19 DE JUNIO DE 2011
Queridos Hermanos:
Jesucristo Nuestro Señor ha dado a Sus discípulos la garantía de permanecer con ellos para siempre –aún hasta la consumación de los tiempos. Al celebrar la festividad de la Santísima Trinidad, se nos recuerdan muchas cosas relativas a Dios.
Sabemos que son Tres Personas en un solo Dios; y como nos lo dice san Pablo, que los juicios de Dios son incomprensibles por nosotros y Sus caminos inescrutables. Pero más que esto, consideremos su Omnipresencia.
Jamás podemos escaparnos de la presencia de Dios. Hay quienes dices que la presencia de Dios es como el aire alrededor nuestro. Más que todo esto, encontramos la presencia de Dios dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Dios está con nosotros todo el tiempo.
Para la persona virtuosa esto es algo muy reconfortante al pensar que Dios es testigo de todo lo que hace, todo lo que piensa y dice. Para el individuo malévolo esto es una cosa muy temerosa al recordar que Dios es testigo de sus crímenes y maldad.
Más allá de todo esto, debemos entender que la presencia de Dios es necesaria para nuestra existencia misma. Se ha señalado ya con anterioridad que si Dios dejara un instante de pensar en nosotros en ese mismo instante dejaríamos de existir.
Existimos constantemente en Dios. Vivimos, no sólo en su presencia, sino que por El y en El únicamente.
Cuando pecamos debemos entender que no sólo hemos olvidado a Dios y Su presencia, sino que lo hemos forzado, por así decirlo, a participar por lo menos por Su voluntad permisiva, en nuestra maldad. Dios es no sólo un testigo silencioso ante nuestros pensamientos malignos, palabras y acciones, es por así decirlo, forzado a participar en nuestras acciones pecaminosas, porque, por Su existencia en la criatura que nosotros abusamos.
Todo lo que Dios ha hecho es bueno, santo y complaciente para El. Se le ha dado al hombre la capacidad de usar todo esto en contra de Dios. El hombre ha tomado las cosas buenas y las ha hecho malas. Debido a que Dios está presente en todas las cosas, el hombre en su pecado esta directamente atacando y abusando de Dios. El abuso no es únicamente en contra de Su creación, sino que se está oponiendo a Él, porque lo encontramos en todo lo creado.
La manera en que entendemos, los dones de Dios para nosotros, frecuentemente ha llevado al hombre a confundir a Sus criaturas con Él mismo, poniendo a la creatura en el lugar de Dios. La idolatría es el entendimiento pervertido o equivocado de la realidad.
Todo el mundo a nuestro alrededor es sagrado y santo en el sentido de que, ha sido creado y viene de la mano de Dios y están contenidas en Él, sin embargo, estas cosas no son Dios.
En su belleza y adaptación para lo que fueron creadas, vemos la perfección de Dios. Vemos a Dios en Sus obras, sin embargo, debemos entender que es Su obra y no que es Él, aunque permanezca en esta.
Nosotros también somos Su obra, somos Su creación. Vive en nosotros de una manera más intima que el resto de la creación. Aunque no somos dioses, nos encontramos a un nivel superior al resto de la creación puramente material. Este mundo material fue hecho sólo para nosotros.
Así como debemos respetar y no abusar de este mundo material, que Dios nos ha dado y permanece en este, debemos tener un mayor sentido de respeto y sagrado uso de nuestro propio cuerpo y el de nuestro prójimo. No somos objetos materiales que deben ser estudiados ese l plano únicamente material. Tenemos un alma inmortal y somos templos del Espíritu Santo.
Nuestro cuerpo no es realmente nuestro, como tampoco lo son nuestros hijos. Los niños o son otra cosa que una masa de células y tejidos. Son la creación de Dios y son Sus templos, son sagrados y merecen respeto, dignidad y honor, como en todas las etapas de su vida. No tenemos ningún derecho de arrastrar lo sagrado a nivel de lo profano. No somos libres de considerar al hombre al mismo nivel de los demás animales. No somos libres de manipularlos a nuestro antojo y placer.
Al contemplar el misterio de Dios y la Trinidad, no fallemos en contemplar Su vida y presencia dentro y en todo lo que hacemos. Arrepintámonos de haberlo ofendido.
Supliquemos Su misericordia por todos los que lo han ofendido al abusar sus cuerpos o el de los demás. Somos miembros de Cristo- vivientes: “Recuerden que Yo estaré con ustedes, hasta la consumación de los siglos”. (San Mateo: 28:20)
ASÍ SEA
Saturday, June 18, 2011
Saturday, June 11, 2011
DOMINGO DE PENTECOSTÉS
12 DE JUNIO DE 2011
Queridos Hermanos:
“Si alguno me amare, guardara mis palabras, y mi Padre le amara, y vendremos a él y en el pondremos nuestro asiento”
El día de hoy celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Las palabras de Jesucristo fueron cumplidas en quienes lo amaron.
Amaron a Jesucristo y guardaron Su palabra por lo que Dios, el Espíritu Santo, vino a ellos y habitó entre estos. Se convirtieron en templos de Dios
Nosotros también hemos sido invitados a recibir el Espíritu Santo. Dios desea venir y habitar en nosotros. Jesucristo nos ha dado la prueba para saber si somos amados por Dios. Si amamos a Dios, Dios nos amará. Y si Dios nos ama vivirá en nosotros.
Pero ¿cómo podremos saber si realmente amamos a Dios, o si lo amamos correctamente?
Jesucristo nos da la respuesta: “Si me amas guardaras Mi Palabra”, si guardamos la palabra de Dios, amaremos a Dios y El habitará en nosotros.
Jesucristo nos ha dado también el sacramento por medio del cual da Su gracia a quienes lo reciben de manera adecuada (sin poner ningún obstáculo en el camino de la gracia de Dios). En el sacramento de la confirmación recibimos el Espíritu Santo a través del obispo. Este Sacramento nos trae El Espíritu Santo y todos Sus dones, y a través de este sacramento somos hechos soldados de Cristo. Estamos realmente preparados para la guerra espiritual.
Somos desde este momento soldados preparados para la guerra con toda la ayuda necesaria. Sin embargo muchos han abandonado su lugar o se han entregado por completo al enemigo.
¿Cómo es posible que no usen los medios que Dios les ha dado?
¿Cómo habremos de protegernos para no caer en tal situación?, o
¿Cómo podremos regresar a ese estado una vez que lo hayamos perdido?
La respuesta a todas estas interrogantes es “amor”; es este amor que coloca la armadura sobre nosotros y las armas en nuestras manos, es amor que nos mueve a luchar la guerra espiritual de manera valiente. Es el amor que nos mueve a cuidar la palabra de Dios. Es el Espíritu Santo que recibimos en la Confirmación que, es conocido como el Dios del Amor.
El Espíritu Santo viviendo en nosotros es ambos, el don y la recompensa. Es un gran don que hemos recibido sin merecerlo y para acercarnos más a Él mientras que es al mismo tiempo la recompensa por nuestra cooperación con Él.
Una vez que empezamos a amar nuestros ojos se abren.
Dios es Amor y al amarlo empezamos a conocerlo. Al conocerlo lo servimos. Al servirlo y conocerlo lo amamos.
