27 DE SEPTIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
Nuestro señor les pregunta a los Fariseos: “¿Qué os parece de Cristo?” Esta es una pregunta muy importante que ha venido siendo un gran obstáculo en el camino del hombre, desde el inicio de la creación.
¿Qué fue lo que obligo a los ángeles caídos compararse con Dios al grado de que San Miguel Arcángel tuvo que lanzar el rechazo en contra de estos: “Quién como Dios?”. Se ha sugerido que la razón fue, la revelación de que, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se haría hombre y en esta condición serían requeridos Adorarlo. Este fue el gran obstáculo a su orgullo que forzó de sus labios la rebelión “no te serviré”. Como podemos ver, desde tiempo de la creación misma, se ha buscado negar a Cristo.
Cuando Cristo, finalmente, vino a este mundo, el rey Herodes esperaba con temor a un rey terrenal más que espiritual. Aún en esto fallaron, entender quien es Cristo.
Después de que Cristo hubo ayunado cuarenta días, en el desierto, vemos a los demonios tentándolo, tratando de forzarlo a que se manifestara a sí mismo. Todo parece indicar que la Persona de Jesucristo, sigue siendo rechazada por los demonios a pesar y después de todo tiempo que han sufrimiento en el Infierno.
Es san Pedro el único que, contesta de manera acertada cuando dice a Jesucristo: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” de igual manera la Iglesia Católica ha conservado esta verdad sobre quien es Jesucristo y Dios.
Sin embargo, los ángeles caídos y algunos hombres de estas mismas característica se empeñan en dudar y cuestionar esta gran verdad, por tener su entendimiento impedido por el orgullo que obstaculiza la simple y humilde creencia en Dios. En los primeros años de la Iglesia vemos a muchos hombres promoviendo herejías relacionadas a la Persona de Jesucristo.
El primero que aparece a escena en negar la divinidad de Jesucristo es, Theodotus, comerciante de pieles. Fue excomulgado por el santo Papa, Víctor, en la última década del siglo dos, por declarar que Jesucristo era un simple hombre. Arrio parece haber caído en estos mismos pasos al declarar que el Hijo habría de venir después, y del Padre, luego entonces debería ser, una criatura. Los seguidores de Nestorio decían que Jesucristo era un hombre que paulatinamente se convertiría en Dios. Y los Monofisitas a manera de contra atacar las acciones de las otras herejías intentaron negar el hecho de que Cristo tuviera naturaleza humana. Quisieron presentarlo, únicamente como Dios y nunca con naturaleza humana.
Los protestantes se sublevaron y continuaron enfrentándose a esta misma pregunta, sólo que ahora dudaban, la presencia de Cristo en las Especies Sacramentales. Zuinglio presentó a Jesucristo como meramente simbolizado en la Hostia; Lutero quiso presentar a Jesucristo lado a lado con el pan eucarístico. Calvin, quería un Jesucristo con presencia “espiritual” sólo al momento en que los fieles recibían la hostia. Todos estos son sólo intentos de negar la Transubstanciación y por lo tanto a Jesucristo.
En nuestros días vemos el resurgimiento de las mentiras y distorsiones, de las creaturas tropezando nuevamente sobre esta cuestión. El Novus Ordo intenta una negación de Jesucristo, un poco más sutil a través de la enseñanza indirecta, según se revela en sus prácticas. La presencia de Jesucristo fue movida del Tabernáculo del altar principal a un altar lateral o definitivamente eliminada. En un lugar, el Tabernáculo fue colocado a lado de la Biblia en el altar simbólicamente mostrando equivalencias entre los dos, negando de esta manera, la presencia real y verdadera en las Sagradas Especias. Cambiaron el significado de la Misa, de ser un Sacrificio Incruento renovación del Sacrifico en el Calvario a una celebración de la resurrección y gloria de Jesucristo, en ofrenda a Dios en una cena comunitaria. El altar fue remplazado por una mesa; sacrificio por cena; sufrimiento y muerte con resurrección y vida. La Hostia ya no es sagrada y es colocada en manos y lugares no consagrados, y ya no se le da el honor y respeto que le pertenece al Hijo de Dios oculto en las Sagradas Especies.
Todas estas cosas son, al final de cuentas, la negación de Dios; un ataque contra Jesucristo. En todas estas cuestiones las creaturas han fallado en ver la humilde, simple y bella realidad, que dice que Jesucristo es el Hijo de Dios. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad; Dios hecho Hombre. Una Persona con dos naturalezas. Dios y Hombre. Esta verdaderamente presente en la Sagrada Eucaristía, cuerpo, sangre, alma y Divinidad. Verdadero Dios y verdadero Hombre; y todo lo que queda del pan y vino son las apariencias. Las substancias se han convertido en la substancia de Jesucristo, hechas presentes para ofrecerse a Si mismo en sacrificio por nosotros – continuando con el mismo sacrificio, como en el Calvario.
Conocemos ahora, la respuesta a la pregunta que ha sido a través de todos los tiempos un obstáculo en nuestro camino. Pidamos a Dios que nunca perdamos de vista esta verdad y que nunca seamos golpeados por la ceguera de los demonios; los fariseos, y los herejes viejos y nuevos.
Así sea.
Saturday, September 26, 2009
Saturday, September 19, 2009
DOMINGO 16to. DESPUÉS DE PENTECOSTES
20 DE SEPTIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
Todo aquel que se humille será ensalzado y el que se ensalza será humillado.
Jesucristo mismo ejemplifica esto. Dios todo poderoso, el creador de todas las cosas descendió desde lo más alto del honor y la gloria, que son suyas, para formar parte de Su creación y ser uno con nosotros. Y no sólo uno de entre nosotros, sino que tomó el lugar más insignificante y humilde de entre los pobres, trabajadores y obreros. Se humillo sin medida y como recompensa de esto es ensalzado sobre todas las cosas.
San Francisco de Asís hizo lo mismo al entender estas palabras de Jesucristo e hizo todo lo que estuvo a su alcance para implementarlo en toda su vida. Se humillo completamente hasta donde le fue posible. Buscó por todos los medios ser como Cristo, especialmente en su humildad y amor. Como resultado de esto, vemos como, san Francisco recibe los honores más altos de todos los santos del cielo. Se dice incluso, que ahora ocupa el lugar, que fue abandonado por Lucifer, anterior portador de la luz y líder de los Serafines.
Si consideramos esta situación veremos que Lucifer y todos los ángeles caídos se ensalzaron a sí mismos. Se creyeron “iguales a Dios” y como castigo fueron despojados de los más altos honores y gloria hasta la degradación y sufrimiento en el Infierno. Fueron finalmente humillados.
Todos los santos y Órdenes Religiosas en la Iglesia ejemplifican esta humildad, sin embargo todo indica que fue san Francisco quien imitó de manera más perfecta a Jesucristo. Se le ha llamado “Espejo de Jesucristo” al reflejar de manera tan perfecta y clara esta virtud, la humildad. Por estas mismas razones su orden, Orden de San Francisco de Asís, se le ha dado el titulo de Orden Seráfica. Todos los que desean ser santos (a lo cual somos todos llamados) se beneficiaran muchísimo al seguir los pasos de san Francisco.
Al seguir a san Francisco estamos siguiendo a Jesucristo y en este camino aprenderemos la verdadera humildad.
La humildad no es la negación de la verdad. Muchos creen que ser humilde es negar los talentos y habilidades que tienen, que deben presentarse como insignificantes, y en este intento superficial desarrollan una falsa humildad que, es hipócrita y farisaica.
Un superior no es humilde al dejar que sus subordinados abusen de la autoridad que Dios le ha dado. Esta es la falsa humildad. Los padres de familia no son humildes cuando permiten que sus hijos abusen de ellos o los insulten. Los padres o superiores posiblemente se merecen esto pero la posición y oficio a ellos encomendados por Dios, no. Se les ha dado esta posición y en esta capacidad reflejan la autoridad de Dios. Abusar de la autoridad de ellos es abusar de la autoridad de Dios. Esto es precisamente lo que ambos deben corregir y prevenir. No por beneficio propio sino por el honor y gloria de Dios y la salvación de sus subordinados o hijos respectivamente. Por lo tanto incumplir nuestras obligaciones ante Dios por debilidad o flojera no es humildad ni virtud, sino un gran vicio. A esto lo llamamos falsa humildad.
