Saturday, January 26, 2013
DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA
27 DE ENERO DE 2013
Queridos hermanos:
Los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos.
A simple vista, esta enseñanza de Cristo, tomada del evangelio de hoy; parece ser una injusticia. Evidentemente como lo vemos posteriormente, no es injusto, es más bien nuestra naturaleza caída que así lo aprecia, al ser lenta y no ver los caminos de Dios.
El obrero que estuvo trabajando todo el día, recibió exactamente lo que habían acordado. No existe ninguna injusticia. Esperaban recibir más, gracias a su avaricia y por su orgullo creían merecer más y luchaban en contra de la idea de que los demás deberían ser colocados en la misma condición que ellos. No faltaron los celos.
Los otros no habían trabajado ni sufrido tanto como los primeros, por lo que no les parecía incorrecto que, habiendo trabajado y sufrido menos, recibieran la misma recompensa. Desearían haber iniciado sus labores a la última hora de la jornada, en lugar de las primeras. Se lamentaban haber trabajado todo el día.
Nuestra vida está representada por un día. Algunos entra al servicio de y amor de Dios, a temprana edad, dedicando así, todo el su vida (día) en este servicio. Otros lo hacen en diferentes etapas de sus vidas, algunos lo hacen, incluso a las once horas, en el último minuto. Todos reciben la misma recompensa, la salvación.
La mayoría de las personas jamás ingresan, o renuncian abandonando todo antes de terminar su vida (día), por lo que nunca reciben el pago, su salvación.
No es tan importante en que etapa de nuestra vida ingresamos a la Iglesia (viña), como lo es perseverar hasta el final. Nuestra naturaleza caída busca el camino más fácil o el que nos exige menos. Mostrando con esto la maldad de nuestra naturaleza caída por el pecado.
El servir a Dios debe ser un servicio de amor y debe engendrar gozo y alegría. Debemos estas ansiosos por ingresar lo más pronto posible y buscar servir a Dios, por mucho tiempo y mejor cada vez. Es un gran honor ingresar a la Iglesia para servir a Dios, igualando el privilegio de servirlo con nuestra gratitud.
San Agustín se lamentaba amargamente de haber ingresado a la Iglesia ya avanzada su edad. Estas fueron sus palabras, según nos lo relata en sus Confesiones: “Te he amado tarde Dios mío, pero te amo ahora, y busco amarte cada vez más, día con día”. EL amor nunca busca ser menos, siempre quiere ser lo mejor. El verdadero amor no se preocupa por reconocimiento ni recompensa. Nunca se preocupa por lo que cuesta amar.
Sin embargo, nuestra naturaleza caída por el pecado, nos ha dado un concepto equivocado del amor, que busca sólo nuestro bienestar y recompensa personal, menos sacrificio.
Cuando trabajamos y nos sacrificamos por amor, nuestras acciones se vuelven una alegría en sí mismas. Quienes actúan por amor son ellos su misma recompensa. Cristo nos ha dicho que si tomamos nuestra cruz por amor a ÉL, convertirá estas en suaves y ligeras (San Mateo 11:30). Este amor desea que los demás también tomen parte en esto, mas no se compara con nadie.
El verdadero amor sólo se compara con el objeto de su amor – Dios. Al ver la forma en que Cristo nos ama, sólo debemos sentir vergüenza al no corresponderle de la misma manera. Somos humillados, vemos que no lo merecemos, y qué bondadoso es Dios con nosotros.
No importa desde cuándo, ni la cantidad ni el tiempo que amemos a Dios, siempre será nada, comparado al Amor de Dios por nosotros. La gracia de la salvación siempre será un gran pago que debemos hacer y que no merecemos. Si el verdadero amante, da un vistazo a sus compañeros de labor, verá lo mucho que trabajan su salvación, en el amor y la bondad. No se fija en sus debilidades, sino más bien, en su fuerza y se siente humilde al ver el bien y lo mucho que han avanzado los demás y que él no ha podido lograr.
De esta manera, no siente envidia ni celos de lo que reciben los demás, sino más bien aprecia los sacrificios y obras que han realizado. De esta manera buscamos siempre hacer más (nunca menos) por Dios. Jamás intentaremos quitar ni destruir lo que han hecho los demás, para que simulemos ser mejores, más bien, envueltos en el verdadero amor buscaremos que Dios sea amado en grado máximo, buscando inspirar a los demás a lograr más de lo que hemos nosotros logrado, uniéndonos mutuamente en sacrificios por el amor de Dios.
Busquemos todos, este amor verdadero, sin preocuparnos si los demás entran al cielo habiendo laborado menos que nosotros, más bien procuremos hacer más y amar más. Teniendo siempre en mente que nuestra salvación es y será siempre un don de Dios y algo mucho más allá de lo que realmente merecemos.
Así sea
Saturday, January 19, 2013
SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA
19 DE ENERO DE 2013
Queridos hermanos:
Constantemente pedimos por el “pan nuestro de cada día” en la oración del Padre Nuestro. Al hacer esto recordamos que, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Necesitamos, no sólo alimento para nuestro cuerpo sino aún algo más importante, necesitamos la alimentación de nuestra alma, el alimento espiritual que nos ha de nutrir y transformar.
Los vasos de piedra son considerados fríos e insípidos; como lo es considerada nuestra instrucción espiritual que es duradera. Estos contienen las verdades sobrenaturales que a primera vista parecen ordinarias.
La Iglesia es el símbolo de estos vasos de piedra, es duradera, guarda y distribuye verdades sobrenaturales que da a beber a todos los asistentes a la boda del Cielo. Esta bebida, aparece en primer término como simple agua, por lo que, es vista como insignificante y simple. Sin embargo, si observamos con cuidados nos daremos cuenta que las verdades simples y humildes son las más importantes y profundas; el agua es entonces convertida en vino.
En todos los niveles de nuestra vida espiritual nos daremos cuenta que encontraremos todo lo necesario en estos vasos de piedra, La Iglesia. Para quienes están fuera de esta, los vasos aparecen de manera insignificante y vacios, nada para sostener su alma.
Para los principiantes en la fe, los encuentran refrescantes, pero conteniendo simple agua. Conforme vamos madurando en la fe y la vida espiritual, descubrimos la belleza y gozo, del vino que alimenta el alma.
La Iglesia tiene siempre algo para todos y estamos obligados a buscar en ella “el pan nuestro de cada día”
Muchos entran a la Iglesia y la encuentran vacía porque sus almas así lo están. Con frecuencia nos preguntamos si tales personas tienen algún tipo verdadero de fe, o por qué se molestan a acercarse a la Iglesia. El hueco de los vasos de piedra se puede encontrar en todas las Iglesias falsas, donde en su multitud de seguidores se encuentra esta gran vanidad y vacio. Tienen edificios impresionantes pero vacios de cualquier nutriente verdaderamente espiritual. Hay incluso quienes no ven mucha diferencia entre la verdadera Iglesia y las falsas, por estar buscando solamente en lo superficial y vacio de los edificios.
Algunos entran a la Iglesia y sólo pueden saborear agua. El desarrollo espiritual ha pasado por la etapa vanidosa, y encuentran verdadero refrigerio en la doctrina, como lo hacen con el agua; pero el gozo y alegría que acompaña al vino, nunca lo alcanzan.
Hay muchos que tienen un “conocimiento” superficial de la doctrina de la iglesia y con frecuencia dicen tales cosas como “ yo conozco mi fe” y no ven la necesidad de estudiar y prepararse más allá de este conocimiento, lo que aprendieron en sus catecismo, cuando niños, les parece suficiente.
Este “conocimiento” no es amado y cuando piensan estar saboreando el vino de la verdadera doctrina, lo único que los alimenta es simple agua, que sólo humedece su necesidad por una bebida mucho mayor, pero lamentablemente no desean seguir avanzando.
Estos son los “niños” de la Iglesia, que no están preparados para cosas mayores, son fácilmente engañados y arrastrados por las falsas doctrinas y tentaciones, de los anzuelos de vanidad y vacio que enseñan los herejes.
