16 DE OCTUBRE DE 2011
Queridos Hermanos:
Una vez más, nuestro Señor Jesucristo nos muestra que la salud del alma es mucho más importante que la salud del cuerpo.
En el Evangelio de hoy vemos que el paralitico recibe el perdón de Dios.
“Confía hijo, tus pecados te son perdonados “.
¿Quién sino Dios, puede perdonar los pecados?
En lugar de entender y aceptar que Cristo es Dios muchos deciden condenarlo como blasfemo. Por lo tanto, para dar pruebas físicas de Su divinidad, Jesucristo les ofrece un milagro menor, para abrirles los ojos, al curar el cuerpo del paralítico.
Frecuentemente nosotros tampoco entendemos ni apreciamos las bendiciones espirituales que recibimos, porque también nosotros estamos más interesados en las cosas materiales. Un cuerpo vivo, sano, no es tan importante como el alma que goza de gran salud.
Si estamos espiritualmente enfermos o muertos, el tener un cuerpo sano no es de importancia para nosotros.
Nuestros cuerpos han sido creados para nuestra alma, por lo que sin alma el cuerpo no tiene ningún propósito real de ser.
Quienes dedican toda su vida al pecado mortal, tienen el alma muerta, y aunque aparentemente estén vivos y hagan cosas buenas, no tienen ningún mérito para ellos mismos. Probablemente continúan existiendo en este mundo, porque Dios les está dando una oportunidad para arrepentirse o por ser de beneficio para algún otro.
Se han convertido en el peor enemigo de ellos mismos. Mientas más tiempo permanezcan en este estado más difícil se les hará abandonarlo.
No hay ninguna razón para que permanezcamos en pecado ahora que Jesucristo ha hecho posible y más fácil librarnos de este mal. Jesucristo ha de igual forma dado poder a Sus sacerdotes para que perdonen los pecados en Su Nombre.
La simple confesión de los pecados, acompañados del verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda, nos abre las puertas de la gracia y misericordia de Dios.
Cuando las circunstancias hacen imposible que confesemos nuestros pecados a un verdadero sacerdote, se nos indica que hagamos un acto de contrición buscando una contrición perfecta y tengamos la resolución de confesarnos lo más pronto posible, cuando tengamos la oportunidad.
No hay ninguna razón para permanecer en el pecado cuando podemos arrepentirnos inmediatamente, una vez que hemos descubierto nuestro error al sucumbir ante el pecado. Si verdaderamente nos arrepentimos seremos verdaderamente perdonados.
Frecuentemente descubriremos que después de confesar nuestros pecados y recibida la absolución, nuestra vida física mejorará de igual forma. Lo que vemos en el paralitico, aplica también a nosotros. Una vez que la carga de nuestra alma ha sido levantada, puede ser curado nuestro cuerpo.
Todos, con frecuencia, buscamos el auxilio de un médico al saber que estamos enfermos de alguna parte de nuestro cuerpo y no así, por nuestra alma. El doctor del cuerpo puede disminuir el sufrimiento de nuestras dificultades y dolor, pero no puede detener la inevitable muerte que gradualmente toma posesión de nosotros, día a día.
Aún más, podemos decir que, el que se encarga de la salud de nuestro cuerpo nada puede hacer por nuestra alma. La conciencia culpable hará disminuir la capacidad de nuestro cuerpo y lo enfermará sin importar que tan bueno y eficiente sea el tratamiento médico.
Por otro lado, el doctor del alma en ocasiones cura ambos, al cuerpo y al alma. Con frecuencia cuando la carga del pecado es eliminada, nuestro cuerpo mejora mucho.
Sin embargo y de manera extraña, buscamos primeramente al doctor de nuestro cuerpo y no el auxilio del sacerdote de Dios. Nuestros pensamientos están en, ignorar al alma y los pecados que la debilitan y destruyen, mientas que enfocamos toda nuestra atención sobre las cosas que debilitan y destruyen nuestro cuerpo.
Olvidamos que es el alma la que mantiene al cuerpo con vida y es en la salud de esta que debemos poner toda nuestra atención.
Dios puede curar tanto el alma como el cuerpo, pero quiere que pongamos como prioridad y nos demos cuenta que el alma, es antes que el cuerpo, aún, al precio del mismo sacrificio. Lamentablemente, con frecuencia sacrificamos nuestra alma con el afán de salvar nuestro cuerpo fallando siempre en este propósito ya que eventualmente nuestro cuerpo ha de morir, inventemos o hagamos lo que hagamos.
Si sólo buscáramos la salud de nuestra alma inmortal, nos daremos cuenta que, frecuentemente le seguirá la salud de nuestro cuerpo, como sucedió en el relato que hace del paralitico, el evangelio de hoy.
Saturday, October 15, 2011
Saturday, October 8, 2011
DOMINGO 17° DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
9 DE OCTUBRE DE 2011
Queridos hermanos:
Nuestro Señor Jesucristo, aprovecha, la trampa en que los fariseos pretenden hacerlo caer, para enseñarnos una lección.
La primera lección es:
¿Cuál es el mayor de lo Mandamientos?
Al decirnos lo que Dios espera de nosotros antes que cualquier otra cosa Jesucristo nos está diciendo mucho acerca de Dios y consecuentemente de sí mismo. San Juan nos dice que Dios es amor. Luego entonces este gran y primer mandamiento es imitar a Dios y amar lo que Él ama en la manera que Él lo hace.
Es para nosotros imposible amar infinitamente como Dios porque somos creaturas finitas, sin embargo, sí nos es posible amar completamente, con todo nuestro corazón y alma.
Este es el primer mandamiento
El segundo es: Amar a las demás creaturas (principalmente al hombre) que ama Dios.
Toda vez que son nuestros compañeros, creaturas, es lógico que debemos amarlos como a nosotros mismos.
Dios es amor. Esto es lo que es o quién es ÉL. Dios es perfecto en cualquier forma que pensemos. Es todo poderoso, todo sabiduría, santo etc. El amor, sin embargo, resplandece maravillosamente más que el resto. Es por este amor de Dios al hombre que ha mandado a Su único Hijo. Es el amor de Dios que continúa en el sacrificio incruento en la Misa cada día y todos los días hasta el fin de los tiempos.
Este es el amor de Jesucristo, aún para los mismos fariseos que, lo previene de no fulminarlos en ese mismo momento. Dios es siempre apacible porque ama. Siempre está listo a perdonar porque ama y conoce nuestras debilidades.
Es siempre justo porque ama. Parece ser que es, este amor que mueve en Dios sus demás perfecciones.
Al llamar nuestra atención para imitarlo, Jesucristo, desea que nosotros amemos. Dios nos ama y sólo busca lo mejor para nosotros, sin embargo, nos ha dado el libre albedrio y no impone la felicidad ni amor sobre nosotros. Dios nos invita amar y nos da muchas razones para hacerlo, pero corresponde a nosotros la decisión de amar o no hacerlo.
San Pablo, igualmente nos dice que la mayor de todas las virtudes es el amor. Las otras pasaran pero el amor permanecerá por siempre. Si deseamos, por lo tanto, tener vida eterna, debemos amar. No estamos hablando aquí de cualquier amor, sino el verdadero y ordenado, según la voluntad de Dios.