Un simple examen de conciencia nos es suficiente para darnos cuenta si hemos guardado la Palabra de Dios. Al mismo tiempo nos va a indicar que tan profundo es este amor por Él.
Nuestro objetivo ahora y siempre es lograr amar a Dios cada vez más. Mientras más grande sea nuestro amor por Dios más cerca de nosotros estará en nosotros. Mientras más íntimamente estemos con Él en este mundo más será nuestra unión con Él en el Cielo.
Busquemos siempre amar la Palabra de Dios. Debemos compartir la palabra de Dios más que cualquier otra cosa. En este estado de amor no encontraremos difícil cumplir los Mandamientos. En cada aspecto de nuestra vida encontraremos una palabra relevante en las Sagradas Escrituras, para ayudarnos.
Mientras nos apoyemos en la palabra de Dios creceremos en el amor de Dios. De esta manera el Espíritu Santo, el Dios del Amor, vendrá a nosotros y, vivirá en nosotros la Trinidad. Seremos templos de Dios, pero mucho más importante, nos encontraremos en Dios. Estaremos sumergidos en la presencia de Dios en lugar de que Dios este circunscrito en nosotros.
Así sea.
Queridos Hermanos:
“Si alguno me amare, guardara mis palabras, y mi Padre le amara, y vendremos a él y en el pondremos nuestro asiento”
El día de hoy celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Las palabras de Jesucristo fueron cumplidas en quienes lo amaron.
Amaron a Jesucristo y guardaron Su palabra por lo que Dios, el Espíritu Santo, vino a ellos y habitó entre estos. Se convirtieron en templos de Dios
Nosotros también hemos sido invitados a recibir el Espíritu Santo. Dios desea venir y habitar en nosotros. Jesucristo nos ha dado la prueba para saber si somos amados por Dios. Si amamos a Dios, Dios nos amará. Y si Dios nos ama vivirá en nosotros.
Pero ¿cómo podremos saber si realmente amamos a Dios, o si lo amamos correctamente?
Jesucristo nos da la respuesta: “Si me amas guardaras Mi Palabra”, si guardamos la palabra de Dios, amaremos a Dios y El habitará en nosotros.
Jesucristo nos ha dado también el sacramento por medio del cual da Su gracia a quienes lo reciben de manera adecuada (sin poner ningún obstáculo en el camino de la gracia de Dios). En el sacramento de la confirmación recibimos el Espíritu Santo a través del obispo. Este Sacramento nos trae El Espíritu Santo y todos Sus dones, y a través de este sacramento somos hechos soldados de Cristo. Estamos realmente preparados para la guerra espiritual.
Somos desde este momento soldados preparados para la guerra con toda la ayuda necesaria. Sin embargo muchos han abandonado su lugar o se han entregado por completo al enemigo.
¿Cómo es posible que no usen los medios que Dios les ha dado?
¿Cómo habremos de protegernos para no caer en tal situación?, o
¿Cómo podremos regresar a ese estado una vez que lo hayamos perdido?
La respuesta a todas estas interrogantes es “amor”; es este amor que coloca la armadura sobre nosotros y las armas en nuestras manos, es amor que nos mueve a luchar la guerra espiritual de manera valiente. Es el amor que nos mueve a cuidar la palabra de Dios. Es el Espíritu Santo que recibimos en la Confirmación que, es conocido como el Dios del Amor.
El Espíritu Santo viviendo en nosotros es ambos, el don y la recompensa. Es un gran don que hemos recibido sin merecerlo y para acercarnos más a Él mientras que es al mismo tiempo la recompensa por nuestra cooperación con Él.
Una vez que empezamos a amar nuestros ojos se abren.
Dios es Amor y al amarlo empezamos a conocerlo. Al conocerlo lo servimos. Al servirlo y conocerlo lo amamos.
Un simple examen de conciencia nos es suficiente para darnos cuenta si hemos guardado la Palabra de Dios. Al mismo tiempo nos va a indicar que tan profundo es este amor por Él.
Nuestro objetivo ahora y siempre es lograr amar a Dios cada vez más. Mientras más grande sea nuestro amor por Dios más cerca de nosotros estará en nosotros. Mientras más íntimamente estemos con Él en este mundo más será nuestra unión con Él en el Cielo.
Busquemos siempre amar la Palabra de Dios. Debemos compartir la palabra de Dios más que cualquier otra cosa. En este estado de amor no encontraremos difícil cumplir los Mandamientos. En cada aspecto de nuestra vida encontraremos una palabra relevante en las Sagradas Escrituras, para ayudarnos.
Mientras nos apoyemos en la palabra de Dios creceremos en el amor de Dios. De esta manera el Espíritu Santo, el Dios del Amor, vendrá a nosotros y, vivirá en nosotros la Trinidad. Seremos templos de Dios, pero mucho más importante, nos encontraremos en Dios. Estaremos sumergidos en la presencia de Dios en lugar de que Dios este circunscrito en nosotros.
Así sea.
Saturday, June 4, 2011
DOMINGO DESPUÉS DE LA ASCENCIÓN
5 DE JUNIO DE 2011
Queridos Hermanos:
San Pedro, nos dice el día de hoy que debemos tener “caridad mutua y constante” Jesucristo Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de hoy que “llegara la hora en la que quien os quite la vida y piense que está sirviendo a Dios” con estos dos pensamientos en mente, consideremos nuestra propia vida y actitudes hacia los demás.
¿Con que frecuencia existen desavenencias entre los católicos por cosas tan pequeñas, vanas e insignificantes, convirtiéndolas el demonio en grandes argumentos y en algunas ocasiones motivo de gran disgusto y odio hacia los demás?
El mandamiento de Cristo, de amarnos los unos a los otros y aún, amar a nuestros enemigos y nos persiguen, parece haber caído en oídos sordos.
Nuestro esfuerzo por “ganar” o parecer en lo “correcto” ante los ojos de los hombres frecuentemente elimina el mandamiento primordial, tener caridad. Se nos olvida que el primer mandamiento y el más importante, es amar a Dios con todo nuestro ser y con un amor preferencial y el segundo mandamiento es amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Se nos olvida que la caridad cubre una multitud de pecados.
Frecuentemente escuchamos a las personas que rehúsan enfrentar discusiones sobre religión o política. Consideran que están haciendo algo noble o grande al evitar una mirada justa en busca de la verdad y la justicia, son más bien cobardes que se esconden tras el velo de una falsa caridad.
Por el otro lado, contamos con personas que quieren discutir y acosar a los demás con sus discusiones sólo para ser percibidos como quienes tienen algún tipo de “conocimiento”
La virtud esta siempre en el centro, (evitando cualquier extremo), debemos estar siempre y en todo momento disponibles y dispuestos para iluminar a los demás con la verdad, sin embargo, no debe ser nuestra propia “verdad” sino de Dios, la que llevemos e inculquemos en los demás.
Tener la certeza que estamos verdaderamente en lo correcto, es lo que muchos pierden de vista ya que se les ha presentado una imagen muy reducida y no la voltearan a ver.
Su orgullo esta inflamado y se lanzan a tratar de “enseñar” al mundo.
