna con Él en el Cielo.
Que así sea.
Saturday, November 21, 2009
DOMINGO 25 DESPUÉS DE PENTECOSTES
ÚLTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES
22 DE NOVIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
Cristo nos advierte sobre el tiempo del fin. Debemos ser capaces de ver y entender las señales de la aproximación de este fin, de la misma manera que sabemos que el verano esta próximo cuando vemos las tiernas ramitas de los arboles brotar.
Nuestro Señor hace referencia al profeta Daniel y a la abominación de la desolación posicionada en el lugar santo: En el capítulo XII, ii, de sus profecías nos dice:
“Después del tiempo de la cesación del sacrificio perpetuo y del alzar de la abominación desoladora, habrá un mil doscientos noventa días”.
Si nos fijamos bien en lo que dice el profeta Daniel comprenderemos que hace referencia a que debe ser eliminado el sacrificio perpetuo, y al parece, referirse al Sacrificio de la Santa Misa.
En la implementación del concilio vaticano II podemos constatar la eliminación del Santo Sacrificio de la misa. Toda noción o referencia acerca de este sacrifico ha sido eliminado de todas sus ceremonias. Una mesa y banquete han reemplazado al altar y al sacrificio.
De esta manera, casi de un día para otro, el Sacrificio perpetuo fue eliminado, pero no completamente. Permaneció por lo menos un verdadero católico, sucesor de los apóstoles, que continuo ofreciendo este sacrificio, consecuentemente con el poder de comisionar a otros a continuar con este sacrificio. De esta manera el signo diabólico y terrible fue impedido para establecerse completamente.
Son los verdaderos Obispos y sacerdotes que continúan ofreciendo este sacrificio perpetuo, que detienen la mano furiosa de Dios.
Mientras que el Hijo de Dios se haga presente y sea elevado en el Santo Sacrificio del Altar como expiación por nuestros pecados y pida misericordia para nosotros a Dios Padre, continuaremos con vida.
Tan dramático como aparece el destino final de este mundo, detener esta fatalidad, descansa sobre los hombros de los pocos obispos y sacerdotes verdaderos, mientras continúen con la misión a ellos encomendada (ofrecer el sacrificio perpetuo), en un mundo sumergido en el mal y el pecado.
Después de la eliminación de este sacrificio, le sigue la abominación de la desolación posicionada en el lugar santo.
Hemos sido testigos como los templos católicos de todo el mundo se han transformado de ser la casa de Dios a la del hombre. Los tabernáculos, altares, reclinatorios y crucifijos, todos han sido eliminados y en los casos en los que los han reemplazado son una abominación de lo que estos fueron.
La casa de Dios llena de Su presencia en el Santo Sacrificio y su gracia abundante está ahora desolada. Esta vacía. “vanidad de vanidades todo es vanidad” al quitar a Dios para colocar al hombre contemplamos el vació y la nada de este. Esto lo podemos ver no sólo en las actividades externas de la Iglesia moderna sino de manera más remarcada en sus ceremonias y devociones.
Toda la adoración solida, con fundamento, verdadera y devoción ha sido eliminada. Existe mucho ruido, pompa y celebración, pero no es otra cosa que el repicar y sonar de metales, es un ruido sin ningún sentido.
Todo esto parece ser la preparación de la siguiente y mayor de todas las abominaciones. Fuimos testigos, primeramente, de la expulsión de Jesucristo, luego vimos la colocación de Hombre en Su lugar, parece lógico suponer que lo que sigue es, hace al hombre a un lado para colocar a Satanás para que públicamente sea honrado, adorado y alabado en estos lugar.
Este es el objetivo del anticristo ahora más que nunca, como lo ha sido siempre y en todo el tiempo a través de la historia.
Los demonios han ganado una gran cantidad de batallas sobre los hombres, sin embargo, la guerra aún no termina. La lucha continúa y nos guste o no, nuestras almas son el campo de batalla. Hay una guerra por nuestras almas, y el resultado de esta guerra ha sido puesto en nuestras propias almas. Nuestras manos débiles y nuestro corazón pecador han sido llamados para luchar el buen combate.
Reconociendo humildemente nuestra inhabilidad para juzgar y actuar correctamente, debemos acudir a Cristo (especialmente en la Santa Eucaristía) para que venga a nosotros con Su ayuda, y nos dé el valor y coraje para luchar varonilmente hasta el final.
No debemos permitir nunca que los demonios logren atormentar nuestra alma expulsando la gracia de Dios y aún más, no debemos permitir jamás que los demonios hagan su residencia en nuestra alma. Porque esto será verdaderamente la desolación posicionada en el lugar santo y esto significaría el final para nosotros aunque no del mundo entero.
En la lucha por la salvación de nuestra propia alma, en cierta manera luchamos también, por el mundo entero.
Aunque exista un número, muy reducido, que permanezca fiel; la desolación no será realizada. Es la gracia de Dios que viene a nosotros en el sacrificio perpetuo de la Santa Misa, que nutre y sostiene a esta minoría con vida y luchando.
El mundo llegará a su fin, lo que ha dicho Jesucristo sucederá, sin embargo no debemos convertirnos en parte del mal que lo esta ocasionando.
Nuestras vidas terminarán y en ese momento seremos juzgados, si Cristo es quien reina en nosotros o la abominación desoladora reina en nuestra alma.
La decisión sobre quien ha de reinar en nuestra alma está en nuestras manos; veamos y leamos claramente las señales mientras tengamos tiempo, para cambiar las cosas para nuestro bien y el mundo entero.
Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para preservar el Sacrificio perpetuo de la Santa Misa para dar la gracia a nuestra alma y calmar un poco la inminente ira de Dios.