El “amor propio” es frecuentemente condenado como vicio, porque es un amor desordenado, por poner a “uno mismo” por encima y antes que Dios. Si verdaderamente nos amamos no permitiremos que es te vicio invierta la adecuado disposición del amor.
El amor parece y se desarrolla en muchas maneras diferentes. No es sólo sentimiento. Muchas veces, equivocadamente, pensamos que no amamos porque no sentimos emoción o afecto. La voluntad influye en cada aspecto de nuestro ser, incluyendo el amor.
Frecuentemente debemos empezar con un débil o no claro amor en nuestro intelecto, puesto ahí por un simple acto de la voluntad, después de cooperar con la gracia de Dios y activamente perseguir un amor más profundo y grande, empieza a crecer hasta que nos envuelve por completo.
Al acercarse cada vez más a la perfección, nuestro amor, podremos decir con san Pablo, no soy yo, sino que, es Cristo quien vive en mí.
La segunda lección es que Cristo es Dios y hombre. Cristo ama como lo hace Dios porque es Dios. Al preguntar los fariseos como puede David llamar a Cristo su hijo.
Jesucristo nos ofrece una lección muy poderosa, misma que pasa desapercibida por los fariseos al estar voluntariamente ciegos.
Para que la redención fuera aplicable a nosotros, es necesario que un hombre como nosotros pagara el precio, pero para que la redención fuera suficiente fue necesario que un ser infinito la hiciera. Por lo tanto claramente entendemos que Cristo es verdadero Dios y verdadero Hombre y de esta manera, capaz de salvarnos de nuestros pecados y abrir para nosotros las puertas del cielo.
Todo esto lo decimos igualmente por el amor de Dios hacia nosotros. Cristo es Dios, por lo tanto nos ama como Dios. Y nos ama como hombre por ser de igual manera hombre. Podremos decir, luego entonces que, en cierta manera podemos pedir un doble amor de Cristo para nosotros. Al saber esto, sólo se incrementa nuestra responsabilidad para de manera reciproca amar y compartir este amor con los demás, como Él nos ha amado.
No nos está pidiendo mucho, Dios, al pedirnos que lo amemos con todo nuestro ser y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (incluyendo nuestros enemigos). Al cooperar con Su gracia podemos hacer esto de manera más perfecta. Tal vez tengamos que empezar desde abajo y empezar a construir con oraciones pacientemente, estudio y reflexión, pero lo podemos lograr.
Si queremos entrar al cielo con Dios, debemos hacerlo. Por lo tanto pidamos de manera honesta este amor por Dios, buscando incrementarlo día a día.
Así sea
Queridos hermanos:
Nuestro Señor Jesucristo, aprovecha, la trampa en que los fariseos pretenden hacerlo caer, para enseñarnos una lección.
La primera lección es:
¿Cuál es el mayor de lo Mandamientos?
Al decirnos lo que Dios espera de nosotros antes que cualquier otra cosa Jesucristo nos está diciendo mucho acerca de Dios y consecuentemente de sí mismo. San Juan nos dice que Dios es amor. Luego entonces este gran y primer mandamiento es imitar a Dios y amar lo que Él ama en la manera que Él lo hace.
Es para nosotros imposible amar infinitamente como Dios porque somos creaturas finitas, sin embargo, sí nos es posible amar completamente, con todo nuestro corazón y alma.
Este es el primer mandamiento
El segundo es: Amar a las demás creaturas (principalmente al hombre) que ama Dios.
Toda vez que son nuestros compañeros, creaturas, es lógico que debemos amarlos como a nosotros mismos.
Dios es amor. Esto es lo que es o quién es ÉL. Dios es perfecto en cualquier forma que pensemos. Es todo poderoso, todo sabiduría, santo etc. El amor, sin embargo, resplandece maravillosamente más que el resto. Es por este amor de Dios al hombre que ha mandado a Su único Hijo. Es el amor de Dios que continúa en el sacrificio incruento en la Misa cada día y todos los días hasta el fin de los tiempos.
Este es el amor de Jesucristo, aún para los mismos fariseos que, lo previene de no fulminarlos en ese mismo momento. Dios es siempre apacible porque ama. Siempre está listo a perdonar porque ama y conoce nuestras debilidades.
Es siempre justo porque ama. Parece ser que es, este amor que mueve en Dios sus demás perfecciones.
Al llamar nuestra atención para imitarlo, Jesucristo, desea que nosotros amemos. Dios nos ama y sólo busca lo mejor para nosotros, sin embargo, nos ha dado el libre albedrio y no impone la felicidad ni amor sobre nosotros. Dios nos invita amar y nos da muchas razones para hacerlo, pero corresponde a nosotros la decisión de amar o no hacerlo.
San Pablo, igualmente nos dice que la mayor de todas las virtudes es el amor. Las otras pasaran pero el amor permanecerá por siempre. Si deseamos, por lo tanto, tener vida eterna, debemos amar. No estamos hablando aquí de cualquier amor, sino el verdadero y ordenado, según la voluntad de Dios.
El “amor propio” es frecuentemente condenado como vicio, porque es un amor desordenado, por poner a “uno mismo” por encima y antes que Dios. Si verdaderamente nos amamos no permitiremos que es te vicio invierta la adecuado disposición del amor.
El amor parece y se desarrolla en muchas maneras diferentes. No es sólo sentimiento. Muchas veces, equivocadamente, pensamos que no amamos porque no sentimos emoción o afecto. La voluntad influye en cada aspecto de nuestro ser, incluyendo el amor.
Frecuentemente debemos empezar con un débil o no claro amor en nuestro intelecto, puesto ahí por un simple acto de la voluntad, después de cooperar con la gracia de Dios y activamente perseguir un amor más profundo y grande, empieza a crecer hasta que nos envuelve por completo.
Al acercarse cada vez más a la perfección, nuestro amor, podremos decir con san Pablo, no soy yo, sino que, es Cristo quien vive en mí.
La segunda lección es que Cristo es Dios y hombre. Cristo ama como lo hace Dios porque es Dios. Al preguntar los fariseos como puede David llamar a Cristo su hijo.
Jesucristo nos ofrece una lección muy poderosa, misma que pasa desapercibida por los fariseos al estar voluntariamente ciegos.
Para que la redención fuera aplicable a nosotros, es necesario que un hombre como nosotros pagara el precio, pero para que la redención fuera suficiente fue necesario que un ser infinito la hiciera. Por lo tanto claramente entendemos que Cristo es verdadero Dios y verdadero Hombre y de esta manera, capaz de salvarnos de nuestros pecados y abrir para nosotros las puertas del cielo.
Todo esto lo decimos igualmente por el amor de Dios hacia nosotros. Cristo es Dios, por lo tanto nos ama como Dios. Y nos ama como hombre por ser de igual manera hombre. Podremos decir, luego entonces que, en cierta manera podemos pedir un doble amor de Cristo para nosotros. Al saber esto, sólo se incrementa nuestra responsabilidad para de manera reciproca amar y compartir este amor con los demás, como Él nos ha amado.
No nos está pidiendo mucho, Dios, al pedirnos que lo amemos con todo nuestro ser y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (incluyendo nuestros enemigos). Al cooperar con Su gracia podemos hacer esto de manera más perfecta. Tal vez tengamos que empezar desde abajo y empezar a construir con oraciones pacientemente, estudio y reflexión, pero lo podemos lograr.