La humildad nos dicta que debemos reconocer que en la mayoría de estas ocasiones estamos muy limitados en nuestro entender y conocer, por lo que debemos estar prestos a escuchar la opinión de los demás.
En la política donde debemos poner nuestra esperanza y confiar en un político que con frecuencia (casi siempre) esta guiado por cuestiones mundanas y no motivos religiosos, debemos estar en guardia. En cuestiones religiosas debemos siempre buscar a la autoridad de la Iglesia: en las escrituras y en la tradición, confiando en la autoridad legítima que Dios ha puesto sobre nosotros.
Es siempre más saludable desconfiar de nosotros antes de hacerlo con los demás. Para luego entonces, con gran cuidado, estudio y observación objetiva, iluminada por la gracia de Dios en toda humildad y verdad podamos formar opiniones correctas y caritativamente aceptar o rechazar la opinión de los demás (buscando siempre la verdad objetiva).
Nos enteramos que, con frecuencia, los santos tenían opiniones diferentes incluso opuestas sobre algunos puntos, sin embargo sabemos que lograron llegar a la santidad por tratar estos asuntos con gran caridad. Jamás pusieron en tela de juicio la doctrina y principios ya declarados como tales, por la Iglesia, más bien buscaron estar abiertos en toda caridad con sus oponentes (correctos o equivocados).
Muchos de estos santos sufrieron el martirio como lo había dicho nuestro Señor. Iban a la muerte no con amenazas ni mentiras, sino en toda humildad y caridad, con frecuencia orando por quienes se les oponían. Amaron a sus enemigos y a quienes los perseguían.
Imitémoslos cuando somos acosados y están en contra nuestra, nuestros prójimos.
Hagámonos a un lado, cuando sea necesario y por buscar la paz y la concordia (jamás al grado de negar nuestra fe) buscando siempre imitar a nuestro Señor Jesucristo, quien es dócil y humilde corazón. Busquemos tener un corazón siempre movido por la caridad y con esto cubrir una multitud de pecados.
No tengamos ningún temor a la muerte ni aún a los que la buscan pensando que agradan a Dios.
Más bien busquemos estar unidos con Cristo, en el Cielo. Con esta manera de pensar nuestros enemigos se convierten en grandes bienhechores nuestros. Nos dan la oportunidad de ver a Dios y si no nos llevan hasta este punto, por lo menos nos dan la oportunidad de practicar las virtudes que Cristo desea apliquemos en nuestra vida.
De cualquier manera nos hacen un gran bien y se han ganado nuestra gratitud y amor.
De esta manera, estamos naturalmente inclinados a amarlos y ofrecerles nuestro perdón y pedir a Dios que haga lo mismo: “perdona nuestra deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”
Así sea
Queridos Hermanos:
San Pedro, nos dice el día de hoy que debemos tener “caridad mutua y constante” Jesucristo Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de hoy que “llegara la hora en la que quien os quite la vida y piense que está sirviendo a Dios” con estos dos pensamientos en mente, consideremos nuestra propia vida y actitudes hacia los demás.
¿Con que frecuencia existen desavenencias entre los católicos por cosas tan pequeñas, vanas e insignificantes, convirtiéndolas el demonio en grandes argumentos y en algunas ocasiones motivo de gran disgusto y odio hacia los demás?
El mandamiento de Cristo, de amarnos los unos a los otros y aún, amar a nuestros enemigos y nos persiguen, parece haber caído en oídos sordos.
Nuestro esfuerzo por “ganar” o parecer en lo “correcto” ante los ojos de los hombres frecuentemente elimina el mandamiento primordial, tener caridad. Se nos olvida que el primer mandamiento y el más importante, es amar a Dios con todo nuestro ser y con un amor preferencial y el segundo mandamiento es amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Se nos olvida que la caridad cubre una multitud de pecados.
Frecuentemente escuchamos a las personas que rehúsan enfrentar discusiones sobre religión o política. Consideran que están haciendo algo noble o grande al evitar una mirada justa en busca de la verdad y la justicia, son más bien cobardes que se esconden tras el velo de una falsa caridad.
Por el otro lado, contamos con personas que quieren discutir y acosar a los demás con sus discusiones sólo para ser percibidos como quienes tienen algún tipo de “conocimiento”
La virtud esta siempre en el centro, (evitando cualquier extremo), debemos estar siempre y en todo momento disponibles y dispuestos para iluminar a los demás con la verdad, sin embargo, no debe ser nuestra propia “verdad” sino de Dios, la que llevemos e inculquemos en los demás.
Tener la certeza que estamos verdaderamente en lo correcto, es lo que muchos pierden de vista ya que se les ha presentado una imagen muy reducida y no la voltearan a ver.
Su orgullo esta inflamado y se lanzan a tratar de “enseñar” al mundo.
La humildad nos dicta que debemos reconocer que en la mayoría de estas ocasiones estamos muy limitados en nuestro entender y conocer, por lo que debemos estar prestos a escuchar la opinión de los demás.
En la política donde debemos poner nuestra esperanza y confiar en un político que con frecuencia (casi siempre) esta guiado por cuestiones mundanas y no motivos religiosos, debemos estar en guardia. En cuestiones religiosas debemos siempre buscar a la autoridad de la Iglesia: en las escrituras y en la tradición, confiando en la autoridad legítima que Dios ha puesto sobre nosotros.
Es siempre más saludable desconfiar de nosotros antes de hacerlo con los demás. Para luego entonces, con gran cuidado, estudio y observación objetiva, iluminada por la gracia de Dios en toda humildad y verdad podamos formar opiniones correctas y caritativamente aceptar o rechazar la opinión de los demás (buscando siempre la verdad objetiva).
Nos enteramos que, con frecuencia, los santos tenían opiniones diferentes incluso opuestas sobre algunos puntos, sin embargo sabemos que lograron llegar a la santidad por tratar estos asuntos con gran caridad. Jamás pusieron en tela de juicio la doctrina y principios ya declarados como tales, por la Iglesia, más bien buscaron estar abiertos en toda caridad con sus oponentes (correctos o equivocados).
Muchos de estos santos sufrieron el martirio como lo había dicho nuestro Señor. Iban a la muerte no con amenazas ni mentiras, sino en toda humildad y caridad, con frecuencia orando por quienes se les oponían. Amaron a sus enemigos y a quienes los perseguían.
Imitémoslos cuando somos acosados y están en contra nuestra, nuestros prójimos.
Hagámonos a un lado, cuando sea necesario y por buscar la paz y la concordia (jamás al grado de negar nuestra fe) buscando siempre imitar a nuestro Señor Jesucristo, quien es dócil y humilde corazón. Busquemos tener un corazón siempre movido por la caridad y con esto cubrir una multitud de pecados.
No tengamos ningún temor a la muerte ni aún a los que la buscan pensando que agradan a Dios.
Más bien busquemos estar unidos con Cristo, en el Cielo. Con esta manera de pensar nuestros enemigos se convierten en grandes bienhechores nuestros. Nos dan la oportunidad de ver a Dios y si no nos llevan hasta este punto, por lo menos nos dan la oportunidad de practicar las virtudes que Cristo desea apliquemos en nuestra vida.
De cualquier manera nos hacen un gran bien y se han ganado nuestra gratitud y amor.
