24 DE OCTUBRE DE 2010
Queridos Hermanos:
Dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios. De la misma manera podemos decir que estamos compuestos de cuerpo y alma, luego entonces nuestras deudas son dobles. Una a Dios y al espíritu y la otra para el cuerpo y el mundo. El mundo, tal y como lo conocemos esta en un gran desorden. Este mundo desordenado no es nuestro hogar. Es un gran lugar con muchas cosas buenas, pero no es nuestro destino final ni hogar permanente. El desorden de este mundo se origina en el pecado original. Somos hechos para gozar de un lugar perfecto, razón por la cual tenemos este deseo constante de buscar un lugar cada vez mejor.
El Cesar representa para nosotros el gobierno o el mundo en este estado de naturaleza caída. Le debemos mucho a este mundo (aún con todas las imperfecciones que este tiene). Por lo que debemos ocuparnos en algún tipo de trabajo donde además, debemos esforzarnos para apoyarnos, mantener y mejorar este mundo y la sociedad. De igual forma debemos entender que nada es permanente en este mundo (no será siempre de esta manera). Todo es pasajero. De esta manera, mientras que el mundo es un regalo de Dios y es importante para Él como para nosotros, debemos entender que ocupa un segundo lugar en nuestra mente y corazón.
El primer lugar en nuestra mente y corazón le pertenecen a Dios y a nuestro hogar eterno en el cielo. Esto es lo único que puede llenar el deseo de nuestro corazón.
Hemos sido creados para Dios y para permanecer en este lugar perfecto que llamamos Cielo, donde existe el orden y el amor verdaderos. Por lo tanto enfoquemos todos nuestros esfuerzos sobre este objetivo y no en las cosas pasajeras de este mundo.
Nuestros tesoros deben estar depositados en el Cielo. Todo lo que atesoremos en este mundo está destinado a perderse (consumido por el oxido, la polilla o los ladrones)
Todo es pasajero, sólo lo que queda en el cielo será permanente y constituirá nuestra eterna felicidad. Las grandes mansiones que construimos en este mundo no son nada comparadas con la mansión que nos espera en la eternidad con Dios Nuestro Señor.
Debemos tener mucho cuidado de no perder de vista esta mansión celestial, mientras nos ocupamos por obtener y mantener un lugar donde vivir y por nuestra sobrevivencia en este mundo. Todo lo que en este mundo está, no es otra cosa que como dice el sabio:
“Vanidad de Vanidades y todo es Vanidad”.
Todo es perecedero, vacio y no puede satisfacernos de ninguna manera sin importar que tanto nos esforcemos en que así suceda o que tan refinado esto sea. Si gastamos todo lo que somos y tenemos en esto, habremos desperdiciado y perdido todo, porque todo es vano.
¿De qué le sirve al hombre, ganar el mundo entero si pierde su alma?
¿Tal vez debemos inclinarnos a, dedicar todo lo que tenemos y todo lo que somos, a obtener lo eterno?
Esto parece una gran idea, pero el mundo no nos dejara ir tan fácilmente. Dios nos ha ordenado, preocuparnos por nuestro cuerpo y laborar en este mundo. No podemos caer, así por nomas en la eternidad. Este mundo es el lugar de prueba donde podemos mostrar a Dios todo nuestro amor al amar a nuestro prójimo aún en medio de las grandes imperfecciones que todos tenemos.
Todos pueden amar lo perfecto pero se requiere de gran humildad y fe para amar lo menos perfecto. Los demonios pudieron fácilmente adorar y honrar a Cristo en Su Divinidad; fue su humanidad que colocó el obstáculo. Su orgullo les impedía amar a alguien que fuera menor al espíritu. (Alguien, menos que ellos).
Esto es exactamente lo que se nos ordena cuando se nos dice que debemos amarnos los unos a los otros como Cristo nos ha amado. Existen muchos que pueden estar (por lo menos desde nuestra perspectiva defectuosa) por debajo de nuestro nivel, sin embargo debemos amarlos tal y como nos amamos a nosotros mismos. Esta situación atrapó a todos los demonios en el Infierno y nos llevará a todos nosotros si seguimos sus pasos.
Los bienes de este mundo no son para toda la multitud. Dios ha dado más a unos que a otros, para permitirnos amarnos los unos a los otros y probar este amor al mostrarnos generosos al dar y recibir libremente en toda simplicidad y humildad.
No podremos llevarnos nada y no hace bien a nadie acumular riquezas. Debemos compartir las bendiciones que Dios nos da para nuestra existencia en este mundo.
Pero esto no es todo, debemos de igual manera compartir, los unos con los otros, los dones espirituales que Dios nos ha dado. Porque Dios tiene todo y no necesita de nada, es la razón por la que podremos ofrecerle todo lo que hacemos con nuestro prójimo en Su nombre. Le regresamos a Dios lo que le pertenece al amarlo y obedecerlo cumpliendo Su palabra, amándonos los unos a los otros y practicamos no sólo las obras de misericordia sino también las espirituales, tal y como nos ha ordenado.
Así sea
Saturday, October 23, 2010
Saturday, October 16, 2010
DOMINGO 21 DESPUÉS DE PENTECOSTES
17 DE OCTUBRE DE 2010
Queridos Hermanos:
La misericordia es necesaria para todos nosotros, para poder coexistir en esta vida. Sin embargo es la menos practicada y raramente valorada.
?Donde estaríamos nosotros si no pudiéramos o tuviéramos la misericordia de Dios? Si Dios nos juzgara sin Su misericordia, nadie podría sostener en pie – todos caeríamos.
Aplicar la justicia sin misericordia sería una situación lamentable para todos nosotros. Mas bien esta “justicia” sería todo lo contrario. Razón por la cual nuestro Señor Jesucristo nos dice que nuestra justicia debe sobrepasar a la de los Escribas y Fariseos. La letra de la ley aparece como justa en nuestro entendimiento corrupto de lo correcto y lo incorrecto, pero es sólo en el espíritu de la ley que encontramos la verdadera Justicia. La ley es muchas veces injusta, simplemente porque los jueces puedo ver únicamente la letra de la ley y no su espíritu.
Las leyes justas no son hechas para atacar, destruir o despojar a las personas, sin embargo, en las manos de los jueces Farisaicos es frecuentemente lo que más sucede. La sociedad de hoy se ha convertido en una generación extremadamente litigiosa. La ambición y el egocentrismo de tantas personas los empuja a demandar y exigirse el uno al otro hasta en las cosas más insignificantes o lo que es peor buscar recompensas mas allá y muy alejada de toda decencia.
Hemos olvidado la amonestación de san Pablo a los Corintios: De no tomar nuestros juicios a los injustos, dice que sería mejor poner nuestros juicios a los mas despreciables de la Iglesia y dejar que estos juzguen nuestro caso, porque estos serían mejores que el juez pagano. Sin embargo, va un poco más allá, san Pablo, al decir que sería mejor sufrir las injusticias y la maldad antes que ir ante tales jueces.
¿Qué injusticia no ha sufrido Nuestro Señor Jesucristo por nosotros? ¿Cuántas veces nos ha mostrado su justicia y perdón? No estamos comprometidos a hacer lo mismo entre nosotros- aún hacia nuestros enemigos. ¿Qué significan las palabras de nuestro señor Jesucristo cuando nos dice que debemos amar no sólo a quienes nos hacen bien, sino también a quienes nos ofenden? (San Lucas 6, 27:28) si fallamos en amar a nuestros enemigos no somos mejor que ellos; somos peor ya que nosotros sabemos lo que debemos hacer. (O deberíamos saberlo)
Si queremos encontrar la misericordia de Dios, nos ha puesto como condición para recibirla, la misericordia que tengamos sobre los demás. ¿No es esto lo que le pedimos, al decir el Padre Nuestro? “Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”
Como dijera Shakespeare en “El Mercader de Venecia” la calidad de la misericordia no se agota. Cae como la suave lluvia del cielo, debajo de ella: es doblemente bendecida, bendice a quien la da y de igual forma a quien la recibe. Somos motivados a ser misericordiosos en la oración de San Francisco: “Es dando que recibimos” ambos se benefician y ambos son recompensados. Nada se pierde y todos salen ganando.
Esta virtud es divina y en nuestro deseo de acercarnos a Dios y asemejarnos a Él, este el camino que hay que seguir para lograrlo- verdadero amor y misericordia, no siguiendo las sugerencias del demonio, la venganza y el orgullo.
La justicia, estrictamente hablando, no se opone a la misericordia. Lo que se opone a esta es la “letra de la ley” que no es otra cosa más que injusticia. De esto nos recuerda san Pablo a su carta a los Efesio cuando nos dice que debemos revestirnos de la justicia, con los demás ornamentos de la verdad, la paz y la fe.