Somos verdaderamente humildes cuando nos vemos a nosotros mismos: lo que somos y lo que quiere Dios que seamos. Debemos ser honestos con nosotros mismos o como Dios mismo nos ve. Cuando nos damos cuenta, que tan lejos estamos del ideal, empezamos por entender la virtud de la humildad. Vemos nuestra nada al saber y entender que todo lo que tenemos y somos nos ha sido dado por Dios. Todo es una gracia de Dios y sin El no somos nada o peor que nada.
Somos incapaces de hacer el bien sin la gracia de Dios. Vemos a Dios que es infinitamente bueno y nos vemos a nosotros mismos, llenos de maldad y vacio. Vemos la nada de la cual venimos. Al impregnar nuestro corazón y mente con esta verdad nos hacemos humildes. En esta humildad buscamos el lugar más insignificante que es el que realmente merecemos. De esta manera nos asemejamos a Jesucristo y a san Francisco.
Cuando Dios ve esta virtud en nuestra alma. Empezará El mismo a llenar ese vacío y miseria en nuestras vidas. Y empezaremos gradualmente el camino sublime. Nuestro destino final, estar llenos de las virtudes de Dios al grado de que cuando vea nuestra alma, se vea El mismo, (reflejado) en las virtudes y obras buenas que realiza en nosotros, para invitarnos a las maravillas que nos esperan en el Cielo.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Todo aquel que se humille será ensalzado y el que se ensalza será humillado.
Jesucristo mismo ejemplifica esto. Dios todo poderoso, el creador de todas las cosas descendió desde lo más alto del honor y la gloria, que son suyas, para formar parte de Su creación y ser uno con nosotros. Y no sólo uno de entre nosotros, sino que tomó el lugar más insignificante y humilde de entre los pobres, trabajadores y obreros. Se humillo sin medida y como recompensa de esto es ensalzado sobre todas las cosas.
San Francisco de Asís hizo lo mismo al entender estas palabras de Jesucristo e hizo todo lo que estuvo a su alcance para implementarlo en toda su vida. Se humillo completamente hasta donde le fue posible. Buscó por todos los medios ser como Cristo, especialmente en su humildad y amor. Como resultado de esto, vemos como, san Francisco recibe los honores más altos de todos los santos del cielo. Se dice incluso, que ahora ocupa el lugar, que fue abandonado por Lucifer, anterior portador de la luz y líder de los Serafines.
Si consideramos esta situación veremos que Lucifer y todos los ángeles caídos se ensalzaron a sí mismos. Se creyeron “iguales a Dios” y como castigo fueron despojados de los más altos honores y gloria hasta la degradación y sufrimiento en el Infierno. Fueron finalmente humillados.
Todos los santos y Órdenes Religiosas en la Iglesia ejemplifican esta humildad, sin embargo todo indica que fue san Francisco quien imitó de manera más perfecta a Jesucristo. Se le ha llamado “Espejo de Jesucristo” al reflejar de manera tan perfecta y clara esta virtud, la humildad. Por estas mismas razones su orden, Orden de San Francisco de Asís, se le ha dado el titulo de Orden Seráfica. Todos los que desean ser santos (a lo cual somos todos llamados) se beneficiaran muchísimo al seguir los pasos de san Francisco.
Al seguir a san Francisco estamos siguiendo a Jesucristo y en este camino aprenderemos la verdadera humildad.
La humildad no es la negación de la verdad. Muchos creen que ser humilde es negar los talentos y habilidades que tienen, que deben presentarse como insignificantes, y en este intento superficial desarrollan una falsa humildad que, es hipócrita y farisaica.
Un superior no es humilde al dejar que sus subordinados abusen de la autoridad que Dios le ha dado. Esta es la falsa humildad. Los padres de familia no son humildes cuando permiten que sus hijos abusen de ellos o los insulten. Los padres o superiores posiblemente se merecen esto pero la posición y oficio a ellos encomendados por Dios, no. Se les ha dado esta posición y en esta capacidad reflejan la autoridad de Dios. Abusar de la autoridad de ellos es abusar de la autoridad de Dios. Esto es precisamente lo que ambos deben corregir y prevenir. No por beneficio propio sino por el honor y gloria de Dios y la salvación de sus subordinados o hijos respectivamente. Por lo tanto incumplir nuestras obligaciones ante Dios por debilidad o flojera no es humildad ni virtud, sino un gran vicio. A esto lo llamamos falsa humildad.
Somos verdaderamente humildes cuando nos vemos a nosotros mismos: lo que somos y lo que quiere Dios que seamos. Debemos ser honestos con nosotros mismos o como Dios mismo nos ve. Cuando nos damos cuenta, que tan lejos estamos del ideal, empezamos por entender la virtud de la humildad. Vemos nuestra nada al saber y entender que todo lo que tenemos y somos nos ha sido dado por Dios. Todo es una gracia de Dios y sin El no somos nada o peor que nada.
Somos incapaces de hacer el bien sin la gracia de Dios. Vemos a Dios que es infinitamente bueno y nos vemos a nosotros mismos, llenos de maldad y vacio. Vemos la nada de la cual venimos. Al impregnar nuestro corazón y mente con esta verdad nos hacemos humildes. En esta humildad buscamos el lugar más insignificante que es el que realmente merecemos. De esta manera nos asemejamos a Jesucristo y a san Francisco.
Cuando Dios ve esta virtud en nuestra alma. Empezará El mismo a llenar ese vacío y miseria en nuestras vidas. Y empezaremos gradualmente el camino sublime. Nuestro destino final, estar llenos de las virtudes de Dios al grado de que cuando vea nuestra alma, se vea El mismo, (reflejado) en las virtudes y obras buenas que realiza en nosotros, para invitarnos a las maravillas que nos esperan en el Cielo.
Así sea.
Saturday, September 12, 2009
DOMINGO 15to. DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
13 DE SEPTIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
En la epístola del día de hoy, San Pablo nos exhorta a que seamos compasivos y que no juzguemos severamente a los que han caído: “Hermanos: si alguno cayere en algún pecado, vosotros que sois espirituales, instruid a ese tal con espíritu de mansedumbre, considerando que tú mismo, puedes ser también tentado” frecuentemente escuchamos parafrasear este pensamiento en las palabras: “vivo por la gracia de Dios”
Cuando nos examinamos a nosotros mismos, podemos entender más fácilmente, porque no somos capaces de juzgar a los demás. Otro dicho popular de esta naturaleza es el de “El buen juez por su casa empieza”. Lo más saludable es, no compararnos con nuestro prójimo. Cuando hacemos esto, estamos inclinados de inmediato a la vana gloria y orgullo. Nos cegamos ante nuestras faltas y errores, mientras que nos convertimos en jueces escrupulosos con los demás.
Los superiores deben de observar y vigilar a sus sujetos, pero sólo bajo motivos de caridad. La experiencia e historia nos han demostrado que los superiores que son demasiado estrictos son sus sujetos frecuentemente sucumben ante los mismos males que reprochan. Dios permite esto para enseñarles a ser mas compasivos con quienes están a su cuidado.
San Pablo nos ofrece la instrucción más profunda, al indicarnos que, debemos corregir en espíritu de mansedumbre, teniendo siempre en mente que nosotros también podemos ser tentados. ¿Qué pecado ha cometido el hombre del que seamos inmunes? ¿Si fuéramos tentados como han sido ellos, abríamos nosotros, resistido? Tal vez hubiéramos sido más débiles y caído más bajo que estos.
