3 DE JULIO DE 2011
Queridos Hermanos:
El introito del día de hoy inicia con la idea de sentirse uno solo.
“Vuélvete a mí y ten de mí piedad, que estoy solo y afligido, ensancha mi angustiado corazón y sácame de mis estrechuras” (Salmo 24, 16.18)
Este pensamiento tienta a muchos files en el mundo de hoy. Se sienten solos en este mundo al encontrarse rodeados de tantos paganos, judíos, herejes y cismáticos. Es una situación difícil, el mundo actual, para poder ser verdadero cristiano (católico)
Además de la gran mayoría pagana, judíos y protestantes debemos agregar una mezcla más de muchos modernistas del Nuevo Orden y de los cismáticos “católicos tradicionalistas”
San Agustín dice que nosotros como el grano parece perdido en el montón de paja. En la trilla parece que sólo hay paja y ningún grano. Lo mismo sucede con los católicos, vemos todos los no creyentes y falsos católicos y nos parece que somos sepultados en medio de todos ellos. Una vez que la mano es puesta entre el montón, podemos darnos cuenta que hay más grano del que vemos a simple vista. Soplamos un poco mas y vemos que la paja es hecha a un lado y vemos un poco mas de grano.
Por lo tanto debemos perseverar y ser pacientes, aun si creemos ser los únicos. Un verdadero católico nunca se debe sentir solo. Somos miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo. Somos miembros de la Iglesia y como tales nosotros, la Iglesia Militante estamos siempre unidos a la Iglesia Triunfante y a la Iglesia Purgante. Estamos siempre en unión espiritual con los demás miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo (la Iglesia) y siempre estamos unidos con nuestros ángeles guardianes.
Además y muy aparte de todo esto, Dios siempre está presente en nosotros. Podremos ser negligentes en acordarnos de Él, pero Él nunca nos olvida. Nunca nos pierde de vista. Es más diligente que el hombre que perdió su oveja y deja a las demás por acudir a la buscar a la extraviada o como la mujer que perdiendo una moneda deja todo lo que está haciendo para barrer y buscar lo que perdió.
Dios desea que nos salvemos y siempre está utilizando los medios necesarios para acercarnos y dirigirnos a la felicidad eterna: En algunas ocasiones seduciéndonos con la felicidad futura, en ocasiones con amonestaciones suaves, con sufrimientos en esta vida, y frecuentemente con el castigo eterno, en el infierno. Todo lo que nos sucede es o bien porque Dios lo permite o lo desea. En cualquiera de estos casos, es capaz de llevarnos y unirnos más a Él, por lo tanto a la salvación y felicidad. Lo único que detiene a Dios de lograr Su cometido, es nuestra voluntad perversa y obstinada en el mal.
Una vez que hemos realmente entendido y creemos que Dios no sólo nos ha creado sino que además nos ama, entonces es cuando podemos hacer a un lado nuestros tontos temores y preocupaciones por estar solos. Él no nos abandona ni abandonará, somos nosotros los que lo hacemos. Al separarnos de nuestro Dios y Padre amoroso nos encontraremos con el Justo Juez.
Debemos entender que mientras estemos vivos Dios no nos ha abandonado y rendido ante nosotros. Siempre está buscando la forma de salvarnos. Seremos y estaremos verdaderamente perdidos cuando seamos arrojados por toda la eternidad al Infierno.
San Pedro nos dice en la Epístola de Hoy que debemos resistir al demonio.
“sabiendo que cuantos hermanos nuestro hay en el mundo padecen las mismas cosas” no estamos solos en este sufrimiento, todo verdadero católico debe sufrir, todos debemos pasar por el sentimiento (pensamiento) de estar perdidos o abandonados, y es en estos momentos que debemos sujetarnos y renovar nuestra fe entendiendo que estos pensamientos y sentimientos también son tentaciones y nunca estamos solos en nuestros combates.
Continua san Pedro diciéndonos: “Después que padezcáis un poco, os perfeccionará, fortificará y consolidará”
Escuchemos la voz del Pastor cuando llama (a la oveja perdida) clamemos en toda humildad, para poder ser encontrados dignos de recibir Su gracia y beneficiarnos de nuestra situación. No seamos desanimados al ver que nadie más busca ser mejor católico ni tampoco envidiemos a los perversos en su desordenada búsqueda de sus pasiones y lujuria, sino que debemos tener constantemente en mente que no estamos solos ni somos abandonados por Dios.
Dios todo lo sabe y todo lo ve y puede hacer todo. Quiere, si nosotros lo permitimos, salvarnos y llevarnos a Él por toda la eternidad.
Así sea
Saturday, July 2, 2011
Saturday, June 25, 2011
DOMINGO 2do. DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
26 JUNIO DE 2011
Queridos Hermanos:
“Quien no ama, permanece en la muerte” (1 San Juan 3:14)
Existen muchas personas que creen amar cuando en realidad no lo hacen. Amor propio no es verdadero amor. Si alguien realmente se ama buscará sólo aquello que es para su beneficio eterno y luchara constantemente en contra de este distorsionado amor propio.
El amor propio está lleno de vanidad y orgullo por lo tanto le falta la gracia de Dios. En esto vemos que el amor propio no es el amigo de uno mismo sino su peor enemigo. El amor propio intimida al verdadero amor y se convierte en un enemigo eterno para nosotros.
Somos testigos en el Evangelio del día de hoy, como una persona trata de justificar el no haber asistido a la cena. Todos y cada uno de ellos, llenos del amor propio, buscan una justificación por no asistir a donde debieron hacerlo. Su amor propio y voluntad desordenada se vuelven obstáculos a su eventual felicidad y tranquilidad.
Asumen que siguiendo su amor propio encontraran la felicidad, pero al final, se les niega probar siquiera, de la Cena.
Después de consentir a nuestra voluntad, somos abandonados y frustrados. Los goces que nos proporciona el amor propio resultan ser ilusiones decepcionantes. Usualmente descubrimos esto, sólo cuando hemos sido rechazados de la cena. Es en este momento, demasiado tarde para regresar o intentar asistir a la gran cena. Ya no hay marcha atrás. La gracia que hayamos rechazado ya no regresará nunca.
En la misericordia de Dios puede que nos mande otra, pero la que hemos rechazado se pierde totalmente.
En lugar de acumular tesoros para el cielo hemos frecuentemente perdido y desperdiciado tiempo valioso al rechazar la gracia de Dios, tal como rechazó la invitación la persona de que nos habla el evangelio de hoy.
Hemos decidido preferir el placer y goce pasajero del amor propio en la vanidad y el orgullo en lugar de recibir verdaderamente las cosas buenas que nos ofrece Dios. Tan frecuente como estas gracias y oportunidades (invitaciones) son rechazadas por nosotros es más probable que no recibamos ya ninguna otra.
Eventualmente, quienes han rechazado todas las gracias destinadas para ellos ya no recibirán ninguna más al ya no quedar ninguna para esto. Serán eliminados para siempre, de la entrada a la cena celestial.