El mejor vino está reservado para lo último, para los adultos, maduros en su fe. Para alcanzar este nivel debemos pasar primero por la vanidad vacía de las falsas religiones, encontrando la verdadera doctrina de la Iglesia.
Al recibir la verdadera fe, buscamos la frescura de sus aguas, somos materialistas y mundanos, ansiosos por bendiciones materiales. Pensamos que esto es suficiente. Este conocimiento no es suficiente, debemos amar. Al aumentar nuestra fe en nosotros, debemos amar cada vez más. El joven adulto, por así decirlo, busca saborear el vino del amor verdadero en la fe. Es aquí donde Cristo transforma el agua en vino. Mientras mayor es el amor, más placentero se vuelve este vino.
En el transcurso de nuestra vida espiritual nos damos cuenta que el vino se agota, muchas veces se termina sin que nos demos cuenta, alcanzamos una llanura, un estancamiento. Caemos en un conformismo al ver las cosas desde un punto de vista mundano. El vino se ha agotado para todos los que se encuentran en esta situación. La cual se vuelve, muy peligrosa toda vez que, cuando la fe ha perdido su sabor y valor tenemos el peligro latente de perderla. La Palabra de Dios deja de alimentar nuestra alma.
Los demonios se encuentran ansiosos por eliminar y callar este amor, logrando en ocasiones que este vino se termine y nos regrese a la fe que no es otra cosa que el total abandono y vacio.
En la vida espiritual nos encontramos en muchas ocasiones con una resequedad y obscuridad. Muchas veces nos toma de sorpresa, olvidándonos de pedir y suplicar a Dios nos la regrese. Es aquí donde entra la Madre de Dios. Si María santísima es invocada, amada y honrada por nosotros, y compañera de nuestra vida, ella se encargará de ver que el vino nunca nos falte. Ella está al pendiente de nosotros mucho antes de que el vino empiece a terminarse, ella conoce nuestro corazón y sabe cuando se está secando, será Ella la que acuda a Su Hijo para decirle. “ya no tienen vino”.
Así sea.
Queridos hermanos:
Constantemente pedimos por el “pan nuestro de cada día” en la oración del Padre Nuestro. Al hacer esto recordamos que, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Necesitamos, no sólo alimento para nuestro cuerpo sino aún algo más importante, necesitamos la alimentación de nuestra alma, el alimento espiritual que nos ha de nutrir y transformar.
Los vasos de piedra son considerados fríos e insípidos; como lo es considerada nuestra instrucción espiritual que es duradera. Estos contienen las verdades sobrenaturales que a primera vista parecen ordinarias.
La Iglesia es el símbolo de estos vasos de piedra, es duradera, guarda y distribuye verdades sobrenaturales que da a beber a todos los asistentes a la boda del Cielo. Esta bebida, aparece en primer término como simple agua, por lo que, es vista como insignificante y simple. Sin embargo, si observamos con cuidados nos daremos cuenta que las verdades simples y humildes son las más importantes y profundas; el agua es entonces convertida en vino.
En todos los niveles de nuestra vida espiritual nos daremos cuenta que encontraremos todo lo necesario en estos vasos de piedra, La Iglesia. Para quienes están fuera de esta, los vasos aparecen de manera insignificante y vacios, nada para sostener su alma.
Para los principiantes en la fe, los encuentran refrescantes, pero conteniendo simple agua. Conforme vamos madurando en la fe y la vida espiritual, descubrimos la belleza y gozo, del vino que alimenta el alma.
La Iglesia tiene siempre algo para todos y estamos obligados a buscar en ella “el pan nuestro de cada día”
Muchos entran a la Iglesia y la encuentran vacía porque sus almas así lo están. Con frecuencia nos preguntamos si tales personas tienen algún tipo verdadero de fe, o por qué se molestan a acercarse a la Iglesia. El hueco de los vasos de piedra se puede encontrar en todas las Iglesias falsas, donde en su multitud de seguidores se encuentra esta gran vanidad y vacio. Tienen edificios impresionantes pero vacios de cualquier nutriente verdaderamente espiritual. Hay incluso quienes no ven mucha diferencia entre la verdadera Iglesia y las falsas, por estar buscando solamente en lo superficial y vacio de los edificios.
Algunos entran a la Iglesia y sólo pueden saborear agua. El desarrollo espiritual ha pasado por la etapa vanidosa, y encuentran verdadero refrigerio en la doctrina, como lo hacen con el agua; pero el gozo y alegría que acompaña al vino, nunca lo alcanzan.
Hay muchos que tienen un “conocimiento” superficial de la doctrina de la iglesia y con frecuencia dicen tales cosas como “ yo conozco mi fe” y no ven la necesidad de estudiar y prepararse más allá de este conocimiento, lo que aprendieron en sus catecismo, cuando niños, les parece suficiente.
Este “conocimiento” no es amado y cuando piensan estar saboreando el vino de la verdadera doctrina, lo único que los alimenta es simple agua, que sólo humedece su necesidad por una bebida mucho mayor, pero lamentablemente no desean seguir avanzando.
Estos son los “niños” de la Iglesia, que no están preparados para cosas mayores, son fácilmente engañados y arrastrados por las falsas doctrinas y tentaciones, de los anzuelos de vanidad y vacio que enseñan los herejes.
El mejor vino está reservado para lo último, para los adultos, maduros en su fe. Para alcanzar este nivel debemos pasar primero por la vanidad vacía de las falsas religiones, encontrando la verdadera doctrina de la Iglesia.
Al recibir la verdadera fe, buscamos la frescura de sus aguas, somos materialistas y mundanos, ansiosos por bendiciones materiales. Pensamos que esto es suficiente. Este conocimiento no es suficiente, debemos amar. Al aumentar nuestra fe en nosotros, debemos amar cada vez más. El joven adulto, por así decirlo, busca saborear el vino del amor verdadero en la fe. Es aquí donde Cristo transforma el agua en vino. Mientras mayor es el amor, más placentero se vuelve este vino.
En el transcurso de nuestra vida espiritual nos damos cuenta que el vino se agota, muchas veces se termina sin que nos demos cuenta, alcanzamos una llanura, un estancamiento. Caemos en un conformismo al ver las cosas desde un punto de vista mundano. El vino se ha agotado para todos los que se encuentran en esta situación. La cual se vuelve, muy peligrosa toda vez que, cuando la fe ha perdido su sabor y valor tenemos el peligro latente de perderla. La Palabra de Dios deja de alimentar nuestra alma.
Los demonios se encuentran ansiosos por eliminar y callar este amor, logrando en ocasiones que este vino se termine y nos regrese a la fe que no es otra cosa que el total abandono y vacio.
En la vida espiritual nos encontramos en muchas ocasiones con una resequedad y obscuridad. Muchas veces nos toma de sorpresa, olvidándonos de pedir y suplicar a Dios nos la regrese. Es aquí donde entra la Madre de Dios. Si María santísima es invocada, amada y honrada por nosotros, y compañera de nuestra vida, ella se encargará de ver que el vino nunca nos falte. Ella está al pendiente de nosotros mucho antes de que el vino empiece a terminarse, ella conoce nuestro corazón y sabe cuando se está secando, será Ella la que acuda a Su Hijo para decirle. “ya no tienen vino”.
Así sea.
Saturday, January 12, 2013
FESTIVIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA
13 DE ENERO DE 2013
Queridos Hermanos:
Al considerar la belleza y magnificencia de la Sagrada Familia, debemos ser inspirados a unirnos en la manera de lo posible, a este gran ideal de la vida familiar, en nuestra propia vida. Esta festividad además de acercarnos a la vida familiar de igual manera ilumina la vida individual.
No sólo el padre, la madre y el hijo, sino de igual manera el vecino, el amigo, el empleado, el patrón, maestro, estudiante, todos son instruidos por esta Sagrada Familia. Todos podemos encontrar inspiración de una u otra manera y para cada situación.
En pocas palabras, cada situación de esta vida, es una extensión de la familia.
San Pablo, en la epístola de este día, nos declara las virtudes necesarias en nuestra vida para cumplir cabalmente el ideal expresado por la Sagrada Familia. No duda en colocar la virtud de la caridad por encima de todas las demás. Humildad, mansedumbre etc. Son hermosamente expresadas en la Sagrada Familia para inspirarnos a practicarlas e imitar la caridad como corona de las demás.