La verdadera justicia no pretende medirse en calidad material, porque simple y sencillamente esto no es posible. Contrario a lo que los modernistas han estado pretendiendo convencer a las personas, nadie somos iguales. Somos realmente diferentes. Dios ha dado más a unos que a otros. Hay bondad y justicia en esto que va más allá de la simple comprensión. Es una gran injusticia humana pretender tal igualdad por medio de leyes, cortes, guerras etc.
Dios ha dado más a ciertas personas para que estas puedan ayudar a los demás. Si fuéramos iguales no tendríamos nada que compartir y seriamos privados de poder imitar a Dios. Tomar algo por la fuerza es robo doble, no sólo por lo que hemos tomado sino porque hemos privado a esta persona de ayudar a los demás. Todos tenemos necesidad de ayuda y todos tenemos la capacidad de ayudar a los demás. Todos podemos dar el don de la misericordia. Todos hemos sido ofendidos luego entonces todos podemos perdonar.
De igual forma así como hemos sido ofendidos hemos ofendido a los demás y todos hemos estado en la necesidad de la misericordia de Dios.
Es en esta hermosa forma de compartir la misericordia con la que nos beneficiamos todos y con la que Dios es complacido y honrado.
Así sea.
Queridos Hermanos:
La misericordia es necesaria para todos nosotros, para poder coexistir en esta vida. Sin embargo es la menos practicada y raramente valorada.
?Donde estaríamos nosotros si no pudiéramos o tuviéramos la misericordia de Dios? Si Dios nos juzgara sin Su misericordia, nadie podría sostener en pie – todos caeríamos.
Aplicar la justicia sin misericordia sería una situación lamentable para todos nosotros. Mas bien esta “justicia” sería todo lo contrario. Razón por la cual nuestro Señor Jesucristo nos dice que nuestra justicia debe sobrepasar a la de los Escribas y Fariseos. La letra de la ley aparece como justa en nuestro entendimiento corrupto de lo correcto y lo incorrecto, pero es sólo en el espíritu de la ley que encontramos la verdadera Justicia. La ley es muchas veces injusta, simplemente porque los jueces puedo ver únicamente la letra de la ley y no su espíritu.
Las leyes justas no son hechas para atacar, destruir o despojar a las personas, sin embargo, en las manos de los jueces Farisaicos es frecuentemente lo que más sucede. La sociedad de hoy se ha convertido en una generación extremadamente litigiosa. La ambición y el egocentrismo de tantas personas los empuja a demandar y exigirse el uno al otro hasta en las cosas más insignificantes o lo que es peor buscar recompensas mas allá y muy alejada de toda decencia.
Hemos olvidado la amonestación de san Pablo a los Corintios: De no tomar nuestros juicios a los injustos, dice que sería mejor poner nuestros juicios a los mas despreciables de la Iglesia y dejar que estos juzguen nuestro caso, porque estos serían mejores que el juez pagano. Sin embargo, va un poco más allá, san Pablo, al decir que sería mejor sufrir las injusticias y la maldad antes que ir ante tales jueces.
¿Qué injusticia no ha sufrido Nuestro Señor Jesucristo por nosotros? ¿Cuántas veces nos ha mostrado su justicia y perdón? No estamos comprometidos a hacer lo mismo entre nosotros- aún hacia nuestros enemigos. ¿Qué significan las palabras de nuestro señor Jesucristo cuando nos dice que debemos amar no sólo a quienes nos hacen bien, sino también a quienes nos ofenden? (San Lucas 6, 27:28) si fallamos en amar a nuestros enemigos no somos mejor que ellos; somos peor ya que nosotros sabemos lo que debemos hacer. (O deberíamos saberlo)
Si queremos encontrar la misericordia de Dios, nos ha puesto como condición para recibirla, la misericordia que tengamos sobre los demás. ¿No es esto lo que le pedimos, al decir el Padre Nuestro? “Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”
Como dijera Shakespeare en “El Mercader de Venecia” la calidad de la misericordia no se agota. Cae como la suave lluvia del cielo, debajo de ella: es doblemente bendecida, bendice a quien la da y de igual forma a quien la recibe. Somos motivados a ser misericordiosos en la oración de San Francisco: “Es dando que recibimos” ambos se benefician y ambos son recompensados. Nada se pierde y todos salen ganando.
Esta virtud es divina y en nuestro deseo de acercarnos a Dios y asemejarnos a Él, este el camino que hay que seguir para lograrlo- verdadero amor y misericordia, no siguiendo las sugerencias del demonio, la venganza y el orgullo.
La justicia, estrictamente hablando, no se opone a la misericordia. Lo que se opone a esta es la “letra de la ley” que no es otra cosa más que injusticia. De esto nos recuerda san Pablo a su carta a los Efesio cuando nos dice que debemos revestirnos de la justicia, con los demás ornamentos de la verdad, la paz y la fe.
La verdadera justicia no pretende medirse en calidad material, porque simple y sencillamente esto no es posible. Contrario a lo que los modernistas han estado pretendiendo convencer a las personas, nadie somos iguales. Somos realmente diferentes. Dios ha dado más a unos que a otros. Hay bondad y justicia en esto que va más allá de la simple comprensión. Es una gran injusticia humana pretender tal igualdad por medio de leyes, cortes, guerras etc.
Dios ha dado más a ciertas personas para que estas puedan ayudar a los demás. Si fuéramos iguales no tendríamos nada que compartir y seriamos privados de poder imitar a Dios. Tomar algo por la fuerza es robo doble, no sólo por lo que hemos tomado sino porque hemos privado a esta persona de ayudar a los demás. Todos tenemos necesidad de ayuda y todos tenemos la capacidad de ayudar a los demás. Todos podemos dar el don de la misericordia. Todos hemos sido ofendidos luego entonces todos podemos perdonar.
De igual forma así como hemos sido ofendidos hemos ofendido a los demás y todos hemos estado en la necesidad de la misericordia de Dios.
Es en esta hermosa forma de compartir la misericordia con la que nos beneficiamos todos y con la que Dios es complacido y honrado.
Así sea.
Saturday, October 9, 2010
DOMINGO 20 DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
10 DE OCTUBRE DE 2010
Queridos Hermanos:
El día de hoy, somos nuevamente testigos, del gran milagro que nos relata el Evangelio para este día y es de notar que, tal vez haya algo tan importante en este y que frecuentemente es ignorado, como si fuera algo de poca importancia.
El Evangelio nos dice que, este hombre y todos los de su casa creyeron, se convirtieron.
No sólo creyó él, sino que llevó la fe y convirtió a todos sus familiares. No uno sino muchos más, encontraron la fe necesaria para la salvación, esto es una bendición mucho mayor a la vida, físicamente hablando, que se le da a un hijo.
Hay un dicho muy popular que dice que la manzana no cae lejos de su árbol. Es decir que, es de sabios considerar los efectos del ejemplo que damos a los niños. Hay muchos que dicen a estos: “hagan lo que digo no lo que hago”, estas no deberían ser palabras de un buen maestro, mucho menos de un buen padre; son palabras más apropiadas para un actor.
Los niños son por naturaleza imitadores y seguidores. El mayor y más natural ejemplo para ellos es el de sus padres. Cuando los padres de estos tienen y viven la verdadera fe, sus hijos son más inclinados, a de manera naturalmente, imitarlos.
Cuando los padres son buenos sus hijos tienden a ser mejores, y de igual manera son peores cuando sus padres lo son. Hay excepciones, sin lugar a dudas, pero son raros estos casos.
Debido a nuestra naturaleza caída estamos más inclinados a hacer el mal. El mal es el camino de menor resistencia y nuestra heredada naturaleza, acompañada de la flojera, nos orilla a tomar este sendero. Si los padres buscan y viven en la disciplina de sí mismos y su propia voluntad, serán mucho más exitosos a la hora de corregir a sus hijos y pedirles que hagan lo mismo.
Tenemos una gran cantidad de ejemplos de todo esto a que hacemos referencia, a través de la historia de la humanidad. Consideremos a Caín que mató a su hermano; vemos que la maldad de este hombre corrompió a toda su generación. Por otro lado, el hijo bueno de Adán, Set, dio origen a una raza buena y complaciente a Dios. En otra parte leemos que el joven Tobías, era virtuoso y bueno aún entre personas malignas, por tener un padre virtuoso. De igual forma, la hija adoptiva de Herodes, actuando a su máxima capacidad, cruelmente inhumana y no adecuado al comportamiento de una mujer, pide la cabeza de uno de los más grandes hombres que hayan existido en su tiempo, San Juan Bautista.
¿Qué inspiró, a esta criatura a mostrar tanto odio, sino la maldad de su madre Herodías, que estaba viviendo en pecado, (incesto, adulterio) con Herodes?