Por otro lado, quienes aceptan y reciben con gratitud la invitación a esta cena, serán invitados no a cualquier cena pequeña, sino que serán recibidos a la Gran Cena. Llenos de delicias sin fin, por su cooperación con la gracia que Dios les ha dado. No sólo incrementarán la gracia actual sino que se les sumarán otras más. Dios los invita constantemente hasta darles la bienvenida, algún día, en la fiesta eterna del cielo.
Los que han rechazado estas invitaciones lo perderán todo eternamente. Les sucederá como lo señala san Juan, en líneas superiores: “quien no ama habita en la muerte”.
Estas pobres almas habiendo escogido seguir su desordenado amor propio en toda su vida, rechazando una y otra vez la invitación de Dios a Su gran cena, no encontraran más que desilusión y frustración en esta vida, pero peor aún, no conocerán ningún tipo de felicidad al apartarse completamente del cielo.
Morirá la segunda muerte y sufrirán toda la eternidad, por su error. Se odiarán constantemente y por toda la eternidad al ver que tan fácil hubiera sido aceptar y corresponder a la invitación.
Muchas veces la invitación es rechazada y el mensajero siente un gran dolor y rechazo, como si fuera él, a quien han rechazado. Aunque e mensajero es constantemente criticado y acusado, Nuestro Señor nos dice que no es el mensajero el que es rechazado, sino quien lo ha mandado (Dios) quien es realmente al que rechazan. Muchos condenan a la Iglesia y sus ministros más no entienden que al hacer esto no están rechazando a estos sino a Dios que los ha mandado. Por lo tanto, al darnos cuenta del rechazo constante de nuestro prójimo por nuestros buenos deseos e intenciones, no lo debemos tomar como un insulto personal.
No somos nosotros los que hemos sido rechazados, sino Dios N. S. el deseo de Dios para sus siervos es que regresen una y otra vez a seguir invitando a los demás hasta que Su casa se llene.
Busquemos y hagamos oración por quienes Dios nos ha enviado para invitarlos a Su Reino, pero si nos damos cuenta que rechazan esta invitación y prefieren permanecer en la muerte en lugar de vivir, busquemos a otros que sean más cooperativos con la gracia de Dios. No lancemos perlas entre los cerdos o invitar a la cena quienes han escogido la muerte y no pueden comer.
Así sea
Queridos Hermanos:
“Quien no ama, permanece en la muerte” (1 San Juan 3:14)
Existen muchas personas que creen amar cuando en realidad no lo hacen. Amor propio no es verdadero amor. Si alguien realmente se ama buscará sólo aquello que es para su beneficio eterno y luchara constantemente en contra de este distorsionado amor propio.
El amor propio está lleno de vanidad y orgullo por lo tanto le falta la gracia de Dios. En esto vemos que el amor propio no es el amigo de uno mismo sino su peor enemigo. El amor propio intimida al verdadero amor y se convierte en un enemigo eterno para nosotros.
Somos testigos en el Evangelio del día de hoy, como una persona trata de justificar el no haber asistido a la cena. Todos y cada uno de ellos, llenos del amor propio, buscan una justificación por no asistir a donde debieron hacerlo. Su amor propio y voluntad desordenada se vuelven obstáculos a su eventual felicidad y tranquilidad.
Asumen que siguiendo su amor propio encontraran la felicidad, pero al final, se les niega probar siquiera, de la Cena.
Después de consentir a nuestra voluntad, somos abandonados y frustrados. Los goces que nos proporciona el amor propio resultan ser ilusiones decepcionantes. Usualmente descubrimos esto, sólo cuando hemos sido rechazados de la cena. Es en este momento, demasiado tarde para regresar o intentar asistir a la gran cena. Ya no hay marcha atrás. La gracia que hayamos rechazado ya no regresará nunca.
En la misericordia de Dios puede que nos mande otra, pero la que hemos rechazado se pierde totalmente.
En lugar de acumular tesoros para el cielo hemos frecuentemente perdido y desperdiciado tiempo valioso al rechazar la gracia de Dios, tal como rechazó la invitación la persona de que nos habla el evangelio de hoy.
Hemos decidido preferir el placer y goce pasajero del amor propio en la vanidad y el orgullo en lugar de recibir verdaderamente las cosas buenas que nos ofrece Dios. Tan frecuente como estas gracias y oportunidades (invitaciones) son rechazadas por nosotros es más probable que no recibamos ya ninguna otra.
Eventualmente, quienes han rechazado todas las gracias destinadas para ellos ya no recibirán ninguna más al ya no quedar ninguna para esto. Serán eliminados para siempre, de la entrada a la cena celestial.
Por otro lado, quienes aceptan y reciben con gratitud la invitación a esta cena, serán invitados no a cualquier cena pequeña, sino que serán recibidos a la Gran Cena. Llenos de delicias sin fin, por su cooperación con la gracia que Dios les ha dado. No sólo incrementarán la gracia actual sino que se les sumarán otras más. Dios los invita constantemente hasta darles la bienvenida, algún día, en la fiesta eterna del cielo.
Los que han rechazado estas invitaciones lo perderán todo eternamente. Les sucederá como lo señala san Juan, en líneas superiores: “quien no ama habita en la muerte”.
Estas pobres almas habiendo escogido seguir su desordenado amor propio en toda su vida, rechazando una y otra vez la invitación de Dios a Su gran cena, no encontraran más que desilusión y frustración en esta vida, pero peor aún, no conocerán ningún tipo de felicidad al apartarse completamente del cielo.
Morirá la segunda muerte y sufrirán toda la eternidad, por su error. Se odiarán constantemente y por toda la eternidad al ver que tan fácil hubiera sido aceptar y corresponder a la invitación.
Muchas veces la invitación es rechazada y el mensajero siente un gran dolor y rechazo, como si fuera él, a quien han rechazado. Aunque e mensajero es constantemente criticado y acusado, Nuestro Señor nos dice que no es el mensajero el que es rechazado, sino quien lo ha mandado (Dios) quien es realmente al que rechazan. Muchos condenan a la Iglesia y sus ministros más no entienden que al hacer esto no están rechazando a estos sino a Dios que los ha mandado. Por lo tanto, al darnos cuenta del rechazo constante de nuestro prójimo por nuestros buenos deseos e intenciones, no lo debemos tomar como un insulto personal.
No somos nosotros los que hemos sido rechazados, sino Dios N. S. el deseo de Dios para sus siervos es que regresen una y otra vez a seguir invitando a los demás hasta que Su casa se llene.
Busquemos y hagamos oración por quienes Dios nos ha enviado para invitarlos a Su Reino, pero si nos damos cuenta que rechazan esta invitación y prefieren permanecer en la muerte en lugar de vivir, busquemos a otros que sean más cooperativos con la gracia de Dios. No lancemos perlas entre los cerdos o invitar a la cena quienes han escogido la muerte y no pueden comer.
Así sea
Saturday, June 18, 2011
FESTIVIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
19 DE JUNIO DE 2011
Queridos Hermanos:
Jesucristo Nuestro Señor ha dado a Sus discípulos la garantía de permanecer con ellos para siempre –aún hasta la consumación de los tiempos. Al celebrar la festividad de la Santísima Trinidad, se nos recuerdan muchas cosas relativas a Dios.