Si queremos entrar al cielo con Dios, debemos hacerlo. Por lo tanto pidamos de manera honesta este amor por Dios, buscando incrementarlo día a día.
Así sea
Saturday, October 1, 2011
DOMINGO 16° DESPUÉS DE PENTECOSTES
2 DE OCTUBRE DE 2011
Queridos Hermanos:
Hay varias cosas que debemos considerar y tomar en cuenta acerca de la lectura del Evangelio de este día.
¿Qué se nos permite hacer en domingo?
¿Somos humildes?
Cómo deben hablar nuestras acciones, sobre nuestra humildad
Y finalmente pero no menos importante, debemos considerar la recompensa que les espera a los humildes.
¿Qué nos obliga hacer, en Domingo? Debemos conservar santo el domingo porque es el día del Señor. Es principalmente un día de descanso y oración, un día dedicado a Dios y a nuestra alma. Tenemos los demás seis días para ocuparnos sobre las cosas materiales y de nuestro bienestar físico.
El domingo debemos poner atención a nuestro bienestar espiritual y se nos pide, pongamos especial atención a Dios, ya que no nos es permitido hacerlo los demás días de la semana por las múltiples ocupaciones que nos envuelven. Con las obligaciones del Sabbat movidas al primer día de la semana, el domingo, desde tiempos de los apóstoles, nos encontramos con que no estamos terminando la semana con Dios sino empezándola. Poniendo a Dios primero, es la mejor forma de empezar nuestras actividades, incluyendo la semana.
Por supuesto que existen ocasiones, como lo vemos en el evangelio de hoy, cuando es necesario permitir que las obligaciones y actividades del resto de la semana se junten el domingo, pero en tales ocasiones debemos recordar que todo lo hacemos por amor de Dios, y si nos es posible debemos restaurar en cualquier otro día lo que le correspondía al domingo. Amando a Dios, honrándolo, haciéndole alguna petición y adorándolo, nunca son fuera de tiempo ni rechazadas.
También nos pide, nuestro señor, que seamos humildes. Se nos recuerda no buscar los primeros lugares, si no el último lugar. Esto lo podemos hacer y lograr una vez que hemos reconocido nuestro desvalimiento.
Nuestro valer no se debe comparar con nuestro prójimo sino, con Dios. Jesucristo nos dice que es a Él a quien debemos seguir e imitar. Frecuentemente al compararnos con nuestro prójimo, terminamos como el fariseo que, llenando su cabeza con la peligrosa y dañina, vanidad y orgullo para finalmente despreciar a su prójimo.
Sin embargo si volteamos a ver a Jesucristo y a nosotros mismos, nos daremos cuenta que tenemos mucho por que aprender a ser humildes y mucho más de que avergonzarnos.
Nos dice Nuestro Señor Jesucristo que, debemos aprender de Él a ser dóciles y humildes de corazón. Una vez que reconocemos nuestras faltas y caídas en esta área; nos debe guiar una gran humildad a San Francisco y muchos de los santos, y poder considerarnos el peor de los pecadores.
Somos los peores pecadores no en comparación con nuestro prójimo sino en comparación con Dios. Somos sus hijos y el debe ser nuestro modelo a imitar: “Ser perfectos como su Padre Celestial es perfecto”
Si buscamos este último lugar, con gran humildad, nuestra vida estará en armonía con Jesucristo, que se humillo al tomar nuestra naturaleza humana. Jesucristo N. S. se hizo el último de los hombres, no el mayor de estos. Se humillo aún a la muerte en la cruz.
Después de esta muerte terrible resucitó de entro los muertos y ahora se encuentra sentado a la derecha del Padre Celestial. De ser el menor e insignificante, es ahora el Mayor de todos.
Esto es lo que nos está diciendo al sugerirnos que el ultimo será el primero, quien se exalta será humillado y viceversa. Debemos seguirlo, muriendo a nosotros mismos, día a día.
Levantamos nuestra cruz y lo seguimos diariamente, al pacientemente soportar los pesares y obstáculos de nuestra vida y buscar nuestro lugar adecuado con gran humildad y verdad. Si Jesucristo que es Dios hizo esto por nosotros, quienes somos para pensar que esto es algo denigrante. En toda verdad nosotros deberíamos sufrir todo lo que Jesucristo inocentemente, sufrió por nosotros. Por lo que cualquier mal que recaiga sobre nosotros es sólo el resultado de nuestros pecados. Además que no debemos considerarlo como un mal lo que nos sucede ya que esto nos abre el camino a la salvación.
Si aceptamos esta recomendación y voluntariamente aceptamos y tomamos el último de los lugares en esta vida encontraremos una gran recompensa en el Cielo porque hemos fielmente imitado a nuestro modelo a seguir Jesucristo Nuestro Señor.
Así sea
Queridos Hermanos:
Hay varias cosas que debemos considerar y tomar en cuenta acerca de la lectura del Evangelio de este día.
¿Qué se nos permite hacer en domingo?
¿Somos humildes?
Cómo deben hablar nuestras acciones, sobre nuestra humildad
Y finalmente pero no menos importante, debemos considerar la recompensa que les espera a los humildes.
¿Qué nos obliga hacer, en Domingo? Debemos conservar santo el domingo porque es el día del Señor. Es principalmente un día de descanso y oración, un día dedicado a Dios y a nuestra alma. Tenemos los demás seis días para ocuparnos sobre las cosas materiales y de nuestro bienestar físico.
El domingo debemos poner atención a nuestro bienestar espiritual y se nos pide, pongamos especial atención a Dios, ya que no nos es permitido hacerlo los demás días de la semana por las múltiples ocupaciones que nos envuelven. Con las obligaciones del Sabbat movidas al primer día de la semana, el domingo, desde tiempos de los apóstoles, nos encontramos con que no estamos terminando la semana con Dios sino empezándola. Poniendo a Dios primero, es la mejor forma de empezar nuestras actividades, incluyendo la semana.
Por supuesto que existen ocasiones, como lo vemos en el evangelio de hoy, cuando es necesario permitir que las obligaciones y actividades del resto de la semana se junten el domingo, pero en tales ocasiones debemos recordar que todo lo hacemos por amor de Dios, y si nos es posible debemos restaurar en cualquier otro día lo que le correspondía al domingo. Amando a Dios, honrándolo, haciéndole alguna petición y adorándolo, nunca son fuera de tiempo ni rechazadas.
También nos pide, nuestro señor, que seamos humildes. Se nos recuerda no buscar los primeros lugares, si no el último lugar. Esto lo podemos hacer y lograr una vez que hemos reconocido nuestro desvalimiento.
Nuestro valer no se debe comparar con nuestro prójimo sino, con Dios. Jesucristo nos dice que es a Él a quien debemos seguir e imitar. Frecuentemente al compararnos con nuestro prójimo, terminamos como el fariseo que, llenando su cabeza con la peligrosa y dañina, vanidad y orgullo para finalmente despreciar a su prójimo.
Sin embargo si volteamos a ver a Jesucristo y a nosotros mismos, nos daremos cuenta que tenemos mucho por que aprender a ser humildes y mucho más de que avergonzarnos.
Nos dice Nuestro Señor Jesucristo que, debemos aprender de Él a ser dóciles y humildes de corazón. Una vez que reconocemos nuestras faltas y caídas en esta área; nos debe guiar una gran humildad a San Francisco y muchos de los santos, y poder considerarnos el peor de los pecadores.