Tal vez el ejemplo más conocido por muchos es el caso del Rey David. Mientras él vivió correctamente y en justicia sus hijos hicieron lo mismo. Sin embargo, cuando pecó cometiendo asesinato y adulterio. Aunque se hubo arrepentido rápidamente vemos que el daño ya se había consumado en sus hijos.
Amón raptó y violó a su propia hermana Tamara, razón por la cual su hermano Absalón lo mando matar. Absalón se mostró rebelde contra su padre, y fue asesinado por manos de Joba. Adonis, otro hijo de David, conspiró de igual manera contra su padre e intento privarlo del gobierno cuando fue capturado como rebelde y sentenciado a muerte.
Estos ejemplos son principalmente de situaciones en las que se envuelven los padres, sin embargo, debemos todos empezar a ser responsables por el ejemplo que damos a los demás. Las jóvenes generaciones ven en las generaciones pasadas ejemplos a seguir, buscando alcanzarlas y superarlas o hacer más de lo que estas han hecho. Así como los padres desean que sus hijos hagan en esta vida, más de lo que estos pudieron, así los hijos desean superar a sus padres.
Lo trágico es que cuando los hijos ven la maldad de las generaciones anteriores a estos, no sólo buscan seguirlas sino superarlas de igual forma.
De esta manera vemos, que no fue suficiente para la generación de los sesentas ser rebeldes como lo fueron los hijos de los cincuentas; debieron superarlos. Y donde la primera, trazó su línea, la generación de los setenta sobre paso a esta y buscó superarla. Donde esta generación no se atrevió a pisar, la de los ochentas desesperadamente lo hizo suyo. Y así sucesivamente, cada generación se ha hecho peor que la anterior. Cada pecado y maldad construidos sobre el pecado y maldad anterior.
Ahora las generaciones más viejas se quedan boquiabiertas ante la incredulidad de tanta maldad que envuelve a la generación presente.
¿Cómo pueden matar a sus propios hijos, con el aborto?
¿Cómo pueden mutilar sus cuerpos con el piercing y los tatuajes?
¿Cómo pueden andar por las calles con sus ropas cayéndoseles, o exhibiendo sus cuerpos sin ninguna señal de pudor?
¿Cómo pueden vivir abiertamente en la fornicación y el adulterio? ¿No tienen vergüenza?
Ahora bien, reflexionemos un poco, lógicamente están siguiendo los pasos de la maldad, que se les ha mostrado.
¿Quién ha cometido el pecado más grave, el que pecó o quien le ha mostrado la forma y como hacerlo?
Hagamos nuestras las palabras de nuestro Señor Jesucristo cuando dice:
“y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le hundieran en el fondo del mar”
Tal vez ha llegado el momento en que, todos nosotros nos arrepintamos, como lo hizo el Rey David, para tratar de disminuir el mal que hemos caudado a los demás. Hagamos a un lado y eliminemos, en nosotros, por completo el mal, por más insignificante que este parezca, para poder trasmitir sólo buenos y santos ejemplos, a las generaciones venideras para que sean mucho mejores que la generación presente.
Así sea.
Queridos Hermanos:
El día de hoy, somos nuevamente testigos, del gran milagro que nos relata el Evangelio para este día y es de notar que, tal vez haya algo tan importante en este y que frecuentemente es ignorado, como si fuera algo de poca importancia.
El Evangelio nos dice que, este hombre y todos los de su casa creyeron, se convirtieron.
No sólo creyó él, sino que llevó la fe y convirtió a todos sus familiares. No uno sino muchos más, encontraron la fe necesaria para la salvación, esto es una bendición mucho mayor a la vida, físicamente hablando, que se le da a un hijo.
Hay un dicho muy popular que dice que la manzana no cae lejos de su árbol. Es decir que, es de sabios considerar los efectos del ejemplo que damos a los niños. Hay muchos que dicen a estos: “hagan lo que digo no lo que hago”, estas no deberían ser palabras de un buen maestro, mucho menos de un buen padre; son palabras más apropiadas para un actor.
Los niños son por naturaleza imitadores y seguidores. El mayor y más natural ejemplo para ellos es el de sus padres. Cuando los padres de estos tienen y viven la verdadera fe, sus hijos son más inclinados, a de manera naturalmente, imitarlos.
Cuando los padres son buenos sus hijos tienden a ser mejores, y de igual manera son peores cuando sus padres lo son. Hay excepciones, sin lugar a dudas, pero son raros estos casos.
Debido a nuestra naturaleza caída estamos más inclinados a hacer el mal. El mal es el camino de menor resistencia y nuestra heredada naturaleza, acompañada de la flojera, nos orilla a tomar este sendero. Si los padres buscan y viven en la disciplina de sí mismos y su propia voluntad, serán mucho más exitosos a la hora de corregir a sus hijos y pedirles que hagan lo mismo.
Tenemos una gran cantidad de ejemplos de todo esto a que hacemos referencia, a través de la historia de la humanidad. Consideremos a Caín que mató a su hermano; vemos que la maldad de este hombre corrompió a toda su generación. Por otro lado, el hijo bueno de Adán, Set, dio origen a una raza buena y complaciente a Dios. En otra parte leemos que el joven Tobías, era virtuoso y bueno aún entre personas malignas, por tener un padre virtuoso. De igual forma, la hija adoptiva de Herodes, actuando a su máxima capacidad, cruelmente inhumana y no adecuado al comportamiento de una mujer, pide la cabeza de uno de los más grandes hombres que hayan existido en su tiempo, San Juan Bautista.
¿Qué inspiró, a esta criatura a mostrar tanto odio, sino la maldad de su madre Herodías, que estaba viviendo en pecado, (incesto, adulterio) con Herodes?
Tal vez el ejemplo más conocido por muchos es el caso del Rey David. Mientras él vivió correctamente y en justicia sus hijos hicieron lo mismo. Sin embargo, cuando pecó cometiendo asesinato y adulterio. Aunque se hubo arrepentido rápidamente vemos que el daño ya se había consumado en sus hijos.
Amón raptó y violó a su propia hermana Tamara, razón por la cual su hermano Absalón lo mando matar. Absalón se mostró rebelde contra su padre, y fue asesinado por manos de Joba. Adonis, otro hijo de David, conspiró de igual manera contra su padre e intento privarlo del gobierno cuando fue capturado como rebelde y sentenciado a muerte.
Estos ejemplos son principalmente de situaciones en las que se envuelven los padres, sin embargo, debemos todos empezar a ser responsables por el ejemplo que damos a los demás. Las jóvenes generaciones ven en las generaciones pasadas ejemplos a seguir, buscando alcanzarlas y superarlas o hacer más de lo que estas han hecho. Así como los padres desean que sus hijos hagan en esta vida, más de lo que estos pudieron, así los hijos desean superar a sus padres.
Lo trágico es que cuando los hijos ven la maldad de las generaciones anteriores a estos, no sólo buscan seguirlas sino superarlas de igual forma.
De esta manera vemos, que no fue suficiente para la generación de los sesentas ser rebeldes como lo fueron los hijos de los cincuentas; debieron superarlos. Y donde la primera, trazó su línea, la generación de los setenta sobre paso a esta y buscó superarla. Donde esta generación no se atrevió a pisar, la de los ochentas desesperadamente lo hizo suyo. Y así sucesivamente, cada generación se ha hecho peor que la anterior. Cada pecado y maldad construidos sobre el pecado y maldad anterior.
Ahora las generaciones más viejas se quedan boquiabiertas ante la incredulidad de tanta maldad que envuelve a la generación presente.
¿Cómo pueden matar a sus propios hijos, con el aborto?
¿Cómo pueden mutilar sus cuerpos con el piercing y los tatuajes?
¿Cómo pueden andar por las calles con sus ropas cayéndoseles, o exhibiendo sus cuerpos sin ninguna señal de pudor?
¿Cómo pueden vivir abiertamente en la fornicación y el adulterio? ¿No tienen vergüenza?
Ahora bien, reflexionemos un poco, lógicamente están siguiendo los pasos de la maldad, que se les ha mostrado.
¿Quién ha cometido el pecado más grave, el que pecó o quien le ha mostrado la forma y como hacerlo?
Hagamos nuestras las palabras de nuestro Señor Jesucristo cuando dice:
“y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le hundieran en el fondo del mar”
Tal vez ha llegado el momento en que, todos nosotros nos arrepintamos, como lo hizo el Rey David, para tratar de disminuir el mal que hemos caudado a los demás. Hagamos a un lado y eliminemos, en nosotros, por completo el mal, por más insignificante que este parezca, para poder trasmitir sólo buenos y santos ejemplos, a las generaciones venideras para que sean mucho mejores que la generación presente.
Así sea.
Saturday, October 2, 2010
DOMINGO 19 DESPUÉS DE PENTECOSTES
3 DE OCTUBRE DE 2010
Queridos Hermanos:
Todos han sido invitados a la Boda (Reino, celestial, la Iglesia Católica) sin embargo, muchos han rechazan entrar a esta. Quienes debieron entrar pero rechazaron la invitación, se dan cuenta ahora que, son excluidos y la invitación se le ha dado a otra persona.