Sabemos que son Tres Personas en un solo Dios; y como nos lo dice san Pablo, que los juicios de Dios son incomprensibles por nosotros y Sus caminos inescrutables. Pero más que esto, consideremos su Omnipresencia.
Jamás podemos escaparnos de la presencia de Dios. Hay quienes dices que la presencia de Dios es como el aire alrededor nuestro. Más que todo esto, encontramos la presencia de Dios dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Dios está con nosotros todo el tiempo.
Para la persona virtuosa esto es algo muy reconfortante al pensar que Dios es testigo de todo lo que hace, todo lo que piensa y dice. Para el individuo malévolo esto es una cosa muy temerosa al recordar que Dios es testigo de sus crímenes y maldad.
Más allá de todo esto, debemos entender que la presencia de Dios es necesaria para nuestra existencia misma. Se ha señalado ya con anterioridad que si Dios dejara un instante de pensar en nosotros en ese mismo instante dejaríamos de existir.
Existimos constantemente en Dios. Vivimos, no sólo en su presencia, sino que por El y en El únicamente.
Cuando pecamos debemos entender que no sólo hemos olvidado a Dios y Su presencia, sino que lo hemos forzado, por así decirlo, a participar por lo menos por Su voluntad permisiva, en nuestra maldad. Dios es no sólo un testigo silencioso ante nuestros pensamientos malignos, palabras y acciones, es por así decirlo, forzado a participar en nuestras acciones pecaminosas, porque, por Su existencia en la criatura que nosotros abusamos.
Todo lo que Dios ha hecho es bueno, santo y complaciente para El. Se le ha dado al hombre la capacidad de usar todo esto en contra de Dios. El hombre ha tomado las cosas buenas y las ha hecho malas. Debido a que Dios está presente en todas las cosas, el hombre en su pecado esta directamente atacando y abusando de Dios. El abuso no es únicamente en contra de Su creación, sino que se está oponiendo a Él, porque lo encontramos en todo lo creado.
La manera en que entendemos, los dones de Dios para nosotros, frecuentemente ha llevado al hombre a confundir a Sus criaturas con Él mismo, poniendo a la creatura en el lugar de Dios. La idolatría es el entendimiento pervertido o equivocado de la realidad.
Todo el mundo a nuestro alrededor es sagrado y santo en el sentido de que, ha sido creado y viene de la mano de Dios y están contenidas en Él, sin embargo, estas cosas no son Dios.
En su belleza y adaptación para lo que fueron creadas, vemos la perfección de Dios. Vemos a Dios en Sus obras, sin embargo, debemos entender que es Su obra y no que es Él, aunque permanezca en esta.
Nosotros también somos Su obra, somos Su creación. Vive en nosotros de una manera más intima que el resto de la creación. Aunque no somos dioses, nos encontramos a un nivel superior al resto de la creación puramente material. Este mundo material fue hecho sólo para nosotros.
Así como debemos respetar y no abusar de este mundo material, que Dios nos ha dado y permanece en este, debemos tener un mayor sentido de respeto y sagrado uso de nuestro propio cuerpo y el de nuestro prójimo. No somos objetos materiales que deben ser estudiados ese l plano únicamente material. Tenemos un alma inmortal y somos templos del Espíritu Santo.
Nuestro cuerpo no es realmente nuestro, como tampoco lo son nuestros hijos. Los niños o son otra cosa que una masa de células y tejidos. Son la creación de Dios y son Sus templos, son sagrados y merecen respeto, dignidad y honor, como en todas las etapas de su vida. No tenemos ningún derecho de arrastrar lo sagrado a nivel de lo profano. No somos libres de considerar al hombre al mismo nivel de los demás animales. No somos libres de manipularlos a nuestro antojo y placer.
Al contemplar el misterio de Dios y la Trinidad, no fallemos en contemplar Su vida y presencia dentro y en todo lo que hacemos. Arrepintámonos de haberlo ofendido.
Supliquemos Su misericordia por todos los que lo han ofendido al abusar sus cuerpos o el de los demás. Somos miembros de Cristo- vivientes: “Recuerden que Yo estaré con ustedes, hasta la consumación de los siglos”. (San Mateo: 28:20)
ASÍ SEA
Queridos Hermanos:
Jesucristo Nuestro Señor ha dado a Sus discípulos la garantía de permanecer con ellos para siempre –aún hasta la consumación de los tiempos. Al celebrar la festividad de la Santísima Trinidad, se nos recuerdan muchas cosas relativas a Dios.
Sabemos que son Tres Personas en un solo Dios; y como nos lo dice san Pablo, que los juicios de Dios son incomprensibles por nosotros y Sus caminos inescrutables. Pero más que esto, consideremos su Omnipresencia.
Jamás podemos escaparnos de la presencia de Dios. Hay quienes dices que la presencia de Dios es como el aire alrededor nuestro. Más que todo esto, encontramos la presencia de Dios dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Dios está con nosotros todo el tiempo.
Para la persona virtuosa esto es algo muy reconfortante al pensar que Dios es testigo de todo lo que hace, todo lo que piensa y dice. Para el individuo malévolo esto es una cosa muy temerosa al recordar que Dios es testigo de sus crímenes y maldad.
Más allá de todo esto, debemos entender que la presencia de Dios es necesaria para nuestra existencia misma. Se ha señalado ya con anterioridad que si Dios dejara un instante de pensar en nosotros en ese mismo instante dejaríamos de existir.
Existimos constantemente en Dios. Vivimos, no sólo en su presencia, sino que por El y en El únicamente.
Cuando pecamos debemos entender que no sólo hemos olvidado a Dios y Su presencia, sino que lo hemos forzado, por así decirlo, a participar por lo menos por Su voluntad permisiva, en nuestra maldad. Dios es no sólo un testigo silencioso ante nuestros pensamientos malignos, palabras y acciones, es por así decirlo, forzado a participar en nuestras acciones pecaminosas, porque, por Su existencia en la criatura que nosotros abusamos.
Todo lo que Dios ha hecho es bueno, santo y complaciente para El. Se le ha dado al hombre la capacidad de usar todo esto en contra de Dios. El hombre ha tomado las cosas buenas y las ha hecho malas. Debido a que Dios está presente en todas las cosas, el hombre en su pecado esta directamente atacando y abusando de Dios. El abuso no es únicamente en contra de Su creación, sino que se está oponiendo a Él, porque lo encontramos en todo lo creado.
La manera en que entendemos, los dones de Dios para nosotros, frecuentemente ha llevado al hombre a confundir a Sus criaturas con Él mismo, poniendo a la creatura en el lugar de Dios. La idolatría es el entendimiento pervertido o equivocado de la realidad.
Todo el mundo a nuestro alrededor es sagrado y santo en el sentido de que, ha sido creado y viene de la mano de Dios y están contenidas en Él, sin embargo, estas cosas no son Dios.
En su belleza y adaptación para lo que fueron creadas, vemos la perfección de Dios. Vemos a Dios en Sus obras, sin embargo, debemos entender que es Su obra y no que es Él, aunque permanezca en esta.