Somos los peores pecadores no en comparación con nuestro prójimo sino en comparación con Dios. Somos sus hijos y el debe ser nuestro modelo a imitar: “Ser perfectos como su Padre Celestial es perfecto”
Si buscamos este último lugar, con gran humildad, nuestra vida estará en armonía con Jesucristo, que se humillo al tomar nuestra naturaleza humana. Jesucristo N. S. se hizo el último de los hombres, no el mayor de estos. Se humillo aún a la muerte en la cruz.
Después de esta muerte terrible resucitó de entro los muertos y ahora se encuentra sentado a la derecha del Padre Celestial. De ser el menor e insignificante, es ahora el Mayor de todos.
Esto es lo que nos está diciendo al sugerirnos que el ultimo será el primero, quien se exalta será humillado y viceversa. Debemos seguirlo, muriendo a nosotros mismos, día a día.
Levantamos nuestra cruz y lo seguimos diariamente, al pacientemente soportar los pesares y obstáculos de nuestra vida y buscar nuestro lugar adecuado con gran humildad y verdad. Si Jesucristo que es Dios hizo esto por nosotros, quienes somos para pensar que esto es algo denigrante. En toda verdad nosotros deberíamos sufrir todo lo que Jesucristo inocentemente, sufrió por nosotros. Por lo que cualquier mal que recaiga sobre nosotros es sólo el resultado de nuestros pecados. Además que no debemos considerarlo como un mal lo que nos sucede ya que esto nos abre el camino a la salvación.
Si aceptamos esta recomendación y voluntariamente aceptamos y tomamos el último de los lugares en esta vida encontraremos una gran recompensa en el Cielo porque hemos fielmente imitado a nuestro modelo a seguir Jesucristo Nuestro Señor.
Así sea
Saturday, September 24, 2011
DOMINGO 15° DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
25 DE SEPTIEMBRE DE 2011
Queridos Hermanos:
El día de hoy somos testigos de un gran milagro. Jesucristo Nuestro Señor resucita al hijo de la viuda. Se lo regresa a su madre, para aliviar su dolor y sufrimiento.
Hizo esto por compasión y amor ante el sufrimiento humano, pero algo más importante, lo hizo para probar Su Divinidad. Como Dios, no hay nada que no pueda hacer, todo lo puede, porque es Dios.
Mientras que la resurrección de los muertos, es algo maravilloso, debemos recordar y considerar que, también nosotros un día, resucitaremos de esta muerte física. Es una resurrección mucho más maravillosa e importante que debemos tener en cuenta, la resurrección espiritual.
Las sagradas escrituras nos hablan de dos muertes, una física (muerte del cuerpo) y la otra espiritual (muerte del alma) a la primera, todos estamos sujetos, es algo que no podemos evitar en esta vida. La segunda muerte, por lo tanto, es completamente evitable, si sólo cooperamos con la gracia de Dios.
Todos y cada uno de los pecados mortales destruye la vida de la gracia en el alma y, por lo tanto, lamentablemente la dirige a su muerte espiritual. Jesucristo Nuestro Señor restauró la vida sobrenatural en muchas ocasiones y más aún dio ese poder a Sus sacerdotes para que hicieran lo mismo en Su nombre, a través del Sacramento de la Penitencia. Este es un milagro aún más maravilloso que, restaurar la vida físicamente.
Tanto cuanto tenemos temor de la muerte física, debemos más bien tener temor de la muerte espiritual. No podemos evadir la primera – es inevitable. Si estamos en estado de gracia la primera muerte la recibimos como una cosa buena y más aún, como una bendición, ya que nos libera de este mundo y nos manda al otro que es incomparablemente mucho mejor.
Muchos santos, como san Pablo, anhelaban dejar esta vida para poder entrar en la otra.
Para ellos la primera muerte era liberación de la prisión de este mundo y la libertad para entrar al Cielo. Más allá de ser una maldición, la muerte para ellos, era un gran privilegio.
En lugar de temer por nuestra vida y muerte física de nuestro cuerpo, debemos tener mucho más temor por la muerte de nuestra alma. No hay nada más delicado y que debemos temer hacer que, cometer un pecado mortal, ya que con esto destruimos la vida de Dios en nuestra alma.
La muerte de nuestra alma es una muerte eterna en el Infierno, la muerte de nuestro cuerpo físicamente es sólo una circunstancia temporal, porque al final de los días todos los cuerpos que existen y existirán, serán resucitados para ya no morir esta muerte física. Los justos entrarán (cuerpo y alma) a la felicidad eterna en el Cielo, mientras que los malvados entrarán (cuerpo y alma) al eterno castigo en el Infierno.
Si sólo nos pusiéramos a considerar lo que significa la “eternidad” veremos qué tonto es el intercambiar un momento pasajero de placer en esta vida por la miseria eterna en la otra.
Al restaurar la vida física a este joven, Jesucristo le ha dado una segunda oportunidad para merecer la felicidad eterna del cielo, o por lo menos tratar de incrementar sus méritos para este. Es sólo en esta vida que podemos merecer o incrementar los derechos para la eternidad.
Una vez que hemos muerto físicamente ya no podremos incrementar ni merecer nada más. Nuestras obras serán por completo selladas para siempre.
Los que están en el purgatorio sufren no para incrementar o ganar más méritos sino para purgar hasta la más mínima mancha considerada por el pecado que sujeta sus almas. Quienes están en el purgatorio entrarán al Cielo sin lugar a dudas, una vez que sus imperfecciones hayan sido purificadas.
A nosotros también se nos han dado segundas oportunidades en esta vida; al igual que al joven de que nos habla el evangelio de hoy. Tal vez no se nos ha restaurado la vida físicamente pero se nos han dado los Sacramentos.
Es una gran ventaja para nuestra alma que participemos de una manera especial en el Sacramento de la Penitencia, si tenemos la desdicha de caer en el pecado mortal. Es a través de este sacramento y por medio de él que, nuestra alma puede ser restaurada y nos sea permitido empezar de nuevo.
Hagamos uso frecuente de este sacramento hubiéramos caído o no en pecado mortal, para limpiar hasta la más mínima e insignificante mancha del pecado en nuestra alma, para que nos ayude ahora y en la eternidad.
Así sea
Queridos Hermanos:
El día de hoy somos testigos de un gran milagro. Jesucristo Nuestro Señor resucita al hijo de la viuda. Se lo regresa a su madre, para aliviar su dolor y sufrimiento.
Hizo esto por compasión y amor ante el sufrimiento humano, pero algo más importante, lo hizo para probar Su Divinidad. Como Dios, no hay nada que no pueda hacer, todo lo puede, porque es Dios.
Mientras que la resurrección de los muertos, es algo maravilloso, debemos recordar y considerar que, también nosotros un día, resucitaremos de esta muerte física. Es una resurrección mucho más maravillosa e importante que debemos tener en cuenta, la resurrección espiritual.
Las sagradas escrituras nos hablan de dos muertes, una física (muerte del cuerpo) y la otra espiritual (muerte del alma) a la primera, todos estamos sujetos, es algo que no podemos evitar en esta vida. La segunda muerte, por lo tanto, es completamente evitable, si sólo cooperamos con la gracia de Dios.