Nos amonesta san Pablo al decirnos: “Por tanto, examine cada uno sus obras, y así tendrá la gloria sólo en sí, y no en otro.” Veamos quienes realmente somos en el espejo de nuestra alma. ¿Quiénes somos? ¿Qué hemos hecho? ¿Qué hemos dejado de hacer? ¿Qué y quien debemos ser? ¿Qué debimos haber hecho y dejado de hacer?
Esta es una de las razones por las cuales no debemos compararnos con nuestro prójimo para no caer en la vanidad y orgullo, si queremos compararnos con los demás empecemos por hacerlo pero con los santos. Que humildes nos volveríamos cuando veamos lo que han hecho y todo lo que han sufrido en comparación con lo poco que hemos sufrido y estamos dispuestos a soportar.
Cuando veamos las faltas y debilidades ajenas, traigamos a nuestra mente las palabras de San Pablo y seamos misericordiosos. No busquemos condenar y destruir, seamos como Jesucristo que busca perdonar y construir. Tengamos la misericordia de Jesucristo que, es tan maravillosamente ilustrada en el evangelio de hoy, cuando resucita al hijo único, de la viuda.
Por otro lado, Shakespeare nos ofrece una descripción de la verdadera misericordia que será útil imitar si queremos desarrollar esta virtud en nuestras vidas: “La calidad de la misericordia, no es forzada, cae como la suave lluvia del cielo, sobre la tierra. Bendice de manera doble, bendice a quien la da y bendice a quien la recibe”
Las suaves gotas de la lluvia son absorbidas por la tierra, mientas que las tormentas forman corrientes que pasan sobre la tierra dejándola nuevamente seca y árida como estaba. Por lo tanto una corrección gentil y suave puede ayudar más que la agresiva.
En algunas ocasiones nos parece que, cualquier cosa que digamos y hagamos no son suficientes para hacer cambiar de parece a los que amamos. Cuando esto sucede, pensemos que no perdemos nada, Dios conoce nuestra intención, sabe que hemos hecho el esfuerzo y seremos recompensados por ello.
Debemos recordar también, que perdonar y ser compasivo con los demás no significa que aprobamos el mal que hacen. Debemos también evitar toda señal que pueda ser interpretada como tal. La misericordia que mostremos, debe ser siempre en el espíritu y misericordia similar a la que Jesucristo mostro hacia los pecadores.
Las faltas de los demás son una oportunidad para nosotros para hacer el bien y ser agradecidos con Dios.
Nuestros enemigos y aún nuestros subordinados insubordinados nos hacen un gran bien al ofrecernos la oportunidad de perfeccionarnos en esta oportunidad que señala San Pablo, debemos imitar. Si verdaderamente creemos esto, veremos el gran beneficio que nos proporcionan nuestros enemigos y debemos estarles agradecidos. Pero, en esta gratitud somos también humillados al darnos cuenta de que, la oportunidad para nosotros de crecer en la virtud les ha costado mucho a ellos. Nos hemos beneficiado con su caída por lo tanto nos convertimos en sus deudores. Les debemos.
Por lo tanto, amonestemos no tan sólo como nos señala san Pablo, con mansedumbre, sino que además debemos pedir a Dios por ellos y ofrecerles toda la ayuda que esté a nuestro alcance.
Que así sea.
Queridos Hermanos:
En la epístola del día de hoy, San Pablo nos exhorta a que seamos compasivos y que no juzguemos severamente a los que han caído: “Hermanos: si alguno cayere en algún pecado, vosotros que sois espirituales, instruid a ese tal con espíritu de mansedumbre, considerando que tú mismo, puedes ser también tentado” frecuentemente escuchamos parafrasear este pensamiento en las palabras: “vivo por la gracia de Dios”
Cuando nos examinamos a nosotros mismos, podemos entender más fácilmente, porque no somos capaces de juzgar a los demás. Otro dicho popular de esta naturaleza es el de “El buen juez por su casa empieza”. Lo más saludable es, no compararnos con nuestro prójimo. Cuando hacemos esto, estamos inclinados de inmediato a la vana gloria y orgullo. Nos cegamos ante nuestras faltas y errores, mientras que nos convertimos en jueces escrupulosos con los demás.
Los superiores deben de observar y vigilar a sus sujetos, pero sólo bajo motivos de caridad. La experiencia e historia nos han demostrado que los superiores que son demasiado estrictos son sus sujetos frecuentemente sucumben ante los mismos males que reprochan. Dios permite esto para enseñarles a ser mas compasivos con quienes están a su cuidado.
San Pablo nos ofrece la instrucción más profunda, al indicarnos que, debemos corregir en espíritu de mansedumbre, teniendo siempre en mente que nosotros también podemos ser tentados. ¿Qué pecado ha cometido el hombre del que seamos inmunes? ¿Si fuéramos tentados como han sido ellos, abríamos nosotros, resistido? Tal vez hubiéramos sido más débiles y caído más bajo que estos.
Nos amonesta san Pablo al decirnos: “Por tanto, examine cada uno sus obras, y así tendrá la gloria sólo en sí, y no en otro.” Veamos quienes realmente somos en el espejo de nuestra alma. ¿Quiénes somos? ¿Qué hemos hecho? ¿Qué hemos dejado de hacer? ¿Qué y quien debemos ser? ¿Qué debimos haber hecho y dejado de hacer?
Esta es una de las razones por las cuales no debemos compararnos con nuestro prójimo para no caer en la vanidad y orgullo, si queremos compararnos con los demás empecemos por hacerlo pero con los santos. Que humildes nos volveríamos cuando veamos lo que han hecho y todo lo que han sufrido en comparación con lo poco que hemos sufrido y estamos dispuestos a soportar.
Cuando veamos las faltas y debilidades ajenas, traigamos a nuestra mente las palabras de San Pablo y seamos misericordiosos. No busquemos condenar y destruir, seamos como Jesucristo que busca perdonar y construir. Tengamos la misericordia de Jesucristo que, es tan maravillosamente ilustrada en el evangelio de hoy, cuando resucita al hijo único, de la viuda.
Por otro lado, Shakespeare nos ofrece una descripción de la verdadera misericordia que será útil imitar si queremos desarrollar esta virtud en nuestras vidas: “La calidad de la misericordia, no es forzada, cae como la suave lluvia del cielo, sobre la tierra. Bendice de manera doble, bendice a quien la da y bendice a quien la recibe”
Las suaves gotas de la lluvia son absorbidas por la tierra, mientas que las tormentas forman corrientes que pasan sobre la tierra dejándola nuevamente seca y árida como estaba. Por lo tanto una corrección gentil y suave puede ayudar más que la agresiva.
En algunas ocasiones nos parece que, cualquier cosa que digamos y hagamos no son suficientes para hacer cambiar de parece a los que amamos. Cuando esto sucede, pensemos que no perdemos nada, Dios conoce nuestra intención, sabe que hemos hecho el esfuerzo y seremos recompensados por ello.
Debemos recordar también, que perdonar y ser compasivo con los demás no significa que aprobamos el mal que hacen. Debemos también evitar toda señal que pueda ser interpretada como tal. La misericordia que mostremos, debe ser siempre en el espíritu y misericordia similar a la que Jesucristo mostro hacia los pecadores.
Las faltas de los demás son una oportunidad para nosotros para hacer el bien y ser agradecidos con Dios.
Nuestros enemigos y aún nuestros subordinados insubordinados nos hacen un gran bien al ofrecernos la oportunidad de perfeccionarnos en esta oportunidad que señala San Pablo, debemos imitar. Si verdaderamente creemos esto, veremos el gran beneficio que nos proporcionan nuestros enemigos y debemos estarles agradecidos. Pero, en esta gratitud somos también humillados al darnos cuenta de que, la oportunidad para nosotros de crecer en la virtud les ha costado mucho a ellos. Nos hemos beneficiado con su caída por lo tanto nos convertimos en sus deudores. Les debemos.
Por lo tanto, amonestemos no tan sólo como nos señala san Pablo, con mansedumbre, sino que además debemos pedir a Dios por ellos y ofrecerles toda la ayuda que esté a nuestro alcance.
Que así sea.