Nosotros también somos Su obra, somos Su creación. Vive en nosotros de una manera más intima que el resto de la creación. Aunque no somos dioses, nos encontramos a un nivel superior al resto de la creación puramente material. Este mundo material fue hecho sólo para nosotros.
Así como debemos respetar y no abusar de este mundo material, que Dios nos ha dado y permanece en este, debemos tener un mayor sentido de respeto y sagrado uso de nuestro propio cuerpo y el de nuestro prójimo. No somos objetos materiales que deben ser estudiados ese l plano únicamente material. Tenemos un alma inmortal y somos templos del Espíritu Santo.
Nuestro cuerpo no es realmente nuestro, como tampoco lo son nuestros hijos. Los niños o son otra cosa que una masa de células y tejidos. Son la creación de Dios y son Sus templos, son sagrados y merecen respeto, dignidad y honor, como en todas las etapas de su vida. No tenemos ningún derecho de arrastrar lo sagrado a nivel de lo profano. No somos libres de considerar al hombre al mismo nivel de los demás animales. No somos libres de manipularlos a nuestro antojo y placer.
Al contemplar el misterio de Dios y la Trinidad, no fallemos en contemplar Su vida y presencia dentro y en todo lo que hacemos. Arrepintámonos de haberlo ofendido.
Supliquemos Su misericordia por todos los que lo han ofendido al abusar sus cuerpos o el de los demás. Somos miembros de Cristo- vivientes: “Recuerden que Yo estaré con ustedes, hasta la consumación de los siglos”. (San Mateo: 28:20)
ASÍ SEA
Saturday, June 11, 2011
DOMINGO DE PENTECOSTÉS
12 DE JUNIO DE 2011
Queridos Hermanos:
“Si alguno me amare, guardara mis palabras, y mi Padre le amara, y vendremos a él y en el pondremos nuestro asiento”
El día de hoy celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Las palabras de Jesucristo fueron cumplidas en quienes lo amaron.
Amaron a Jesucristo y guardaron Su palabra por lo que Dios, el Espíritu Santo, vino a ellos y habitó entre estos. Se convirtieron en templos de Dios
Nosotros también hemos sido invitados a recibir el Espíritu Santo. Dios desea venir y habitar en nosotros. Jesucristo nos ha dado la prueba para saber si somos amados por Dios. Si amamos a Dios, Dios nos amará. Y si Dios nos ama vivirá en nosotros.
Pero ¿cómo podremos saber si realmente amamos a Dios, o si lo amamos correctamente?
Jesucristo nos da la respuesta: “Si me amas guardaras Mi Palabra”, si guardamos la palabra de Dios, amaremos a Dios y El habitará en nosotros.
Jesucristo nos ha dado también el sacramento por medio del cual da Su gracia a quienes lo reciben de manera adecuada (sin poner ningún obstáculo en el camino de la gracia de Dios). En el sacramento de la confirmación recibimos el Espíritu Santo a través del obispo. Este Sacramento nos trae El Espíritu Santo y todos Sus dones, y a través de este sacramento somos hechos soldados de Cristo. Estamos realmente preparados para la guerra espiritual.
Somos desde este momento soldados preparados para la guerra con toda la ayuda necesaria. Sin embargo muchos han abandonado su lugar o se han entregado por completo al enemigo.
¿Cómo es posible que no usen los medios que Dios les ha dado?
¿Cómo habremos de protegernos para no caer en tal situación?, o
¿Cómo podremos regresar a ese estado una vez que lo hayamos perdido?
La respuesta a todas estas interrogantes es “amor”; es este amor que coloca la armadura sobre nosotros y las armas en nuestras manos, es amor que nos mueve a luchar la guerra espiritual de manera valiente. Es el amor que nos mueve a cuidar la palabra de Dios. Es el Espíritu Santo que recibimos en la Confirmación que, es conocido como el Dios del Amor.
El Espíritu Santo viviendo en nosotros es ambos, el don y la recompensa. Es un gran don que hemos recibido sin merecerlo y para acercarnos más a Él mientras que es al mismo tiempo la recompensa por nuestra cooperación con Él.
Una vez que empezamos a amar nuestros ojos se abren.
Dios es Amor y al amarlo empezamos a conocerlo. Al conocerlo lo servimos. Al servirlo y conocerlo lo amamos.
Un simple examen de conciencia nos es suficiente para darnos cuenta si hemos guardado la Palabra de Dios. Al mismo tiempo nos va a indicar que tan profundo es este amor por Él.
Nuestro objetivo ahora y siempre es lograr amar a Dios cada vez más. Mientras más grande sea nuestro amor por Dios más cerca de nosotros estará en nosotros. Mientras más íntimamente estemos con Él en este mundo más será nuestra unión con Él en el Cielo.
Busquemos siempre amar la Palabra de Dios. Debemos compartir la palabra de Dios más que cualquier otra cosa. En este estado de amor no encontraremos difícil cumplir los Mandamientos. En cada aspecto de nuestra vida encontraremos una palabra relevante en las Sagradas Escrituras, para ayudarnos.
Mientras nos apoyemos en la palabra de Dios creceremos en el amor de Dios. De esta manera el Espíritu Santo, el Dios del Amor, vendrá a nosotros y, vivirá en nosotros la Trinidad. Seremos templos de Dios, pero mucho más importante, nos encontraremos en Dios. Estaremos sumergidos en la presencia de Dios en lugar de que Dios este circunscrito en nosotros.
Así sea.
Queridos Hermanos:
“Si alguno me amare, guardara mis palabras, y mi Padre le amara, y vendremos a él y en el pondremos nuestro asiento”
El día de hoy celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Las palabras de Jesucristo fueron cumplidas en quienes lo amaron.
Amaron a Jesucristo y guardaron Su palabra por lo que Dios, el Espíritu Santo, vino a ellos y habitó entre estos. Se convirtieron en templos de Dios
Nosotros también hemos sido invitados a recibir el Espíritu Santo. Dios desea venir y habitar en nosotros. Jesucristo nos ha dado la prueba para saber si somos amados por Dios. Si amamos a Dios, Dios nos amará. Y si Dios nos ama vivirá en nosotros.
Pero ¿cómo podremos saber si realmente amamos a Dios, o si lo amamos correctamente?
Jesucristo nos da la respuesta: “Si me amas guardaras Mi Palabra”, si guardamos la palabra de Dios, amaremos a Dios y El habitará en nosotros.
Jesucristo nos ha dado también el sacramento por medio del cual da Su gracia a quienes lo reciben de manera adecuada (sin poner ningún obstáculo en el camino de la gracia de Dios). En el sacramento de la confirmación recibimos el Espíritu Santo a través del obispo. Este Sacramento nos trae El Espíritu Santo y todos Sus dones, y a través de este sacramento somos hechos soldados de Cristo. Estamos realmente preparados para la guerra espiritual.
Somos desde este momento soldados preparados para la guerra con toda la ayuda necesaria. Sin embargo muchos han abandonado su lugar o se han entregado por completo al enemigo.
¿Cómo es posible que no usen los medios que Dios les ha dado?
¿Cómo habremos de protegernos para no caer en tal situación?, o
¿Cómo podremos regresar a ese estado una vez que lo hayamos perdido?