Entre quienes han aceptado la invitación, los hay, sin embargo, que no merecen esta pertenencia por no cooperar con la gracia de Dios (se niegan a portar el vestido de bodas). Cuando se les cuestiona sobre este punto, vemos que la mayoría de estos individuos, al no saber que responder se muestran perplejos, pues saben, que no tienen excusas.
Al preguntarles por qué son católicos, responden de la misma manera, al no saber que es lo que hacen en la Iglesia Católica. Al igual que el hombre que no lleva la vestimenta adecuada de la boda, desconocen porque están en la fiesta y no llevan el vestido apropiado. Ambos grupos de quedan pelando los ojos con el silencio tonto de la ignorancia. Es como si no entendieran la pregunta.
En algunas otras ocasiones, las respuestas que estos individuos ofrecen, son peores que el silencio, ya que con frecuencia estos “católicos” ignoran lo que son. Sus razones son “porque mis padres lo fueron”, “esta es la forma en que he crecido”, o “era la iglesia mas cercana a donde vivíamos”.
Si se les pregunta sobre su fe. Nuevamente la respuesta es un completo silencio, por la incomprensión de la pregunta. Por no conocer su fe, luego entonces no saben que creer y creen solo lo que este incluido en su hedonismo materialista y egocéntrico.
La vestimenta de esta boda simboliza la caridad, esta no aparece en el alma de muchos “católicos”. Todo el mensaje de Jesucristo y consecuentemente la fe de la Iglesia, esta empapada de la gracia de la caridad. La falta de esta gran virtud es como si estuviéramos vacíos del origen de la vida, de la Iglesia.
Sin la virtud de la caridad no podemos participar del espíritu de la Iglesia, consecuentemente no podemos unirnos espiritualmente con Cristo y el Espíritu Santo. De esta manera, podemos ver, que sin la vestidura de la caridad, todo lo “bueno” que tengamos, no sirve de nada. Es ser realmente hipócrita pretender tener esta virtud, cuando es precisamente esta la que nos hace falta.
Sin amor, ni podemos creer ni entender correctamente.
Cualquier pretensión de justicia sin caridad es una mentira; razón por la cual Nuestro Señor Jesucristo, nos previene que nuestra justicia debe ser mayor a la de los Escribas y Fariseos.
La letra de la Ley se convierte en una trampa cuando es aplicada por quienes no tienen caridad.
Trágicamente, muchas personas creen que la verdad y la caridad son opuestas. Escuchamos comentarios como: “quieres que te diga la verdad o que sea bueno contigo” ¿Por que no podemos hacer las dos cosas?
La verdad no es brutal ni falsa la caridad.
Cuando la verdad aparece brutal, es porque algo no esta bien. Es porque lo que creemos ser verdad, no lo es, o probablemente y con mayor frecuencia es porque la verdad lastima nuestra vanidad y orgullo. La letra de la ley cuando es empujada a un extremo, deja de ser verdaderamente la ley, porque cuenta con un elemento de mala interpretación de ella, por lo tanto es una mentira.
Una vez que nos desviamos del espíritu e intención de la ley, dejamos de tener la verdad, es en esta forma que hacemos a un lado la caridad.
La “caridad” de esta manera, es falsa, luego entonces no es caridad, cuando intentamos proteger la vanidad y el orgullo.
El movimiento carismático, es bien conocido por esta falsa caridad, al usar tan frecuentemente y de manera discriminada la palabra “amor” y “caridad” le han quitado todo vestigio de su significado original. La caridad no tiene nada que ver con “aceptar los unos a los otros tal y como somos y sin reservas”, se ha cantado ad nauseam el “amar al pecador y odiar al pecado”.
Si realmente amamos al pecador, no lo aceptamos tal y como es apoyándolo en su vida pecaminosa. El verdadero amor exige que ayudemos al pecador a cambiar su vida y vivirla en conformidad como Dios quiere que viva.
Tal vez esta sea la causa por la que el pecador nos odie y deteste, es decir por el amor que le demostramos. Esto es tal vez, de lo que huyen muchos y es en esto que su “caridad” es descubierta como falsa. Prefieren voltear a otro lado y permitir que estos individuos continúen por el sendero que termina en su total destrucción, por no “enfadarlos” al señalarles la verdad y hacer todo lo que este a su alcance para desviar estas almas de la destrucción a la que se dirigen.
Esto no es inspiración del amor, por el contrario, este evitar el conflicto, es una actitud cobarde, basada en un amor propio originada en el infierno, alejada de la caridad hacia el prójimo; es más bien, una indiferencia que, es peor que el odio directo.
Decir que deseamos que el Budista sea un mejor budista o que un Hindú sea mejor hindú, etc., no es caridad, es mas bien un odio perverso, porque al aceptarlos como son, nos convertimos en contribuyentes directos en su autodestrucción.
Eso ni es caridad ni es la verdad.
Tales individuos deberían ser arrojados al llanto y crujir de dientes, porque les falta el vestido apropiada para la Boda, la caridad, que es necesaria para conservar la pertenencia y presencia en la Iglesia.
Amen.
Queridos Hermanos:
Todos han sido invitados a la Boda (Reino, celestial, la Iglesia Católica) sin embargo, muchos han rechazan entrar a esta. Quienes debieron entrar pero rechazaron la invitación, se dan cuenta ahora que, son excluidos y la invitación se le ha dado a otra persona.
Entre quienes han aceptado la invitación, los hay, sin embargo, que no merecen esta pertenencia por no cooperar con la gracia de Dios (se niegan a portar el vestido de bodas). Cuando se les cuestiona sobre este punto, vemos que la mayoría de estos individuos, al no saber que responder se muestran perplejos, pues saben, que no tienen excusas.
Al preguntarles por qué son católicos, responden de la misma manera, al no saber que es lo que hacen en la Iglesia Católica. Al igual que el hombre que no lleva la vestimenta adecuada de la boda, desconocen porque están en la fiesta y no llevan el vestido apropiado. Ambos grupos de quedan pelando los ojos con el silencio tonto de la ignorancia. Es como si no entendieran la pregunta.
En algunas otras ocasiones, las respuestas que estos individuos ofrecen, son peores que el silencio, ya que con frecuencia estos “católicos” ignoran lo que son. Sus razones son “porque mis padres lo fueron”, “esta es la forma en que he crecido”, o “era la iglesia mas cercana a donde vivíamos”.
Si se les pregunta sobre su fe. Nuevamente la respuesta es un completo silencio, por la incomprensión de la pregunta. Por no conocer su fe, luego entonces no saben que creer y creen solo lo que este incluido en su hedonismo materialista y egocéntrico.
La vestimenta de esta boda simboliza la caridad, esta no aparece en el alma de muchos “católicos”. Todo el mensaje de Jesucristo y consecuentemente la fe de la Iglesia, esta empapada de la gracia de la caridad. La falta de esta gran virtud es como si estuviéramos vacíos del origen de la vida, de la Iglesia.
Sin la virtud de la caridad no podemos participar del espíritu de la Iglesia, consecuentemente no podemos unirnos espiritualmente con Cristo y el Espíritu Santo. De esta manera, podemos ver, que sin la vestidura de la caridad, todo lo “bueno” que tengamos, no sirve de nada. Es ser realmente hipócrita pretender tener esta virtud, cuando es precisamente esta la que nos hace falta.
Sin amor, ni podemos creer ni entender correctamente.
Cualquier pretensión de justicia sin caridad es una mentira; razón por la cual Nuestro Señor Jesucristo, nos previene que nuestra justicia debe ser mayor a la de los Escribas y Fariseos.
La letra de la Ley se convierte en una trampa cuando es aplicada por quienes no tienen caridad.
Trágicamente, muchas personas creen que la verdad y la caridad son opuestas. Escuchamos comentarios como: “quieres que te diga la verdad o que sea bueno contigo” ¿Por que no podemos hacer las dos cosas?
La verdad no es brutal ni falsa la caridad.
Cuando la verdad aparece brutal, es porque algo no esta bien. Es porque lo que creemos ser verdad, no lo es, o probablemente y con mayor frecuencia es porque la verdad lastima nuestra vanidad y orgullo. La letra de la ley cuando es empujada a un extremo, deja de ser verdaderamente la ley, porque cuenta con un elemento de mala interpretación de ella, por lo tanto es una mentira.
Una vez que nos desviamos del espíritu e intención de la ley, dejamos de tener la verdad, es en esta forma que hacemos a un lado la caridad.
La “caridad” de esta manera, es falsa, luego entonces no es caridad, cuando intentamos proteger la vanidad y el orgullo.