Todos y cada uno de los pecados mortales destruye la vida de la gracia en el alma y, por lo tanto, lamentablemente la dirige a su muerte espiritual. Jesucristo Nuestro Señor restauró la vida sobrenatural en muchas ocasiones y más aún dio ese poder a Sus sacerdotes para que hicieran lo mismo en Su nombre, a través del Sacramento de la Penitencia. Este es un milagro aún más maravilloso que, restaurar la vida físicamente.
Tanto cuanto tenemos temor de la muerte física, debemos más bien tener temor de la muerte espiritual. No podemos evadir la primera – es inevitable. Si estamos en estado de gracia la primera muerte la recibimos como una cosa buena y más aún, como una bendición, ya que nos libera de este mundo y nos manda al otro que es incomparablemente mucho mejor.
Muchos santos, como san Pablo, anhelaban dejar esta vida para poder entrar en la otra.
Para ellos la primera muerte era liberación de la prisión de este mundo y la libertad para entrar al Cielo. Más allá de ser una maldición, la muerte para ellos, era un gran privilegio.
En lugar de temer por nuestra vida y muerte física de nuestro cuerpo, debemos tener mucho más temor por la muerte de nuestra alma. No hay nada más delicado y que debemos temer hacer que, cometer un pecado mortal, ya que con esto destruimos la vida de Dios en nuestra alma.
La muerte de nuestra alma es una muerte eterna en el Infierno, la muerte de nuestro cuerpo físicamente es sólo una circunstancia temporal, porque al final de los días todos los cuerpos que existen y existirán, serán resucitados para ya no morir esta muerte física. Los justos entrarán (cuerpo y alma) a la felicidad eterna en el Cielo, mientras que los malvados entrarán (cuerpo y alma) al eterno castigo en el Infierno.
Si sólo nos pusiéramos a considerar lo que significa la “eternidad” veremos qué tonto es el intercambiar un momento pasajero de placer en esta vida por la miseria eterna en la otra.
Al restaurar la vida física a este joven, Jesucristo le ha dado una segunda oportunidad para merecer la felicidad eterna del cielo, o por lo menos tratar de incrementar sus méritos para este. Es sólo en esta vida que podemos merecer o incrementar los derechos para la eternidad.
Una vez que hemos muerto físicamente ya no podremos incrementar ni merecer nada más. Nuestras obras serán por completo selladas para siempre.
Los que están en el purgatorio sufren no para incrementar o ganar más méritos sino para purgar hasta la más mínima mancha considerada por el pecado que sujeta sus almas. Quienes están en el purgatorio entrarán al Cielo sin lugar a dudas, una vez que sus imperfecciones hayan sido purificadas.
A nosotros también se nos han dado segundas oportunidades en esta vida; al igual que al joven de que nos habla el evangelio de hoy. Tal vez no se nos ha restaurado la vida físicamente pero se nos han dado los Sacramentos.
Es una gran ventaja para nuestra alma que participemos de una manera especial en el Sacramento de la Penitencia, si tenemos la desdicha de caer en el pecado mortal. Es a través de este sacramento y por medio de él que, nuestra alma puede ser restaurada y nos sea permitido empezar de nuevo.
Hagamos uso frecuente de este sacramento hubiéramos caído o no en pecado mortal, para limpiar hasta la más mínima e insignificante mancha del pecado en nuestra alma, para que nos ayude ahora y en la eternidad.
Así sea
Saturday, September 17, 2011
DOMINGO 14 ° DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
18 DE SEPTIEMBRE DE 2011
Queridos Hermanos:
No seamos solícitos de las cosas de este mundo. En nuestro bautismo hemos muerto para este mundo, junto con Cristo. Aunque vivimos en él, no somos de este mundo.
Somos de Cristo. Se nos ha dado una nueva vida de la gracia.
Ya lo recordábamos la semana pasada que, es bueno y necesario orar y pedir a Dios por el pan nuestro de cada día. Se nos recuerda igualmente que no debemos preocuparnos tanto por las cosas de este mundo.
Nuestro fin y objetivo principal es amar a Dios y nuestra felicidad eterna en el Cielo.
San Pablo nos dice que hagamos a un lado los pecados de este mundo y, ni siquiera mencionarlos entre nosotros. Cristo nos señala en el evangelio de hoy que Dios conoce nuestras necesidades y que El proveerá, ya que somos sus hijos.
Los paganos y quienes no conocen a Dios están siempre deseosos por las cosas de este mundo. Se preocupan y angustian por lo que van a comer, donde vivirán, que van a vestir etc. Todas estas cosas son también necesarias para nosotros, sin embargo, Dios no nos va a permitir perder tiempo tan valioso preocupándonos por estas cosas.
Hay cosas mucho más importantes que esto.
Dios es nuestro Padre y el nos cuida con amor y cariño. Nos da lo que necesitamos en todo momento y bajo todas las circunstancias. Aún en nuestras necesidades y miseria, eso es lo que necesitamos para nuestro propio bien y salvación.
Los paganos también son Sus creaturas, pero estos no entienden ni creen, por lo tanto tienen la excusa para perder todo el tiempo y pensamiento en obtener y preservar las cosas de este mundo.
Los hijos de este mundo, son muy sabios en sus caminos.
Los hijos de la Iglesia, por otro lado, parecen ser muy imprudentes. Creemos y proclamamos que somos hijos de Dios y que no hemos sido hechos para este mundo, sino para el Cielo. Este mundo fue hecho por Dios para nosotros y de esta manera logremos con mayor felicidad conocer, amar y servirle en este mundo y finalmente ser felices con Él en el Cielo.
Aún sabedores de todo esto, continuamos con nuestras preocupaciones y menesteres de este mundo, siendo negligentes con las cosas de nuestra alma.
En nuestras crisis económicas enfocamos toda nuestra atención en este mundo.
Nuestras oraciones van enfocadas sobre las cosas materiales, haciendo a un lado las espirituales. Dios nos ha enviado la situación económica actual en la que nos encontramos o la ha permitido. En cualquiera de los casos lo ha hecho para nuestro bien, salvación y crecimiento espiritual.
No debemos olvidarnos completamente de las necesidades de nuestro cuerpo, pero si debemos colocarlas en un segundo término comparadas con las necesidades del alma.
Dios quiere que nos ocupemos de las necesidades del cuerpo ya que este es Su templo. De igual manera quiere que lo busquemos con gran preferencia.
Al pedir por “el pan nuestro de cada día” no nos limitemos sólo a las necesidades de este mundo, pidamos de igual forma y, primeramente por las necesidades del alma y posteriormente las del cuerpo.
Cristo nos ha dicho en múltiples ocasiones que busquemos primeramente el reino de Dios y Su justicia y que todo lo demás se nos dará por añadidura. Los pecados que nos dice San Pablo debemos hacer a un lado, son causados principalmente, por olvidarnos de Dios y nuestra propia alma, consecuentemente de nuestro bienestar espiritual.
El pecado nos concentra en lo de este mundo y nos engaña en el intento por buscar la paz y la felicidad en las cosas que hay en este.
La práctica de la virtud, por otro lado, llevará nuestra atención a las cosas del espíritu e incrementar nuestros tesoros en el Cielo.
Dios es nuestro padre amoroso, nos da las cosas de este mundo y para nuestro cuerpo según las vamos necesitando. En algunas ocasiones nos priva de estos por obtener algún beneficio espiritual, tales como regresar nuestra atención hacia Él, como el dador de todo lo que recibimos.