La respuesta a todas estas interrogantes es “amor”; es este amor que coloca la armadura sobre nosotros y las armas en nuestras manos, es amor que nos mueve a luchar la guerra espiritual de manera valiente. Es el amor que nos mueve a cuidar la palabra de Dios. Es el Espíritu Santo que recibimos en la Confirmación que, es conocido como el Dios del Amor.
El Espíritu Santo viviendo en nosotros es ambos, el don y la recompensa. Es un gran don que hemos recibido sin merecerlo y para acercarnos más a Él mientras que es al mismo tiempo la recompensa por nuestra cooperación con Él.
Una vez que empezamos a amar nuestros ojos se abren.
Dios es Amor y al amarlo empezamos a conocerlo. Al conocerlo lo servimos. Al servirlo y conocerlo lo amamos.
Un simple examen de conciencia nos es suficiente para darnos cuenta si hemos guardado la Palabra de Dios. Al mismo tiempo nos va a indicar que tan profundo es este amor por Él.
Nuestro objetivo ahora y siempre es lograr amar a Dios cada vez más. Mientras más grande sea nuestro amor por Dios más cerca de nosotros estará en nosotros. Mientras más íntimamente estemos con Él en este mundo más será nuestra unión con Él en el Cielo.
Busquemos siempre amar la Palabra de Dios. Debemos compartir la palabra de Dios más que cualquier otra cosa. En este estado de amor no encontraremos difícil cumplir los Mandamientos. En cada aspecto de nuestra vida encontraremos una palabra relevante en las Sagradas Escrituras, para ayudarnos.
Mientras nos apoyemos en la palabra de Dios creceremos en el amor de Dios. De esta manera el Espíritu Santo, el Dios del Amor, vendrá a nosotros y, vivirá en nosotros la Trinidad. Seremos templos de Dios, pero mucho más importante, nos encontraremos en Dios. Estaremos sumergidos en la presencia de Dios en lugar de que Dios este circunscrito en nosotros.
Así sea.
Saturday, June 4, 2011
DOMINGO DESPUÉS DE LA ASCENCIÓN
5 DE JUNIO DE 2011
Queridos Hermanos:
San Pedro, nos dice el día de hoy que debemos tener “caridad mutua y constante” Jesucristo Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de hoy que “llegara la hora en la que quien os quite la vida y piense que está sirviendo a Dios” con estos dos pensamientos en mente, consideremos nuestra propia vida y actitudes hacia los demás.
¿Con que frecuencia existen desavenencias entre los católicos por cosas tan pequeñas, vanas e insignificantes, convirtiéndolas el demonio en grandes argumentos y en algunas ocasiones motivo de gran disgusto y odio hacia los demás?
El mandamiento de Cristo, de amarnos los unos a los otros y aún, amar a nuestros enemigos y nos persiguen, parece haber caído en oídos sordos.
Nuestro esfuerzo por “ganar” o parecer en lo “correcto” ante los ojos de los hombres frecuentemente elimina el mandamiento primordial, tener caridad. Se nos olvida que el primer mandamiento y el más importante, es amar a Dios con todo nuestro ser y con un amor preferencial y el segundo mandamiento es amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Se nos olvida que la caridad cubre una multitud de pecados.
Frecuentemente escuchamos a las personas que rehúsan enfrentar discusiones sobre religión o política. Consideran que están haciendo algo noble o grande al evitar una mirada justa en busca de la verdad y la justicia, son más bien cobardes que se esconden tras el velo de una falsa caridad.
Por el otro lado, contamos con personas que quieren discutir y acosar a los demás con sus discusiones sólo para ser percibidos como quienes tienen algún tipo de “conocimiento”
La virtud esta siempre en el centro, (evitando cualquier extremo), debemos estar siempre y en todo momento disponibles y dispuestos para iluminar a los demás con la verdad, sin embargo, no debe ser nuestra propia “verdad” sino de Dios, la que llevemos e inculquemos en los demás.
Tener la certeza que estamos verdaderamente en lo correcto, es lo que muchos pierden de vista ya que se les ha presentado una imagen muy reducida y no la voltearan a ver.
Su orgullo esta inflamado y se lanzan a tratar de “enseñar” al mundo.
La humildad nos dicta que debemos reconocer que en la mayoría de estas ocasiones estamos muy limitados en nuestro entender y conocer, por lo que debemos estar prestos a escuchar la opinión de los demás.
En la política donde debemos poner nuestra esperanza y confiar en un político que con frecuencia (casi siempre) esta guiado por cuestiones mundanas y no motivos religiosos, debemos estar en guardia. En cuestiones religiosas debemos siempre buscar a la autoridad de la Iglesia: en las escrituras y en la tradición, confiando en la autoridad legítima que Dios ha puesto sobre nosotros.
Es siempre más saludable desconfiar de nosotros antes de hacerlo con los demás. Para luego entonces, con gran cuidado, estudio y observación objetiva, iluminada por la gracia de Dios en toda humildad y verdad podamos formar opiniones correctas y caritativamente aceptar o rechazar la opinión de los demás (buscando siempre la verdad objetiva).
Nos enteramos que, con frecuencia, los santos tenían opiniones diferentes incluso opuestas sobre algunos puntos, sin embargo sabemos que lograron llegar a la santidad por tratar estos asuntos con gran caridad. Jamás pusieron en tela de juicio la doctrina y principios ya declarados como tales, por la Iglesia, más bien buscaron estar abiertos en toda caridad con sus oponentes (correctos o equivocados).
Muchos de estos santos sufrieron el martirio como lo había dicho nuestro Señor. Iban a la muerte no con amenazas ni mentiras, sino en toda humildad y caridad, con frecuencia orando por quienes se les oponían. Amaron a sus enemigos y a quienes los perseguían.
Imitémoslos cuando somos acosados y están en contra nuestra, nuestros prójimos.
Hagámonos a un lado, cuando sea necesario y por buscar la paz y la concordia (jamás al grado de negar nuestra fe) buscando siempre imitar a nuestro Señor Jesucristo, quien es dócil y humilde corazón. Busquemos tener un corazón siempre movido por la caridad y con esto cubrir una multitud de pecados.
No tengamos ningún temor a la muerte ni aún a los que la buscan pensando que agradan a Dios.
Más bien busquemos estar unidos con Cristo, en el Cielo. Con esta manera de pensar nuestros enemigos se convierten en grandes bienhechores nuestros. Nos dan la oportunidad de ver a Dios y si no nos llevan hasta este punto, por lo menos nos dan la oportunidad de practicar las virtudes que Cristo desea apliquemos en nuestra vida.
De cualquier manera nos hacen un gran bien y se han ganado nuestra gratitud y amor.
De esta manera, estamos naturalmente inclinados a amarlos y ofrecerles nuestro perdón y pedir a Dios que haga lo mismo: “perdona nuestra deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”
Así sea
Queridos Hermanos:
San Pedro, nos dice el día de hoy que debemos tener “caridad mutua y constante” Jesucristo Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de hoy que “llegara la hora en la que quien os quite la vida y piense que está sirviendo a Dios” con estos dos pensamientos en mente, consideremos nuestra propia vida y actitudes hacia los demás.