De esta manera, estamos naturalmente inclinados a amarlos y ofrecerles nuestro perdón y pedir a Dios que haga lo mismo: “perdona nuestra deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”
Así sea
Saturday, May 28, 2011
DOMINGO 5to. DESPUÉS DE PASCUA
29 DE MAYO DE 2011
Queridos Hermanos:
Cualquier cosa que pidan al Padre en nombre de Jesús, El os lo dará. La razón por la que aún no recibimos, es porque no hemos aún pedido. Esto es para probar que, tan genuinas son nuestras oraciones y al final de cuentas que tan verdadera es nuestra fe.
San Basilio dice: “La oración, no es perfecta con el pronunciamiento de silabas, sino en el propósito del alma, y de las acciones justas de la vida, no debemos creer que Dios necesita ser recordado por medio de nuestras palabras.
Tampoco debemos pensar que completamos nuestra oración murmurando un número de silabas, sino por la intención de nuestra alma y en las obras de la virtud extendidas en cada acción y momento de nuestra vida, más bien debemos estar conscientes que El conoce nuestras necesidades le pidamos o no. El oído de Dios no necesita nuestros gritos, ya que esto lo podemos ver con el movimiento de nuestra alma, que es lo que buscamos.
Porque las palabras de una oración que son simplemente recitadas, son en sí mismas de no valor a menos que sean elevadas por una alma fervorosa”
Las oraciones de los Fariseos, de acuerdo con San Basilio “Son la ocasión de Su (de Dios) resentimiento. Es como si alguien diera muerte al hijo de otro y le extendiera la mano al padre afligido, con las manos, aún manchadas de sangre. Pidiendo su mano de amistad. ¿No haría la sangre de su hijo, aún visibles en las manos del asesino, le provocara una ira justa, contra este? Tales son las oraciones de los judíos.
Porque cuando extienden sus manos para orar, le recuerdan a Dios Padre, sus pecados en contra de su Hijo. Y cada vez que elevan sus manos hacen manifiesto que están sus manos llenas de la sangre de Jesucristo. Por haber gritado. “Que Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (San Mateo 27,25)
¿Cuántos, que se llaman a sí mismos cristianos, deben ser clasificados con los judíos en sus oraciones?
¿Cuántos, por sus pecados personales, se hacen culpables del asesinato del Hijo de Dios, y con descaro apelan a Dios para recibir beneficios mundanos?
Es tiempo, para que una vez más nos examinemos a nosotros mismos. Es tiempo de mirar en la profundidad de nuestra alma. ¿Cuál es el propósito de nuestra alma?
Las palabras que salen de nuestros labios significan muy poco si lo hacemos como quienes condenaba Jesucristo: “esta gente me honra con sus labios, pero su corazón está muy lejos de mí” (San Mateo 15,8)
Nuestras oraciones deben salir de lo más íntimo de nuestra alma. Lo que vive en la profundidad de esta, es lo que se manifiesta en nuestra vida. Lo que en ella está, permanece como pensamiento en nuestra mente y se manifiesta a través de las palabras y obras de nuestro cuerpo. Todos nuestros pecados se inician desde nuestro interior.
Cristo nos dice que no es tanto lo que entra en el hombre que lo contamina sino lo que sale de su corazón.
Frecuentemente existe una no conexión entre nuestras palabras y el deseo de nuestro corazón. Esta discordancia entre nosotros mismos, es el obstáculo para que nuestras oraciones sean respondidas. O tal vez sería mejor decir que esa es la razón para que nuestras oraciones sean respondidas, Dios nos da justo lo que pedimos y espera de la profundidad de nuestra alma.
Pedimos una cosa con nuestros labios mientras que al mismo tiempo no lo pedimos con nuestro corazón o pedimos algo que es contrario a lo que nuestros labios están diciendo. Pedimos sin esperar que nuestras oraciones serán escuchadas por eso este es el resultado que obtenemos.
San Agustín expresa esta discordancia en nosotros, en sus Confesiones, cuando nos dice que él pedía a Dios para que le diera castidad mientras que la otra parte de él mismo le pedía que no fuera de inmediato. En esta oración ninguna de las dos cosas se realizaban ya que se pedía precisamente eso, que ninguna de las dos cosas surtiera efecto.
Seamos uno sólo en todo lo que somos, en nuestra alma, en nuestros pensamientos, en nuestras palabras y en nuestras acciones. Y así en esta singularidad de nuestra oración pidamos a Nuestro Padre Celestial en nombre de Jesucristo y confiando totalmente que recibiremos que lo realmente deseamos.
Que así sea
Queridos Hermanos:
Cualquier cosa que pidan al Padre en nombre de Jesús, El os lo dará. La razón por la que aún no recibimos, es porque no hemos aún pedido. Esto es para probar que, tan genuinas son nuestras oraciones y al final de cuentas que tan verdadera es nuestra fe.
San Basilio dice: “La oración, no es perfecta con el pronunciamiento de silabas, sino en el propósito del alma, y de las acciones justas de la vida, no debemos creer que Dios necesita ser recordado por medio de nuestras palabras.
Tampoco debemos pensar que completamos nuestra oración murmurando un número de silabas, sino por la intención de nuestra alma y en las obras de la virtud extendidas en cada acción y momento de nuestra vida, más bien debemos estar conscientes que El conoce nuestras necesidades le pidamos o no. El oído de Dios no necesita nuestros gritos, ya que esto lo podemos ver con el movimiento de nuestra alma, que es lo que buscamos.
Porque las palabras de una oración que son simplemente recitadas, son en sí mismas de no valor a menos que sean elevadas por una alma fervorosa”
Las oraciones de los Fariseos, de acuerdo con San Basilio “Son la ocasión de Su (de Dios) resentimiento. Es como si alguien diera muerte al hijo de otro y le extendiera la mano al padre afligido, con las manos, aún manchadas de sangre. Pidiendo su mano de amistad. ¿No haría la sangre de su hijo, aún visibles en las manos del asesino, le provocara una ira justa, contra este? Tales son las oraciones de los judíos.
Porque cuando extienden sus manos para orar, le recuerdan a Dios Padre, sus pecados en contra de su Hijo. Y cada vez que elevan sus manos hacen manifiesto que están sus manos llenas de la sangre de Jesucristo. Por haber gritado. “Que Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (San Mateo 27,25)
¿Cuántos, que se llaman a sí mismos cristianos, deben ser clasificados con los judíos en sus oraciones?
¿Cuántos, por sus pecados personales, se hacen culpables del asesinato del Hijo de Dios, y con descaro apelan a Dios para recibir beneficios mundanos?
Es tiempo, para que una vez más nos examinemos a nosotros mismos. Es tiempo de mirar en la profundidad de nuestra alma. ¿Cuál es el propósito de nuestra alma?
Las palabras que salen de nuestros labios significan muy poco si lo hacemos como quienes condenaba Jesucristo: “esta gente me honra con sus labios, pero su corazón está muy lejos de mí” (San Mateo 15,8)
Nuestras oraciones deben salir de lo más íntimo de nuestra alma. Lo que vive en la profundidad de esta, es lo que se manifiesta en nuestra vida. Lo que en ella está, permanece como pensamiento en nuestra mente y se manifiesta a través de las palabras y obras de nuestro cuerpo. Todos nuestros pecados se inician desde nuestro interior.