Aunque Él desea darnos muchas y mejores cosas más. Desea llenarnos de beneficios espirituales, sin embargo se siente limitado ya que nosotros llenamos nuestro corazón con tantos cuidados y apego a la cosas de este mundo que no dejamos espacio para las cosas mejores que Él nos quiere dar.
Tratemos de remediar esto, poniendo toda nuestra confianza en Él, tanto en esta vida como la otra.
Así sea
Queridos Hermanos:
No seamos solícitos de las cosas de este mundo. En nuestro bautismo hemos muerto para este mundo, junto con Cristo. Aunque vivimos en él, no somos de este mundo.
Somos de Cristo. Se nos ha dado una nueva vida de la gracia.
Ya lo recordábamos la semana pasada que, es bueno y necesario orar y pedir a Dios por el pan nuestro de cada día. Se nos recuerda igualmente que no debemos preocuparnos tanto por las cosas de este mundo.
Nuestro fin y objetivo principal es amar a Dios y nuestra felicidad eterna en el Cielo.
San Pablo nos dice que hagamos a un lado los pecados de este mundo y, ni siquiera mencionarlos entre nosotros. Cristo nos señala en el evangelio de hoy que Dios conoce nuestras necesidades y que El proveerá, ya que somos sus hijos.
Los paganos y quienes no conocen a Dios están siempre deseosos por las cosas de este mundo. Se preocupan y angustian por lo que van a comer, donde vivirán, que van a vestir etc. Todas estas cosas son también necesarias para nosotros, sin embargo, Dios no nos va a permitir perder tiempo tan valioso preocupándonos por estas cosas.
Hay cosas mucho más importantes que esto.
Dios es nuestro Padre y el nos cuida con amor y cariño. Nos da lo que necesitamos en todo momento y bajo todas las circunstancias. Aún en nuestras necesidades y miseria, eso es lo que necesitamos para nuestro propio bien y salvación.
Los paganos también son Sus creaturas, pero estos no entienden ni creen, por lo tanto tienen la excusa para perder todo el tiempo y pensamiento en obtener y preservar las cosas de este mundo.
Los hijos de este mundo, son muy sabios en sus caminos.
Los hijos de la Iglesia, por otro lado, parecen ser muy imprudentes. Creemos y proclamamos que somos hijos de Dios y que no hemos sido hechos para este mundo, sino para el Cielo. Este mundo fue hecho por Dios para nosotros y de esta manera logremos con mayor felicidad conocer, amar y servirle en este mundo y finalmente ser felices con Él en el Cielo.
Aún sabedores de todo esto, continuamos con nuestras preocupaciones y menesteres de este mundo, siendo negligentes con las cosas de nuestra alma.
En nuestras crisis económicas enfocamos toda nuestra atención en este mundo.
Nuestras oraciones van enfocadas sobre las cosas materiales, haciendo a un lado las espirituales. Dios nos ha enviado la situación económica actual en la que nos encontramos o la ha permitido. En cualquiera de los casos lo ha hecho para nuestro bien, salvación y crecimiento espiritual.
No debemos olvidarnos completamente de las necesidades de nuestro cuerpo, pero si debemos colocarlas en un segundo término comparadas con las necesidades del alma.
Dios quiere que nos ocupemos de las necesidades del cuerpo ya que este es Su templo. De igual manera quiere que lo busquemos con gran preferencia.
Al pedir por “el pan nuestro de cada día” no nos limitemos sólo a las necesidades de este mundo, pidamos de igual forma y, primeramente por las necesidades del alma y posteriormente las del cuerpo.
Cristo nos ha dicho en múltiples ocasiones que busquemos primeramente el reino de Dios y Su justicia y que todo lo demás se nos dará por añadidura. Los pecados que nos dice San Pablo debemos hacer a un lado, son causados principalmente, por olvidarnos de Dios y nuestra propia alma, consecuentemente de nuestro bienestar espiritual.
El pecado nos concentra en lo de este mundo y nos engaña en el intento por buscar la paz y la felicidad en las cosas que hay en este.
La práctica de la virtud, por otro lado, llevará nuestra atención a las cosas del espíritu e incrementar nuestros tesoros en el Cielo.
Dios es nuestro padre amoroso, nos da las cosas de este mundo y para nuestro cuerpo según las vamos necesitando. En algunas ocasiones nos priva de estos por obtener algún beneficio espiritual, tales como regresar nuestra atención hacia Él, como el dador de todo lo que recibimos.
Aunque Él desea darnos muchas y mejores cosas más. Desea llenarnos de beneficios espirituales, sin embargo se siente limitado ya que nosotros llenamos nuestro corazón con tantos cuidados y apego a la cosas de este mundo que no dejamos espacio para las cosas mejores que Él nos quiere dar.
Tratemos de remediar esto, poniendo toda nuestra confianza en Él, tanto en esta vida como la otra.
Así sea
Saturday, September 10, 2011
DOMINGO 13° DESPUES DE PENTECOSTES
11 DE SEPTIEMBRE DE 2011
Queridos Hermanos:
Todos y cada uno de nosotros somos recipientes de la bondad y misericordia de Dios. Si tan sólo consideráramos de manera honesta nuestra vida, veríamos que hemos recibido realmente mucho.
Nuestra existencia misma habla volúmenes del amor de Dios hacia nosotros. Ha pensado en nosotros desde la eternidad. Nos ha traído a la existencia. Nos ha redimido con su valiosísima, propia sangre.
Nos inunda con un sin número de bendiciones todos los días. Sin embargo frecuentemente somos ingratos y nos volvemos en Su contra como los nueve leprosos en lugar de dar gracias a Dios, como lo hizo uno de ellos.
Nuestras costumbres sociales y humanas entran en shock y repulsión por la ingratitud, pero cuando a Dios se refiere y a nuestra alma parece un poco más aceptable.
Nuestro mundo y sociedad materialista nos hacen pensar que todas las cosas buenas que recibimos, son de alguna manera, no regalos, sino el pago o beneficios que hemos merecido o ganado con nuestro esfuerzo.
Muchos de nosotros oramos como los niños mimados que actúan como si Dios fuera nuestro sirviente que debe cumplir nuestras órdenes y cumplir nuestros caprichos.
Cuando Dios no corresponde con nuestros deseos empezamos a dudar Su existencia y nos alejamos de Él. Cuando nos manda o permite algunas cruces o cargas para ponderarnos, lo acusamos de injusto con el pensamiento de que no hemos hecho nada para merecer eso.
Pretendemos reconocer a Dios como Dios. Sin embargo, nos comportamos más bien como si nosotros fuéramos dios y Dios la creatura y servidor. Nuestras acciones sugieren que El existe sólo para nosotros, en lugar de nosotros para El.
Nos comportamos como si se nos hubiera dado el corazón sólo para desear y la lengua sólo para pedir. Hay mucho más recompensa, para el corazón y la lengua, si sólo pudiéramos amar.
Enfoquemos nuestra atención, por esta ocasión, en la gratitud y la acción de gracias. Si realmente amamos, nuestra lengua y corazón estarían constantemente desbordándose con los sentimientos de acción de gracias. El amor mueve nuestra atención hacia el creador y dador de todos los bienes.
Aún en los momentos más difíciles siempre hay algo por lo que debemos estar agradecidos, y el corazón que realmente ama, ve esto de inmediato y es atraído hacia estos sentimientos que ya dijimos, la gratitud, acción de gracias e incremento de este amor.