¿Con que frecuencia existen desavenencias entre los católicos por cosas tan pequeñas, vanas e insignificantes, convirtiéndolas el demonio en grandes argumentos y en algunas ocasiones motivo de gran disgusto y odio hacia los demás?
El mandamiento de Cristo, de amarnos los unos a los otros y aún, amar a nuestros enemigos y nos persiguen, parece haber caído en oídos sordos.
Nuestro esfuerzo por “ganar” o parecer en lo “correcto” ante los ojos de los hombres frecuentemente elimina el mandamiento primordial, tener caridad. Se nos olvida que el primer mandamiento y el más importante, es amar a Dios con todo nuestro ser y con un amor preferencial y el segundo mandamiento es amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Se nos olvida que la caridad cubre una multitud de pecados.
Frecuentemente escuchamos a las personas que rehúsan enfrentar discusiones sobre religión o política. Consideran que están haciendo algo noble o grande al evitar una mirada justa en busca de la verdad y la justicia, son más bien cobardes que se esconden tras el velo de una falsa caridad.
Por el otro lado, contamos con personas que quieren discutir y acosar a los demás con sus discusiones sólo para ser percibidos como quienes tienen algún tipo de “conocimiento”
La virtud esta siempre en el centro, (evitando cualquier extremo), debemos estar siempre y en todo momento disponibles y dispuestos para iluminar a los demás con la verdad, sin embargo, no debe ser nuestra propia “verdad” sino de Dios, la que llevemos e inculquemos en los demás.
Tener la certeza que estamos verdaderamente en lo correcto, es lo que muchos pierden de vista ya que se les ha presentado una imagen muy reducida y no la voltearan a ver.
Su orgullo esta inflamado y se lanzan a tratar de “enseñar” al mundo.
La humildad nos dicta que debemos reconocer que en la mayoría de estas ocasiones estamos muy limitados en nuestro entender y conocer, por lo que debemos estar prestos a escuchar la opinión de los demás.
En la política donde debemos poner nuestra esperanza y confiar en un político que con frecuencia (casi siempre) esta guiado por cuestiones mundanas y no motivos religiosos, debemos estar en guardia. En cuestiones religiosas debemos siempre buscar a la autoridad de la Iglesia: en las escrituras y en la tradición, confiando en la autoridad legítima que Dios ha puesto sobre nosotros.
Es siempre más saludable desconfiar de nosotros antes de hacerlo con los demás. Para luego entonces, con gran cuidado, estudio y observación objetiva, iluminada por la gracia de Dios en toda humildad y verdad podamos formar opiniones correctas y caritativamente aceptar o rechazar la opinión de los demás (buscando siempre la verdad objetiva).
Nos enteramos que, con frecuencia, los santos tenían opiniones diferentes incluso opuestas sobre algunos puntos, sin embargo sabemos que lograron llegar a la santidad por tratar estos asuntos con gran caridad. Jamás pusieron en tela de juicio la doctrina y principios ya declarados como tales, por la Iglesia, más bien buscaron estar abiertos en toda caridad con sus oponentes (correctos o equivocados).
Muchos de estos santos sufrieron el martirio como lo había dicho nuestro Señor. Iban a la muerte no con amenazas ni mentiras, sino en toda humildad y caridad, con frecuencia orando por quienes se les oponían. Amaron a sus enemigos y a quienes los perseguían.
Imitémoslos cuando somos acosados y están en contra nuestra, nuestros prójimos.
Hagámonos a un lado, cuando sea necesario y por buscar la paz y la concordia (jamás al grado de negar nuestra fe) buscando siempre imitar a nuestro Señor Jesucristo, quien es dócil y humilde corazón. Busquemos tener un corazón siempre movido por la caridad y con esto cubrir una multitud de pecados.
No tengamos ningún temor a la muerte ni aún a los que la buscan pensando que agradan a Dios.
Más bien busquemos estar unidos con Cristo, en el Cielo. Con esta manera de pensar nuestros enemigos se convierten en grandes bienhechores nuestros. Nos dan la oportunidad de ver a Dios y si no nos llevan hasta este punto, por lo menos nos dan la oportunidad de practicar las virtudes que Cristo desea apliquemos en nuestra vida.
De cualquier manera nos hacen un gran bien y se han ganado nuestra gratitud y amor.
De esta manera, estamos naturalmente inclinados a amarlos y ofrecerles nuestro perdón y pedir a Dios que haga lo mismo: “perdona nuestra deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”
Así sea
Saturday, May 28, 2011
DOMINGO 5to. DESPUÉS DE PASCUA
29 DE MAYO DE 2011
Queridos Hermanos:
Cualquier cosa que pidan al Padre en nombre de Jesús, El os lo dará. La razón por la que aún no recibimos, es porque no hemos aún pedido. Esto es para probar que, tan genuinas son nuestras oraciones y al final de cuentas que tan verdadera es nuestra fe.
San Basilio dice: “La oración, no es perfecta con el pronunciamiento de silabas, sino en el propósito del alma, y de las acciones justas de la vida, no debemos creer que Dios necesita ser recordado por medio de nuestras palabras.
Tampoco debemos pensar que completamos nuestra oración murmurando un número de silabas, sino por la intención de nuestra alma y en las obras de la virtud extendidas en cada acción y momento de nuestra vida, más bien debemos estar conscientes que El conoce nuestras necesidades le pidamos o no. El oído de Dios no necesita nuestros gritos, ya que esto lo podemos ver con el movimiento de nuestra alma, que es lo que buscamos.
Porque las palabras de una oración que son simplemente recitadas, son en sí mismas de no valor a menos que sean elevadas por una alma fervorosa”
Las oraciones de los Fariseos, de acuerdo con San Basilio “Son la ocasión de Su (de Dios) resentimiento. Es como si alguien diera muerte al hijo de otro y le extendiera la mano al padre afligido, con las manos, aún manchadas de sangre. Pidiendo su mano de amistad. ¿No haría la sangre de su hijo, aún visibles en las manos del asesino, le provocara una ira justa, contra este? Tales son las oraciones de los judíos.
Porque cuando extienden sus manos para orar, le recuerdan a Dios Padre, sus pecados en contra de su Hijo. Y cada vez que elevan sus manos hacen manifiesto que están sus manos llenas de la sangre de Jesucristo. Por haber gritado. “Que Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (San Mateo 27,25)
¿Cuántos, que se llaman a sí mismos cristianos, deben ser clasificados con los judíos en sus oraciones?
¿Cuántos, por sus pecados personales, se hacen culpables del asesinato del Hijo de Dios, y con descaro apelan a Dios para recibir beneficios mundanos?
Es tiempo, para que una vez más nos examinemos a nosotros mismos. Es tiempo de mirar en la profundidad de nuestra alma. ¿Cuál es el propósito de nuestra alma?
Las palabras que salen de nuestros labios significan muy poco si lo hacemos como quienes condenaba Jesucristo: “esta gente me honra con sus labios, pero su corazón está muy lejos de mí” (San Mateo 15,8)
Nuestras oraciones deben salir de lo más íntimo de nuestra alma. Lo que vive en la profundidad de esta, es lo que se manifiesta en nuestra vida. Lo que en ella está, permanece como pensamiento en nuestra mente y se manifiesta a través de las palabras y obras de nuestro cuerpo. Todos nuestros pecados se inician desde nuestro interior.