El amor sobrepasa a todas las demás y resplandece sobre estas virtudes dándoles parte de su brillo. Es la caridad que anima a san José como Jefe de familia. Tiene no sólo el derecho, sino que trae consigo la obligación de liderar y mandar. Mandar es una obligación y derecho, no sólo un honor.
Quienes están en posición de autoridad toman parte de la autoridad de Dios y deben hacer lo más humanamente posible en el cumplimiento de esta posición viendo además sobre todas las cosas, con la caridad de Dios.
Quienes fallan en mandar y cumplir esta obligación como autoridades, son tan culpables como quienes sin ninguna autoridad pretender hacerlo. Con frecuencia vemos como la gente ignora la manera adecuada de ejercer esa posición de autoridad. Hay muchos que roban la autoridad que no les pertenece. Esto es algo repulsivo, especialmente para los sujetos de estos, que de manera voluntaria o forzados por las circunstancias, al faltarles a estos “lideres” la gracia necesaria para poder mandar.
Existen otros que aunque Dios los ha llamado a esta vocación, fallan en usar la gracia de Dios, actuando como verdaderos tiranos, o ladrones ineptos. Lo que les falta es sin duda la virtud de la caridad, así es, necesitan de igual manera las otras virtudes, tales como la humildad, la fe y el valor de sus convicciones etc. Pero sobre todas estas si sólo se amaran los unos a los otros, cada uno encontraría su propia vocación, como una verdadera razón de alegría al haberla encontrado.
San José, podemos decir que, es menor en dignidad que Jesús y María, pero es a Él quien Dios le da la autoridad. La gracia de la habilidad para mandar y dirigir tiene mucho más que ver con la gracia de esta vocación que con el intelecto o posición social.
En cierta ocasión san Francisco exclamó que estaría dispuesto, con gran humildad fielmente obedecer a un novicio de un día, que fuera puesto como su superior, de la misma manera que obedecería al fraile más sabio y experimentado que le fuera, de igual forma, puesto como su superior. No es la persona del superior, lo que es importante. Es la posición y la dignidad de esta, lo que vale.
Las formas y caminos de este mundo se alejan cada vez más, de este ideal. Lo que el mundo ve como necesario para mandar y dirigir es completamente opuesto a lo que Dios quiere.
Los superiores deben buscan ante todo, que tienen la gracia de su vocación y no haber usurpado la posición de autoridad que sustentan para después alimentar y mantener el verdadero amor por todos los a él sujetos. Una vez que la caridad ha sido establecida en ellos, no existirá la tiranía ni serán pisoteados. La caridad aleja, el orgullo, la arrogancia y todas las demás manifestaciones del abuzo de poder.
Sigue, en este poder y autoridad, en la Sagrada Familia, María santísima, esposa y madre. Es el ejemplo a seguir de todas las mujeres. No existe vergüenza ni debilidad en estar sujeta a un otro, (aún cuando parece inferior). María brilla en todo esplendor en su santidad, humildad, paciencia. Sacrificando su voluntad a la de san José, no pierde nada, gana mucho más.
Cuando san José, o cualquier otro esposo decente, autoridad verdadera, ven que su autoridad no es desafiada sino que es más bien, como la esposa que amorosamente sacrifica su voluntad por la de él, de seguro que no le pedirá nada que le pueda negar. No puede hacer otra cosa que de manera reciproca dar el amor que de ella recibe. Forman un solo cuerpo como cabeza y corazón trabajando ambos por uno mismo. Ella obedece con amor y de forma voluntaria, por lo que él es inspirado a mandar con suave amor y generosidad.
Todo es evidentemente fácil cuando esto sucede. Luego entonces, nuestro verdadero progreso espiritual brilla, sólo cuando es puesto bajo esta prueba. Dentro del fuego de la tentación y las tribulaciones; cuando parece o realmente sucede, que la cabeza está equivocada, injusta o imparcial, es cuando sujetos a esta debemos humildemente someternos por el amor de Dios y la autoridad (en todo lo que no sea ocasión de pecado).
Es esta humildad que inspira a los que ejercen la autoridad, la gran necesidad de mandar con gentileza y amor. El daño que ocasionen a los a ellos encomendados, será, si cooperan con la gracia, lo que más mueva sus conciencias, porque ante sus propios sufrimientos o tribulaciones sólo obedecieron, lo que les ha sido encomendado hacer. Por lo tanto podemos decir que las esposas pueden inspirar y dirigir a su esposo hacia Dios y Su gracia.
Todo esto es aún más perfecto en la obediencia de Jesucristo. Jesús estovo sujeto tanto a José como a María, Su obediencia fue inmediata, voluntaria y llena de amor, (el ejemplo perfecto para todos nosotros) y de esta manera acercó y unió cada vez más a Sus padres a Dios para amarlo sin límite. Obedeció con gran amor, para que le fuera ordenado, de la misma manera.
Si lo que buscamos es checar o corregir a quienes nos mandan obedecer, primero debemos revisar si estamos obedeciendo, como lo hizo Jesucristo. Si lo estamos haciendo de esta manera debemos entonces orar y esperar que Dios cambie a los que ha puesto como autoridad sobre nosotros.
No existe mayor honor que sufrir injusticias por el amor de Dios, de la misma manera no hay otra forma de cambiar o convertir a los demás.
Así sea
Queridos Hermanos:
Al considerar la belleza y magnificencia de la Sagrada Familia, debemos ser inspirados a unirnos en la manera de lo posible, a este gran ideal de la vida familiar, en nuestra propia vida. Esta festividad además de acercarnos a la vida familiar de igual manera ilumina la vida individual.
No sólo el padre, la madre y el hijo, sino de igual manera el vecino, el amigo, el empleado, el patrón, maestro, estudiante, todos son instruidos por esta Sagrada Familia. Todos podemos encontrar inspiración de una u otra manera y para cada situación.
En pocas palabras, cada situación de esta vida, es una extensión de la familia.
San Pablo, en la epístola de este día, nos declara las virtudes necesarias en nuestra vida para cumplir cabalmente el ideal expresado por la Sagrada Familia. No duda en colocar la virtud de la caridad por encima de todas las demás. Humildad, mansedumbre etc. Son hermosamente expresadas en la Sagrada Familia para inspirarnos a practicarlas e imitar la caridad como corona de las demás.
El amor sobrepasa a todas las demás y resplandece sobre estas virtudes dándoles parte de su brillo. Es la caridad que anima a san José como Jefe de familia. Tiene no sólo el derecho, sino que trae consigo la obligación de liderar y mandar. Mandar es una obligación y derecho, no sólo un honor.
Quienes están en posición de autoridad toman parte de la autoridad de Dios y deben hacer lo más humanamente posible en el cumplimiento de esta posición viendo además sobre todas las cosas, con la caridad de Dios.
Quienes fallan en mandar y cumplir esta obligación como autoridades, son tan culpables como quienes sin ninguna autoridad pretender hacerlo. Con frecuencia vemos como la gente ignora la manera adecuada de ejercer esa posición de autoridad. Hay muchos que roban la autoridad que no les pertenece. Esto es algo repulsivo, especialmente para los sujetos de estos, que de manera voluntaria o forzados por las circunstancias, al faltarles a estos “lideres” la gracia necesaria para poder mandar.
Existen otros que aunque Dios los ha llamado a esta vocación, fallan en usar la gracia de Dios, actuando como verdaderos tiranos, o ladrones ineptos. Lo que les falta es sin duda la virtud de la caridad, así es, necesitan de igual manera las otras virtudes, tales como la humildad, la fe y el valor de sus convicciones etc. Pero sobre todas estas si sólo se amaran los unos a los otros, cada uno encontraría su propia vocación, como una verdadera razón de alegría al haberla encontrado.
San José, podemos decir que, es menor en dignidad que Jesús y María, pero es a Él quien Dios le da la autoridad. La gracia de la habilidad para mandar y dirigir tiene mucho más que ver con la gracia de esta vocación que con el intelecto o posición social.