La presencia y bondad de Dios siempre está con nosotros. Aún delante del pecado, Dios permanece presente ayudándonos con Sus dones para evitar caigamos. Es Su gracia la que causa dolor en nuestra conciencia, o el disgusto que le sigue a la realización de nuestros abusos o negligencias.
El mismo dolor y malestar que sentimos, en nuestro pecado, es un gran regalo de Dios que debemos recibir siempre y ser más agradecidos. Dios no desea ni busca nuestra condenación sino más bien nuestra eterna felicidad con El en el cielo.
Dios quiere que le pidamos todo lo que necesitamos y deseamos. El desea que acudamos a ÉL constantemente, cuando lo hacemos en el Padre Nuestro, por nuestro pan de cada día. También desea que seamos afables y agradecidos al conocer Su bondad y Sus dones.
La acción de gracias y la adoración, son también razones para orar. Debemos tener cuidado de no confinar nuestra oración sólo a esas peticiones.
En cada petición debemos de igual forma agregar el agradecimiento. Debemos dar gracias a Dios por las cosas que nos ha dado y por las que no nos ha permitido, teniendo siempre en mente que Dios nos da y niega las cosas sólo para nuestro beneficio personal.
ÉL desea al final de todo nuestra salvación en el Cielo.
Cuando recibimos algún beneficio de Dios es relativamente fácil darle gracias, sin embargo, la verdadera prueba de este amor y gratitud es cuando somos capaces de ser agradecidos por las cruces y dificultades que recibimos o que agradecemos cuando no se nos ha cumplido alguna petición que le hemos hecho.
Debemos estar mucho más agradecidos porque Dios sabe lo que es bueno y para nuestro propio beneficio, Dios nos da Su gracia en ambas formas al responder nuestras peticiones y al rechazarlas.
En todas las ocasiones y situaciones de nuestra vida debemos imitar al leproso, uno entre diez, es decir; regresar siempre a dar gracias y alabar a Dios.
Así sea.
Queridos Hermanos:
Todos y cada uno de nosotros somos recipientes de la bondad y misericordia de Dios. Si tan sólo consideráramos de manera honesta nuestra vida, veríamos que hemos recibido realmente mucho.
Nuestra existencia misma habla volúmenes del amor de Dios hacia nosotros. Ha pensado en nosotros desde la eternidad. Nos ha traído a la existencia. Nos ha redimido con su valiosísima, propia sangre.
Nos inunda con un sin número de bendiciones todos los días. Sin embargo frecuentemente somos ingratos y nos volvemos en Su contra como los nueve leprosos en lugar de dar gracias a Dios, como lo hizo uno de ellos.
Nuestras costumbres sociales y humanas entran en shock y repulsión por la ingratitud, pero cuando a Dios se refiere y a nuestra alma parece un poco más aceptable.
Nuestro mundo y sociedad materialista nos hacen pensar que todas las cosas buenas que recibimos, son de alguna manera, no regalos, sino el pago o beneficios que hemos merecido o ganado con nuestro esfuerzo.
Muchos de nosotros oramos como los niños mimados que actúan como si Dios fuera nuestro sirviente que debe cumplir nuestras órdenes y cumplir nuestros caprichos.
Cuando Dios no corresponde con nuestros deseos empezamos a dudar Su existencia y nos alejamos de Él. Cuando nos manda o permite algunas cruces o cargas para ponderarnos, lo acusamos de injusto con el pensamiento de que no hemos hecho nada para merecer eso.
Pretendemos reconocer a Dios como Dios. Sin embargo, nos comportamos más bien como si nosotros fuéramos dios y Dios la creatura y servidor. Nuestras acciones sugieren que El existe sólo para nosotros, en lugar de nosotros para El.
Nos comportamos como si se nos hubiera dado el corazón sólo para desear y la lengua sólo para pedir. Hay mucho más recompensa, para el corazón y la lengua, si sólo pudiéramos amar.
Enfoquemos nuestra atención, por esta ocasión, en la gratitud y la acción de gracias. Si realmente amamos, nuestra lengua y corazón estarían constantemente desbordándose con los sentimientos de acción de gracias. El amor mueve nuestra atención hacia el creador y dador de todos los bienes.
Aún en los momentos más difíciles siempre hay algo por lo que debemos estar agradecidos, y el corazón que realmente ama, ve esto de inmediato y es atraído hacia estos sentimientos que ya dijimos, la gratitud, acción de gracias e incremento de este amor.
La presencia y bondad de Dios siempre está con nosotros. Aún delante del pecado, Dios permanece presente ayudándonos con Sus dones para evitar caigamos. Es Su gracia la que causa dolor en nuestra conciencia, o el disgusto que le sigue a la realización de nuestros abusos o negligencias.
El mismo dolor y malestar que sentimos, en nuestro pecado, es un gran regalo de Dios que debemos recibir siempre y ser más agradecidos. Dios no desea ni busca nuestra condenación sino más bien nuestra eterna felicidad con El en el cielo.
Dios quiere que le pidamos todo lo que necesitamos y deseamos. El desea que acudamos a ÉL constantemente, cuando lo hacemos en el Padre Nuestro, por nuestro pan de cada día. También desea que seamos afables y agradecidos al conocer Su bondad y Sus dones.
La acción de gracias y la adoración, son también razones para orar. Debemos tener cuidado de no confinar nuestra oración sólo a esas peticiones.
En cada petición debemos de igual forma agregar el agradecimiento. Debemos dar gracias a Dios por las cosas que nos ha dado y por las que no nos ha permitido, teniendo siempre en mente que Dios nos da y niega las cosas sólo para nuestro beneficio personal.
ÉL desea al final de todo nuestra salvación en el Cielo.
Cuando recibimos algún beneficio de Dios es relativamente fácil darle gracias, sin embargo, la verdadera prueba de este amor y gratitud es cuando somos capaces de ser agradecidos por las cruces y dificultades que recibimos o que agradecemos cuando no se nos ha cumplido alguna petición que le hemos hecho.
Debemos estar mucho más agradecidos porque Dios sabe lo que es bueno y para nuestro propio beneficio, Dios nos da Su gracia en ambas formas al responder nuestras peticiones y al rechazarlas.
En todas las ocasiones y situaciones de nuestra vida debemos imitar al leproso, uno entre diez, es decir; regresar siempre a dar gracias y alabar a Dios.
Así sea.
Saturday, September 3, 2011
DOMINGO 12° DESPUÉS DE PENTECOSTES
4 DE SEPTIEMBRE DE 2011
Queridos Hermanos:
Con frecuencia escuchamos que, debemos amar a nuestros enemigos y hacer el bien a quienes nos persiguen.
En el evangelio de hoy, nuestra Santa Madre la Iglesia nos recuerda una vez más, abrir nuestro corazón a nuestro prójimo.
Debemos tener el cuidado de no condonar el mal o apoyar (ni real ni aparentemente) a estos malhechores en su maldad. Al mismo tiempo, sin embargo, se nos ordena amarlos y buscar lo que es mejor para ellos. Ante el mal y pecado de los demás debemos orar y laborar en que obtengan estos su salvación a través del arrepentimiento y la gracia.