Saturday, September 5, 2009
DOMINGO 14to. DESPUÉS DE PENTECOSTES
6 DE SEPTIEMBRE DE 2009
Queridos Hermanos:
“Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.”
Servir a Dios es nuestra principal obligación en esta vida. Hemos memorizado, cuando niños, el catecismo pero rara vez nos hemos puesto a reflexionar y actuar sobre las verdades profundas que este contiene y que repetimos tantas veces.
“Dios me ha creado para conocerlo, servirle y amarle en esta vida para poder ser feliz con El en el Cielo”. Esta es la razón por la cual nos ha creado y por la que nos da todos los beneficios de esta vida que a diario recibimos.
No debemos solicitar alimento, vestido o lugar donde vivir, estas son algunas de las cosas que, los que no conocen a Dios se preocupan por obtener. Dios nos ha creado y sabe perfectamente que es lo que necesitamos por lo tanto estará al cuidado de que nada nos falte. Alimenta y viste a las aves del cielo, viste los lirios del campo con mayor esplendor que la del mismo Salomón.
Dios está al pendiente de nuestras necesidades, nos da todo lo que necesitamos, pidiéndonos únicamente a cambio que lo amemos y seamos felices. No debemos preocuparnos por las cosas que los no creyentes se preocupan, porque nuestra fe nos enseña que Dios proveerá.
Por lo que si debemos preocuparnos y solicitar es el Reino del Cielo. Debemos estar siempre buscando la felicidad eterna a la que Dios nos llama. Debemos procurar traer este Reino del Cielo a nuestras vidas en la Iglesia Católica, como frecuentemente lo solicitamos en el Padre Nuestro “Venga a nosotros Tu reino”. Esta es la oración que Cristo mismo nos enseñó. Debemos buscar que se haga la Voluntad de Dios en el mundo como lo es en el Cielo donde todos están unidos en espíritu y sólo buscan la hacer la voluntad Divina.
Esta es nuestra misión, nuestra única responsabilidad.
El evangelio de este día, tiene como propósito, despertarnos de la modorra e indiferencia que envuelve al mundo de hoy.
“Nadie puede servir a dos amos” no podemos servir a Dios y al mundo. Debemos tomar una decisión, la cual ha de determinar nuestro destino final en la eternidad.
Si procuramos vivir nuestras vidas en la búsqueda y posesión de bienes mundanos, sin duda alguna que lo lograremos, sin embargo, habrá literalmente, un infierno completo en donde deberemos pagar hasta el último centavo.
Todo parece indicar que no alcanzamos a entender lo que significa la eternidad. Por siempre, por mucho, muchísimo tiempo. Con un sufrimiento doloroso esperándonos por haber servido al mundo. ¿Cómo es posible que continuemos en este sendero? ¿Cuál es el placer que el mundo nos da que valga tanto para olvidar el fuego eterno en el infierno? Mientras que por otro lado vemos lo maravillosos que son los placeres y gozos espirituales del Cielo que reciben quienes sirven a Dios, aun cuando tienen que librar batallas dolorosas y extremas en esta vida. Estos sufrimientos son insignificantes ante los gozos y beneficios espirituales que nos esperan.
San Pablo en su epístola de este día nos dice algunas de las obras mundanas: Fornicación, deshonestidad, impureza, lujuria, culto de ídolos, hechizos, enemistades, pleitos, celos, iras, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y otras. Nos dice que todas estas obras no sólo nos traen como consecuencia final la condenación eterna en el infierno sino que además nos acarrean dolor y sufrimiento en el aquí y ahora. Quienes estas cosas hacen no conseguirán el reino de los cielos.
A continuación nos señala las obras que nos han de guiar por el camino del cielo: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. Contra estas cosas no hay ley. Todas ellas nos acarrean felicidad en el aquí, ahora y por toda la eternidad.
El mundo nos ofrece una felicidad aparente, ilusoria. No ha pasado aún el efecto del servicio mundano cuando el remordimiento y el rechazo se han hecho presentes. Los gozos mundanos son pasajeros con consecuencias eternas, si nos acompañan a nuestra tumba, habremos de sufrir las consecuencias de esta decepción por toda la eternidad.
La mortificación de nuestros sentidos, mientras estamos en esta vida, luchando contra las fuerzas de este mundo, son sufrimientos aparentes.
Al realizar los lineamientos de Dios en el Servicio de Su Reino, nos aparecen las privaciones y sufrimientos como algo ligero y pasajero, insignificante, al considerar la recompensa que experimentaremos en el gozo y alegría de servir a Dios.
Con esto en mente, las cruces se han de convertir en alegría y placer. Nos encontraremos ante los dos mejores mundos que podemos encontrar en nuestra vida: La gloria del Reino de los Cielos, en esta vida, haciendo Su voluntad en la Iglesia Católica y los gozos de la eternidad, en la felicidad sin fin y sin límite del Cielo.
Que así sea.
Queridos Hermanos:
“Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.”
Servir a Dios es nuestra principal obligación en esta vida. Hemos memorizado, cuando niños, el catecismo pero rara vez nos hemos puesto a reflexionar y actuar sobre las verdades profundas que este contiene y que repetimos tantas veces.
“Dios me ha creado para conocerlo, servirle y amarle en esta vida para poder ser feliz con El en el Cielo”. Esta es la razón por la cual nos ha creado y por la que nos da todos los beneficios de esta vida que a diario recibimos.
No debemos solicitar alimento, vestido o lugar donde vivir, estas son algunas de las cosas que, los que no conocen a Dios se preocupan por obtener. Dios nos ha creado y sabe perfectamente que es lo que necesitamos por lo tanto estará al cuidado de que nada nos falte. Alimenta y viste a las aves del cielo, viste los lirios del campo con mayor esplendor que la del mismo Salomón.
Dios está al pendiente de nuestras necesidades, nos da todo lo que necesitamos, pidiéndonos únicamente a cambio que lo amemos y seamos felices. No debemos preocuparnos por las cosas que los no creyentes se preocupan, porque nuestra fe nos enseña que Dios proveerá.
Por lo que si debemos preocuparnos y solicitar es el Reino del Cielo. Debemos estar siempre buscando la felicidad eterna a la que Dios nos llama. Debemos procurar traer este Reino del Cielo a nuestras vidas en la Iglesia Católica, como frecuentemente lo solicitamos en el Padre Nuestro “Venga a nosotros Tu reino”. Esta es la oración que Cristo mismo nos enseñó. Debemos buscar que se haga la Voluntad de Dios en el mundo como lo es en el Cielo donde todos están unidos en espíritu y sólo buscan la hacer la voluntad Divina.
Esta es nuestra misión, nuestra única responsabilidad.
El evangelio de este día, tiene como propósito, despertarnos de la modorra e indiferencia que envuelve al mundo de hoy.
“Nadie puede servir a dos amos” no podemos servir a Dios y al mundo. Debemos tomar una decisión, la cual ha de determinar nuestro destino final en la eternidad.
Si procuramos vivir nuestras vidas en la búsqueda y posesión de bienes mundanos, sin duda alguna que lo lograremos, sin embargo, habrá literalmente, un infierno completo en donde deberemos pagar hasta el último centavo.
Todo parece indicar que no alcanzamos a entender lo que significa la eternidad. Por siempre, por mucho, muchísimo tiempo. Con un sufrimiento doloroso esperándonos por haber servido al mundo. ¿Cómo es posible que continuemos en este sendero? ¿Cuál es el placer que el mundo nos da que valga tanto para olvidar el fuego eterno en el infierno? Mientras que por otro lado vemos lo maravillosos que son los placeres y gozos espirituales del Cielo que reciben quienes sirven a Dios, aun cuando tienen que librar batallas dolorosas y extremas en esta vida. Estos sufrimientos son insignificantes ante los gozos y beneficios espirituales que nos esperan.