En cierta ocasión san Francisco exclamó que estaría dispuesto, con gran humildad fielmente obedecer a un novicio de un día, que fuera puesto como su superior, de la misma manera que obedecería al fraile más sabio y experimentado que le fuera, de igual forma, puesto como su superior. No es la persona del superior, lo que es importante. Es la posición y la dignidad de esta, lo que vale.
Las formas y caminos de este mundo se alejan cada vez más, de este ideal. Lo que el mundo ve como necesario para mandar y dirigir es completamente opuesto a lo que Dios quiere.
Los superiores deben buscan ante todo, que tienen la gracia de su vocación y no haber usurpado la posición de autoridad que sustentan para después alimentar y mantener el verdadero amor por todos los a él sujetos. Una vez que la caridad ha sido establecida en ellos, no existirá la tiranía ni serán pisoteados. La caridad aleja, el orgullo, la arrogancia y todas las demás manifestaciones del abuzo de poder.
Sigue, en este poder y autoridad, en la Sagrada Familia, María santísima, esposa y madre. Es el ejemplo a seguir de todas las mujeres. No existe vergüenza ni debilidad en estar sujeta a un otro, (aún cuando parece inferior). María brilla en todo esplendor en su santidad, humildad, paciencia. Sacrificando su voluntad a la de san José, no pierde nada, gana mucho más.
Cuando san José, o cualquier otro esposo decente, autoridad verdadera, ven que su autoridad no es desafiada sino que es más bien, como la esposa que amorosamente sacrifica su voluntad por la de él, de seguro que no le pedirá nada que le pueda negar. No puede hacer otra cosa que de manera reciproca dar el amor que de ella recibe. Forman un solo cuerpo como cabeza y corazón trabajando ambos por uno mismo. Ella obedece con amor y de forma voluntaria, por lo que él es inspirado a mandar con suave amor y generosidad.
Todo es evidentemente fácil cuando esto sucede. Luego entonces, nuestro verdadero progreso espiritual brilla, sólo cuando es puesto bajo esta prueba. Dentro del fuego de la tentación y las tribulaciones; cuando parece o realmente sucede, que la cabeza está equivocada, injusta o imparcial, es cuando sujetos a esta debemos humildemente someternos por el amor de Dios y la autoridad (en todo lo que no sea ocasión de pecado).
Es esta humildad que inspira a los que ejercen la autoridad, la gran necesidad de mandar con gentileza y amor. El daño que ocasionen a los a ellos encomendados, será, si cooperan con la gracia, lo que más mueva sus conciencias, porque ante sus propios sufrimientos o tribulaciones sólo obedecieron, lo que les ha sido encomendado hacer. Por lo tanto podemos decir que las esposas pueden inspirar y dirigir a su esposo hacia Dios y Su gracia.
Todo esto es aún más perfecto en la obediencia de Jesucristo. Jesús estovo sujeto tanto a José como a María, Su obediencia fue inmediata, voluntaria y llena de amor, (el ejemplo perfecto para todos nosotros) y de esta manera acercó y unió cada vez más a Sus padres a Dios para amarlo sin límite. Obedeció con gran amor, para que le fuera ordenado, de la misma manera.
Si lo que buscamos es checar o corregir a quienes nos mandan obedecer, primero debemos revisar si estamos obedeciendo, como lo hizo Jesucristo. Si lo estamos haciendo de esta manera debemos entonces orar y esperar que Dios cambie a los que ha puesto como autoridad sobre nosotros.
No existe mayor honor que sufrir injusticias por el amor de Dios, de la misma manera no hay otra forma de cambiar o convertir a los demás.
Así sea
Saturday, December 29, 2012
DOMINGO EN LA OCTAVA DE NAVIDAD
30 DE DICIEMBRE DE 2012
Queridos hermanos:
La presentación de Jesús en el templo nos muestra una confirmación y renovación de las profecías relativas a Cristo. Las cuales siempre contienen algún misterio y algo necesariamente escondido, ya que ha de apenas acontecer.
Simeón estuvo orando y entusiasmadamente esperando este momento, deseoso de ver al Salvador, antes de dejar este mundo por la muerte. Una vez que lo vio y reconoció, da la bienvenida a la muerte, entendiendo que su deseo ha sido cumplido y consecuentemente su vida.
De la experiencia que se adquiere con el paso de los años y de vivir una vida verdaderamente espiritual, Simeón anuncia por las dificultades que habrán de pasar Jesucristo y Su Madre.
Las Sagradas Escrituras relatan muy poco sobre María. Lo que si leemos en varias ocasiones es que, grabo en su corazón y cumplió siempre estas palabras. Entendimiento y sabiduría o vienen de mucho hablar o de mucho leer o escuchar tantas palabras. La Sabiduría de María está en su contemplación de la Voluntad Divina.
No da respuesta a Simeón o Ana, pero graba sus palabras en Su corazón. Al momento de la Anunciación se nos da un punto interior del alma de María. Su completa y total docilidad a la Voluntad de Dios, que no deja lugar a dudas cuando dice:
“He aquí a la sierva del Señor hágase en mi según Tu Palabra” (San Lucas 1:38).
Humildemente y en silencio se da completamente a Dios sin reservas ni limitaciones. Vemos en Ella las virtudes que de manera tan maravillosa expresa Job:
“El Señor lo ha dado, el Señor lo ha quitado, bendito sea el nombre del Señor” (Job 1:21)
María escucha las profecías, como la Palabra de Dios y ni duda de estas ni las cuestiona. Los profetas han hablado y ella, las escucha y comparte con gusto. Estas fueron la Palabra de Dios del Dios hecho hombre, su Hijo. En la tranquilidad de SU alma, estas palabras crecieron, la fortalecieron y llenaron de bendiciones.
Este recogimiento en silencio ante la presencia de la Palabra de Dios, es lo que inspiró a Simeón y Ana y los preparó para hacer suyas estas palabras escasas pero llenas de fruto y profundidad. De antemano percibimos esa calma, reflexión y contemplación de un viejo sacerdote como lo era Simeón.
En lo que se refiere a Ana, las escrituras nos dicen que su vida era reservada y tranquila, tal vez porque es más común así serlo, cuando se es viuda. Su virginidad, vida de matrimonio, y viudez, son todas señaladas como estar guiadas de la manera más santa y complaciente.
Particularmente su viudez, se nos dice, estaba dedicada a la oración día y noche, en el templo, por mucho tiempo, lo cual nos puede indicar como estuvo llena de bendiciones al grado de permitírsele ver, con sus propios ojos, al mismo Jesucristo y Salvador.
Mucho antes de venir a este mundo, en su humanidad, Jesucristo ya habitaba en estas almas. La Palabra de Dios, estaba siendo recibida y aceptada en silencio en estos corazones y estaba madurando y guiándolas, paso a paso a la santidad, acercándolos a Dios y a la recompensa eterna.
Muchos se imaginan que Cristo (La Palabra de Dios) ha llegado o vendrá a ellos con todo el glamur y espectacularidad que ofrece este mundo. Se imaginan que aún con su corazón y mente corriendo entre los pensamientos mundanos e imágenes de este (del mundo físico o por medio de las fantasías presentadas de manera impresa, audio o video), puedan de alguna manera tener espacio para Jesucristo.
¿Cómo puede ser esto si Dios exige un amor completo y exclusivo?
María, Simeón y Ana nos han demostrado como no se debe hacer esto. Jesucristo habita en la paz y tranquilidad de las almas.
Debemos regocijarnos por este tiempo y la gran cantidad de gracias que recibimos, mas no debemos dejarnos llevar por la extravagancia de las celebraciones mundanas.
No permitamos que la palabra de Dios inspirada en nuestra alma, se aleje de nosotros tan rápidamente. Más bien capturemos una que otra para que la grabemos en nuestro corazón, para que de esta manera Jesucristo (La Palabra) permanezca siempre con nosotros y nos ayude a crecer en la gracia y sabiduría que nos lleve y una de una vez por todos en la eternidad con Él en el Cielo.
Así sea.
Saturday, December 22, 2012
CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO
23 DE DICIEMBRE DE 2012
Queridos Hermanos:
Una vez más, este tiempo de adviento, dirige nuestros pensamientos a San Juan Bautista.