Las obras corporales de misericordia se nos han dado como guías en esta materia. Debemos estar preparados siempre para hacer lo que se nos pida para ayudar a nuestro prójimo. Es realmente difícil discernir a quien ayudar y con cuanto, toda vez que no queremos convertirnos en facilitadores. No queremos desearles ¡Buena suerte! a los herejes y cismáticos a menos que nos convirtamos en cómplice de sus culpas.
Sin embargo, por esta misma razón no queremos verlos perderse por toda la eternidad.
Mantengamos en mente las obras espirituales de misericordia y aprendamos a amonestar al pecador con misericordia.
Los errores del humanismo se han desarrollado de manera galopante y son ahora la corrupción de las obras de misericordia que Dios nos ha dado para practicarlas los unos con los otros. Amar a nuestro prójimo y buscar su salvación nos exige que le prediquemos la verdad y lo asistamos en cada manera posible para que pueda conocer la verdad.
Es completamente en contra de la voluntad de Dios, buscar ayudar al budista a ser mejor budista, o al musulmán ser un mejor musulmán etc. Este no es el amor a nuestro prójimo que Dios quiere practiquemos.
Aparece un gran deseo en este humanismo del mundo de hoy estimulado por el ejemplo de gente como la Madre Teresa de Calcuta quien hizo estas ideas humanistas suyas y quien abiertamente las promovía.
No se dedicó a convertir a nadie a la verdadera fe, sólo buscó hacerlos mejores humanistas.
Existe un gran paralelo en esto, con el evangelio de hoy. La gente pasando por un lado del hombre herido sin ayudarlo.
En el humanismo de hoy, somos testigos de la profundidad en la que se encuentran sumergidos los pecadores, en los errores del paganismo, la herejía y el cisma, sin embargo, muy alejados de darles la ayuda que necesitan para salvar su alma, pasamos de lado y peor aún los estimulamos a continuar en su maldad.
Dejándolos de esta manera, espiritualmente moribundos ante las enfermedades de su alma.
Los misioneros no se envían para hacer mejores humanistas o mejorar las necesidades físicas de la gente, sino que son enviados antes que todo a que lleven la salvación a quienes aún no la conocen. Para salvar lo que estaba perdido como lo hace nuestro Señor.
El mejoramiento material de sus vidas se lograra como el resultado de su cooperación con el avance espiritual que se les ofrece. La ayuda ofrecida al cuerpo es el reflejo de la recibida espiritualmente.
Ofrecer ayuda material, vacía de la ayuda espiritual es convertirse en cómplice en la maldad. El verdadero amor a nuestros enemigos es buscar para ellos el arrepentimiento y la salvación en la Iglesia verdadera: Una, Santa Católica y Apostólica.
No nos engañemos al creer que Dios está contento con este humanismo.
Este no es el verdadero amor.
No es suficiente y con frecuencia se convierte en origen de grandes males.
El verdadero amor nos obliga a no sólo ofrecer un vaso de agua a alguien que tiene sed, sino que nos exige más, hacerlo por o en nombre de Jesucristo. Acudir a la ayuda de unos y otros lo hacemos por el amor de Jesucristo.
De esta manera, la caridad es el reflejo de Jesucristo y motiva a otros a hacer lo mismo, a buscarlo y encontrarlo.
Tales acciones dan más que el agua para el cuerpo, dan la bebida de la vida eterna que viene de Jesucristo Nuestro Señor.
Así sea
Queridos Hermanos:
Con frecuencia escuchamos que, debemos amar a nuestros enemigos y hacer el bien a quienes nos persiguen.
En el evangelio de hoy, nuestra Santa Madre la Iglesia nos recuerda una vez más, abrir nuestro corazón a nuestro prójimo.
Debemos tener el cuidado de no condonar el mal o apoyar (ni real ni aparentemente) a estos malhechores en su maldad. Al mismo tiempo, sin embargo, se nos ordena amarlos y buscar lo que es mejor para ellos. Ante el mal y pecado de los demás debemos orar y laborar en que obtengan estos su salvación a través del arrepentimiento y la gracia.
Las obras corporales de misericordia se nos han dado como guías en esta materia. Debemos estar preparados siempre para hacer lo que se nos pida para ayudar a nuestro prójimo. Es realmente difícil discernir a quien ayudar y con cuanto, toda vez que no queremos convertirnos en facilitadores. No queremos desearles ¡Buena suerte! a los herejes y cismáticos a menos que nos convirtamos en cómplice de sus culpas.
Sin embargo, por esta misma razón no queremos verlos perderse por toda la eternidad.
Mantengamos en mente las obras espirituales de misericordia y aprendamos a amonestar al pecador con misericordia.
Los errores del humanismo se han desarrollado de manera galopante y son ahora la corrupción de las obras de misericordia que Dios nos ha dado para practicarlas los unos con los otros. Amar a nuestro prójimo y buscar su salvación nos exige que le prediquemos la verdad y lo asistamos en cada manera posible para que pueda conocer la verdad.
Es completamente en contra de la voluntad de Dios, buscar ayudar al budista a ser mejor budista, o al musulmán ser un mejor musulmán etc. Este no es el amor a nuestro prójimo que Dios quiere practiquemos.
Aparece un gran deseo en este humanismo del mundo de hoy estimulado por el ejemplo de gente como la Madre Teresa de Calcuta quien hizo estas ideas humanistas suyas y quien abiertamente las promovía.
No se dedicó a convertir a nadie a la verdadera fe, sólo buscó hacerlos mejores humanistas.
Existe un gran paralelo en esto, con el evangelio de hoy. La gente pasando por un lado del hombre herido sin ayudarlo.
En el humanismo de hoy, somos testigos de la profundidad en la que se encuentran sumergidos los pecadores, en los errores del paganismo, la herejía y el cisma, sin embargo, muy alejados de darles la ayuda que necesitan para salvar su alma, pasamos de lado y peor aún los estimulamos a continuar en su maldad.
Dejándolos de esta manera, espiritualmente moribundos ante las enfermedades de su alma.
Los misioneros no se envían para hacer mejores humanistas o mejorar las necesidades físicas de la gente, sino que son enviados antes que todo a que lleven la salvación a quienes aún no la conocen. Para salvar lo que estaba perdido como lo hace nuestro Señor.
El mejoramiento material de sus vidas se lograra como el resultado de su cooperación con el avance espiritual que se les ofrece. La ayuda ofrecida al cuerpo es el reflejo de la recibida espiritualmente.
Ofrecer ayuda material, vacía de la ayuda espiritual es convertirse en cómplice en la maldad. El verdadero amor a nuestros enemigos es buscar para ellos el arrepentimiento y la salvación en la Iglesia verdadera: Una, Santa Católica y Apostólica.
No nos engañemos al creer que Dios está contento con este humanismo.
Este no es el verdadero amor.
No es suficiente y con frecuencia se convierte en origen de grandes males.
El verdadero amor nos obliga a no sólo ofrecer un vaso de agua a alguien que tiene sed, sino que nos exige más, hacerlo por o en nombre de Jesucristo. Acudir a la ayuda de unos y otros lo hacemos por el amor de Jesucristo.
De esta manera, la caridad es el reflejo de Jesucristo y motiva a otros a hacer lo mismo, a buscarlo y encontrarlo.
Tales acciones dan más que el agua para el cuerpo, dan la bebida de la vida eterna que viene de Jesucristo Nuestro Señor.
Así sea
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