Cristo nos dice que no es tanto lo que entra en el hombre que lo contamina sino lo que sale de su corazón.
Frecuentemente existe una no conexión entre nuestras palabras y el deseo de nuestro corazón. Esta discordancia entre nosotros mismos, es el obstáculo para que nuestras oraciones sean respondidas. O tal vez sería mejor decir que esa es la razón para que nuestras oraciones sean respondidas, Dios nos da justo lo que pedimos y espera de la profundidad de nuestra alma.
Pedimos una cosa con nuestros labios mientras que al mismo tiempo no lo pedimos con nuestro corazón o pedimos algo que es contrario a lo que nuestros labios están diciendo. Pedimos sin esperar que nuestras oraciones serán escuchadas por eso este es el resultado que obtenemos.
San Agustín expresa esta discordancia en nosotros, en sus Confesiones, cuando nos dice que él pedía a Dios para que le diera castidad mientras que la otra parte de él mismo le pedía que no fuera de inmediato. En esta oración ninguna de las dos cosas se realizaban ya que se pedía precisamente eso, que ninguna de las dos cosas surtiera efecto.
Seamos uno sólo en todo lo que somos, en nuestra alma, en nuestros pensamientos, en nuestras palabras y en nuestras acciones. Y así en esta singularidad de nuestra oración pidamos a Nuestro Padre Celestial en nombre de Jesucristo y confiando totalmente que recibiremos que lo realmente deseamos.
Que así sea
Queridos Hermanos:
Cualquier cosa que pidan al Padre en nombre de Jesús, El os lo dará. La razón por la que aún no recibimos, es porque no hemos aún pedido. Esto es para probar que, tan genuinas son nuestras oraciones y al final de cuentas que tan verdadera es nuestra fe.
San Basilio dice: “La oración, no es perfecta con el pronunciamiento de silabas, sino en el propósito del alma, y de las acciones justas de la vida, no debemos creer que Dios necesita ser recordado por medio de nuestras palabras.
Tampoco debemos pensar que completamos nuestra oración murmurando un número de silabas, sino por la intención de nuestra alma y en las obras de la virtud extendidas en cada acción y momento de nuestra vida, más bien debemos estar conscientes que El conoce nuestras necesidades le pidamos o no. El oído de Dios no necesita nuestros gritos, ya que esto lo podemos ver con el movimiento de nuestra alma, que es lo que buscamos.
Porque las palabras de una oración que son simplemente recitadas, son en sí mismas de no valor a menos que sean elevadas por una alma fervorosa”
Las oraciones de los Fariseos, de acuerdo con San Basilio “Son la ocasión de Su (de Dios) resentimiento. Es como si alguien diera muerte al hijo de otro y le extendiera la mano al padre afligido, con las manos, aún manchadas de sangre. Pidiendo su mano de amistad. ¿No haría la sangre de su hijo, aún visibles en las manos del asesino, le provocara una ira justa, contra este? Tales son las oraciones de los judíos.
Porque cuando extienden sus manos para orar, le recuerdan a Dios Padre, sus pecados en contra de su Hijo. Y cada vez que elevan sus manos hacen manifiesto que están sus manos llenas de la sangre de Jesucristo. Por haber gritado. “Que Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (San Mateo 27,25)
¿Cuántos, que se llaman a sí mismos cristianos, deben ser clasificados con los judíos en sus oraciones?
¿Cuántos, por sus pecados personales, se hacen culpables del asesinato del Hijo de Dios, y con descaro apelan a Dios para recibir beneficios mundanos?
Es tiempo, para que una vez más nos examinemos a nosotros mismos. Es tiempo de mirar en la profundidad de nuestra alma. ¿Cuál es el propósito de nuestra alma?
Las palabras que salen de nuestros labios significan muy poco si lo hacemos como quienes condenaba Jesucristo: “esta gente me honra con sus labios, pero su corazón está muy lejos de mí” (San Mateo 15,8)
Nuestras oraciones deben salir de lo más íntimo de nuestra alma. Lo que vive en la profundidad de esta, es lo que se manifiesta en nuestra vida. Lo que en ella está, permanece como pensamiento en nuestra mente y se manifiesta a través de las palabras y obras de nuestro cuerpo. Todos nuestros pecados se inician desde nuestro interior.
Cristo nos dice que no es tanto lo que entra en el hombre que lo contamina sino lo que sale de su corazón.
Frecuentemente existe una no conexión entre nuestras palabras y el deseo de nuestro corazón. Esta discordancia entre nosotros mismos, es el obstáculo para que nuestras oraciones sean respondidas. O tal vez sería mejor decir que esa es la razón para que nuestras oraciones sean respondidas, Dios nos da justo lo que pedimos y espera de la profundidad de nuestra alma.
Pedimos una cosa con nuestros labios mientras que al mismo tiempo no lo pedimos con nuestro corazón o pedimos algo que es contrario a lo que nuestros labios están diciendo. Pedimos sin esperar que nuestras oraciones serán escuchadas por eso este es el resultado que obtenemos.
San Agustín expresa esta discordancia en nosotros, en sus Confesiones, cuando nos dice que él pedía a Dios para que le diera castidad mientras que la otra parte de él mismo le pedía que no fuera de inmediato. En esta oración ninguna de las dos cosas se realizaban ya que se pedía precisamente eso, que ninguna de las dos cosas surtiera efecto.
Seamos uno sólo en todo lo que somos, en nuestra alma, en nuestros pensamientos, en nuestras palabras y en nuestras acciones. Y así en esta singularidad de nuestra oración pidamos a Nuestro Padre Celestial en nombre de Jesucristo y confiando totalmente que recibiremos que lo realmente deseamos.
Que así sea
Saturday, May 21, 2011
DOMINGO 4to. DESPUÉS DE PASCUA
22 DE MAYO DE 2011
Queridos Hermanos:
Un gran dolor ha llenado el corazón de los apóstoles porque Jesucristo les avisa que tiene que regresar a Su Padre al Cielo.
Nuestras vidas frecuentemente, también son llenas de dolor, cuando en realidad debemos llenarnos de alegría.
Los apóstoles debieron haberse alegado por Jesús, sin embargo la tristeza los envolvió, por la pérdida que percibían. Jesucristo les señala su error. Deben, ante todo, estar alegres por Él y por su alegría en el Cielo con Su Padre, y no ser tan egoístas y pensar sólo en la perdida. En segundo lugar deben estar alegres ya que Jesucristo no los estaba abandonando sino prometiéndoles que enviaría al Espíritu Santo.
Frecuentemente, en nuestras propias vidas, percibimos el éxito y felicidad de los demás como sufrimiento y dolor para nosotros mismos. Este egoísmo frecuentemente se desarrolla en envidia por el bien de los demás, incluso llega a ocasionarnos celos y odio por lo que han recibido algún bien. Este es un grave pecado y motivo por el que debemos estar tristes.