El acercamiento a Cristo es inminente y san Juan nos previene e instruye sobre la preparación que debemos tener.
Si Cristo ha de entrar en nuestro corazón y alma, debemos preparar el camino. Ayudados de la gracia de Dios debemos hacer a un lado las montañas del orgullo y vanidad que nos envuelve, debemos llenar el vacío de la ignorancia e incredulidad. Debemos enderezar todo lo torcido de nuestras vidas, suavizando el áspero camino de la cólera y odio que nos carcome.
Cuando hayamos logrado todo esto tendremos entonces, el tapete de bienvenida a nuestra morada, disponible para Cristo en este tiempo de navidad. Evidentemente logramos esto sólo con la ayuda de la gracia de Dios. Debemos por lo tanto hacer penitencia, debemos orar pidiendo la ayuda y misericordia de Dios, dando limosna, en reparación de nuestras ofensas.
Tobías instruye a su hijo cuando le dice: “si tienes mucho da en abundancia, si tienes poco, ten el cuidado de dar con gusto, lo poco que des” (Tobías 4:9).
Es san Francisco de Asís quien nos instruye al decirnos que, dando es como recibimos. Tanto cuando ofrecemos de lo que hemos recibido y de nosotros mismos, nos hacemos beneficiarios de la gracia y bendiciones de Dios.
El Papa san Gregorio agrega: “Quien da, ayuda temporalmente a quienes tienen dones espirituales que otorgar, es cooperante en este acto espiritual de dar. Ya que son pocos los que poseen dones espirituales, y muchos los que abundan en cosas temporales, de esta manera quienes tienen posesiones, toman parte en la virtud de quienes están en necesidad, al compartir su abundancia, con estos pobres santificados.”
En el evangelio de San Mateo leemos: “El que recibe al profeta como profeta, tendrá recompensa de profeta”. (San Mateo 10:41)
Al ayudar a un profeta, nos hacemos participes de su obra, de tal manera recibimos la misma recompensa que este. Al ayudar al pobre, nos hacemos participes de sus oraciones, sacrificios y ofrendas que hace a Dios. Por lo tanto, mientras mas estériles estemos de bienes espirituales y más nos encontremos bendecidos de cosas materiales, es mucho más lo que debemos redimirnos al dar, especialmente a los que están ricos en dones espirituales.
De esta manera llenamos el vacio entre nosotros y nos unimos todos, para formar un solo cuerpo en Cristo. De esta manera a nadie le faltaría nada. Los que cuentan con bienes materiales no les sobraría nada y los pobres en necesidad de estas cosas nada les faltaría. Espiritualmente es lo mismo, quienes tienen más compartirán con los que nada tienen.
No debemos olvidar hacer lo mismo en la oración y la penitencia, no podemos comprar nuestro camino al cielo. En la oración recibimos las gracias necesarias para cumplir con nuestras demás obligaciones. Manifestamos nuestra gratitud por lo que hemos recibido, vemos además lo que es requerido de nosotros, de esta manera nuestro corazón está abierto al amor de Dios.
Por medio de la penitencia expiamos nuestros pecados y ofensas, nos unimos a Jesucristo en Su Sacrificio en la Cruz. Llenamos lo que falta en nosotros para limpiar los pecados de nuestra alma. Con nuestra oración y penitencia nos ayudamos los unos a los otros, especialmente a las pobres almas del purgatorio.
Construimos con todas nuestras buenas obras, un tesoro en el Cielo, para nosotros y para quienes, de manera similar buscan construir su tesoro. Es decir que otros reciben la recompensa espiritual por nuestro esfuerzo, de igual forma lo hacemos nosotros por los esfuerzos de los demás. Sus méritos son nuestros méritos y los méritos nuestros son suyos.
Cuando damos a la gente buena, somos participes de su bondad. Lo mismo sucede si ayudamos a las personas perversas y malvadas, somos participes de sus fechorías. Así como recibimos la recompensa por ayudar a un profeta, recibiremos el castigo que merecen los herejes y malvados que reciben nuestra ayuda.
La Navidad esta ya cerca, el tiempo de la preparación se termina, hagamos oración, penitencia y demos limosna, ahora que hay tiempo. Ayudemos e instiguemos a los demás en las obras buenas para todos juntos construir y formar el Cuerpo Místico de Jesucristo. De esta manera podremos marcar el camino hacia nuestro corazón para Jesucristo haga de este y nuestra alma Su morada permanente.
Así sea
Queridos Hermanos:
Una vez más, este tiempo de adviento, dirige nuestros pensamientos a San Juan Bautista.
El acercamiento a Cristo es inminente y san Juan nos previene e instruye sobre la preparación que debemos tener.
Si Cristo ha de entrar en nuestro corazón y alma, debemos preparar el camino. Ayudados de la gracia de Dios debemos hacer a un lado las montañas del orgullo y vanidad que nos envuelve, debemos llenar el vacío de la ignorancia e incredulidad. Debemos enderezar todo lo torcido de nuestras vidas, suavizando el áspero camino de la cólera y odio que nos carcome.
Cuando hayamos logrado todo esto tendremos entonces, el tapete de bienvenida a nuestra morada, disponible para Cristo en este tiempo de navidad. Evidentemente logramos esto sólo con la ayuda de la gracia de Dios. Debemos por lo tanto hacer penitencia, debemos orar pidiendo la ayuda y misericordia de Dios, dando limosna, en reparación de nuestras ofensas.
Tobías instruye a su hijo cuando le dice: “si tienes mucho da en abundancia, si tienes poco, ten el cuidado de dar con gusto, lo poco que des” (Tobías 4:9).
Es san Francisco de Asís quien nos instruye al decirnos que, dando es como recibimos. Tanto cuando ofrecemos de lo que hemos recibido y de nosotros mismos, nos hacemos beneficiarios de la gracia y bendiciones de Dios.
El Papa san Gregorio agrega: “Quien da, ayuda temporalmente a quienes tienen dones espirituales que otorgar, es cooperante en este acto espiritual de dar. Ya que son pocos los que poseen dones espirituales, y muchos los que abundan en cosas temporales, de esta manera quienes tienen posesiones, toman parte en la virtud de quienes están en necesidad, al compartir su abundancia, con estos pobres santificados.”
En el evangelio de San Mateo leemos: “El que recibe al profeta como profeta, tendrá recompensa de profeta”. (San Mateo 10:41)
Al ayudar a un profeta, nos hacemos participes de su obra, de tal manera recibimos la misma recompensa que este. Al ayudar al pobre, nos hacemos participes de sus oraciones, sacrificios y ofrendas que hace a Dios. Por lo tanto, mientras mas estériles estemos de bienes espirituales y más nos encontremos bendecidos de cosas materiales, es mucho más lo que debemos redimirnos al dar, especialmente a los que están ricos en dones espirituales.
De esta manera llenamos el vacio entre nosotros y nos unimos todos, para formar un solo cuerpo en Cristo. De esta manera a nadie le faltaría nada. Los que cuentan con bienes materiales no les sobraría nada y los pobres en necesidad de estas cosas nada les faltaría. Espiritualmente es lo mismo, quienes tienen más compartirán con los que nada tienen.
No debemos olvidar hacer lo mismo en la oración y la penitencia, no podemos comprar nuestro camino al cielo. En la oración recibimos las gracias necesarias para cumplir con nuestras demás obligaciones. Manifestamos nuestra gratitud por lo que hemos recibido, vemos además lo que es requerido de nosotros, de esta manera nuestro corazón está abierto al amor de Dios.
Por medio de la penitencia expiamos nuestros pecados y ofensas, nos unimos a Jesucristo en Su Sacrificio en la Cruz. Llenamos lo que falta en nosotros para limpiar los pecados de nuestra alma. Con nuestra oración y penitencia nos ayudamos los unos a los otros, especialmente a las pobres almas del purgatorio.
Construimos con todas nuestras buenas obras, un tesoro en el Cielo, para nosotros y para quienes, de manera similar buscan construir su tesoro. Es decir que otros reciben la recompensa espiritual por nuestro esfuerzo, de igual forma lo hacemos nosotros por los esfuerzos de los demás. Sus méritos son nuestros méritos y los méritos nuestros son suyos.