San Pablo en su epístola de este día nos dice algunas de las obras mundanas: Fornicación, deshonestidad, impureza, lujuria, culto de ídolos, hechizos, enemistades, pleitos, celos, iras, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y otras. Nos dice que todas estas obras no sólo nos traen como consecuencia final la condenación eterna en el infierno sino que además nos acarrean dolor y sufrimiento en el aquí y ahora. Quienes estas cosas hacen no conseguirán el reino de los cielos.
A continuación nos señala las obras que nos han de guiar por el camino del cielo: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. Contra estas cosas no hay ley. Todas ellas nos acarrean felicidad en el aquí, ahora y por toda la eternidad.
El mundo nos ofrece una felicidad aparente, ilusoria. No ha pasado aún el efecto del servicio mundano cuando el remordimiento y el rechazo se han hecho presentes. Los gozos mundanos son pasajeros con consecuencias eternas, si nos acompañan a nuestra tumba, habremos de sufrir las consecuencias de esta decepción por toda la eternidad.
La mortificación de nuestros sentidos, mientras estamos en esta vida, luchando contra las fuerzas de este mundo, son sufrimientos aparentes.
Al realizar los lineamientos de Dios en el Servicio de Su Reino, nos aparecen las privaciones y sufrimientos como algo ligero y pasajero, insignificante, al considerar la recompensa que experimentaremos en el gozo y alegría de servir a Dios.
Con esto en mente, las cruces se han de convertir en alegría y placer. Nos encontraremos ante los dos mejores mundos que podemos encontrar en nuestra vida: La gloria del Reino de los Cielos, en esta vida, haciendo Su voluntad en la Iglesia Católica y los gozos de la eternidad, en la felicidad sin fin y sin límite del Cielo.
Que así sea.
Saturday, August 29, 2009
DOMINGO 13ro. DESPUÉS DE PENTECOSTES
30 DE AGOSTO DE 2009
Queridos Hermanos:
¿Dónde están los otros nueve?
Existen muy pocos que escucharán realmente, las palabras de Nuestro Señor Jesucristo al Samaritano. “Tu fe te ha salvado”.
La mayoría aunque recibe gracias abundantes, de parte de Dios todos los días, raramente se salvan, toda vez que les falta la verdadera y completa fe que el Samaritano tenía.
Las bendiciones de Dios caen sobre todo el mundo, no existiendo, quien honestamente pueda decir que no ha sido extremadamente ayudado por Dios, sin embargo, la mayoría de estas gracias son benéficas sólo para sus cuerpos, cuando es muy poca la cantidad de esta que llega a sus almas. Sencillamente les falta la fe del Samaritano.
Sólo en la Iglesia Católica existen Sacerdotes, que pueden curar el alma de las personas, con el sacramento de Penitencia. No existe ninguna otra religión en el Mundo con este poder de Dios. Esto sólo sucede en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, establecida por Jesucristo. Lo cual deja a muchos fuera de la verdadera fe. Los que están fuera de esta fe, reciben muchas bendiciones de Dios, de la misma manera como lo hicieron los “otros nueve”, a que hace referencia el evangelio de Hoy.
Existen muchos a quienes Dios les da o permite tener grandes cantidades de bienes materiales en este mundo. Se les da vida, salud, riquezas y muchas otras cosas más, sin embargo, esto no significa que sean agradables a Dios. Dios es bueno y les da todo esto para acercarlos más a Él. Trágicamente la mayoría de los hombres usan las bendiciones que Dios les ha dado, sólo para alejarse de Él llenándose cada vez más de su amor propio y vanidad.
Se les ha dado su recompensa en este mundo, dejando ya nada para ellos en la eternidad. La mayoría son como los nueve de que nos habla el evangelio, quienes nunca escucharon las palabras de gran consuelo de Nuestro Señor Jesucristo: “Id en paz vuestra fe os ha salvado”.
El éxito en este mundo es una bendición de Dios, sin embargo, no es una aprobación del comportamiento de quien la recibe. Muchos tienen fe cuando, quieren o necesitan algún bien material, de parte de Dios. Son capaces de invocar su Santo Nombre en caso de necesidad, sin embargo, cuando reciben el beneficio solicitado, es tanta su alegría y regocijo que nuevamente se olvidan de Dios. Sólo una minoría recuerda realmente tan siquiera la gratitud civil que tenazmente deseamos inculcar en nuestros hijos.
Los padres de familia insistentemente tienen que recordar a sus hijos que deben tener, por lo menos, gratitud por los beneficios recibidos. Cuando todo pasa, la mayoría olvida esta lección. Tenemos la tendencia de olvidar agradecer a nuestro gran benefactor, al ser envueltos en el beneficio recibido de este. Nuestra ingratitud no mueve a Dios a retirar el beneficio que nos ha hecho; sin embargo, si pone una barrera para recibir las gracias y bendiciones más importantes y necesarias, para la salvación y salud de nuestra alma.
Debemos tener mucho cuidado en no escandalizarnos de los grandes beneficios y bendiciones que Dios otorga a grandes incrédulos y falsos creyentes. Las bendiciones de Dios pueden ser consideradas como arma de dos filos; toda vez que la mayoría al recibir estas bendiciones, las utiliza para su propia condenación. Deben rendir cuentas claras de todo lo que han recibido. Ese día, será un día muy aterrador.
Tendrán que responder que la vida, riquezas, salud, belleza etc. que Dios le dio sólo fue utilizada para olvidarse y pecar en contra de Él. Mientras mayor sea el beneficio recibido y profanado, mayor será el castigo a recibir.
La lepra misma que afligía en primer término a estos hombres era una bendición de Dios. Si no hubiera sido por ella, estos hombres jamás se hubieran acercado y clamado a Jesucristo. Y no hubiera regresado el único, que así lo hizo después de haber sido sanado. Existe una cadena de eventos que deben ser tomados en cuenta, en lugar del resultado final. No caigamos en la desesperación al recibir una gran y fastidiosa cruz, sino que veámosla como la medicina necesaria para sanar nuestra alma. Nuestros sufrimientos físicos, deben unirnos a Jesucristo y, nuestra gratitud regresarnos a Él para dar honor y gloria a Dios. Todo lo que nos sucede en esta vida, está diseñado por Dios para unirnos a Él, aumentar nuestra fe y amor.
De esta manera debemos aprender a ver más allá de nuestro sufrimiento y dolor.
Debemos aprender que todo esto puede llevarnos a una gran recompensa en la eternidad.
Aclamemos como lo hicieron los diez leprosos: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”, que no termine nuestra fe aquí, sino que continúe hasta regresar a Él y lo glorifiquemos, postrándonos sobre nuestro rostro ante Sus pies, dando gracias a Dios. Para poder recibir una bendición mayor con las hermosas palabras: “Tu fe te ha salvado”.
Que así sea.
Queridos Hermanos:
¿Dónde están los otros nueve?
Existen muy pocos que escucharán realmente, las palabras de Nuestro Señor Jesucristo al Samaritano. “Tu fe te ha salvado”.
La mayoría aunque recibe gracias abundantes, de parte de Dios todos los días, raramente se salvan, toda vez que les falta la verdadera y completa fe que el Samaritano tenía.
Las bendiciones de Dios caen sobre todo el mundo, no existiendo, quien honestamente pueda decir que no ha sido extremadamente ayudado por Dios, sin embargo, la mayoría de estas gracias son benéficas sólo para sus cuerpos, cuando es muy poca la cantidad de esta que llega a sus almas. Sencillamente les falta la fe del Samaritano.
Sólo en la Iglesia Católica existen Sacerdotes, que pueden curar el alma de las personas, con el sacramento de Penitencia. No existe ninguna otra religión en el Mundo con este poder de Dios. Esto sólo sucede en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, establecida por Jesucristo. Lo cual deja a muchos fuera de la verdadera fe. Los que están fuera de esta fe, reciben muchas bendiciones de Dios, de la misma manera como lo hicieron los “otros nueve”, a que hace referencia el evangelio de Hoy.