Verdadero amor por nuestro prójimo exige que nos alegremos por los bienes que recibe. Y si somos fieles en el cumplimiento del mandamiento de Jesucristo que dice que amemos incluso a nuestros propios enemigos, debemos alegraros aún por los beneficios que estos reciben.
Frecuentemente, el bien que otros reciben, personalmente no nos custa nada o muy poco, por lo tanto debe ser más fácil estar contentos por los demás, más aún si reciben algún bien a cuesta nuestra, debemos alegrarnos. El sufrimiento que le ocasionamos a Jesucristo por nuestros pecados no engendraron odio en Su corazón, por nosotros (la causa de Su Dolor), más bien por el contrario, nos amó lo suficiente para encontrar gozo en las gracias que recibimos por Su sufrimiento.
Esto no es algo fácil de lograr. Requiere un gran esfuerzo de cooperar con la gracia de Dios. Nuestra naturaleza caída, automáticamente se revela ante el mismo pensamiento de esta caridad sobrenatural por quienes nos odian o persiguen. Este sin embargo, el camino y meta que Jesucristo ha puesto frente a nosotros. Es una meta de perfección.
Jesucristo quiere que seamos perfectos porque nuestro Padre Celestial es perfecto.
Jesucristo nos pide una profunda humildad para que no pensemos ni siquiera que somos merecedores de los muchos beneficios que hemos recibido, mucho menos causa, de los beneficios que han recibido los demás.
Después de haber hecho todo bien, debemos decir que somos siervos no productivos porque hemos hecho sólo lo que teníamos que hacer. En otra ocasión Jesucristo nos dice aprendan de mi que soy dócil y humilde de corazón.
La tristeza que nos ocasiona la buena fortuna de los demás, es frecuentemente suficiente para robarles parte de la felicidad que Dios planeó darles. En haciendo esto, nuestra naturaleza caída encuentra una perversa satisfacción, cuando en realidad el que sale lastimado de todo estos somos sólo nosotros, por haber ofendido a Dios y hemos merecido para nosotros mismos un gran dolor y un gran sufrimiento.
Frecuentemente este dolor es ignorado por quienes envidiamos o estamos celosos, por lo tanto es claro y obvio que quien sale lastimado de estos sentimientos somos sólo nosotros mismos.
En nuestra búsqueda por la perfección debemos aprender a regocijarnos siempre.
Debemos encontrar alegría en todo lo que Dios hace o permite. SI Dios decide darle alegría a otro por ser débil y necesita este apoyo, debemos alegrarnos, si Dios decide probarnos con un poco de dolor o sufrimiento, también esto debe ser razón para alegrarnos. Los motivos de Dios deben ser siempre los mismos para nosotros tanto en el sufrimiento y dolor como en el gozo y alegría. El siempre desea nuestro bien eterno. Por lo tanto, todo lo que sucede en nuestro peregrinar por este mundo es con la intención de acercarnos más y más a Él. (Nuestro objetivo final). Si cooperamos con Él, en todas estas cosas, de igual manera seguiremos a Jesucristo a estar con Nuestro Padre Celestial.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Un gran dolor ha llenado el corazón de los apóstoles porque Jesucristo les avisa que tiene que regresar a Su Padre al Cielo.
Nuestras vidas frecuentemente, también son llenas de dolor, cuando en realidad debemos llenarnos de alegría.
Los apóstoles debieron haberse alegado por Jesús, sin embargo la tristeza los envolvió, por la pérdida que percibían. Jesucristo les señala su error. Deben, ante todo, estar alegres por Él y por su alegría en el Cielo con Su Padre, y no ser tan egoístas y pensar sólo en la perdida. En segundo lugar deben estar alegres ya que Jesucristo no los estaba abandonando sino prometiéndoles que enviaría al Espíritu Santo.
Frecuentemente, en nuestras propias vidas, percibimos el éxito y felicidad de los demás como sufrimiento y dolor para nosotros mismos. Este egoísmo frecuentemente se desarrolla en envidia por el bien de los demás, incluso llega a ocasionarnos celos y odio por lo que han recibido algún bien. Este es un grave pecado y motivo por el que debemos estar tristes.
Verdadero amor por nuestro prójimo exige que nos alegremos por los bienes que recibe. Y si somos fieles en el cumplimiento del mandamiento de Jesucristo que dice que amemos incluso a nuestros propios enemigos, debemos alegraros aún por los beneficios que estos reciben.
Frecuentemente, el bien que otros reciben, personalmente no nos custa nada o muy poco, por lo tanto debe ser más fácil estar contentos por los demás, más aún si reciben algún bien a cuesta nuestra, debemos alegrarnos. El sufrimiento que le ocasionamos a Jesucristo por nuestros pecados no engendraron odio en Su corazón, por nosotros (la causa de Su Dolor), más bien por el contrario, nos amó lo suficiente para encontrar gozo en las gracias que recibimos por Su sufrimiento.
Esto no es algo fácil de lograr. Requiere un gran esfuerzo de cooperar con la gracia de Dios. Nuestra naturaleza caída, automáticamente se revela ante el mismo pensamiento de esta caridad sobrenatural por quienes nos odian o persiguen. Este sin embargo, el camino y meta que Jesucristo ha puesto frente a nosotros. Es una meta de perfección.
Jesucristo quiere que seamos perfectos porque nuestro Padre Celestial es perfecto.
Jesucristo nos pide una profunda humildad para que no pensemos ni siquiera que somos merecedores de los muchos beneficios que hemos recibido, mucho menos causa, de los beneficios que han recibido los demás.
Después de haber hecho todo bien, debemos decir que somos siervos no productivos porque hemos hecho sólo lo que teníamos que hacer. En otra ocasión Jesucristo nos dice aprendan de mi que soy dócil y humilde de corazón.
La tristeza que nos ocasiona la buena fortuna de los demás, es frecuentemente suficiente para robarles parte de la felicidad que Dios planeó darles. En haciendo esto, nuestra naturaleza caída encuentra una perversa satisfacción, cuando en realidad el que sale lastimado de todo estos somos sólo nosotros, por haber ofendido a Dios y hemos merecido para nosotros mismos un gran dolor y un gran sufrimiento.
Frecuentemente este dolor es ignorado por quienes envidiamos o estamos celosos, por lo tanto es claro y obvio que quien sale lastimado de estos sentimientos somos sólo nosotros mismos.
En nuestra búsqueda por la perfección debemos aprender a regocijarnos siempre.
Debemos encontrar alegría en todo lo que Dios hace o permite. SI Dios decide darle alegría a otro por ser débil y necesita este apoyo, debemos alegrarnos, si Dios decide probarnos con un poco de dolor o sufrimiento, también esto debe ser razón para alegrarnos. Los motivos de Dios deben ser siempre los mismos para nosotros tanto en el sufrimiento y dolor como en el gozo y alegría. El siempre desea nuestro bien eterno. Por lo tanto, todo lo que sucede en nuestro peregrinar por este mundo es con la intención de acercarnos más y más a Él. (Nuestro objetivo final). Si cooperamos con Él, en todas estas cosas, de igual manera seguiremos a Jesucristo a estar con Nuestro Padre Celestial.
Así sea.
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