Cuando damos a la gente buena, somos participes de su bondad. Lo mismo sucede si ayudamos a las personas perversas y malvadas, somos participes de sus fechorías. Así como recibimos la recompensa por ayudar a un profeta, recibiremos el castigo que merecen los herejes y malvados que reciben nuestra ayuda.
La Navidad esta ya cerca, el tiempo de la preparación se termina, hagamos oración, penitencia y demos limosna, ahora que hay tiempo. Ayudemos e instiguemos a los demás en las obras buenas para todos juntos construir y formar el Cuerpo Místico de Jesucristo. De esta manera podremos marcar el camino hacia nuestro corazón para Jesucristo haga de este y nuestra alma Su morada permanente.
Así sea
Saturday, December 15, 2012
TERCER DOMINGO DE ADVIENTO
16 DE DICIEMBRE DE 2012
Queridos Hermanos:
El mismo San Juan Bautista que escuchamos a Jesucristo Nuestro Señor, exaltar, el domingo pasado, es el mismo que se nos presenta humildemente en el evangelio de este día. Dice de sí mismo que es la voz que clama en el desierto. La voz que antecede al Verbo (en tiempo, más no en eternidad) y no es nada sin la Palabra. Así como el sonido sale de las palabras, de la misma manera San Juan precede a Jesucristo. Luego entonces San Juan Bautista es nada sin Jesucristo. Dice, incluso que, no es digno no siquiera de desatar la correa de sus sandalias.
Jesucristo pone las cosas en claro cuando nos dice lo que debemos hacer: “aprender de mi que son dócil y humilde de corazón” (san Mateo). Esto, lo supo y entendió san Juan desde el principio. Por otro lado, los judíos aceptaban y estaban listos para aceptarlo como profeta, o Elías, aún como el mismo Cristo.
San Juan llevó una vida exacta y perfecta, ante los ojos de los hombres. No hubo nadie que pudiera encontrarle falta alguna. Era descendiente de familia real y Sacerdotal. Preparo todo para llevar una vida de mortificación y penitencia, en soledad, comiendo langostas y miel, cubierto con piel de animales y ceñido con cinto de piel.
Jesucristo por comparación nació de humilde ascendencia. Su padre era un humilde carpintero. Cristo comía y bebía de manera pública y alimentaba a las multitudes. Razón por la que algunos judíos rechazaban a Jesucristo y aceptaban a San Juan Bautista.
San Juan, de manera correcta, rechazaba toda alabanza humana y de este mundo para abrazan de manera total la humildad. Vemos en esto claramente que no debe ser aceptada, ni buscar, ni tomar en cuenta el aprecio de este mundo, es como nos lo dice Salomón, “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecc: 1:2). No es el juicio del mundo el que debemos complacer, no siquiera el nuestro, sino es Dios quien juzga y es a ÉL al que debemos complacer.
San Gregorio nos amonesta cuando nos dice: “Debemos detenernos a pensar con cuidado y atención, como el hombre santo de Dios, para poder protegerse a sí mismos en la humildad, cuando conoce muchas cosas muy bien, se preocupa por mantener en la mente lo que no sabe, para que de esta manera, se acuerden de sus propias limitaciones y por otro lado no se eleven mas allá de sus posibilidades por las cosas en la que se ocupa su mente.
El conocimiento en sí mismo es una virtud, mas la humildad es la protectora de esta. Por lo tanto, para el futuro, ser humildes en sus mentes en relación a lo que puedan saber, para que la virtud del conocimiento no haya guardado el mal de la vanidad y sea envuelta por esta.
Por lo tanto queridos hermanos, cuando hagáis algún bien, traer a la mente los pecados cometidos, para que cuando de manera discreta estas pensando en el mal que pudieras haber hecho, vuestra mente de manera indiscreta se vaya a regocijar en el bien hecho.
.
Por lo tanto, estimen a vuestro prójimo ser siempre mejores, especialmente los que sean extraños, aún esos mismos que ven hacen mal, porque no sabéis el bien que les espera. Busquen todos ser dignos de estima, mas ser como si lo ignoraran, no vaya ser que al manifestarla de esta manera la pierdan.
De igual manera lo dice ya el profeta: “Ay de los que son sabios a sus ojos y son prudentes delante de sí mismos (Isaías 5:21). San Pablo nos dice: No seáis prudentes en vuestra apreciación” (Romanos 12:16).
En contra de Saúl que se hizo orgulloso se dijo: “Cuando eras pequeño en vuestros propios ojos, no fuiste hecho cabeza de la tribu de Israel” Es decir de manera abierta: cuando te ves a ti mismo como joven, te situé sobre los demás, pero ahora que te vez como un gran hombre, para Mi tu eres visto como un niño.
David por el contrario, sosteniendo como insignificante la dignidad de su reinado, danzó alrededor del Arca de la alanza diciendo: “danzaré yo y aún más vil que esto quiero parecer todavía y rebajarme más a tus ojos” (2 Reyes 6:22).
Quien ha sido exaltado por romper las mandíbulas de leones, tener más fuerza que el oso, ser escogido de entre sus hermanos mayores, para ser ungido en lugar del rey rechazado, derribar con una piedra el guerrero más temido por todos, tener todo el poder que puede desear un rey, derrotar a todos los enemigos del rey, recibir el reino como promesa, poseer a todo el pueblo de Israel sin ningún desafío, (1 de Reyes 17:37; II de Reyes 12:7; 1 de Reyes 17:25,28,49; II de Reyes 7: 12,16) y aún con todo esto se despreciaba a sí mismo, y confesaba ser insignificante ante sus propios ojos.
Por lo tanto si los hombres santos, aún después de hacer grandes cosas, se consideran indignos, ¿Qué debemos decir de quienes, sin fruto de virtud, están consumidos por el orgullo? Ninguna obra, aunque sea buena, es insignificante a menos que sea cubierta por la humildad. Una buena acción realizada con estruendo, denigra más bien al hombre en lugar de enaltecerlo.
Quien reúne la virtud sin humildad, es sólo polvo en el viento, y cuando cree que posee algo, por eso mismo es alucinado y hecho peor.
En todas las cosas que hagas, por lo tanto, queridos hermanos, abrazaos a la humildad, como raíz de toda buena obra. No pongas atención a las cosas que son mejores que los demás, sino en las que son peores; para que mientras mantienen el ejemplo de los que son mejores que ustedes mimos, puedan, con humildad, ser capaces de ascender a cosas mejores, por la bondad de la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien se debe dar todo el honor y la gloria por siempre.
Así sea.
Queridos Hermanos:
El mismo San Juan Bautista que escuchamos a Jesucristo Nuestro Señor, exaltar, el domingo pasado, es el mismo que se nos presenta humildemente en el evangelio de este día. Dice de sí mismo que es la voz que clama en el desierto. La voz que antecede al Verbo (en tiempo, más no en eternidad) y no es nada sin la Palabra. Así como el sonido sale de las palabras, de la misma manera San Juan precede a Jesucristo. Luego entonces San Juan Bautista es nada sin Jesucristo. Dice, incluso que, no es digno no siquiera de desatar la correa de sus sandalias.
Jesucristo pone las cosas en claro cuando nos dice lo que debemos hacer: “aprender de mi que son dócil y humilde de corazón” (san Mateo). Esto, lo supo y entendió san Juan desde el principio. Por otro lado, los judíos aceptaban y estaban listos para aceptarlo como profeta, o Elías, aún como el mismo Cristo.
San Juan llevó una vida exacta y perfecta, ante los ojos de los hombres. No hubo nadie que pudiera encontrarle falta alguna. Era descendiente de familia real y Sacerdotal. Preparo todo para llevar una vida de mortificación y penitencia, en soledad, comiendo langostas y miel, cubierto con piel de animales y ceñido con cinto de piel.
Jesucristo por comparación nació de humilde ascendencia. Su padre era un humilde carpintero. Cristo comía y bebía de manera pública y alimentaba a las multitudes. Razón por la que algunos judíos rechazaban a Jesucristo y aceptaban a San Juan Bautista.