Que así sea.
22 DE NOVIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
Cristo nos advierte sobre el tiempo del fin. Debemos ser capaces de ver y entender las señales de la aproximación de este fin, de la misma manera que sabemos que el verano esta próximo cuando vemos las tiernas ramitas de los arboles brotar.
Nuestro Señor hace referencia al profeta Daniel y a la abominación de la desolación posicionada en el lugar santo: En el capítulo XII, ii, de sus profecías nos dice:
“Después del tiempo de la cesación del sacrificio perpetuo y del alzar de la abominación desoladora, habrá un mil doscientos noventa días”.
Si nos fijamos bien en lo que dice el profeta Daniel comprenderemos que hace referencia a que debe ser eliminado el sacrificio perpetuo, y al parece, referirse al Sacrificio de la Santa Misa.
En la implementación del concilio vaticano II podemos constatar la eliminación del Santo Sacrificio de la misa. Toda noción o referencia acerca de este sacrifico ha sido eliminado de todas sus ceremonias. Una mesa y banquete han reemplazado al altar y al sacrificio.
De esta manera, casi de un día para otro, el Sacrificio perpetuo fue eliminado, pero no completamente. Permaneció por lo menos un verdadero católico, sucesor de los apóstoles, que continuo ofreciendo este sacrificio, consecuentemente con el poder de comisionar a otros a continuar con este sacrificio. De esta manera el signo diabólico y terrible fue impedido para establecerse completamente.
Son los verdaderos Obispos y sacerdotes que continúan ofreciendo este sacrificio perpetuo, que detienen la mano furiosa de Dios.
Mientras que el Hijo de Dios se haga presente y sea elevado en el Santo Sacrificio del Altar como expiación por nuestros pecados y pida misericordia para nosotros a Dios Padre, continuaremos con vida.
Tan dramático como aparece el destino final de este mundo, detener esta fatalidad, descansa sobre los hombros de los pocos obispos y sacerdotes verdaderos, mientras continúen con la misión a ellos encomendada (ofrecer el sacrificio perpetuo), en un mundo sumergido en el mal y el pecado.
Después de la eliminación de este sacrificio, le sigue la abominación de la desolación posicionada en el lugar santo.
Hemos sido testigos como los templos católicos de todo el mundo se han transformado de ser la casa de Dios a la del hombre. Los tabernáculos, altares, reclinatorios y crucifijos, todos han sido eliminados y en los casos en los que los han reemplazado son una abominación de lo que estos fueron.
La casa de Dios llena de Su presencia en el Santo Sacrificio y su gracia abundante está ahora desolada. Esta vacía. “vanidad de vanidades todo es vanidad” al quitar a Dios para colocar al hombre contemplamos el vació y la nada de este. Esto lo podemos ver no sólo en las actividades externas de la Iglesia moderna sino de manera más remarcada en sus ceremonias y devociones.
Toda la adoración solida, con fundamento, verdadera y devoción ha sido eliminada. Existe mucho ruido, pompa y celebración, pero no es otra cosa que el repicar y sonar de metales, es un ruido sin ningún sentido.
Todo esto parece ser la preparación de la siguiente y mayor de todas las abominaciones. Fuimos testigos, primeramente, de la expulsión de Jesucristo, luego vimos la colocación de Hombre en Su lugar, parece lógico suponer que lo que sigue es, hace al hombre a un lado para colocar a Satanás para que públicamente sea honrado, adorado y alabado en estos lugar.
Este es el objetivo del anticristo ahora más que nunca, como lo ha sido siempre y en todo el tiempo a través de la historia.
Los demonios han ganado una gran cantidad de batallas sobre los hombres, sin embargo, la guerra aún no termina. La lucha continúa y nos guste o no, nuestras almas son el campo de batalla. Hay una guerra por nuestras almas, y el resultado de esta guerra ha sido puesto en nuestras propias almas. Nuestras manos débiles y nuestro corazón pecador han sido llamados para luchar el buen combate.
Reconociendo humildemente nuestra inhabilidad para juzgar y actuar correctamente, debemos acudir a Cristo (especialmente en la Santa Eucaristía) para que venga a nosotros con Su ayuda, y nos dé el valor y coraje para luchar varonilmente hasta el final.
No debemos permitir nunca que los demonios logren atormentar nuestra alma expulsando la gracia de Dios y aún más, no debemos permitir jamás que los demonios hagan su residencia en nuestra alma. Porque esto será verdaderamente la desolación posicionada en el lugar santo y esto significaría el final para nosotros aunque no del mundo entero.
En la lucha por la salvación de nuestra propia alma, en cierta manera luchamos también, por el mundo entero.
Aunque exista un número, muy reducido, que permanezca fiel; la desolación no será realizada. Es la gracia de Dios que viene a nosotros en el sacrificio perpetuo de la Santa Misa, que nutre y sostiene a esta minoría con vida y luchando.
El mundo llegará a su fin, lo que ha dicho Jesucristo sucederá, sin embargo no debemos convertirnos en parte del mal que lo esta ocasionando.
Nuestras vidas terminarán y en ese momento seremos juzgados, si Cristo es quien reina en nosotros o la abominación desoladora reina en nuestra alma.
La decisión sobre quien ha de reinar en nuestra alma está en nuestras manos; veamos y leamos claramente las señales mientras tengamos tiempo, para cambiar las cosas para nuestro bien y el mundo entero.
Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para preservar el Sacrificio perpetuo de la Santa Misa para dar la gracia a nuestra alma y calmar un poco la inminente ira de Dios.
Que así sea.
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