Existen muchos a quienes Dios les da o permite tener grandes cantidades de bienes materiales en este mundo. Se les da vida, salud, riquezas y muchas otras cosas más, sin embargo, esto no significa que sean agradables a Dios. Dios es bueno y les da todo esto para acercarlos más a Él. Trágicamente la mayoría de los hombres usan las bendiciones que Dios les ha dado, sólo para alejarse de Él llenándose cada vez más de su amor propio y vanidad.
Se les ha dado su recompensa en este mundo, dejando ya nada para ellos en la eternidad. La mayoría son como los nueve de que nos habla el evangelio, quienes nunca escucharon las palabras de gran consuelo de Nuestro Señor Jesucristo: “Id en paz vuestra fe os ha salvado”.
El éxito en este mundo es una bendición de Dios, sin embargo, no es una aprobación del comportamiento de quien la recibe. Muchos tienen fe cuando, quieren o necesitan algún bien material, de parte de Dios. Son capaces de invocar su Santo Nombre en caso de necesidad, sin embargo, cuando reciben el beneficio solicitado, es tanta su alegría y regocijo que nuevamente se olvidan de Dios. Sólo una minoría recuerda realmente tan siquiera la gratitud civil que tenazmente deseamos inculcar en nuestros hijos.
Los padres de familia insistentemente tienen que recordar a sus hijos que deben tener, por lo menos, gratitud por los beneficios recibidos. Cuando todo pasa, la mayoría olvida esta lección. Tenemos la tendencia de olvidar agradecer a nuestro gran benefactor, al ser envueltos en el beneficio recibido de este. Nuestra ingratitud no mueve a Dios a retirar el beneficio que nos ha hecho; sin embargo, si pone una barrera para recibir las gracias y bendiciones más importantes y necesarias, para la salvación y salud de nuestra alma.
Debemos tener mucho cuidado en no escandalizarnos de los grandes beneficios y bendiciones que Dios otorga a grandes incrédulos y falsos creyentes. Las bendiciones de Dios pueden ser consideradas como arma de dos filos; toda vez que la mayoría al recibir estas bendiciones, las utiliza para su propia condenación. Deben rendir cuentas claras de todo lo que han recibido. Ese día, será un día muy aterrador.
Tendrán que responder que la vida, riquezas, salud, belleza etc. que Dios le dio sólo fue utilizada para olvidarse y pecar en contra de Él. Mientras mayor sea el beneficio recibido y profanado, mayor será el castigo a recibir.
La lepra misma que afligía en primer término a estos hombres era una bendición de Dios. Si no hubiera sido por ella, estos hombres jamás se hubieran acercado y clamado a Jesucristo. Y no hubiera regresado el único, que así lo hizo después de haber sido sanado. Existe una cadena de eventos que deben ser tomados en cuenta, en lugar del resultado final. No caigamos en la desesperación al recibir una gran y fastidiosa cruz, sino que veámosla como la medicina necesaria para sanar nuestra alma. Nuestros sufrimientos físicos, deben unirnos a Jesucristo y, nuestra gratitud regresarnos a Él para dar honor y gloria a Dios. Todo lo que nos sucede en esta vida, está diseñado por Dios para unirnos a Él, aumentar nuestra fe y amor.
De esta manera debemos aprender a ver más allá de nuestro sufrimiento y dolor.
Debemos aprender que todo esto puede llevarnos a una gran recompensa en la eternidad.
Aclamemos como lo hicieron los diez leprosos: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”, que no termine nuestra fe aquí, sino que continúe hasta regresar a Él y lo glorifiquemos, postrándonos sobre nuestro rostro ante Sus pies, dando gracias a Dios. Para poder recibir una bendición mayor con las hermosas palabras: “Tu fe te ha salvado”.
Que así sea.
Saturday, August 22, 2009
DOMINGO 12 DESPUÉS DE PENTECOSTES
23 de agosto de 2009
Queridos Hermanos:
¿Quién es nuestro prójimo, a quien debemos amar como a nosotros mismos?
Amar a Dios con todo nuestro corazón, mente, alma y fuerza, posee aparentemente, mucho menos problema para nosotros que amar a nuestro prójimo, como nos amamos nosotros mismos. Como no podemos ver a Dios, se nos hace fácil decir que le amamos toda vez que no presenta ningún obstáculo material a nuestro amor propio.
Este prójimo, por el contrario, a quien si podemos ver, está constantemente poniendo resistencia a nuestro amor propio, orgullo y vanidad. El prójimo pasa a ser una imposición, después de cierto tiempo. Sus peticiones, necesidades o deseos, se convierten en una carga para nosotros. Nuestra naturaleza caída nos lleva a evitarlo y cualquier otro problema que pueda causarnos.
Aún si nuestro prójimo fuere nuestro amigo, un examen minucioso nos dirá que, es nuestro amigo, sólo mientras su amistad, sea un beneficio para nosotros de una forma u otra. Frecuentemente he mencionado que muchas personas confunden amor por lascivia. Aunque sean polos opuestos, la gente parece confundirlos cada vez más. La lujuria no es otra cosa que amor propio; es cuando vemos a los demás sólo y únicamente por el placer o beneficio que puede producirnos. Mientras que el amor es todo lo contrario, es cuando vemos a los demás con el deseo de ayudarlo para ocasionarle un beneficio sin tomar en consideración ningún provecho personal.
De tal suerte que existe quien dice “amar” a su prójimo, mientras que este amor dura sólo, cuando existe algún provecho personal. Al dejar de darnos, nuestro prójimo, el beneficio o lo que queríamos hiciera, estamos listos para abandonarlo y buscar otro amigo para sustituirlo.
Si el amor es negación de si mismo y nos olvidamos de nosotros mismos por el bien de los demás, podremos concluir que existe muy poco amor en el mundo; toda vez que el mismo bien que algunos hacen por los demás contiene siempre algo de provecho personal. Muchos ayudan a las obras de “caridad” para aparentar hacer algo por los demás, mientras que al mismo tiempo hacen todo lo posible por mantenerse alejados de quienes están “ayudando”. Se llenan de vanidad y orgullo al ser alabados por el mundo y felicitados por su “amor” y generosidad.
¿Harían lo mismo si no hubiera alabanzas y felicitaciones; si fueran forzados a mantenerse en el anonimato, o no tuvieran efectos fiscales sus donaciones? Si todo esto fuera un requisito, veríamos que disminuirían las obras buenas por nuestro prójimo.
Los políticos necesitan a los pobres para poder ser electos con sus promesas de ayudarlos. Pero si no estuvieran en tiempos electorales o buscando la popularidad, sería muy dudoso que tuvieran algún interés por estos mismos pobres.
De manera similar, los esposos frecuentemente profesan amor, el uno por el otro; sin embargo al hacer un examen exhaustivo nos daremos cuenta que no tienen ni idea de lo que verdaderamente significa amar. Su “amor” dura mientras que puedan usarse mutuamente para satisfacer sus deseos y necesidades egoístas. Por lo tanto vemos como su “amor” (lujuria) se va desvaneciendo con el tiempo, procurando el divorcio para liberarse y buscar alguien más que satisfaga sus deseos.
Muchos de los que consideramos nuestro prójimo, generalmente no son, muy agradables para nosotros ni nosotros para ellos porque no hemos hecho nuestra, la lección que aparece en el Evangelio de hoy. La lección de Jesucristo nos lleva más allá de quienes nos hacen algún bien o nos refieren algún beneficio. Nos hace amar a quienes no tienen nada que ofrecernos.
Debemos hacer el bien a quienes no tienen manera de regresarnos el favor.
No todo termina con amar y ayudar a los que no tienen forma de pagar nuestra bondad; Cristo extiende este amor para y hacia nuestros enemigos y todo aquel que nos ocasione algún mal. Nos pide más que eso, que regresemos amor por odio recibido y que verdaderamente amemos a nuestros enemigos.
Esto en ningún momento implica que formemos parte del mal. O que ayudemos a los malvados continuar en su maldad. Cuando realmente amamos a alguien procuramos siempre su bienestar y sobre todo procuramos su mayor bienestar – la vida eterna en el Cielo. De esta manera, en algunas ocasiones sucede que nuestro amor nos impulsa a rechazar a quien se encuentra en caminos malignos; como todo padre amoroso rechazaría el deseo irracional y peligroso del hijo indisciplinado.