San Juan, de manera correcta, rechazaba toda alabanza humana y de este mundo para abrazan de manera total la humildad. Vemos en esto claramente que no debe ser aceptada, ni buscar, ni tomar en cuenta el aprecio de este mundo, es como nos lo dice Salomón, “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecc: 1:2). No es el juicio del mundo el que debemos complacer, no siquiera el nuestro, sino es Dios quien juzga y es a ÉL al que debemos complacer.
San Gregorio nos amonesta cuando nos dice: “Debemos detenernos a pensar con cuidado y atención, como el hombre santo de Dios, para poder protegerse a sí mismos en la humildad, cuando conoce muchas cosas muy bien, se preocupa por mantener en la mente lo que no sabe, para que de esta manera, se acuerden de sus propias limitaciones y por otro lado no se eleven mas allá de sus posibilidades por las cosas en la que se ocupa su mente.
El conocimiento en sí mismo es una virtud, mas la humildad es la protectora de esta. Por lo tanto, para el futuro, ser humildes en sus mentes en relación a lo que puedan saber, para que la virtud del conocimiento no haya guardado el mal de la vanidad y sea envuelta por esta.
Por lo tanto queridos hermanos, cuando hagáis algún bien, traer a la mente los pecados cometidos, para que cuando de manera discreta estas pensando en el mal que pudieras haber hecho, vuestra mente de manera indiscreta se vaya a regocijar en el bien hecho.
.
Por lo tanto, estimen a vuestro prójimo ser siempre mejores, especialmente los que sean extraños, aún esos mismos que ven hacen mal, porque no sabéis el bien que les espera. Busquen todos ser dignos de estima, mas ser como si lo ignoraran, no vaya ser que al manifestarla de esta manera la pierdan.
De igual manera lo dice ya el profeta: “Ay de los que son sabios a sus ojos y son prudentes delante de sí mismos (Isaías 5:21). San Pablo nos dice: No seáis prudentes en vuestra apreciación” (Romanos 12:16).
En contra de Saúl que se hizo orgulloso se dijo: “Cuando eras pequeño en vuestros propios ojos, no fuiste hecho cabeza de la tribu de Israel” Es decir de manera abierta: cuando te ves a ti mismo como joven, te situé sobre los demás, pero ahora que te vez como un gran hombre, para Mi tu eres visto como un niño.
David por el contrario, sosteniendo como insignificante la dignidad de su reinado, danzó alrededor del Arca de la alanza diciendo: “danzaré yo y aún más vil que esto quiero parecer todavía y rebajarme más a tus ojos” (2 Reyes 6:22).
Quien ha sido exaltado por romper las mandíbulas de leones, tener más fuerza que el oso, ser escogido de entre sus hermanos mayores, para ser ungido en lugar del rey rechazado, derribar con una piedra el guerrero más temido por todos, tener todo el poder que puede desear un rey, derrotar a todos los enemigos del rey, recibir el reino como promesa, poseer a todo el pueblo de Israel sin ningún desafío, (1 de Reyes 17:37; II de Reyes 12:7; 1 de Reyes 17:25,28,49; II de Reyes 7: 12,16) y aún con todo esto se despreciaba a sí mismo, y confesaba ser insignificante ante sus propios ojos.
Por lo tanto si los hombres santos, aún después de hacer grandes cosas, se consideran indignos, ¿Qué debemos decir de quienes, sin fruto de virtud, están consumidos por el orgullo? Ninguna obra, aunque sea buena, es insignificante a menos que sea cubierta por la humildad. Una buena acción realizada con estruendo, denigra más bien al hombre en lugar de enaltecerlo.
Quien reúne la virtud sin humildad, es sólo polvo en el viento, y cuando cree que posee algo, por eso mismo es alucinado y hecho peor.
En todas las cosas que hagas, por lo tanto, queridos hermanos, abrazaos a la humildad, como raíz de toda buena obra. No pongas atención a las cosas que son mejores que los demás, sino en las que son peores; para que mientras mantienen el ejemplo de los que son mejores que ustedes mimos, puedan, con humildad, ser capaces de ascender a cosas mejores, por la bondad de la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien se debe dar todo el honor y la gloria por siempre.
Así sea.
Saturday, December 1, 2012
PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO
2 DE DICIEMBRE DE 2012
Queridos Hermanos:
San Ambrosio, nos dice en su comentario al evangelio de este día que, muchos perderán, al ser apostatas,de la Fe Cristiana: “ La brillantez de la fe será opacada por la nube de la apostasía…” al igual que el eclipse lunar que, por razones de ponerse, la tierra entre la luna y el sol, desaparece de la vista, de la misma manera, la Iglesia Católica, cuando los vicios de la carne se oponen en el camino de la luz celestial, ya no puede recibir el esplendor de Su luz Divina, del sol, Jesucristo Nuestro Señor.
Y en la persecución fue invariable el amor de esta vida que se antepuso en el camino del Divino sol. De igual forma, las estrellas. El decir, el hombre, envuelto en las alabanzas de los demos cristianos, caerán, como la amargura de la persecución que se aglutina, que debe pasar, sin embargo, hasta que el número de los elegidos sea completado. Se prueba a los buenos y los malos son exhibidos.
Jesucristo vino la primera vez a salvar nuestra alma, esta segunda venida será para encargarse de nuestro cuerpo. Quienes no han permitido que las tinieblas de este mundo les opaque la luz de la fe, en su alma, encontrarán que sus cuerpos serán elevados al glorioso estado, conforme al regreso de Cristo nuestro Señor.
Este mundo y todo lo creado en ella, fueron hechos buenos y son buenos. Es debido al desorden de nuestras almas que tomamos estas cosas y las convertimos en algo malo para nosotros. La comida y la bebida, son algo bueno, pero cuando el desorden y la glotonería, acompañadas de la ebriedad reinan en nosotros, se convierten fácilmente en un mal para nosotros.
La propiedad y el dinero son algo bueno en sí mismos, pero cuando el desorden de la avaricia reina en el alma se convierten en un gran mal para esta. El matrimonio y la reproducción de las especies, es algo bueno en sí, pero cuando el desorden de la lujuria y perversidad reina en el alma, se convierten en algo malo.
Mientras permitamos que la luz de Dios brille sobre nosotros y este mundo, todo se convierte en algo bueno y para nuestro bien. Usamos todo en su propia dimensión y medida. Toda la creación nos lleva a nuestro creador. No estamos atados ni regidos por bienes materiales, las usamos sin apego, o como nos lo advierte san Pablo: “las usamos como si no las usáramos”.
El problema surge cuando hacemos de todas estas cosas como algo del que no podemos prescindir de estas y no como meros instrumentos de acercarnos a Dios. Este mundo y todo lo mundano es sólo un medio para alcanzar a Dios, los medios son ese mundo físico.
El destino final es el cielo y el camino a llegar a este es el mundo. Este mundo no es nuestro hogar, luego entonces es un gran desorden querer quedarnos en este y olvidarnos del cielo como nuestro destino final, buscando nuestra felicidad donde no la habremos de encontrar.
Es como aquel hombre que trabaja y busca hacerse una finca en el mejor de los lugares, adornándola con los mejores muebles, para decidir pasar a vivir al patio trasero, expuesto a los elementos y calamidades del tiempo, sin disfrutar lo que ha dejado dentro de su casa.
Hay muchos que nunca disfrutan del hogar celestial porque quedan distraídos ante la belleza del paisaje de este mundo. Es hermoso y placentero, pero no es nuestro hogar. La belleza y alegría del patio posterior no se puede, jamás, comparar con la belleza, comodidad y alegría de la Mansión del Cielo.
Quienes hacen de la naturaleza un dios, o este mundo o buscan la felicidad en cualquier parte de este mundo, están un poco miopes. Fijándose en las cosas materiales de este mundo sus ojos se han quedado opacos a las cosas espirituales que se encuentran justo enfrente de ellos y a todo su alrededor.
En este desorden nuestro, Dios nos muestra Su misericordia. Nos pone dificultades e inconveniencias en todas estas cosas. Siempre les falta algo y están incompletas. Veos que todo se deteriora ante nuestras manos y propios ojos.
