Saturday, August 27, 2011

DOMINGO 11° DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

28 DE AGOSTO DE 2011

Queridos Hermanos:

Somos testigos, en el Evangelio de hoy, como un hombre después de que es sanado por Jesucristo Nuestro Señor, ya puede hablar y “hablar bien”; esto es algo que además de necesario debemos tomarlo en consideración.

Hablar bien, implica algo más que la simple vocalización de sonidos inteligentes.

De igual manera debemos entender que debemos hablar, sólo la verdad y expresar lo bueno.

El lenguaje es un gran don de Dios, de toda su creación somos nosotros los únicos que hemos recibido esta bendición. Los animales no tienen forma de comunicar por medio de la voz sus deseos internos y pensamientos. Los ángeles se comunican únicamente por medio del pensamiento. El hombre ha sido comisionado por Dios para hablar acerca de Él, al resto de la creación y ser la voz de todas las demás creaturas que no pueden pronunciar palabra para honrarlo y glorificarlo.

En esta sublime posición de, cabeza de las creaturas de este mundo y comisionados por Dios, para honrarlo en su nombre, debemos considerar como usar bien, este don y encargo.

Como ya lo mencionamos, El lenguaje es un precioso don que no debemos desperdiciarlo en la vulgaridad, la mentira y en todas las demás maneras perversas que existen, por insignificantes que parezcan. La nobleza de este don, demanda mayor recuento delante de Dios.

La lengua es como una espada de doble filo. La mayoría de la gente se hace más daño a sí misma que el que hace a los demás. En sus mentiras, calumnias y difamaciones etc. Nos damos cuenta que, el mal que proyectan hacia los demás cae de manera abundante sobre ellos mismos. Nuestro Señor nos dice que, no es lo que entra a la boca que lo contamina sino lo que sale de esta. Es la maldad que tiene en su corazón que, se extiende con la lengua, que crea el mayor daño.

Podemos ver de manera inmediata el mal que ocasiona la calumnia y la difamación, en la sociedad, lo que raramente podemos ver es, la destrucción del alma del individuo que la propaga.

Al azotar con intensiones malvadas y dañando verbalmente a los demás, somos nosotros mismos los que nos dañamos, antes que los objetivos de este mal. El daño que podemos hacer en este mundo es mínimo comparado con el daño eterno. Mientras que nuestra lengua puede ocasionar un gran daño en esta vida, puede sólo ocasionar un insignificante mal a las almas eternas de quienes hemos atacado.

El daño que recae en el alma y los efectos de este, recae sobre quien lo expresa y no sobre quién es el objeto de estos ataques. En el deseo de destruir aquí y ahora, en este mundo, terminamos destruyendo sólo nuestra felicidad eterna.

Este gran don que Dios nos ha dado para Su honor y gloria es, con frecuencia usado para nuestra deshonra y desgracia y destrucción de lo que Dios ama y busca salvar.

Es suficientemente malo guardar y entretener pensamientos o sugerencias malignos en nuestra mente, sin embargo esta actitud se convierte progresivamente más perjudicial una vez que empezamos a expresarla verbalmente.

Una vez que una palabra ha salido de nuestra boca jamás puede ser retenida.

Nuestras palabras pueden ser para la edificación y salvación de nosotros y nuestro prójimo o pueden ser motivo de escándalo y destrucción de la vida, en este mundo, y consecuentemente de nuestra vida en la eternidad.

El ejemplo maligno que nuestras palabras ofrecen a los demás pueden seducirlos a realizar males similares o mayores a los nuestros. También debe rendir cuentas el que se escandaliza de los escándalos de estos.

Podemos dar ejemplos de virtud y bondad con nuestras palabras o hacer todo lo contrario. La decisión está en nuestras manos. Busquemos de manera consciente, ser un ejemplo de bondad y santidad, para los demás, para de esta manera ser participes de la bondad y santidad que estos nos manifiestan a nosotros.

Es necesario que existan los escándalos en este mundo para que la verdad salga a flote, sin embargo es una gran calamidad lo que caerá sobre el instigador de estos. Nos dice nuestro Señor que hubiera sido mucho mejor que esta persona no hubiera nacido.

Aprendamos del HOMBRE "mudo" de que nos habla el Evangelio, a guardar nuestras palabras, para que cada vez que abramos nuestra boca sea sólo para alabar, dar honor y gloria a Dios. De esta manera no tendremos ningún temor de ser juzgados por nuestras propias palabras, el día de nuestro juicio final.

Así sea