Todo ser humano es nuestro prójimo y debemos amarlo porque Cristo lo ha hecho y ofreció Su vida por todos, además de que nos ha ordenado hacer lo mismo. Cristo jamás rechazó pedir u ofrecer Su vida por quienes lo odiaban y abiertamente se declaraban sus enemigos, mientras que al mismo tiempo nunca dejo de llamarles la atención y recordarles las consecuencias terribles que les atraerían sus maldades.
Este es el verdadero amor al prójimo que debemos tener e imitar.
Así sea.
Queridos Hermanos:
¿Quién es nuestro prójimo, a quien debemos amar como a nosotros mismos?
Amar a Dios con todo nuestro corazón, mente, alma y fuerza, posee aparentemente, mucho menos problema para nosotros que amar a nuestro prójimo, como nos amamos nosotros mismos. Como no podemos ver a Dios, se nos hace fácil decir que le amamos toda vez que no presenta ningún obstáculo material a nuestro amor propio.
Este prójimo, por el contrario, a quien si podemos ver, está constantemente poniendo resistencia a nuestro amor propio, orgullo y vanidad. El prójimo pasa a ser una imposición, después de cierto tiempo. Sus peticiones, necesidades o deseos, se convierten en una carga para nosotros. Nuestra naturaleza caída nos lleva a evitarlo y cualquier otro problema que pueda causarnos.
Aún si nuestro prójimo fuere nuestro amigo, un examen minucioso nos dirá que, es nuestro amigo, sólo mientras su amistad, sea un beneficio para nosotros de una forma u otra. Frecuentemente he mencionado que muchas personas confunden amor por lascivia. Aunque sean polos opuestos, la gente parece confundirlos cada vez más. La lujuria no es otra cosa que amor propio; es cuando vemos a los demás sólo y únicamente por el placer o beneficio que puede producirnos. Mientras que el amor es todo lo contrario, es cuando vemos a los demás con el deseo de ayudarlo para ocasionarle un beneficio sin tomar en consideración ningún provecho personal.
De tal suerte que existe quien dice “amar” a su prójimo, mientras que este amor dura sólo, cuando existe algún provecho personal. Al dejar de darnos, nuestro prójimo, el beneficio o lo que queríamos hiciera, estamos listos para abandonarlo y buscar otro amigo para sustituirlo.
Si el amor es negación de si mismo y nos olvidamos de nosotros mismos por el bien de los demás, podremos concluir que existe muy poco amor en el mundo; toda vez que el mismo bien que algunos hacen por los demás contiene siempre algo de provecho personal. Muchos ayudan a las obras de “caridad” para aparentar hacer algo por los demás, mientras que al mismo tiempo hacen todo lo posible por mantenerse alejados de quienes están “ayudando”. Se llenan de vanidad y orgullo al ser alabados por el mundo y felicitados por su “amor” y generosidad.
¿Harían lo mismo si no hubiera alabanzas y felicitaciones; si fueran forzados a mantenerse en el anonimato, o no tuvieran efectos fiscales sus donaciones? Si todo esto fuera un requisito, veríamos que disminuirían las obras buenas por nuestro prójimo.
Los políticos necesitan a los pobres para poder ser electos con sus promesas de ayudarlos. Pero si no estuvieran en tiempos electorales o buscando la popularidad, sería muy dudoso que tuvieran algún interés por estos mismos pobres.
De manera similar, los esposos frecuentemente profesan amor, el uno por el otro; sin embargo al hacer un examen exhaustivo nos daremos cuenta que no tienen ni idea de lo que verdaderamente significa amar. Su “amor” dura mientras que puedan usarse mutuamente para satisfacer sus deseos y necesidades egoístas. Por lo tanto vemos como su “amor” (lujuria) se va desvaneciendo con el tiempo, procurando el divorcio para liberarse y buscar alguien más que satisfaga sus deseos.
Muchos de los que consideramos nuestro prójimo, generalmente no son, muy agradables para nosotros ni nosotros para ellos porque no hemos hecho nuestra, la lección que aparece en el Evangelio de hoy. La lección de Jesucristo nos lleva más allá de quienes nos hacen algún bien o nos refieren algún beneficio. Nos hace amar a quienes no tienen nada que ofrecernos.
Debemos hacer el bien a quienes no tienen manera de regresarnos el favor.
No todo termina con amar y ayudar a los que no tienen forma de pagar nuestra bondad; Cristo extiende este amor para y hacia nuestros enemigos y todo aquel que nos ocasione algún mal. Nos pide más que eso, que regresemos amor por odio recibido y que verdaderamente amemos a nuestros enemigos.
Esto en ningún momento implica que formemos parte del mal. O que ayudemos a los malvados continuar en su maldad. Cuando realmente amamos a alguien procuramos siempre su bienestar y sobre todo procuramos su mayor bienestar – la vida eterna en el Cielo. De esta manera, en algunas ocasiones sucede que nuestro amor nos impulsa a rechazar a quien se encuentra en caminos malignos; como todo padre amoroso rechazaría el deseo irracional y peligroso del hijo indisciplinado.
Todo ser humano es nuestro prójimo y debemos amarlo porque Cristo lo ha hecho y ofreció Su vida por todos, además de que nos ha ordenado hacer lo mismo. Cristo jamás rechazó pedir u ofrecer Su vida por quienes lo odiaban y abiertamente se declaraban sus enemigos, mientras que al mismo tiempo nunca dejo de llamarles la atención y recordarles las consecuencias terribles que les atraerían sus maldades.
Este es el verdadero amor al prójimo que debemos tener e imitar.
Así sea.
Saturday, August 15, 2009
SAN JOAQUIN
16 DE AGOSTO DE 2009
Queridos Hermanos:
El día de hoy celebramos la festividad de San Joaquín, Padre de la Santísima Virgen María y abuelo de Jesucristo Nuestro Señor. Su santidad el Papa León XIII en el año 1879, elevo esta festividad y la de Santa Ana al estatus en que se encuentra hoy.
En el evangelio de este día, leemos la genealogía de Jesucristo. Es muy importante que mantengamos siempre en mente que Jesucristo es verdaderamente Humano y que verdaderamente nació en este mundo en una fecha y condiciones específicas.
La celebración de la fiesta de hoy, enfatiza que Jesucristo tiene un abuelo materno. La segunda persona de la Santísima Trinidad, Jesucristo, el Hijo de Dios verdaderamente se hizo hombre por nuestra salvación. Es verdadero Dios y verdadero Hombre.
No debe jamás existir duda alguna, en nuestras mentes, inspiradas por las doctrinas malignas de los herejes y paganos de nuestros días. Cristo no es un cuento de hadas o historia conveniente para hacer que las personas se ajusten a cierto comportamiento.
Jesucristo realmente tiene descendencia ancestral como los tenemos nosotros. Es humano como nosotros, con la gran diferencia que jamás conoció el pecado mientras que nosotros tenemos que cargar con este mal toda la vida.
Mientras que hacemos énfasis en la humanidad de Jesucristo, no debemos olvidar Su Divinidad. Cristo es verdaderamente Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios por toda la eternidad, pero hombre en la historia de la humanidad.
Quienes vivieron en el tiempo de Jesucristo y le siguieron, recibieron gran cantidad de gracias en esta vida y una gran recompensa en la eternidad.
Empezamos haciendo un examen sobre las virtudes de la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo y vemos las gracias y virtudes magnificas que adornaron su alma. Las simples palabras del ángel: “llena de gracia” lo dice todo.
Y así como podemos ver que las virtudes y los vicios se trasmiten de generación en generación, podemos implicar que los padres de la Santísima virgen fueron de la misma manera virtuosos y llenos del espíritu de Dios.
Si María Santísima es elegida para ser madre de Dios, podemos decir luego entonces, que santa Ana y San Joaquín fueron bendecidos al ser padres de María Santísima. Por lo tanto podemos decir que bienaventurado San Joaquín que hizo la vida virtuosa de María posible y de manera indirecta, hacer posible la venida de Jesucristo Nuestro Señor.