El movimiento carismático, es bien conocido por esta falsa caridad, al usar tan frecuentemente y de manera discriminada la palabra “amor” y “caridad” le han quitado todo vestigio de su significado original. La caridad no tiene nada que ver con “aceptar los unos a los otros tal y como somos y sin reservas”, se ha cantado ad nauseam el “amar al pecador y odiar al pecado”.
Si realmente amamos al pecador, no lo aceptamos tal y como es apoyándolo en su vida pecaminosa. El verdadero amor exige que ayudemos al pecador a cambiar su vida y vivirla en conformidad como Dios quiere que viva.
Tal vez esta sea la causa por la que el pecador nos odie y deteste, es decir por el amor que le demostramos. Esto es tal vez, de lo que huyen muchos y es en esto que su “caridad” es descubierta como falsa. Prefieren voltear a otro lado y permitir que estos individuos continúen por el sendero que termina en su total destrucción, por no “enfadarlos” al señalarles la verdad y hacer todo lo que este a su alcance para desviar estas almas de la destrucción a la que se dirigen.
Esto no es inspiración del amor, por el contrario, este evitar el conflicto, es una actitud cobarde, basada en un amor propio originada en el infierno, alejada de la caridad hacia el prójimo; es más bien, una indiferencia que, es peor que el odio directo.
Decir que deseamos que el Budista sea un mejor budista o que un Hindú sea mejor hindú, etc., no es caridad, es mas bien un odio perverso, porque al aceptarlos como son, nos convertimos en contribuyentes directos en su autodestrucción.
Eso ni es caridad ni es la verdad.
Tales individuos deberían ser arrojados al llanto y crujir de dientes, porque les falta el vestido apropiada para la Boda, la caridad, que es necesaria para conservar la pertenencia y presencia en la Iglesia.
Amen.
Saturday, September 25, 2010
FESTIVIDAD DE LOS SANTOS ISAAC JOGUES, JOHN DEBREBEUF Y COMPAÑEROS
26 de septiembre de 2010
Queridos Hermanos:
El día de hoy celebramos la belleza y alegrías espirituales, de estos Mártires Jesuitas Franceses:
Isaac Jogues, John de Brebeuf, Charles Garnier, Anthony Daniel, Gabriel Lallemant, Noel Chabanel, John de Lalande, and Rene Goupil.
Estos fueron algunos de los misioneros que predicaron el evangelio a los Indios Hurones e iroqueses de los Estados Unidos y Canadá. Fueron martirizados por los iroqueses en los años 1642, 1648 y 1649. El Papa Pío XI los beatifico el 21 de Junio de 1925 y en 1930 fueron canonizados por el mismo Papa.
Frecuentemente olvidamos, el precio que se ha pagado para que nosotros tuviéramos la Fe; de igual manera fallamos en apreciar y mostrar nuestra apreciación por lo que hemos recibido. Muchos católicos nacidos en esta fe y algunos conversos se han vuelto indiferentes a los grandes sacrificios hechos en el pasado para preservar y trasmitirnos la Fe que ahora tenemos.
Tal vez no nos beneficiamos directamente como lo hicieron los Indios Nativos Norteamericanos, por los sacrificios realizados por estos santos; sin embargo, si hubo muchos otros que, han hecho sacrificios por nosotros de manera directa o indirecta, a través de nuestros ancestros.
Somos todos nosotros, miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, por lo tanto, lo que beneficia a uno de sus miembros nos beneficia a todos. Es decir que de una manera u otra hemos todos recibido los beneficios del sacrificio y martirio de estos santos.
Estos hombres se presentaron de la misma manera que San Pablo a los Corintios. No como una carga o para colocar una carga a los demás, sino para ofrecerles un gran tesoro. Existen muchos, hoy día, que consideran a la Iglesia Católica como una carga pesada impuesto sobre ellos así como existen muchos otros que se han sacudido fuertemente para quitársela de encima y poder llevar en todo lo posible, una vida hedonista.
La fe Católica es una carga para los malvados, y un gran tesoro a los buenos, que los llena de paz y alegría. Quienes llevaron la fe a los demás, les llevaron reglas y reglamentos, es verdad; los enseñaron a no matar, no mentir, no robar, no engañar, etc. Para quienes aman tales males, la Fe es una verdadera carga, que oprime sus pasiones y amor desordenado. Para quienes están por encima de estas cosas, no es una carga sino una llave que libera su alma. Sin las pesadas cargas del pecado, estas almas, llenas de amor se elevan por las alturas místicas del cielo.
Todos los buenos misioneros de todas las épocas, vivieron, materialmente hablando, una vida minimalista, sin exigir mucho sobre quienes habrían de convertir. Eran los pobres de espíritu, quienes pasaban hambres y lloraban amargamente, quienes eran odiados y rechazados. Quienes voluntariamente hacían sacrificios para no cargar de mayores sacrificios a sus conversos. Vinieron a dar, no a recibir.
Estos grandes hombres a través de sus sacrificios, merecieron para muchos, la gracia de la Fe y la Salvación. En algunos casos como recompensa a sus sacrificios algunos de sus conversos se hicieron de la misma manera misioneros. Siguiendo sus pasos, con el mismo amor y fervor de quienes les precedieron y fueron su inspiración, pasaron de una generación a otra la práctica del sacrificio y mortificación, el don de la fe y el Amor.
Estos sacrificios y mortificaciones; esta fe y amor han sido libre y voluntariamente entregado a todos nosotros. Debemos estar consientes del valor en que debe colocarse y dar a estos dones. A qué precio, nuestros ancestros recibieron, preservaron y trasmitieron esta Fe. Sin embargo, sabemos que muchos modernistas, recogen algunos de los beneficios materiales de estos sacrificios sólo para deshacerse de ellos, sin mencionar los beneficios espirituales que son ignorados y pisoteados.
Agradezcamos a Dios y a todos los santos del cielo y la gran cantidad de almas del Purgatorio, por todo lo que han hecho por nosotros; mostremos nuestro agradecimiento no sólo honrando a los que están en el cielo y orando por lo que están en el purgatorio, sino que de igual manera atesorando estos dones que nos ha dejado.
Preservemos estos tesoros de toda corrupción y tal vez agreguemos más a su gloria, al trasmitirla a la próxima generación.
Que malo para nosotros y para quienes vienen después de nosotros, si fallamos en la obligación que tenemos de recibir, proteger y trasmitir a los demás, este gran tesoro de la Fe.
Así sea
Queridos Hermanos:
El día de hoy celebramos la belleza y alegrías espirituales, de estos Mártires Jesuitas Franceses:
Isaac Jogues, John de Brebeuf, Charles Garnier, Anthony Daniel, Gabriel Lallemant, Noel Chabanel, John de Lalande, and Rene Goupil.
Estos fueron algunos de los misioneros que predicaron el evangelio a los Indios Hurones e iroqueses de los Estados Unidos y Canadá. Fueron martirizados por los iroqueses en los años 1642, 1648 y 1649. El Papa Pío XI los beatifico el 21 de Junio de 1925 y en 1930 fueron canonizados por el mismo Papa.
Frecuentemente olvidamos, el precio que se ha pagado para que nosotros tuviéramos la Fe; de igual manera fallamos en apreciar y mostrar nuestra apreciación por lo que hemos recibido. Muchos católicos nacidos en esta fe y algunos conversos se han vuelto indiferentes a los grandes sacrificios hechos en el pasado para preservar y trasmitirnos la Fe que ahora tenemos.
Tal vez no nos beneficiamos directamente como lo hicieron los Indios Nativos Norteamericanos, por los sacrificios realizados por estos santos; sin embargo, si hubo muchos otros que, han hecho sacrificios por nosotros de manera directa o indirecta, a través de nuestros ancestros.
Somos todos nosotros, miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, por lo tanto, lo que beneficia a uno de sus miembros nos beneficia a todos. Es decir que de una manera u otra hemos todos recibido los beneficios del sacrificio y martirio de estos santos.
Estos hombres se presentaron de la misma manera que San Pablo a los Corintios. No como una carga o para colocar una carga a los demás, sino para ofrecerles un gran tesoro. Existen muchos, hoy día, que consideran a la Iglesia Católica como una carga pesada impuesto sobre ellos así como existen muchos otros que se han sacudido fuertemente para quitársela de encima y poder llevar en todo lo posible, una vida hedonista.
La fe Católica es una carga para los malvados, y un gran tesoro a los buenos, que los llena de paz y alegría. Quienes llevaron la fe a los demás, les llevaron reglas y reglamentos, es verdad; los enseñaron a no matar, no mentir, no robar, no engañar, etc. Para quienes aman tales males, la Fe es una verdadera carga, que oprime sus pasiones y amor desordenado. Para quienes están por encima de estas cosas, no es una carga sino una llave que libera su alma. Sin las pesadas cargas del pecado, estas almas, llenas de amor se elevan por las alturas místicas del cielo.