Cristo nos dice que no es tanto lo que entra en el hombre que lo contamina sino lo que sale de su corazón.
Frecuentemente existe una no conexión entre nuestras palabras y el deseo de nuestro corazón. Esta discordancia entre nosotros mismos, es el obstáculo para que nuestras oraciones sean respondidas. O tal vez sería mejor decir que esa es la razón para que nuestras oraciones sean respondidas, Dios nos da justo lo que pedimos y espera de la profundidad de nuestra alma.
Pedimos una cosa con nuestros labios mientras que al mismo tiempo no lo pedimos con nuestro corazón o pedimos algo que es contrario a lo que nuestros labios están diciendo. Pedimos sin esperar que nuestras oraciones serán escuchadas por eso este es el resultado que obtenemos.
San Agustín expresa esta discordancia en nosotros, en sus Confesiones, cuando nos dice que él pedía a Dios para que le diera castidad mientras que la otra parte de él mismo le pedía que no fuera de inmediato. En esta oración ninguna de las dos cosas se realizaban ya que se pedía precisamente eso, que ninguna de las dos cosas surtiera efecto.
Seamos uno sólo en todo lo que somos, en nuestra alma, en nuestros pensamientos, en nuestras palabras y en nuestras acciones. Y así en esta singularidad de nuestra oración pidamos a Nuestro Padre Celestial en nombre de Jesucristo y confiando totalmente que recibiremos que lo realmente deseamos.
Que así sea
Saturday, May 21, 2011
DOMINGO 4to. DESPUÉS DE PASCUA
22 DE MAYO DE 2011
Queridos Hermanos:
Un gran dolor ha llenado el corazón de los apóstoles porque Jesucristo les avisa que tiene que regresar a Su Padre al Cielo.
Nuestras vidas frecuentemente, también son llenas de dolor, cuando en realidad debemos llenarnos de alegría.
Los apóstoles debieron haberse alegado por Jesús, sin embargo la tristeza los envolvió, por la pérdida que percibían. Jesucristo les señala su error. Deben, ante todo, estar alegres por Él y por su alegría en el Cielo con Su Padre, y no ser tan egoístas y pensar sólo en la perdida. En segundo lugar deben estar alegres ya que Jesucristo no los estaba abandonando sino prometiéndoles que enviaría al Espíritu Santo.
Frecuentemente, en nuestras propias vidas, percibimos el éxito y felicidad de los demás como sufrimiento y dolor para nosotros mismos. Este egoísmo frecuentemente se desarrolla en envidia por el bien de los demás, incluso llega a ocasionarnos celos y odio por lo que han recibido algún bien. Este es un grave pecado y motivo por el que debemos estar tristes.
Verdadero amor por nuestro prójimo exige que nos alegremos por los bienes que recibe. Y si somos fieles en el cumplimiento del mandamiento de Jesucristo que dice que amemos incluso a nuestros propios enemigos, debemos alegraros aún por los beneficios que estos reciben.
Frecuentemente, el bien que otros reciben, personalmente no nos custa nada o muy poco, por lo tanto debe ser más fácil estar contentos por los demás, más aún si reciben algún bien a cuesta nuestra, debemos alegrarnos. El sufrimiento que le ocasionamos a Jesucristo por nuestros pecados no engendraron odio en Su corazón, por nosotros (la causa de Su Dolor), más bien por el contrario, nos amó lo suficiente para encontrar gozo en las gracias que recibimos por Su sufrimiento.
Esto no es algo fácil de lograr. Requiere un gran esfuerzo de cooperar con la gracia de Dios. Nuestra naturaleza caída, automáticamente se revela ante el mismo pensamiento de esta caridad sobrenatural por quienes nos odian o persiguen. Este sin embargo, el camino y meta que Jesucristo ha puesto frente a nosotros. Es una meta de perfección.
Jesucristo quiere que seamos perfectos porque nuestro Padre Celestial es perfecto.
Jesucristo nos pide una profunda humildad para que no pensemos ni siquiera que somos merecedores de los muchos beneficios que hemos recibido, mucho menos causa, de los beneficios que han recibido los demás.
Después de haber hecho todo bien, debemos decir que somos siervos no productivos porque hemos hecho sólo lo que teníamos que hacer. En otra ocasión Jesucristo nos dice aprendan de mi que soy dócil y humilde de corazón.
La tristeza que nos ocasiona la buena fortuna de los demás, es frecuentemente suficiente para robarles parte de la felicidad que Dios planeó darles. En haciendo esto, nuestra naturaleza caída encuentra una perversa satisfacción, cuando en realidad el que sale lastimado de todo estos somos sólo nosotros, por haber ofendido a Dios y hemos merecido para nosotros mismos un gran dolor y un gran sufrimiento.
Frecuentemente este dolor es ignorado por quienes envidiamos o estamos celosos, por lo tanto es claro y obvio que quien sale lastimado de estos sentimientos somos sólo nosotros mismos.
En nuestra búsqueda por la perfección debemos aprender a regocijarnos siempre.
Debemos encontrar alegría en todo lo que Dios hace o permite. SI Dios decide darle alegría a otro por ser débil y necesita este apoyo, debemos alegrarnos, si Dios decide probarnos con un poco de dolor o sufrimiento, también esto debe ser razón para alegrarnos. Los motivos de Dios deben ser siempre los mismos para nosotros tanto en el sufrimiento y dolor como en el gozo y alegría. El siempre desea nuestro bien eterno. Por lo tanto, todo lo que sucede en nuestro peregrinar por este mundo es con la intención de acercarnos más y más a Él. (Nuestro objetivo final). Si cooperamos con Él, en todas estas cosas, de igual manera seguiremos a Jesucristo a estar con Nuestro Padre Celestial.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Un gran dolor ha llenado el corazón de los apóstoles porque Jesucristo les avisa que tiene que regresar a Su Padre al Cielo.
Nuestras vidas frecuentemente, también son llenas de dolor, cuando en realidad debemos llenarnos de alegría.
Los apóstoles debieron haberse alegado por Jesús, sin embargo la tristeza los envolvió, por la pérdida que percibían. Jesucristo les señala su error. Deben, ante todo, estar alegres por Él y por su alegría en el Cielo con Su Padre, y no ser tan egoístas y pensar sólo en la perdida. En segundo lugar deben estar alegres ya que Jesucristo no los estaba abandonando sino prometiéndoles que enviaría al Espíritu Santo.
Frecuentemente, en nuestras propias vidas, percibimos el éxito y felicidad de los demás como sufrimiento y dolor para nosotros mismos. Este egoísmo frecuentemente se desarrolla en envidia por el bien de los demás, incluso llega a ocasionarnos celos y odio por lo que han recibido algún bien. Este es un grave pecado y motivo por el que debemos estar tristes.
Verdadero amor por nuestro prójimo exige que nos alegremos por los bienes que recibe. Y si somos fieles en el cumplimiento del mandamiento de Jesucristo que dice que amemos incluso a nuestros propios enemigos, debemos alegraros aún por los beneficios que estos reciben.