Mientras que muchos se quejan de esto, deberíamos más bien estar agradecidos a Dios por todos estos “problemas”, como se les conocen, para voltear nuestra mirada a cosas mejores y no perecederas.
La cruz de este mundo nos produce dolor y sufrimientos, pero es también placentera y hermosa. Es este estado de ser mixto, tanto gozo y comodidad mientras que es al mismo tiempo carga y dolor, que nos lleva paso a paso hacia algo mucho mejor y eterno. Si enfocamos nuestro corazón y mirada sólo sobre las creaturas, se nos vuelven oscuros y nublados todo lo que tiene que ver con Dios y la eternidad.
Las creaturas son vistas con gran esplendor y claridad mientras que Dios va desapareciendo paulatinamente.
Lo opuesto sucede precisamente cuando nos enfocamos de todo corazón sobre Dios y las cosas espirituales, las cosas de este mundo se vuelven insípidas y son luz, ya no son atractivas.
En este adviento se nos invita a mirar más allá y prepararnos para la venida de Cristo Nuestro Señor. Al hacer esto, necesariamente perderemos interés por las cosas de este mundo, sacrificamos estas cosas insignificantes en un intento por llenar lo que sacrificamos con un deseo ardiente de las cosas eternas y espirituales.
En lugar de acumular cosas de este mundo y buscar nuestra felicidad en ellas, empezamos o continuamos construyendo tesoros en el Cielo.
San Gregorio nos dice: “quienes aman a Dios, por lo tanto, están destinados a ser felices, y alegrarse por el fin del mundo, ya que muy pronto se encontraran con quien ellos aman y hacer a un lado lo que nunca amaron” por lo tanto que desaparezca de los fieles que desean ver a Dios que deban sufrir sobre los golpes de este mundo, que sabemos ha de terminar en estas catástrofes. Porque está escrito:
“quien sea que se considere amigo de este mundo, será enemigo de Dios (San Juan 4:4). Por lo tanto quien no se alegre ante el inminente fin de este mundo, sólo testifica que es amigo del mismo, y consecuentemente se expone y declara enemigo de Dios”
Amen.
Queridos Hermanos:
San Ambrosio, nos dice en su comentario al evangelio de este día que, muchos perderán, al ser apostatas,de la Fe Cristiana: “ La brillantez de la fe será opacada por la nube de la apostasía…” al igual que el eclipse lunar que, por razones de ponerse, la tierra entre la luna y el sol, desaparece de la vista, de la misma manera, la Iglesia Católica, cuando los vicios de la carne se oponen en el camino de la luz celestial, ya no puede recibir el esplendor de Su luz Divina, del sol, Jesucristo Nuestro Señor.
Y en la persecución fue invariable el amor de esta vida que se antepuso en el camino del Divino sol. De igual forma, las estrellas. El decir, el hombre, envuelto en las alabanzas de los demos cristianos, caerán, como la amargura de la persecución que se aglutina, que debe pasar, sin embargo, hasta que el número de los elegidos sea completado. Se prueba a los buenos y los malos son exhibidos.
Jesucristo vino la primera vez a salvar nuestra alma, esta segunda venida será para encargarse de nuestro cuerpo. Quienes no han permitido que las tinieblas de este mundo les opaque la luz de la fe, en su alma, encontrarán que sus cuerpos serán elevados al glorioso estado, conforme al regreso de Cristo nuestro Señor.
Este mundo y todo lo creado en ella, fueron hechos buenos y son buenos. Es debido al desorden de nuestras almas que tomamos estas cosas y las convertimos en algo malo para nosotros. La comida y la bebida, son algo bueno, pero cuando el desorden y la glotonería, acompañadas de la ebriedad reinan en nosotros, se convierten fácilmente en un mal para nosotros.
La propiedad y el dinero son algo bueno en sí mismos, pero cuando el desorden de la avaricia reina en el alma se convierten en un gran mal para esta. El matrimonio y la reproducción de las especies, es algo bueno en sí, pero cuando el desorden de la lujuria y perversidad reina en el alma, se convierten en algo malo.
Mientras permitamos que la luz de Dios brille sobre nosotros y este mundo, todo se convierte en algo bueno y para nuestro bien. Usamos todo en su propia dimensión y medida. Toda la creación nos lleva a nuestro creador. No estamos atados ni regidos por bienes materiales, las usamos sin apego, o como nos lo advierte san Pablo: “las usamos como si no las usáramos”.
El problema surge cuando hacemos de todas estas cosas como algo del que no podemos prescindir de estas y no como meros instrumentos de acercarnos a Dios. Este mundo y todo lo mundano es sólo un medio para alcanzar a Dios, los medios son ese mundo físico.
El destino final es el cielo y el camino a llegar a este es el mundo. Este mundo no es nuestro hogar, luego entonces es un gran desorden querer quedarnos en este y olvidarnos del cielo como nuestro destino final, buscando nuestra felicidad donde no la habremos de encontrar.
Es como aquel hombre que trabaja y busca hacerse una finca en el mejor de los lugares, adornándola con los mejores muebles, para decidir pasar a vivir al patio trasero, expuesto a los elementos y calamidades del tiempo, sin disfrutar lo que ha dejado dentro de su casa.
Hay muchos que nunca disfrutan del hogar celestial porque quedan distraídos ante la belleza del paisaje de este mundo. Es hermoso y placentero, pero no es nuestro hogar. La belleza y alegría del patio posterior no se puede, jamás, comparar con la belleza, comodidad y alegría de la Mansión del Cielo.
Quienes hacen de la naturaleza un dios, o este mundo o buscan la felicidad en cualquier parte de este mundo, están un poco miopes. Fijándose en las cosas materiales de este mundo sus ojos se han quedado opacos a las cosas espirituales que se encuentran justo enfrente de ellos y a todo su alrededor.
En este desorden nuestro, Dios nos muestra Su misericordia. Nos pone dificultades e inconveniencias en todas estas cosas. Siempre les falta algo y están incompletas. Veos que todo se deteriora ante nuestras manos y propios ojos.
Mientras que muchos se quejan de esto, deberíamos más bien estar agradecidos a Dios por todos estos “problemas”, como se les conocen, para voltear nuestra mirada a cosas mejores y no perecederas.
La cruz de este mundo nos produce dolor y sufrimientos, pero es también placentera y hermosa. Es este estado de ser mixto, tanto gozo y comodidad mientras que es al mismo tiempo carga y dolor, que nos lleva paso a paso hacia algo mucho mejor y eterno. Si enfocamos nuestro corazón y mirada sólo sobre las creaturas, se nos vuelven oscuros y nublados todo lo que tiene que ver con Dios y la eternidad.
Las creaturas son vistas con gran esplendor y claridad mientras que Dios va desapareciendo paulatinamente.
Lo opuesto sucede precisamente cuando nos enfocamos de todo corazón sobre Dios y las cosas espirituales, las cosas de este mundo se vuelven insípidas y son luz, ya no son atractivas.
En este adviento se nos invita a mirar más allá y prepararnos para la venida de Cristo Nuestro Señor. Al hacer esto, necesariamente perderemos interés por las cosas de este mundo, sacrificamos estas cosas insignificantes en un intento por llenar lo que sacrificamos con un deseo ardiente de las cosas eternas y espirituales.
En lugar de acumular cosas de este mundo y buscar nuestra felicidad en ellas, empezamos o continuamos construyendo tesoros en el Cielo.
San Gregorio nos dice: “quienes aman a Dios, por lo tanto, están destinados a ser felices, y alegrarse por el fin del mundo, ya que muy pronto se encontraran con quien ellos aman y hacer a un lado lo que nunca amaron” por lo tanto que desaparezca de los fieles que desean ver a Dios que deban sufrir sobre los golpes de este mundo, que sabemos ha de terminar en estas catástrofes. Porque está escrito:
“quien sea que se considere amigo de este mundo, será enemigo de Dios (San Juan 4:4). Por lo tanto quien no se alegre ante el inminente fin de este mundo, sólo testifica que es amigo del mismo, y consecuentemente se expone y declara enemigo de Dios”
Amen.
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