Todos los buenos misioneros de todas las épocas, vivieron, materialmente hablando, una vida minimalista, sin exigir mucho sobre quienes habrían de convertir. Eran los pobres de espíritu, quienes pasaban hambres y lloraban amargamente, quienes eran odiados y rechazados. Quienes voluntariamente hacían sacrificios para no cargar de mayores sacrificios a sus conversos. Vinieron a dar, no a recibir.
Estos grandes hombres a través de sus sacrificios, merecieron para muchos, la gracia de la Fe y la Salvación. En algunos casos como recompensa a sus sacrificios algunos de sus conversos se hicieron de la misma manera misioneros. Siguiendo sus pasos, con el mismo amor y fervor de quienes les precedieron y fueron su inspiración, pasaron de una generación a otra la práctica del sacrificio y mortificación, el don de la fe y el Amor.
Estos sacrificios y mortificaciones; esta fe y amor han sido libre y voluntariamente entregado a todos nosotros. Debemos estar consientes del valor en que debe colocarse y dar a estos dones. A qué precio, nuestros ancestros recibieron, preservaron y trasmitieron esta Fe. Sin embargo, sabemos que muchos modernistas, recogen algunos de los beneficios materiales de estos sacrificios sólo para deshacerse de ellos, sin mencionar los beneficios espirituales que son ignorados y pisoteados.
Agradezcamos a Dios y a todos los santos del cielo y la gran cantidad de almas del Purgatorio, por todo lo que han hecho por nosotros; mostremos nuestro agradecimiento no sólo honrando a los que están en el cielo y orando por lo que están en el purgatorio, sino que de igual manera atesorando estos dones que nos ha dejado.
Preservemos estos tesoros de toda corrupción y tal vez agreguemos más a su gloria, al trasmitirla a la próxima generación.
Que malo para nosotros y para quienes vienen después de nosotros, si fallamos en la obligación que tenemos de recibir, proteger y trasmitir a los demás, este gran tesoro de la Fe.
Así sea
Saturday, September 18, 2010
DOMINGO 17 DESPUÉS DE PENTECOSTES
19 DE SEPTIEMBRE DE 2010
Queridos Hermanos:
El mayor de los Mandamientos es amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y con toda nuestra alma, es decir, con todo nuestro ser.
Todo lo que tenemos y somos, todas nuestras facultades de cuerpo y alma, han sido creadas para un propósito supremo, amar a Dios. Todo lo demás ocupa un segundo lugar, todo lo demás se nos ha dado para ayudarnos a lograr esta obligación.
Jesucristo Nuestro Señor vino y exigió este amor por El. “Si amas al Padre debes amarme a Mí” y la razón para este amor nos lo demuestra en la pregunta que les hace a los Fariseos. ¿Quién es Cristo y quien es El, el Hijo de David y de igual manera el Señor de David? Los fariseos no pudieron responder a estas preguntas, pero nosotros sí podemos.
Sabemos que Cristo es Dios y hombre. Es verdaderamente el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; verdaderamente hombre de la descendencia de David y nacido de la Santísima Virgen María. En esta capacidad nos enseña como Dios y, nos invita a amarlo como Dios. Para llegar al Padre debemos hacerlo por medio del Hijo. Amar al Padre es amar al Hijo.
Por lo tanto somos todos invitados, a amar a Cristo con todo nuestro ser. Debemos seguir a Jesucristo sin importarnos lo demás, si El así nos lo pidiera. No nos pide siempre este sacrificio supremo, porque nos ha enseñado como podemos cumplir todo lo que nos ha enseñado, sin negarle a Él, nuestro amor.
San Pablo nos dice claramente que no importa que es lo que hacemos, si comemos, ayunamos, si dormimos o estamos alerta, si trabajamos o jugamos etc. Siempre y cuando todo lo que hagamos lo hagamos por el amor de Dios. De esta manera podemos poseer y disfrutar todo lo que Dios ha creado siempre y cuando todo lo hagamos por amor a Él.
Dios al ser infinitamente bueno es, por lo tanto, infinitamente fácil de ser amado, sin embargo, nosotros como creaturas limitadas, somos incapaces de amarlo infinitamente. Por lo tanto, es imperativo que lo amemos con toda nuestra capacidad posible. Debemos amarlo completamente, con un amor preferencial. Debemos amarlo mucho más que a nuestros padres, esposa, hijos, amigos y más que a nosotros mismos.
Concluyamos erróneamente que no podemos amar a nadie más porque sólo podemos amar a Dios. Cristo nos señala que el Segundo Mandamiento es como el primero, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Dios nos dice que nos amemos primero a nosotros y luego amemos a los demás de la misma manera. Debemos amar todo lo que Él ama de la misma manera que Él lo hace. Dios, de acuerdo a las Sagradas Escrituras, no odia nada de lo que ha creado. Sólo odia el pecado, y este, no es Su creación.
Todo lo que Dios ama tiene una referencia a sí mismo y más precisamente es El a quien El ama, en todo lo que ama. Los seres creados al no ser nada en sí mismo, no tienen nada para ser amado, excepto lo que Dios ha puesto en ellos. Dios ha establecido en el hombre, que está hecho a Su imagen y semejanza, los mismos deseos que reinan en Si mismo. Es precisamente en esto, en que debemos asemejarnos a Dios.
Esto es lo que constituye nuestra bondad moral. San Agustín nos dice que nuestro amor ya sea bien o mal regulado forma lo bueno o malo de nuestra moral. Y la regla de nuestro amor debe estar tomada, únicamente de Dios.
Vemos el Segundo Mandamiento, de amar a los demás, como nos amamos a nosotros mismos, reforzado en la epístola de san Pablo para este día.
“Os ruego yo, que procedáis dignamente en la vocación a que habéis sido llamado, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos los unos a los otros con caridad, solícitos a guardar la unidad del espíritu con el vinculo de la paz. Ser un solo cuerpo y un solo espíritu.”
Dios se ama a Si mismo, de tal manera que, sólo ama por Si mismo, cualquier cosa que ama fuera de Si mismo. Nuestro amor debe ser de la misma naturaleza, no en lo infinito, porque eso es imposible, es decir que debe ser soberano; es decir, el principio y el fin de todos nuestros deseos, el amor de Dios, por lo tanto, debe extenderse a todo lo que amamos fuera de Dios, debe ser el motivo, la regla, y el fin de todo nuestro amor.
Para empezar con nosotros mismos, el amor a nuestro cuerpo y todas las cosas relativas a este, debe ser en referencia al amor de nuestra alma, y el amor a esta debe ser en relación al amor que tenemos a Dios, luego entonces, sólo amaremos nuestra alma en la manera que amamos a Dios, con el amor que Dios la ama, con el mismo punto de vista y por el mismo fin que Dios la ama. Cuando el amor a nosotros mismos está bien regulado, el amor a nuestro prójimo será de la misma manera regulado.
De la misma manera que deseamos complacer a Dios y regresarle su amor al unir nuestra alma con El, así es como deseamos complacer a Dios ayudando al alma de los demás a que hagan lo mismo. El amor a los demás que no tiene relación con su salvación eterna no puede ser considerado como amor. Muy por el contrario, tal “amor” que sólo busca un placer o comodidad personal, permaneciendo indiferente a la salvación eterna de quien decimos amar, no es otra cosa más que lujuria.
Vemos, luego entonces que, Cristo no ordena dos amores diferentes, sino uno sólo que cubre los dos primeros mandamientos. El amor a nuestro prójimo debe ser el mismo amor que tenemos por Dios (no que debemos amarlos como dioses), debemos amar todo lo que Dios ama en la manera que El lo hace. Es decir que el amor a nuestro prójimo inicia y termina en el amor a Dios. Porque Dios tanto los ama que los ha creado y mantiene en esta existencia y además que, ha muerto en la Cruz por ellos, como lo ha hecho con todos nosotros, esto nos muestra que tan valiosos somos para El. Luego entonces debemos nosotros de esta misma manera amar a nuestro prójimo.
Con este amor tan singular que iniciamos en Dios y lo reflejamos en toda Su creación nos encontramos centrados con todo nuestro ser en Él mismo.
Así sea.
Queridos Hermanos:
El mayor de los Mandamientos es amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y con toda nuestra alma, es decir, con todo nuestro ser.
Todo lo que tenemos y somos, todas nuestras facultades de cuerpo y alma, han sido creadas para un propósito supremo, amar a Dios. Todo lo demás ocupa un segundo lugar, todo lo demás se nos ha dado para ayudarnos a lograr esta obligación.
Jesucristo Nuestro Señor vino y exigió este amor por El. “Si amas al Padre debes amarme a Mí” y la razón para este amor nos lo demuestra en la pregunta que les hace a los Fariseos. ¿Quién es Cristo y quien es El, el Hijo de David y de igual manera el Señor de David? Los fariseos no pudieron responder a estas preguntas, pero nosotros sí podemos.