Frecuentemente, el bien que otros reciben, personalmente no nos custa nada o muy poco, por lo tanto debe ser más fácil estar contentos por los demás, más aún si reciben algún bien a cuesta nuestra, debemos alegrarnos. El sufrimiento que le ocasionamos a Jesucristo por nuestros pecados no engendraron odio en Su corazón, por nosotros (la causa de Su Dolor), más bien por el contrario, nos amó lo suficiente para encontrar gozo en las gracias que recibimos por Su sufrimiento.
Esto no es algo fácil de lograr. Requiere un gran esfuerzo de cooperar con la gracia de Dios. Nuestra naturaleza caída, automáticamente se revela ante el mismo pensamiento de esta caridad sobrenatural por quienes nos odian o persiguen. Este sin embargo, el camino y meta que Jesucristo ha puesto frente a nosotros. Es una meta de perfección.
Jesucristo quiere que seamos perfectos porque nuestro Padre Celestial es perfecto.
Jesucristo nos pide una profunda humildad para que no pensemos ni siquiera que somos merecedores de los muchos beneficios que hemos recibido, mucho menos causa, de los beneficios que han recibido los demás.
Después de haber hecho todo bien, debemos decir que somos siervos no productivos porque hemos hecho sólo lo que teníamos que hacer. En otra ocasión Jesucristo nos dice aprendan de mi que soy dócil y humilde de corazón.
La tristeza que nos ocasiona la buena fortuna de los demás, es frecuentemente suficiente para robarles parte de la felicidad que Dios planeó darles. En haciendo esto, nuestra naturaleza caída encuentra una perversa satisfacción, cuando en realidad el que sale lastimado de todo estos somos sólo nosotros, por haber ofendido a Dios y hemos merecido para nosotros mismos un gran dolor y un gran sufrimiento.
Frecuentemente este dolor es ignorado por quienes envidiamos o estamos celosos, por lo tanto es claro y obvio que quien sale lastimado de estos sentimientos somos sólo nosotros mismos.
En nuestra búsqueda por la perfección debemos aprender a regocijarnos siempre.
Debemos encontrar alegría en todo lo que Dios hace o permite. SI Dios decide darle alegría a otro por ser débil y necesita este apoyo, debemos alegrarnos, si Dios decide probarnos con un poco de dolor o sufrimiento, también esto debe ser razón para alegrarnos. Los motivos de Dios deben ser siempre los mismos para nosotros tanto en el sufrimiento y dolor como en el gozo y alegría. El siempre desea nuestro bien eterno. Por lo tanto, todo lo que sucede en nuestro peregrinar por este mundo es con la intención de acercarnos más y más a Él. (Nuestro objetivo final). Si cooperamos con Él, en todas estas cosas, de igual manera seguiremos a Jesucristo a estar con Nuestro Padre Celestial.
Así sea.
Saturday, May 14, 2011
DOMINGO 3ro. DESPUÉS DE PASCUA
15 DE MAYO DE 2011
Queridos Hermanos:
El tiempo de duración de nuestra vida es realmente “un instante” cuando lo vemos desde la perspectiva de la Eternidad. Es un abrir y cerrar de ojos comparada con, siempre.
Jesucristo ha prevenido a los apóstoles, y por medio de estos a nosotros, que los gozos y alegrías de Su presencia entre nosotros, son en este mundo, sólo momentáneos. Tenemos que sufrir la separación como lo hicieron los apóstoles, cuando Jesucristo se fue con Su Padre celestial.
Hay momentos de alegría y aceleración ante la presencia de Dios, tal y como lo experimentamos durante el tiempo de Pascua. Luego vienen momentos en los que la presencia de Dios emerge como muy distante y alejada de nosotros. Pero como lo sabemos Dios nunca está lejos de nosotros, por ser esto imposible. Dios es siempre presente, por lo tanto siempre está cerca de nosotros. Permite que sintamos un distanciamiento o separación de Él, sólo para acercarnos más a Él, posteriormente.
Hemos escuchado muchas veces que si queremos ser Sus discípulos, debemos tomar nuestra cruz todos los días y seguirlo. Al momento de tomar esta cruz es cuando muchas veces sentimos este distanciamiento o pérdida, a que hacemos referencia.
El mundo se alegra y regocija ante nuestra agonía espiritual.
Somos tentados y caemos, somos calumniados o burlados, sufrimos muchas cosas, y es en esto que experimentamos esa separación a la señalada en líneas anteriores.
Existen otros momentos en los que Dios hace sentir en nosotros, con su Divina Gracia, una presencia muy intima. Experimentamos una alegría espiritual y consuelo que, las palabras no pueden describir. El mundo puede estar sufriendo con remordimientos, pero Dios llena los corazones de quienes lo aman con gran alegría, gozo, paz y felicidad.
Todo parece indicar que los sentimientos de las almas escogidas de Dios siempre están en oposición a las mundanas. Dios no quiere que seamos uno con el mundo sino, uno sólo con El. Por lo tanto los que lo aman están llamados al sacrificio de alejarse de los placeres y gozos de este mundo y cambiarlos por los placeres y gozos de toda la eternidad.
Nuestro gozo no será pleno en este mundo porque este forma un velo o barrera para nuestra total unión con Dios. En algunas ocasiones este velo parece ser muy delgado y nos sentimos más cerca de Dios y en ocasiones sucede todo lo contrario. El gozo total en la unión con Dios está reservado para la otra vida, no para esta.
Estaremos completos cuando, este mundo sea renovado y nuestros cuerpos sacados de la tierra para ser reunidos con nuestra alma por toda la eternidad. La vida de los santos que fueron elevados a esta gloria con Jesucristo, lo verán nuevamente y nunca lo perderán de vista. Su gozo será completo. Cuerpo y alma serán uno sólo con su Creador y Salvador.
Una vez que hemos comprendido lo corta que es la vida en este mundo en comparación con toda la eternidad, somos capaces de sobrellevar las altas y bajas de nuestro diario vivir. Porque sin importarnos lo que nos suceda en esta vida que, consideremos difícil de llevar, podremos siempre decir “esto pasara”. No será siempre de esta manera.
Con esta armadura de nuestra parte podremos resistir más fácilmente estos momentos difíciles y entender que en un poquito más veremos nuevamente a Dios, aunque no lo veamos siempre. Nuestro corazón no encontrara descanso, como nos lo dice San Agustín, hasta que descanse en Dios. Debemos buscar siempre la necesidad de estar unidos a Dios, sabiendo que esta búsqueda será sólo momentánea y que después de “un poco más” de tiempo también nosotros iremos con Dios Padre, con Jesucristo.
Tengamos siempre presente que el único mal es el pecado porque nos separa de Dios.
Todo lo demás es realmente indiferente. Vida, muerte, enfermedad, salud, riqueza, pobreza, alegría, dolor etc. Todas estas son cosas indiferentes. Pueden convertirse en buenas o mala según el uso que hagamos de estas.
Para los buenos todas las cosas son buenas. Para los malos todo se convierte en maldad.
En este “corto tiempo” por el que estamos pasando ahora, reconozcamos que nuestro estado actual es pasajero y que les espera algo mejor a quienes perseveren hasta el final, haciendo de todo, lo mejor, sacando lo bueno de todas las cosas.