Nosotros mismos, podemos explorar la línea que sigue a nuestros ancestros y ver que Dios ha llenado de bendiciones a toda la familia, especialmente a nuestros padres que por lo menos han cooperado con la gracia de Dios al darnos la existencia misma.
Algunos de nosotros podemos encontrar muchas bendiciones más, de parte de nuestros padres y estar infinitamente agradecidos con Dios por estos beneficios.
Sin embargo, el punto más importante que debemos considerar es, qué es lo que les estamos dejando a las nuevas generaciones. ¿Serán capaces los jóvenes de las generaciones venideras darnos las gracias a nosotros y a Dios principalmente, por el don mismo de la vida, ejemplos y virtudes que les ha dado Dios por medio de nosotros? ¿O se levantaran contra nosotros y nos maldecirán por el mal que les hemos acarreado?
Nosotros no podemos salvar a nuestros hijos como tampoco nos pueden salvar nuestros padres. Cada uno de nosotros debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograr esto. Cristo nos ha redimido, por lo tanto el precio por nuestra salvación, ya ha sido pagado, ahora toca a nosotros hacer nuestra parte. Nuestros padres no pueden forzarnos hacia el Cielo ni podemos nosotros forzar a nuestros propios hijos.
Sin embargo, podemos mostrarles el camino y dejar en claro que sólo amando y sirviendo a Dios encontraran la verdadera felicidad en esta vida y en la otra.
Nuestra obligación en este momento es llevar una vida virtuosa para servirles de ejemplo. Nuestra fe debe ser real y genuina toda vez que nos ha sido dada por Dios a través de la Santa Madre Iglesia. Nuestra fe debe ser viva, con la gracia de Dios. Cuando creemos, realmente vivimos según nuestra fe. La belleza y bondad de tal vida es una inspiración e incentivo a imitar por los demás.
Si vemos que nuestros hijos no viven de la forma que deberían, es tiempo de examinarnos a nosotros mismos. ¿Qué ejemplos les hemos dado? ¿Qué tipo de ejemplos les estamos dando ahora? ¿Vivimos con fe y amor a Dios? ¿Oramos a un Dios vivo y todo poderoso, o murmuramos palabras vacías en el aire?
Debemos vivir una vida de amor, humildad y obediencia. “Si me amas cuidaras mi palabra”. Al vivir esta vida como debemos hacerlo, mostramos nuestra gratitud a Dios y a nuestros ancestros por la verdadera fe que nos han dado, mientras que al mismo tiempo instalamos en el corazón, de la les generaciones nuevas, el amor y fe verdadera que hemos recibido. Si la nueva generación es bendecida gracias a nosotros, compartiremos con ellos la gloria como San Joaquín que ahora lo hace con su Hija, la Madre de Dios.
Así sea.
Queridos Hermanos:
El día de hoy celebramos la festividad de San Joaquín, Padre de la Santísima Virgen María y abuelo de Jesucristo Nuestro Señor. Su santidad el Papa León XIII en el año 1879, elevo esta festividad y la de Santa Ana al estatus en que se encuentra hoy.
En el evangelio de este día, leemos la genealogía de Jesucristo. Es muy importante que mantengamos siempre en mente que Jesucristo es verdaderamente Humano y que verdaderamente nació en este mundo en una fecha y condiciones específicas.
La celebración de la fiesta de hoy, enfatiza que Jesucristo tiene un abuelo materno. La segunda persona de la Santísima Trinidad, Jesucristo, el Hijo de Dios verdaderamente se hizo hombre por nuestra salvación. Es verdadero Dios y verdadero Hombre.
No debe jamás existir duda alguna, en nuestras mentes, inspiradas por las doctrinas malignas de los herejes y paganos de nuestros días. Cristo no es un cuento de hadas o historia conveniente para hacer que las personas se ajusten a cierto comportamiento.
Jesucristo realmente tiene descendencia ancestral como los tenemos nosotros. Es humano como nosotros, con la gran diferencia que jamás conoció el pecado mientras que nosotros tenemos que cargar con este mal toda la vida.
Mientras que hacemos énfasis en la humanidad de Jesucristo, no debemos olvidar Su Divinidad. Cristo es verdaderamente Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios por toda la eternidad, pero hombre en la historia de la humanidad.
Quienes vivieron en el tiempo de Jesucristo y le siguieron, recibieron gran cantidad de gracias en esta vida y una gran recompensa en la eternidad.
Empezamos haciendo un examen sobre las virtudes de la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo y vemos las gracias y virtudes magnificas que adornaron su alma. Las simples palabras del ángel: “llena de gracia” lo dice todo.
Y así como podemos ver que las virtudes y los vicios se trasmiten de generación en generación, podemos implicar que los padres de la Santísima virgen fueron de la misma manera virtuosos y llenos del espíritu de Dios.
Si María Santísima es elegida para ser madre de Dios, podemos decir luego entonces, que santa Ana y San Joaquín fueron bendecidos al ser padres de María Santísima. Por lo tanto podemos decir que bienaventurado San Joaquín que hizo la vida virtuosa de María posible y de manera indirecta, hacer posible la venida de Jesucristo Nuestro Señor.
Nosotros mismos, podemos explorar la línea que sigue a nuestros ancestros y ver que Dios ha llenado de bendiciones a toda la familia, especialmente a nuestros padres que por lo menos han cooperado con la gracia de Dios al darnos la existencia misma.
Algunos de nosotros podemos encontrar muchas bendiciones más, de parte de nuestros padres y estar infinitamente agradecidos con Dios por estos beneficios.
Sin embargo, el punto más importante que debemos considerar es, qué es lo que les estamos dejando a las nuevas generaciones. ¿Serán capaces los jóvenes de las generaciones venideras darnos las gracias a nosotros y a Dios principalmente, por el don mismo de la vida, ejemplos y virtudes que les ha dado Dios por medio de nosotros? ¿O se levantaran contra nosotros y nos maldecirán por el mal que les hemos acarreado?
Nosotros no podemos salvar a nuestros hijos como tampoco nos pueden salvar nuestros padres. Cada uno de nosotros debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograr esto. Cristo nos ha redimido, por lo tanto el precio por nuestra salvación, ya ha sido pagado, ahora toca a nosotros hacer nuestra parte. Nuestros padres no pueden forzarnos hacia el Cielo ni podemos nosotros forzar a nuestros propios hijos.
Sin embargo, podemos mostrarles el camino y dejar en claro que sólo amando y sirviendo a Dios encontraran la verdadera felicidad en esta vida y en la otra.
Nuestra obligación en este momento es llevar una vida virtuosa para servirles de ejemplo. Nuestra fe debe ser real y genuina toda vez que nos ha sido dada por Dios a través de la Santa Madre Iglesia. Nuestra fe debe ser viva, con la gracia de Dios. Cuando creemos, realmente vivimos según nuestra fe. La belleza y bondad de tal vida es una inspiración e incentivo a imitar por los demás.
Si vemos que nuestros hijos no viven de la forma que deberían, es tiempo de examinarnos a nosotros mismos. ¿Qué ejemplos les hemos dado? ¿Qué tipo de ejemplos les estamos dando ahora? ¿Vivimos con fe y amor a Dios? ¿Oramos a un Dios vivo y todo poderoso, o murmuramos palabras vacías en el aire?
Debemos vivir una vida de amor, humildad y obediencia. “Si me amas cuidaras mi palabra”. Al vivir esta vida como debemos hacerlo, mostramos nuestra gratitud a Dios y a nuestros ancestros por la verdadera fe que nos han dado, mientras que al mismo tiempo instalamos en el corazón, de la les generaciones nuevas, el amor y fe verdadera que hemos recibido. Si la nueva generación es bendecida gracias a nosotros, compartiremos con ellos la gloria como San Joaquín que ahora lo hace con su Hija, la Madre de Dios.
Así sea.
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