Sabemos que Cristo es Dios y hombre. Es verdaderamente el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; verdaderamente hombre de la descendencia de David y nacido de la Santísima Virgen María. En esta capacidad nos enseña como Dios y, nos invita a amarlo como Dios. Para llegar al Padre debemos hacerlo por medio del Hijo. Amar al Padre es amar al Hijo.
Por lo tanto somos todos invitados, a amar a Cristo con todo nuestro ser. Debemos seguir a Jesucristo sin importarnos lo demás, si El así nos lo pidiera. No nos pide siempre este sacrificio supremo, porque nos ha enseñado como podemos cumplir todo lo que nos ha enseñado, sin negarle a Él, nuestro amor.
San Pablo nos dice claramente que no importa que es lo que hacemos, si comemos, ayunamos, si dormimos o estamos alerta, si trabajamos o jugamos etc. Siempre y cuando todo lo que hagamos lo hagamos por el amor de Dios. De esta manera podemos poseer y disfrutar todo lo que Dios ha creado siempre y cuando todo lo hagamos por amor a Él.
Dios al ser infinitamente bueno es, por lo tanto, infinitamente fácil de ser amado, sin embargo, nosotros como creaturas limitadas, somos incapaces de amarlo infinitamente. Por lo tanto, es imperativo que lo amemos con toda nuestra capacidad posible. Debemos amarlo completamente, con un amor preferencial. Debemos amarlo mucho más que a nuestros padres, esposa, hijos, amigos y más que a nosotros mismos.
Concluyamos erróneamente que no podemos amar a nadie más porque sólo podemos amar a Dios. Cristo nos señala que el Segundo Mandamiento es como el primero, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Dios nos dice que nos amemos primero a nosotros y luego amemos a los demás de la misma manera. Debemos amar todo lo que Él ama de la misma manera que Él lo hace. Dios, de acuerdo a las Sagradas Escrituras, no odia nada de lo que ha creado. Sólo odia el pecado, y este, no es Su creación.
Todo lo que Dios ama tiene una referencia a sí mismo y más precisamente es El a quien El ama, en todo lo que ama. Los seres creados al no ser nada en sí mismo, no tienen nada para ser amado, excepto lo que Dios ha puesto en ellos. Dios ha establecido en el hombre, que está hecho a Su imagen y semejanza, los mismos deseos que reinan en Si mismo. Es precisamente en esto, en que debemos asemejarnos a Dios.
Esto es lo que constituye nuestra bondad moral. San Agustín nos dice que nuestro amor ya sea bien o mal regulado forma lo bueno o malo de nuestra moral. Y la regla de nuestro amor debe estar tomada, únicamente de Dios.
Vemos el Segundo Mandamiento, de amar a los demás, como nos amamos a nosotros mismos, reforzado en la epístola de san Pablo para este día.
“Os ruego yo, que procedáis dignamente en la vocación a que habéis sido llamado, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos los unos a los otros con caridad, solícitos a guardar la unidad del espíritu con el vinculo de la paz. Ser un solo cuerpo y un solo espíritu.”
Dios se ama a Si mismo, de tal manera que, sólo ama por Si mismo, cualquier cosa que ama fuera de Si mismo. Nuestro amor debe ser de la misma naturaleza, no en lo infinito, porque eso es imposible, es decir que debe ser soberano; es decir, el principio y el fin de todos nuestros deseos, el amor de Dios, por lo tanto, debe extenderse a todo lo que amamos fuera de Dios, debe ser el motivo, la regla, y el fin de todo nuestro amor.
Para empezar con nosotros mismos, el amor a nuestro cuerpo y todas las cosas relativas a este, debe ser en referencia al amor de nuestra alma, y el amor a esta debe ser en relación al amor que tenemos a Dios, luego entonces, sólo amaremos nuestra alma en la manera que amamos a Dios, con el amor que Dios la ama, con el mismo punto de vista y por el mismo fin que Dios la ama. Cuando el amor a nosotros mismos está bien regulado, el amor a nuestro prójimo será de la misma manera regulado.
De la misma manera que deseamos complacer a Dios y regresarle su amor al unir nuestra alma con El, así es como deseamos complacer a Dios ayudando al alma de los demás a que hagan lo mismo. El amor a los demás que no tiene relación con su salvación eterna no puede ser considerado como amor. Muy por el contrario, tal “amor” que sólo busca un placer o comodidad personal, permaneciendo indiferente a la salvación eterna de quien decimos amar, no es otra cosa más que lujuria.
Vemos, luego entonces que, Cristo no ordena dos amores diferentes, sino uno sólo que cubre los dos primeros mandamientos. El amor a nuestro prójimo debe ser el mismo amor que tenemos por Dios (no que debemos amarlos como dioses), debemos amar todo lo que Dios ama en la manera que El lo hace. Es decir que el amor a nuestro prójimo inicia y termina en el amor a Dios. Porque Dios tanto los ama que los ha creado y mantiene en esta existencia y además que, ha muerto en la Cruz por ellos, como lo ha hecho con todos nosotros, esto nos muestra que tan valiosos somos para El. Luego entonces debemos nosotros de esta misma manera amar a nuestro prójimo.
Con este amor tan singular que iniciamos en Dios y lo reflejamos en toda Su creación nos encontramos centrados con todo nuestro ser en Él mismo.
Así sea.
Saturday, September 11, 2010
DOMINGO 16 DESPUÉS DE PENTECÓSTES
12 DE SEPTIEMBRE DE 2010
Queridos Hermanos:
Debemos, constantemente buscar y, recordar que debemos practicar la humildad.
Nuestra naturaleza, caída por el pecado incesantemente nos está cacareando y haciéndonos creer más importantes, de lo que verdaderamente somos. La humildad es la verdad, por lo tanto sólo la posición humilde y el correcto valor de nosotros mismos es lo que debemos siempre buscar.
Todo lo que tenemos y somos nos ha sido dado, podemos decir con San Pablo: “Soy lo que soy por la gracia de Dios”.
Lo único que podemos reclamar como nuestro son nuestros pecados. Así como la oscuridad es la ausencia de luz, de la misma manera, el pecado es la ausencia de alguna virtud o bien, en nosotros. Y en toda verdad, lo único que podemos darle a Dios es regresarle los dones que nos ha dado y que son de Él.
La naturaleza caída por el pecado está constantemente atribuyéndose las cualidades a sí misma. En esto podemos decir que es una mentirosa y una ladrona. Es robar el honor y gloria que le pertenecen sólo a Dios, por hacer el bien en nosotros y, es una mentirosa, nuestra naturaleza caída, porque no somos nosotros los autores o propietarios de nosotros mismos, mucho menos de lo bueno que tengamos.
Pertenecemos completamente a Dios. Esto es lo que nuestra naturaleza caída se rehúsa aceptar. Es aquí donde se inicia nuestra constante lucha en aceptar ser humildes y vivir en la verdad.
Entendiendco correctamento esto, sobre nosotros mismos, somos forzados a ocupar los puestos más insignificantes. Nos humillamos delante de Dios y de nuestro prójimo.
Jesucristo Nuestro Señor nos da el ejemplo perfecto de esto y de lo que debemos hacer. Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, tomó nuestra condición humana, el Creador se convirtió en creatura. Cristo no sólo se convirtió en uno como nosotros, sino que se hizo el más humilde de todos.
Decidió ser hijo de un carpintero, tan pobre que nació en un establo, escogió la muerte más humillante posible. Es decir que siendo El mayor de todos, se convirtió en el más humilde.
Al considerar la vida de Cristo escuchamos Su voz que nos dice:
“Toma tu cruz diariamente y ven sígueme”.
Todo aquel que ama a Dios es seguidor de Jesucristo.
Nadie llega al Padre excepto a través de Su Hijo.
Luego entonces el único camino seguro de obtener el cielo es haciéndonos humildes.
El dolor, sufrimiento y las humillaciones son la herencia que recibe todo mortal.
Tanto ricos como pobres, del mayor al menor, todos habrán de sufrir y morir. No hay forma de escapar a la cruz. Cristo y los santos nos han dado muestra de cómo podemos amar y encontrar el placer y la dulzura de esta, mientras estamos en este mundo y hacer méritos para la gloria eterna en el cielo. Las personas que obran con gran maldad y las que ya están en esta vida condenadas, nos muestran que, independientemente de lo que hagan para evitar el sufrimiento y alejarse de las cruces de esta vida, no encuentran escapatoria. Hagan lo que hagan siempre las tienen acariciándoles el rostro. Y lo que es más terrible, mientras más repudian y tratan escapar de la cruz, más pesada y dolorosa se convierte y en lugar de dejarla por completo, como lo están buscando, se dan cuenta trágicamente que, no solo los ha seguido hasta la eternidad, sino que es muchas veces peor a como era cuando estaban aquí en la tierra y que lamentablemente no podrán beneficiarse con ella al final.