Así sea.
Queridos Hermanos:
El tiempo de duración de nuestra vida es realmente “un instante” cuando lo vemos desde la perspectiva de la Eternidad. Es un abrir y cerrar de ojos comparada con, siempre.
Jesucristo ha prevenido a los apóstoles, y por medio de estos a nosotros, que los gozos y alegrías de Su presencia entre nosotros, son en este mundo, sólo momentáneos. Tenemos que sufrir la separación como lo hicieron los apóstoles, cuando Jesucristo se fue con Su Padre celestial.
Hay momentos de alegría y aceleración ante la presencia de Dios, tal y como lo experimentamos durante el tiempo de Pascua. Luego vienen momentos en los que la presencia de Dios emerge como muy distante y alejada de nosotros. Pero como lo sabemos Dios nunca está lejos de nosotros, por ser esto imposible. Dios es siempre presente, por lo tanto siempre está cerca de nosotros. Permite que sintamos un distanciamiento o separación de Él, sólo para acercarnos más a Él, posteriormente.
Hemos escuchado muchas veces que si queremos ser Sus discípulos, debemos tomar nuestra cruz todos los días y seguirlo. Al momento de tomar esta cruz es cuando muchas veces sentimos este distanciamiento o pérdida, a que hacemos referencia.
El mundo se alegra y regocija ante nuestra agonía espiritual.
Somos tentados y caemos, somos calumniados o burlados, sufrimos muchas cosas, y es en esto que experimentamos esa separación a la señalada en líneas anteriores.
Existen otros momentos en los que Dios hace sentir en nosotros, con su Divina Gracia, una presencia muy intima. Experimentamos una alegría espiritual y consuelo que, las palabras no pueden describir. El mundo puede estar sufriendo con remordimientos, pero Dios llena los corazones de quienes lo aman con gran alegría, gozo, paz y felicidad.
Todo parece indicar que los sentimientos de las almas escogidas de Dios siempre están en oposición a las mundanas. Dios no quiere que seamos uno con el mundo sino, uno sólo con El. Por lo tanto los que lo aman están llamados al sacrificio de alejarse de los placeres y gozos de este mundo y cambiarlos por los placeres y gozos de toda la eternidad.
Nuestro gozo no será pleno en este mundo porque este forma un velo o barrera para nuestra total unión con Dios. En algunas ocasiones este velo parece ser muy delgado y nos sentimos más cerca de Dios y en ocasiones sucede todo lo contrario. El gozo total en la unión con Dios está reservado para la otra vida, no para esta.
Estaremos completos cuando, este mundo sea renovado y nuestros cuerpos sacados de la tierra para ser reunidos con nuestra alma por toda la eternidad. La vida de los santos que fueron elevados a esta gloria con Jesucristo, lo verán nuevamente y nunca lo perderán de vista. Su gozo será completo. Cuerpo y alma serán uno sólo con su Creador y Salvador.
Una vez que hemos comprendido lo corta que es la vida en este mundo en comparación con toda la eternidad, somos capaces de sobrellevar las altas y bajas de nuestro diario vivir. Porque sin importarnos lo que nos suceda en esta vida que, consideremos difícil de llevar, podremos siempre decir “esto pasara”. No será siempre de esta manera.
Con esta armadura de nuestra parte podremos resistir más fácilmente estos momentos difíciles y entender que en un poquito más veremos nuevamente a Dios, aunque no lo veamos siempre. Nuestro corazón no encontrara descanso, como nos lo dice San Agustín, hasta que descanse en Dios. Debemos buscar siempre la necesidad de estar unidos a Dios, sabiendo que esta búsqueda será sólo momentánea y que después de “un poco más” de tiempo también nosotros iremos con Dios Padre, con Jesucristo.
Tengamos siempre presente que el único mal es el pecado porque nos separa de Dios.
Todo lo demás es realmente indiferente. Vida, muerte, enfermedad, salud, riqueza, pobreza, alegría, dolor etc. Todas estas son cosas indiferentes. Pueden convertirse en buenas o mala según el uso que hagamos de estas.
Para los buenos todas las cosas son buenas. Para los malos todo se convierte en maldad.
En este “corto tiempo” por el que estamos pasando ahora, reconozcamos que nuestro estado actual es pasajero y que les espera algo mejor a quienes perseveren hasta el final, haciendo de todo, lo mejor, sacando lo bueno de todas las cosas.
Así sea.
Saturday, May 7, 2011
DOMIGO 2do. DESPUÉS DE PASCUA
8 DE MAYO 2011
Queridos Hermanos
Existen tres tipos de personas nos dice el evangelio de hoy. El lobo, el mercenario y nuestro Señor, El Buen Pastor.
Toda la humanidad le pertenece a Dios. El es nuestro creador, por lo tanto clama el derecho de hacer con nosotros Su voluntad. En Su infinita sabiduría nos ha dado el libre albedrio para que nosotros de una manera libre y voluntaria acudamos a Él.
Estos son los que lo conocen, lo escuchan y siguen. Ellos lo conocen y El los conoce a ellos.
Dios continúa llamando a toda la creación, de manera especial al ser humano. Son verdaderamente bienaventurados los que escuchan y acuden a Su llamado, son maldecidos por otro lado los que deja este mundo sin siquiera haber respondida a este llamado, o habiéndolo escuchado lo han rechazado.
El primero de estos es el lobo, representa para nosotros los ángeles caídos y sus asistentes humanos que buscan constantemente destruir el rebaño de Cristo. Nos damos cuenta rápidamente de estos ataques y sus tentaciones a pecar, y el escape de la gracia protectora que se encuentra dentro del rebaño de la Iglesia católica. Si ponemos tantita atención veremos cómo estos ángeles caídos utilizan a los humanos para que se conviertan en instrumentos voluntarios. Tenemos muchas ramas de seudo-ciencias, profesando desde la plenitud de su ceguera que no existe Dios y todo sucede por casualidad. Contamos igualmente con seudo religiones diciéndonos que somos nuestros propios dioses y creamos nuestro propio destino y sendero. Contamos con gente de todo tipo de formas de religiones seudo cristianas buscando a toda costa separarnos del rebaño de Jesucristo.
En contra de estos lobos Dios nos ha dado muchas defensas. La gracia de Dios es un buen pastor para nuestra alma, la conciencia que nos ha dado es de igual manera un buen pastor. El libre albedrio que se nos ha dado puede ser o mercenario o pastor. Nos convertimos en nuestro propio peor enemigo cuando decidimos escuchar al demonio y permitimos al lobo entrar, destruir y llevarse lo que le pertenece a Dios.
En este caso nuestro libre albedrio que nos fue dado para protegernos y alertarnos de los peligros huye y pierde su puesto de vigilancia para hacer su obligación y se convierte en un mercenario. Nuestra voluntad pasa a ser buen pastor cuando permanece vigilante y convierte su cuerpo, mente y corazón alimentado de pensamientos y deseos por Dios y Su Voluntad. Es buen pastor cuando escoge el camino de la verdad y bondad sin importar las consecuencias.
Dentro de la Iglesia Católica, el Cuerpo Místico de Jesucristo, encontramos de igual manera pastores y mercenarios en los pastores que Dios ha designado para cuidar el rebaño.