Debemos constantemente luchar en contra de nuestra vanidad y orgullo y para tener éxito debemos voluntariamente y con verdadero amor buscar nuestra cruz. San Pablo les pide a los fieles de Efesios que no se preocupen demasiado sobre sus tribulaciones.
Los sufrimientos y pruebas son para su gloria. San Pablo imitando a nuestro señor Jesucristo estaba lleno de tanto amor que, voluntariamente abrazaba el sufrimiento por la salvación de los demás. Debemos nosotros hacer lo mismo, amar la cruz. El camino seguro para lograr esto es a través de la verdadera humildad. Una vez que entendemos que hemos caído antes de lograr nuestro objetivo, que no hemos vivido como debemos hacerlo, necesariamente debemos encontrar refugio en el único lugar que nos pertenece, el último, la humildad.
No somos mejor que el resto de las personas. Por el contario debemos ser capaces de encontrar las muchas razones, por las que somos peor que ellos.
San Francisco de Asís en cierta ocasión se consideró peor que un criminal que era conducido a su ejecución. No fue una exagerada piedad o falsa humildad, sino la verdad y, podemos entender esto cuando entremos en su manera de pensar y sentir. Si aquel hombre conducido a su justa ejecución, hubiera recibido las gracias que nosotros hemos recibido, probablemente hubiera sido mucho mejor que nosotros, y si nos encontráramos en la posición en que se encontraba este, tal vez, hubiéramos muy probablemente, actuado peor que el. O por el contario tal vez lo que este hombre hizo, sería mucho menos malo que, lo que nosotros hemos deseado o pensado hacer.
Al conocernos a nosotros mismos de esta manera, será más fácil poder ser humildes y buscar los lugares más insignificantes. De esta manera encontramos poca o no dificultad en preferir a los demás antes que a nosotros mismos. Al igual que al Publicano, sabemos que no merecemos nada, pero a la distancia (porque sabemos, sin pecar de ignorancia que, no podemos acercarnos más) elevamos nuestro corazón en oración humilde a Dios suplicando misericordia. “señor ten misericordia de mi, pobre pecador” no tenemos la osadía de pedir más porque en toda justicia sólo merecemos la condenación.
Es en esta humildad voluntariamente aceptada, abrazada de la cruz, que complacemos a Dios. Porque esto es la verdad. Y para tal alma, como esta, no importa que tan grave sean sus pecados o que tan negra se haya convertido su alma, Dios otorga Su misericordia. Limpia su alma, los levanta y los llama amigos. “Amigo, sube un escalón más”.
Es así como el último se convierte en el primero, el más insignificante se convierte en el más importante. El humilde es glorificado.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Debemos, constantemente buscar y, recordar que debemos practicar la humildad.
Nuestra naturaleza, caída por el pecado incesantemente nos está cacareando y haciéndonos creer más importantes, de lo que verdaderamente somos. La humildad es la verdad, por lo tanto sólo la posición humilde y el correcto valor de nosotros mismos es lo que debemos siempre buscar.
Todo lo que tenemos y somos nos ha sido dado, podemos decir con San Pablo: “Soy lo que soy por la gracia de Dios”.
Lo único que podemos reclamar como nuestro son nuestros pecados. Así como la oscuridad es la ausencia de luz, de la misma manera, el pecado es la ausencia de alguna virtud o bien, en nosotros. Y en toda verdad, lo único que podemos darle a Dios es regresarle los dones que nos ha dado y que son de Él.
La naturaleza caída por el pecado está constantemente atribuyéndose las cualidades a sí misma. En esto podemos decir que es una mentirosa y una ladrona. Es robar el honor y gloria que le pertenecen sólo a Dios, por hacer el bien en nosotros y, es una mentirosa, nuestra naturaleza caída, porque no somos nosotros los autores o propietarios de nosotros mismos, mucho menos de lo bueno que tengamos.
Pertenecemos completamente a Dios. Esto es lo que nuestra naturaleza caída se rehúsa aceptar. Es aquí donde se inicia nuestra constante lucha en aceptar ser humildes y vivir en la verdad.
Entendiendco correctamento esto, sobre nosotros mismos, somos forzados a ocupar los puestos más insignificantes. Nos humillamos delante de Dios y de nuestro prójimo.
Jesucristo Nuestro Señor nos da el ejemplo perfecto de esto y de lo que debemos hacer. Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, tomó nuestra condición humana, el Creador se convirtió en creatura. Cristo no sólo se convirtió en uno como nosotros, sino que se hizo el más humilde de todos.
Decidió ser hijo de un carpintero, tan pobre que nació en un establo, escogió la muerte más humillante posible. Es decir que siendo El mayor de todos, se convirtió en el más humilde.
Al considerar la vida de Cristo escuchamos Su voz que nos dice:
“Toma tu cruz diariamente y ven sígueme”.
Todo aquel que ama a Dios es seguidor de Jesucristo.
Nadie llega al Padre excepto a través de Su Hijo.
Luego entonces el único camino seguro de obtener el cielo es haciéndonos humildes.
El dolor, sufrimiento y las humillaciones son la herencia que recibe todo mortal.
Tanto ricos como pobres, del mayor al menor, todos habrán de sufrir y morir. No hay forma de escapar a la cruz. Cristo y los santos nos han dado muestra de cómo podemos amar y encontrar el placer y la dulzura de esta, mientras estamos en este mundo y hacer méritos para la gloria eterna en el cielo. Las personas que obran con gran maldad y las que ya están en esta vida condenadas, nos muestran que, independientemente de lo que hagan para evitar el sufrimiento y alejarse de las cruces de esta vida, no encuentran escapatoria. Hagan lo que hagan siempre las tienen acariciándoles el rostro. Y lo que es más terrible, mientras más repudian y tratan escapar de la cruz, más pesada y dolorosa se convierte y en lugar de dejarla por completo, como lo están buscando, se dan cuenta trágicamente que, no solo los ha seguido hasta la eternidad, sino que es muchas veces peor a como era cuando estaban aquí en la tierra y que lamentablemente no podrán beneficiarse con ella al final.
Debemos constantemente luchar en contra de nuestra vanidad y orgullo y para tener éxito debemos voluntariamente y con verdadero amor buscar nuestra cruz. San Pablo les pide a los fieles de Efesios que no se preocupen demasiado sobre sus tribulaciones.
Los sufrimientos y pruebas son para su gloria. San Pablo imitando a nuestro señor Jesucristo estaba lleno de tanto amor que, voluntariamente abrazaba el sufrimiento por la salvación de los demás. Debemos nosotros hacer lo mismo, amar la cruz. El camino seguro para lograr esto es a través de la verdadera humildad. Una vez que entendemos que hemos caído antes de lograr nuestro objetivo, que no hemos vivido como debemos hacerlo, necesariamente debemos encontrar refugio en el único lugar que nos pertenece, el último, la humildad.
No somos mejor que el resto de las personas. Por el contario debemos ser capaces de encontrar las muchas razones, por las que somos peor que ellos.
San Francisco de Asís en cierta ocasión se consideró peor que un criminal que era conducido a su ejecución. No fue una exagerada piedad o falsa humildad, sino la verdad y, podemos entender esto cuando entremos en su manera de pensar y sentir. Si aquel hombre conducido a su justa ejecución, hubiera recibido las gracias que nosotros hemos recibido, probablemente hubiera sido mucho mejor que nosotros, y si nos encontráramos en la posición en que se encontraba este, tal vez, hubiéramos muy probablemente, actuado peor que el. O por el contario tal vez lo que este hombre hizo, sería mucho menos malo que, lo que nosotros hemos deseado o pensado hacer.
Al conocernos a nosotros mismos de esta manera, será más fácil poder ser humildes y buscar los lugares más insignificantes. De esta manera encontramos poca o no dificultad en preferir a los demás antes que a nosotros mismos. Al igual que al Publicano, sabemos que no merecemos nada, pero a la distancia (porque sabemos, sin pecar de ignorancia que, no podemos acercarnos más) elevamos nuestro corazón en oración humilde a Dios suplicando misericordia. “señor ten misericordia de mi, pobre pecador” no tenemos la osadía de pedir más porque en toda justicia sólo merecemos la condenación.
Es en esta humildad voluntariamente aceptada, abrazada de la cruz, que complacemos a Dios. Porque esto es la verdad. Y para tal alma, como esta, no importa que tan grave sean sus pecados o que tan negra se haya convertido su alma, Dios otorga Su misericordia. Limpia su alma, los levanta y los llama amigos. “Amigo, sube un escalón más”.
Es así como el último se convierte en el primero, el más insignificante se convierte en el más importante. El humilde es glorificado.
Así sea.
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