Muchos, tal vez la mayoría, son mercenarios por no defender al rebaño en contra de tantos ataques de inmoralidad. Los lobos han entrado y sugieren que, está bien desobedecer la ley de Dios y condonar cosas como el divorcio, adulterio, “control natal” que no es otra cosa que asesinato de lo concebido y/ o onanismo. Los mercenarios permiten que estos males entren el rebaño y permanecen en silencio y constantemente tienen excusas para permitir que el lobo haga destrozos cada vez mayores. Su amor no es por las ovejas. Les permite hacer lo que quieran y no los corrige porque no quiere “ofenderlos”.
Los mercenarios han confundido a los lobos y a las ovejas y en su intento por salvarlos y mantenerlos unidos, han permitido que el lobo mate y devore una oveja tras otra. Cuando sólo quedan los lobos se engaña a sí mismo creyendo que estos lobos son realmente ovejas. Pero una vez hecho esto, los lobos se atacan entre sí y en contra de los mercenarios porque no son pastores y desean continuar en el camino del asesinato spiritual.
Vemos esto en todas las seudo religiones, donde se permite que el mal entre y crezca. Su número de seguidores crece y se incrementa no por la gracia de Dios sino porque le dan la bienvenida a todos los lobos. Ya no son un rebaño sino una jauría de lobos. Su bien cubierto disfraz de cristianos les permite engañar a los demás y en muchas ocasiones engañarse a sí mismos.
El pastor que realmente ama sus ovejas se pone de pie y examina su rebaño para expulsar a las incorregibles o contagiosas de maldad que puede daña al resto del rebaño, estas son las ovejas que deben ser expulsadas y no permitírseles convivir con los demás, el pastor hace esto no porque odia a las que debe excomulgar, sino porque las ama y busca que se den cuenta del peligro en que se encuentran, para que se arrepientan y dejen de ser lobos y se conviertan nuevamente en ovejas. Aún si el rebaño queda reducido a un puñado, el pastor sabe que es mejor tener un grupo reducido de buenas ovejas en lugar de una gran multitud de lobos cubiertos con piel de ovejas.
Jesucristo nuestro Señor es el Buen Pastor y sus verdaderos ministros lo imitan a Él y no a los mercenarios
Así sea
Queridos Hermanos
Existen tres tipos de personas nos dice el evangelio de hoy. El lobo, el mercenario y nuestro Señor, El Buen Pastor.
Toda la humanidad le pertenece a Dios. El es nuestro creador, por lo tanto clama el derecho de hacer con nosotros Su voluntad. En Su infinita sabiduría nos ha dado el libre albedrio para que nosotros de una manera libre y voluntaria acudamos a Él.
Estos son los que lo conocen, lo escuchan y siguen. Ellos lo conocen y El los conoce a ellos.
Dios continúa llamando a toda la creación, de manera especial al ser humano. Son verdaderamente bienaventurados los que escuchan y acuden a Su llamado, son maldecidos por otro lado los que deja este mundo sin siquiera haber respondida a este llamado, o habiéndolo escuchado lo han rechazado.
El primero de estos es el lobo, representa para nosotros los ángeles caídos y sus asistentes humanos que buscan constantemente destruir el rebaño de Cristo. Nos damos cuenta rápidamente de estos ataques y sus tentaciones a pecar, y el escape de la gracia protectora que se encuentra dentro del rebaño de la Iglesia católica. Si ponemos tantita atención veremos cómo estos ángeles caídos utilizan a los humanos para que se conviertan en instrumentos voluntarios. Tenemos muchas ramas de seudo-ciencias, profesando desde la plenitud de su ceguera que no existe Dios y todo sucede por casualidad. Contamos igualmente con seudo religiones diciéndonos que somos nuestros propios dioses y creamos nuestro propio destino y sendero. Contamos con gente de todo tipo de formas de religiones seudo cristianas buscando a toda costa separarnos del rebaño de Jesucristo.
En contra de estos lobos Dios nos ha dado muchas defensas. La gracia de Dios es un buen pastor para nuestra alma, la conciencia que nos ha dado es de igual manera un buen pastor. El libre albedrio que se nos ha dado puede ser o mercenario o pastor. Nos convertimos en nuestro propio peor enemigo cuando decidimos escuchar al demonio y permitimos al lobo entrar, destruir y llevarse lo que le pertenece a Dios.
En este caso nuestro libre albedrio que nos fue dado para protegernos y alertarnos de los peligros huye y pierde su puesto de vigilancia para hacer su obligación y se convierte en un mercenario. Nuestra voluntad pasa a ser buen pastor cuando permanece vigilante y convierte su cuerpo, mente y corazón alimentado de pensamientos y deseos por Dios y Su Voluntad. Es buen pastor cuando escoge el camino de la verdad y bondad sin importar las consecuencias.
Dentro de la Iglesia Católica, el Cuerpo Místico de Jesucristo, encontramos de igual manera pastores y mercenarios en los pastores que Dios ha designado para cuidar el rebaño.
Muchos, tal vez la mayoría, son mercenarios por no defender al rebaño en contra de tantos ataques de inmoralidad. Los lobos han entrado y sugieren que, está bien desobedecer la ley de Dios y condonar cosas como el divorcio, adulterio, “control natal” que no es otra cosa que asesinato de lo concebido y/ o onanismo. Los mercenarios permiten que estos males entren el rebaño y permanecen en silencio y constantemente tienen excusas para permitir que el lobo haga destrozos cada vez mayores. Su amor no es por las ovejas. Les permite hacer lo que quieran y no los corrige porque no quiere “ofenderlos”.
Los mercenarios han confundido a los lobos y a las ovejas y en su intento por salvarlos y mantenerlos unidos, han permitido que el lobo mate y devore una oveja tras otra. Cuando sólo quedan los lobos se engaña a sí mismo creyendo que estos lobos son realmente ovejas. Pero una vez hecho esto, los lobos se atacan entre sí y en contra de los mercenarios porque no son pastores y desean continuar en el camino del asesinato spiritual.
Vemos esto en todas las seudo religiones, donde se permite que el mal entre y crezca. Su número de seguidores crece y se incrementa no por la gracia de Dios sino porque le dan la bienvenida a todos los lobos. Ya no son un rebaño sino una jauría de lobos. Su bien cubierto disfraz de cristianos les permite engañar a los demás y en muchas ocasiones engañarse a sí mismos.
El pastor que realmente ama sus ovejas se pone de pie y examina su rebaño para expulsar a las incorregibles o contagiosas de maldad que puede daña al resto del rebaño, estas son las ovejas que deben ser expulsadas y no permitírseles convivir con los demás, el pastor hace esto no porque odia a las que debe excomulgar, sino porque las ama y busca que se den cuenta del peligro en que se encuentran, para que se arrepientan y dejen de ser lobos y se conviertan nuevamente en ovejas. Aún si el rebaño queda reducido a un puñado, el pastor sabe que es mejor tener un grupo reducido de buenas ovejas en lugar de una gran multitud de lobos cubiertos con piel de ovejas.
Jesucristo nuestro Señor es el Buen Pastor y sus verdaderos ministros lo imitan a Él y no a los mercenarios
Así sea
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